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¿Nuestros ojos son nuestros ojos?

¿Nuestros ojos son nuestros ojos?

Tiempo atrás, tras un intenso recorrido de diez días por pueblos y comunidades de la Sierra Norte de Oaxaca, apoyando a una amiga documentalista en un trabajo de campo, llegué a la mítica ciudad zapoteca de Mitla. En uno de los corredores laterales del palacio municipal, nos topamos con una exposición de fotografías en blanco y negro, ordenadas en tres o cuatro mamparas una cerca de la otra. Por azar, y no tanto por convicción, empecé a recorrerlas al revés, es decir, de la última a la primera. Todos los títulos de las fotografías incluían el nombre de las personas retratadas y entonces dije en mis adentros “¡órale, qué detalle tan significativo!”.

 

Eran imágenes antiguas que recogían estampas de la vida cotidiana lugareña: vendedores y vendedoras de metates, escenas de mercado, espinas de maguey en ofrenda a quién sabe qué divinidad, cruces y pedimentos en piedra, fiestas, bodas, mayordomías y, al final, es decir, al inicio, la fotografía de Doña Agustina, una mujer de edad avanzada y rasgos indígenas que, envuelta en huipil de tonos claros y sentada de rodillas sobre un petate, estaba adivinando el maíz.

Elsie Clews Parsons

Busqué enseguida la autoría de las fotos y al percatarme de que se trataba de Elsie Clews Parsons, proferí en silencio, es decir, en mis adentros otra vez, “¡uauu!”. Y es que de repente me parecía que, desde los albores del siglo XX, esta mujer, originaria de los Estados Unidos, respondía afirmativa y rotundamente con su presencia y su obra a la pregunta formulada décadas más tarde por destacadas pensadoras del arte: “¿Pueden las mujeres construir una mirada diferente, con sus propias categorías, posiciones y modos de relación con los seres y las cosas?” O sea, ¿nuestros ojos son nuestros ojos?

Elsie Clews Parsons no era una fotógrafa per se, sino una antropóloga de la primera mitad del siglo pasado que utilizaba el arte de la fotografía para hacer lo que sabía hacer tan bien: cuestionar y reformular los supuestos teóricos de la antropología de su tiempo, para tratar una construcción más cabal e integradora del conocimiento sobre la realidad. ¿Y cómo? Simplemente integrando a la mujer en su campo de estudio, enfocando el lente de su cámara en ella y deteniendo largamente la mirada en sus quehaceres, en sus prácticas, en sus creencias, en sus rituales para luego, acto seguido, incorporarla donde debiera estar siempre, a saber, en el reparto de los actores participantes en la gran obra que es la cultura.

No es tarea menor ya que, como bien sostiene Lourdes Méndez en su ensayo La antropología ante las artes plásticas, “la mirada masculina ha estructurado la realidad social y ha construido imágenes y representaciones de la mujer”. Y sucede que la mirada vertida desde el arte está íntimamente relacionada con la mirada antropológica que, teniendo como principal objeto de estudio a la cultura misma, aparece directamente implicada en la persistencia de la imagen que se tiene todavía hoy en día de la mujer en la cultura. Y esto porque la mirada antropológica clásica, aquella a la que Elsie Clews se enfrentó desde su activismo político y académico, aquella que aún así ha calado hasta nuestros tiempos y se infiltra invicta en un sinnúmero de libros de divulgación, ha pecado de no poca parcialidad en la medida que ha estado persistentemente sesgada por una óptica un tanto –demasiado- androcéntrica. Es decir, ha colocado al hombre (al ser humano de sexo masculino) en el centro, cual motor, de los procesos de desarrollo cultural de la humanidad entera, soslayando la participación femenina.

De ahí viene el mito del gran cazador, o el gran mito del cazador, como prefieran. Según éste, la cultura sería consecuencia directa de la caza ya que, al organizarse para ir a matar a los mamuts, los hombres habrían desarrollado habilidades intelectuales a la par que capacidades de planificación, cooperación, comunicación y elaboración de objetos artísticos, que los habría alejado definitivamente del estado animal y que los habría diferenciado désormais de la naturaleza. Aquí precisamente se asentaría la gran quimera (o esquizofrenia) civilizatoria occidental desparramada todavía al día de hoy por doquier: el afán de estar por encima de la naturaleza para dominarla, someterla y explotarla.

¿Y la mujer en este sistema jerárquico de valores? Pues un ser esencialmente nebuloso, sin demasiada trascendencia, predestinada a un rol secundario por unos atributos biológicos-reproductivos que la confinarían inexorablemente a un segundo plano, a un quehacer instintivo, a parir y de vez en cuando recolectar hierbas y raíces, a un lugar mucho más cercano a la naturaleza que a la cultura, a un lugar por lo tanto despreciable y de sujeción.
“El dar la muerte a un animal es considerado superior a la capacidad de dar vida y cuidarla”, así constata María Eugenia Carranza; así de crudo. Así duele. El matar tiene más valor que el parir. ¿Cuántos muertos llevamos en México? Ya perdimos la cuenta. Vacuo intento de ahogar el espanto.
En fin, regresando a Elsie Clews: muy bien hubiera podido contentarse, conformarse y exclamar algo así como “aquí no pasa nada, la prueba es que yo soy mujer y estoy donde estoy”, tal como sucede incontables veces con mujeres que alcanzan a ocupar un rinconcito en el salón de la fama; y ella efectivamente lo logró, ya que culminó su carrera académica como la primera mujer presidenta de la American Anthropological Association. Mas aprovechó su situación privilegiada para mirar desde ella, desde sus propios ojos, para poner sobre la mesa de debate y reflexión temas que retomarían a lo largo de los años un sinfín de especialistas en antropología y arte, para pregonar la urgencia de humanizar a la mujer, pero sobre todo para poner en práctica sus convicciones y, con el zoom de su cámara, acercarse e inmortalizar a Doña Agustina que, sentada cuidadosamente en el petate, leía en el maíz los designios del destino.

 

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Información adicional

La mirada del lente de Elsie Clews Parsons
Autor/a: Alessandra Galimberti
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