
Cuando se haga la historia de estos años quizás haya quien ubique lo sucedido el 13 de noviembre de 2015 en París como uno de los episodios más espantosos, trágicos y simbólicos de la “tercera guerra mundial por retazos”.
Cuando dentro de un tiempo se haga la historia de estos años quizás haya quien ubique lo sucedido el 13 de noviembre de 2015 en París como uno de los episodios más espantosos, trágicos y simbólicos de la “tercera guerra mundial por retazos” que habría venido teniendo lugar desde bastante tiempo atrás; otros apuntarán marginalmente que había habido, unas semanas antes, un hecho aun más trágico, con casi el doble de muertos, pero que curiosamente no había provocado en el planeta una emoción similar a la parisina: más de 220 personas habían volado por los aires producto de una bomba colocada por un terrorista suicida en un avión ruso; otros afirmarán, como escribió en el semanario digital francés Obs el politólogo marroquí Omar Saghi, que los atentados de París, tal vez también el del avión ruso, fueron expresión de la “primera guerra civil intercultural de la historia”. Y muchos serán los que repararán, como lo hizo el también parisino diario Le Monde este miércoles 18, en las llamativas similitudes entre la declaración de “guerra al terrorismo” de François Hollande el 16 de noviembre de 2015 ante el Parlamento francés y la que realizara 14 años antes George W Bush ante el Congreso de Estados Unidos después de los atentados del 11 de setiembre, en los que casi 3 mil personas fueron asesinadas. La declaración bushiana fue seguida de un bombardeo masivo de la aviación estadounidense y británica en Afganistán y fue el comienzo de una deriva que llevó por un lado a la implicación cada vez mayor de Washington y sus aliados en la desestabilización de Irak, de Libia y luego de Siria, y por el otro a una modificación de la legislación interna que desembocaría en la Patriot Act, un compendio “antiterrorista” que sería calificado urbi et orbi de “liberticida”. De la “guerra contra el terrorismo” bushiana nacieron las cárceles clandestinas de la Cia en países del este de Europa y de Asia, remedo de los chupaderos latinoamericanos de las décadas anteriores, y nació Guantánamo como megaprisión extraterritorial ajena a cualquier control.
Las masacres parisinas a cargo de comandos yihadistas fueron seguidas de bombardeos de la aviación francesa sobre Racca, la “capital” del Estado Islámico en Siria, y del anuncio por Hollande de una “continuación” (porque el proceso en Francia ya estaba iniciado) de las reformas de las leyes nacionales en un “sentido antiterrorista”, incluyendo la modificación de la Constitución para otorgar plenos poderes al Ejecutivo en ocasiones particulares e introducir la figura de “état d’urgence” (estado de emergencia). Nada hace prever por el momento que se produzca en Francia una deriva autoritaria parecida a la que se verificó del otro lado del Atlántico, dice Le Monde (“Hollande remarcó su apego al respeto del Estado de derecho, en un marco en el que la ley de inteligencia –ya aprobada– ha sido muy criticada por la prensa por su carácter liberticida”). Sin embargo, partidos a la izquierda del gobernante PS, al tiempo que defendieron el derecho del Estado francés a adoptar disposiciones para “defender a la población”, afirmaron que ese riesgo está más que latente, y publicaciones como Le Monde Diplomatique, Médiapart y otras hablaron, por ejemplo, de la existencia ya, en Francia, de un estado de “ebriedad guerrera”, “comprensible, visto lo acontecido, pero lleno de peligros”.
En un estado de emergencia, la distinción entre el Estado y el ejército se disuelve, escribe la filósofa estadounidense Judith Butler, que estaba en París cuando los ataques. “La gente quiere una policía militarizada para protegerla”, y en ese ambiente todo se simplifica al máximo. “A los que comentan los eventos tratando de distinguir las diferentes comunidades musulmanas, con su diversidad de posiciones políticas, se les acusa de buscar ‘matices’: el enemigo debe ser completa y totalmente aniquilado, y las diferencias entre los musulmanes son cada vez más difíciles de discernir en los discursos públicos.”
¿Qué quedará de las libertades de que se gozaba cuando se acabe la guerra contra el terrorismo?, se preguntó el franco-español Ignacio Ramonet (La cafetera, radiocable.com, jueves 19). ¿O esa guerra se convertirá tan permanente en Europa como en Estados Unidos?
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Ya ha habido represalias contra mezquitas y otros lugares de culto musulmán en Francia, y legisladores de derecha y extrema derecha pidieron, basándose en que uno de los kamikazes que operaron en Francia habría entrado desde Grecia “colado” entre los refugiados, que se suspendiera la acogida de refugiados en Europa. En Estados Unidos ya se hizo: ayer jueves la Cámara de Diputados votó parar el ingreso de sirios e iraquíes. “Son vectores de terroristas, con ellos lo que hay hacer es pegarles un tiro en la cabeza y listo”, dijo en España un alcalde del Partido Popular. Y en Inglaterra, en países del este de Europa, en Alemania, creció por estos días la demanda de una “Europa libre de refugiados”. Que haya algún que otro yihadista o varios entre la masa de 800 mil migrantes que inundaron Europa en estos meses obviamente que es posible, pero serían excepciones: es de ellos, precisamente, que los refugiados sirios, iraquíes, yemenitas y otros escapan, y sería muy difícil pensar que “avezados terroristas”, con medios económicos en abundancia, se lanzaran a atravesar el Mediterráneo en esos barquitos de cartón o barcotes herrumbrados utilizados por los candidatos al refugio. Menos que menos con Kalashnikov, bazucas, fusiles y granadas a bordo. “Los inmigrantes no vienen para hacer atentados”, dice el italiano Claudio Lo Jacono, experto en islam de la universidad de Nápoles L’Orientale y director de la revista Oriente Moderno (Página 12, jueves 19). “La mayoría es pobre gente que está buscando sobrevivir, escapan de la guerra y del hambre.” Y las armas se encuentran fácilmente en Europa. “Las ametralladoras Kalashnikov, como esas que usaron en los atentados de París, ya no son construidas mayormente por Rusia. Hay una fábrica por ejemplo en Pakistán. Y no cuestan ni siquiera mucho, unos 500 dólares. Además está el mercado libre de las armas que florece al margen de las religiones y de las ideologías.”
Nubes oscuras nos impiden ver
¿De qué guerra se estaría hablando?, se preguntó entre muchos otros (véase nota de Santiago Alba Rico, página 16) el historiador francés Etienne Balibar en el diario Libération (miércoles 18). Y apuntó: “Sí, estamos en guerra. O mejor dicho, estamos dentro de la guerra. Golpeamos, nos golpean” y vendrán, “lamentablemente, nuevos golpes”. “No es fácil definirla, porque está hecha de varios tipos de guerras, acumuladas en el tiempo. Guerras de Estado a Estado (o a seudoestados, como el Daesh). Guerras civiles nacionales y trasnacionales. Guerra de ‘civilizaciones’, o que al menos se presentan como tales. Guerras de intereses y de clientelas imperialistas. Guerras de religiones y de sectas, o que así se justifican. (…) Surgida en parte de las intervenciones estadounidenses en Oriente Medio, antes y después del 11 de setiembre de 2001, esta guerra de ahora se intensificó con la continuación de esas intervenciones, en las cuales hoy participan Francia y Rusia, cada una con sus objetivos. Hunde igualmente sus raíces en la feroz rivalidad entre estados que aspiran a la hegemonía regional: Irán, Arabia Saudita, Turquía, incluso Egipto, y de cierta manera Israel –hasta ahora la única potencia nuclear de la zona–. En una violenta catarsis colectiva, precipita todas las cuentas no saldadas de colonizaciones e imperios: minorías oprimidas o privilegiadas, fronteras trazadas de manera arbitraria, recursos minerales expropiados, zonas de influencia en disputa, gigantescos contratos de armamento. Lo peor, acaso, sea que esta guerra reactiva milenarios ‘odios teológicos’: los cismas del islam, el enfrentamiento entre monoteísmos y sus sucedáneos laicos. La riqueza demasiado grande, la miseria demasiado grande. Pero cuando el ‘código’ de la religión (o de la ‘contrarreligión’) se apodera de estos conflictos, la crueldad puede exceder todo límite, al convertir al enemigo en anatema. Monstruos de barbarie han surgido, que se refuerzan por la locura de su propia violencia –como el Estado Islámico con sus decapitaciones, sus violaciones de mujeres reducidas a la esclavitud, sus destrucciones de tesoros culturales de la humanidad–. Sin embargo, otras barbaries aparentemente más racionales también proliferan, como la ‘guerra de los drones’ del presidente Obama (premio Nobel de la paz), de la que ya se sabe que mata a nueve civiles por cada terrorista.” Balibar agrega: “En esta guerra nómada, polimorfa, asimétrica, las poblaciones de las ‘dos orillas’ del Mediterráneo son tomadas como rehenes. Las víctimas de los atentados de París, luego de las de Madrid (2004), Londres, Moscú, Túnez, Ankara, Beirut, con sus familiares y sus vecinos, son rehenes. Los refugiados que buscan asilo o encuentran la muerte de a miles en las costas de Europa, son rehenes. Los kurdos ametrallados por el ejército turco son rehenes. Todos los ciudadanos de los países árabes son rehenes, atenazados entre el terrorismo de Estado, el yihadismo fanático y los bombardeos extranjeros”.
Lo Jacono recuerda que Europa, y Occidente en general, no puede sorprenderse de que cada tanto broten desde Oriente pléyades de candidatos al combate directo contra los “cruzados”, evocando actuales humillaciones para recuperar antiguas grandezas. “Imperios como el francés y el británico en el curso de los siglos XIX y XX crearon un fuerte sentimiento nacionalista en aquellos que no querían ser gobernados ni asimilados por Occidente, especialmente desde que el mundo árabe descubrió el petróleo”, y desde entonces cerca del 5 por ciento del mundo musulmán (unos 60 millones de personas) “nutre sentimientos de odio hacia un Occidente prepotente y en vías de expansión ideológica gracias a la globalización económica y cultural”. De esa enorme masa que abonaría las huestes del fundamentalismo musulmán “habría en origen un núcleo duro de entre 50 mil y 100 mil personas dispuestas al enfrentamiento armado, a la vía yihadista”. Cuanto más se humille a sus países, más se los expolie y más se los bombardee, más serán, dice el italiano.
Algunos operan en Europa. No se sabe cuántos. Cientos, varios miles. Los servicios de inteligencia europeos calcularon en unos 5 mil el número de personas dispuestas a partir a Siria e Irak a hacer la yihad, la guerra santa. Y eventualmente a regresar a Europa para atentar contra sus propios connacionales, como sería el caso de los comandos que operaron en París. “Se trata por lo general de jóvenes nacidos aquí, ya no de padres sino de abuelos inmigrantes, y que se han socializado en Europa. Y hay también entre ellos europeos no inmigrantes”, dice el periodista David Thomson, autor de la investigación Los franceses yihadistas (Des Arenes, París, 2015). “Por algún motivo todos ellos han quebrado, han encontrado motivos ‘objetivos’ para su radicalización, han pasado en muchos casos por la cárcel, pero indefectiblemente para poder atacar de la manera que lo hicieron, los que actuaron en París han debido tener una estadía sobre todo en Siria, donde aprendieron a tomar distancia con sus connacionales.” El sociólogo franco-iraní Farad Josrojavar, director de estudios en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y autor del libro Radicalización, sostiene que entre los yihadistas son cada vez más los europeos de pura cepa. No necesariamente “pobres”. “Hay aquí, sobre todo en Francia, bolsones de pobreza” en los que no cuesta tanto que prenda la mecha de alguna “causa colectiva que permita la superación del estigma de la marginalización”, pero entre 25 y 30 por ciento de los que han partido a Siria pertenecen a sectores medios, y el porcentaje de mujeres entre ellos es alto (Libération, miércoles 18). Por insólito e inentendible que parezca a primera vista, el EI les da un marco, y los capta operando no ya en los lugares de socialización “clásicos” de las comunidades musulmanas sino a través de las redes sociales. Thomson, que en su libro entrevistó a una veintena de jóvenes franceses partidos a Siria, dice que casi todos ellos “aprendieron el islam versión EI a través de Internet, lejos de las mezquitas y a espaldas de sus familias”. Pocos son los que le prestan atención en Europa a este fenómeno, que “complejiza aun más las cosas” (véase también entrevista a Dante Matta, páginas 14 y 15) y hace “más difícil el combate al yihadismo de entre casa”, apunta Josrojavar. “Hay que tener en cuenta, además, que prevenir nuevas acciones del tipo de las de París será extremadamente dificultoso. Operan en pequeños comandos, se mueven en cofradías, y están dispuestos a inmolarse. Ningún estado de emergencia detiene a un suicida.”
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¿Por qué Francia? Por nuevos y viejos odios, por su pasado colonial y por su presente belicista (la aviación francesa no sólo bombardea desde el año pasado los feudos yihadistas en Irak y en Siria sino que intervino en Libia y también en Mali y en República Centroafricana, contra otros grupos de cuño similar al EI). Pero también porque Francia representaría “lo más abominable para la ideología wahabita que inspira al yihadismo: uno de los estados más radicalmente laicos del planeta, a menudo hasta la intransigencia, y una sociedad abierta asimilada a una tierra de perversión” (Médiapart, miércoles 18). Los atentados del viernes 13 tomaron como blancos sitios simbólicos de esa “sociedad abierta”, “de cruce” o multicultural, como boliches, salas de espectáculos, estadios, apunta el investigador Pierre Jean Luizard. “En los barrios atacados se puede ver a jóvenes franceses fumando y bebiendo y socializar con otros que van a la mezquita. Fue sobre todo eso lo que el EI pretendió quebrar”, para forzar una reacción agresiva de la sociedad francesa y a un repliegue sobre sí mismos de los musulmanes, primer paso en su camino de “retorno a las fuentes”, es decir de su regreso a las “tierras originales” del califato.
Ante la excepcionalidad radical que representaría el Daech (así le dicen al EI en Francia), ¿qué hacer? ¿Se puede extirpar de raíz, con bombardeos más o menos quirúrgicos a un movimiento que por algo nació, que por algo creció, que por algo se expande? Al yihadismo se lo puede vencer, claro que sí, dice Lo Jacomo, pero probablemente no por medios militares. Seguramente no por medios militares, apunta Balibar. No sólo por medios militares, cree Luizard. La ideal del final para el italiano: “Habrá bombardeos pero no creo que de por sí puedan resolver el problema, a no ser que se haga una guerra terrestre que llevaría a muchas muertes y que ni Estados Unidos, ni Francia ni el Reino Unido quieren hacer. Yo creo más en una respuesta que puede producirse a largo plazo, es decir, un cambio de la política internacional de Occidente. (…) Cambiar la política exterior significa cambiar el cerebro. Esa sí sería la respuesta definitiva. No se puede combatir a un terrorista que reclama por las injusticias en el mundo si se sigue siendo injusto. Encontrar una línea de política justa, tanto económica como cultural, sería la línea justa. Pero estos son cambios muy lentos, que pueden insumir generaciones”.



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