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Vallejo, de jueves a viernes

Sobre todo –me parece– por los increíbles Poemas humanos, publicados
en París en 1939, póstumamente, con un título flojón y descriptivo que
–por ignorancia o desidia– prefiero suponer que no es suyo. Hay quienes
gustan encandilarse ya con los revolucionarios arcaísmos tempranos de
Los heraldos negros (“Hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé…”)
que es de 1918; o con las valientes oscuridades de Trilce (“escapo de
una finta, peluza a peluza”) de apenas cuatro años después, cuando todo
el mundo en la lengua andaba en la joda o la pavada. Y es cierto: ya
era un monstruo, un poeta sin abuela ni pares, un fruto extraño y
verdadero nacido y criado en ese confín mestizo del continente y de la
lengua.

Pero lo último que hizo, el tramo final de su poesía escrita en
París a mediados de los años treinta –los después reunidos Poemas en
prosa, donde está el insuperable Voy a hablar de la esperanza; el
agónico España aparta de mí este cáliz (“Niños del mundo: si España
cae, digo, es un decir…”) y los poemas sueltos que quedaron como si
los hubiera ido goteando entre sudor y sangre–, todo ese conjunto de
versos de belleza imposible es uno de los documentos líricos y
existenciales más poderosos que nos ha dado la literatura de nuestro
tiempo. Vallejo tocó fondo, fue hasta el hueso y no volvió para
contarlo, lo pudo decir desde ahí.

Todo viene al caso porque hace unos pocos días, esta semana pasada,
se acaban de cumplir setenta años de la muerte del peruano, el 15 de
abril de 1938, en París. Tenía apenas 46 y probablemente nadie como él
había intimado tanto con la Huesuda y sus viejos compañeros el hambre,
la enfermedad, la tristeza, la desesperanza o el dolor a secas. Y todo
eso mientras creía y peleaba por la Revolución, se hacía añicos
diseminado en los otros sin tenerse a sí mismo.

Ese Vallejo arrasado por la más profunda humanidad es el que se vio,
se entrevió, se espió morir (si cabe) en el notable Piedra negra sobre
una piedra blanca, uno de sus poemas más citados y conocidos. Y que
debe haber escrito –supongo, porque de entonces son sus últimos poemas–
en el último tercio de 1937. Se sabe lo que pensaba o esperaba Vallejo
en versos inolvidables: “Me moriré en París, con aguacero / en un día
del cual tengo ya el recuerdo. / Me moriré en París –y no me corro– /
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño”, dicen los primeros tramos
del soneto que menta también famosamente a los huesos húmeros, el palo
y la soga, “la soledad, la lluvia y los caminos” del final.

Sabemos que no fue así: Vallejo no llegó al otoño, ya que murió en
el comienzo de la primavera, y sabemos que se pasó un día, porque el 15
de abril de 1938 fue viernes, no jueves. Pero dejémosle el aguacero, no
puede haber habido sol el día que murió Vallejo.

Por Juan Sasturain

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