Demócrata que se celebrará en agosto en el Pepsi Center de Denver,
Colorado. También llegará como el candidato más votado y el mejor
posicionado para competir con el candidato de los republicanos, John
McCain.
Sobre un total de más de 30 millones de votos emitidos hasta ahora
en las primarias demócratas, Obama lleva una ventaja de entre 600.000 y
200.000 en el conteo general, dependiendo de si se cuentan o no las
elecciones de Michigan y Florida. El partido había declarado nulas a
esas elecciones antes de que se llevaran a cabo y no las va a reconocer
en la convención partidaria, entre otras cosas porque Obama no
participó en la de Michigan (0 votos) ni hizo campaña en Florida, donde
sí estuvo Bill representando a su esposa en la semana previa a la
votación. Pero aun tomando en cuenta esos estados, es prácticamente
imposible que Hillary descuente la ventaja de votos que le lleva Obama.
Después está el tema de los sondeos. Aquí también la cosa es muy
pareja, con una leve ventaja para Obama. En el promedio de las ocho
principales encuestadores que realiza el sitio realpolitics.com de cara
a las presidenciales de noviembre, Hillary aventaja a McCain por un
promedio del 0,4 por ciento, mientras Obama se impone ante el
republicano por 1,9 por ciento. O sea prácticamente nada, tanto en un
caso como en el otro, por lo que Hillary no puede demostrar que ella es
la mejor candidata para la elección general.
Por todas estas razones –delegados, votos, encuestas– los más de 700
“superdelegados” que decidirán la candidatura demócrata en el Pepsi
Center no tienen margen político para negársela a Obama, mucho menos
tratándose del primer candidato negro en ganar unas elecciones
primarias. En ese sentido cualquier decisión contraria a las chances de
Obama se leería en clave racial y provocaría un incendio dentro del
partido. No va a pasar. Hillary lo sabe.
Por el contrario, en estos días los líderes del Partido Demócrata y
los medios de prensa la presionan para que sea ella quien se baje de la
candidatura para que Obama pueda empezar a pensar en las
presidenciales. McCain, que abrochó la candidatura republicana hace
casi dos meses, tuvo ocho semanas de ventaja para instalar su
candidatura, curar las heridas de las primarias y abroquelar al partido
a su alrededor.
Mientras tanto Obama parece el jamón del sandwich: Hillary le pega
por izquierda y McCain por derecha. Además, como Obama perdió casi
todas las elecciones primarias importantes y no consigue asestarle el
golpe de gracia a la tozuda Hillary, su aura de fenómeno político
empieza a desdibujarse, justo cuando más lo necesita.
Por suerte para él y los demócratas, McCain no parece estar haciendo
buen uso de su ventana de oportunidad. Primero apostó fuerte a
reinstalar el tema de la guerra de Irak, que siempre apoyó,
aprovechando la reducción de violencia que había sucedido a la última
ofensiva de Bush, en enero del año pasado, y que McCain había apoyado
casi en soledad. Para reflotar el tema escenificó una gira por Irak y
Medio Oriente repleta de conferencias de prensa y oportunidades para
fotografiar al candidato. Pero la gira se vio empañada por un furcio
bushiano. Durante su paso por Jordania McCain confundió, repetidamente,
a sunnitas con chiítas. Para peor, menos de una semana después del tour
de McCain, Nuri al Maliki, el presidente iraquí, evaluó que las cosas
andaban tan bien que había llegado el momento de atacar a las milicias
de Moqtada al Sadr en sus reductos de Basora y Ciudad Sadr. Craso
error. El ejército iraquí fue avasallado, desertó en masa y los que
quedaron debieron ser rescatados por tropas americanas e inglesas, que
para hacerlo tuvieron que bombardear barrios enteros.
Cuando los cadáveres empezaron a apilarse otra vez, McCain apenas
atinó a decir que le sorprendía lo que estaba pasando y no habló más
del tema. Una semana después, Moqtada le declaraba la guerra al
gobierno iraquí y desaparecía la ventaja de dos o tres puntos que el
republicano les había sacado a los demócratas.
Otra vez corriendo de atrás, la semana pasada el veterano de Vietnam
se mostró dubitativo y oscilante. Por un lado se apoyó en la figura de
Bush para tratar de conquistar al ala conservadora de su partido, que
le es renuente. Por el otro, se despegó de Bush para disputarle a Obama
la franja de independientes, que detestan al presidente. Por eso el
lunes estuvo en la Casa Blanca y se fotografió con W., pero al día
siguiente declaró que habría hecho las cosas de otra manera durante la
tragedia causada por el huracán Katrina, reflotando uno de los fracasos
más estrepitosos del actual gobierno norteamericano. Al final de la
semana McCain terminó en el mismo lugar, corriendo desde atrás, sin una
estrategia clara.
Mientras tanto es Hillary quien inflige el daño a la campaña de
Obama. En el último debate lo atacó sin piedad. Ni siquiera se ahorró
golpes bajos. Vinculó a Obama con Louis Farrakhan, el líder de la
Nación de Islam, una organización negra muy conocida que supo contar
con la adhesión de Malcolm X y Muhamad Alí. Farrakhan y sus seguidores,
de camisa blanca, traje oscuro moño con motivos africanos, han sido
acusados muchas veces de fomentar la violencia, el antisemitismo y el
machismo y el odio racial hacia los blancos. Sus marchas a Washington
convocan a cientos de miles de adherentes y muchos le reconocen su
trabajo social en los ghettos negros. Pero no son bien vistos por las
grandes mayorías. Hillary ni siquiera dijo que Obama conocía a
Farrakhan. Dijo que el pastor de Obama, el reverendo Jeremiah Wright,
estaba relacionado. ¿Y qué importa? Importa, porque en su
desesperación, al jugar la carta racial, Hillary usó el principal
argumento que usarán los republicanos: que Estados Unidos no está listo
para elegir un presidente negro.
Claro que nadie va a ponerlo en esos términos. Los republicanos
hablarán de “inexperiencia”, de “liberalismo radical”, de “pobre
capacidad de juicio (bad judgement)” para elegir compañías. Los
votantes captan el mensaje.
Pero en realidad lo único que se decidió en estos cuatro meses de
elecciones primarias es eso, que Estados Unidos está preparado, aunque
no va a ser fácil. Desde que los candidatos presentaron sus propuestas
y arrancaron las primarias con el caucus de Iowa el 3 de enero, el
proceso se convirtió en un festival de chicanas baratas, discursos
oportunistas, avisos caros, entrevistas con casete y almuerzos para
recaudar fondos.
Lo único sustancial fue el ya histórico discurso sobre raza que
Obama dio el 13 marzo. Síntesis del “Yo tengo un sueño” de Martin
Luther King y “Por todos los medios necesarios” de Malcolm X, fue
unánimemente elogiado, aun por sus adversarios, y los académicos y
periodistas no dudaron en compararlo con las mejores piezas oratorias
de Lincoln, Jefferson, Washington, Kennedy y King.
En su discurso Obama habló de raza con crudeza, tal vez como ningún
blanco podría hacerlo, pero salpimentó sus referencias al enojo de los
negros por las injusticias sufridas a través de la historia, con
alusiones al patriotismo, reconocimientos de los avances logrados y
proyecciones optimistas de un futuro mejor. Empezó hablando de la
Constitución y de cómo la “mancha” de la esclavitud ensució la Carta
Magna. Siguió con la guerra civil, el movimiento de derechos civiles y
las distintas formas de discriminación que permanecen intactas en el
trabajo, el mercado inmobiliario y el sistema de salud. Contó cuánto
quería a su abuela blanca, la mujer que lo crió, pero también cuánto le
dolían sus comentarios racistas. Terminó con una anécdota. Ashley
Sheila, una voluntaria blanca muy, muy pobre se había acercado a su
campaña. Y contó que después, durante una reunión con voluntarios, casi
todos negros, preguntó por qué lo acompañaban. Remató el cuento
diciendo que una de las señoras le contestó: “Yo lo hago por Ashley”.
Y lo votaron los blancos y lo votaron los negros y está a punto de
ser el candidato demócrata. Así, Obama entró en la historia. Podrá
ganar o perder en noviembre. Pero siempre será recordado como el primer
negro que pudo ser presidente sin renegar de sus raíces ni esconder su
piel.
Por Santiago O’Donnell


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