Sí,
en efecto pudo haber sido así. Y así fue. Entretanto, en el momento en
que esto ocurría, el presidente de la junta, Jimmy Caines, muy quitado
de la pena jugaba bridge en un torneo. Algo no muy listo por parte de
un banquero codicioso. El resultado es que perdió casi toda su fortuna
personal, y otra voraz firma, JP Morgan Chase, llegó como buitre y
liquidó a su víctima. Ah, incidentalmente, 14 mil empleados de Bear
Stearns están, o muy pronto estarán, sin empleo.
¿Es entonces el
capitalismo únicamente codicia? No, hay otras cuestiones relativas a
éste, pero la codicia juega un gran papel. Y la codicia, por
definición, trabaja por algo a expensas de otros. Así que algunas
compañías van a la bancarrota en estos días –en Wall Street, y en todo
el resto del mundo– y otras no. Estados Unidos como país va a la
bancarrota y otros no. Estados Unidos no le llama bancarrota, pero esa
es la verdad.
¿Es siempre así? No. No siempre. Sólo la mitad del
tiempo. Revisemos cómo fue que Wall Street y Estados Unidos se metieron
en este vericueto particularmente desastroso. Todo comenzó bien, para
Wall Street y Estados Unidos, en 1945. La guerra había terminado. La
guerra estaba ganada. Y Estados Unidos era la única potencia industrial
cuyas fábricas estaban intactas, no las habían afectado los daños de
tiempos de guerra. En otras muchas partes había ciudades destruidas, y
hambre real en Europa y Asia.
Estados Unidos estaba empeñado en
hacerlo bien, y lo hizo bien, muy bien. Podía producir más que nadie en
el mundo, y obtener las recompensas. Hizo un trato con la Unión
Soviética (retóricamente le llamamos Yalta) con el fin de que no
hubiera guerras nucleares que pudieran realmente dañar a Estados
Unidos. Y en casa, los grandes manufactureros hicieron un trato con los
grandes sindicatos para que no hubiera huelgas destructivas que
interfirieran con la lucrativa producción. Se avizoraron tiempos
promisorios, y el nivel de vida creció de forma dramática. De hecho,
los años posteriores a la guerra resultaron ser bastante promisorios
para casi todo el mundo. Fue el momento de la mayor expansión de la
producción, de la ganancia, de la población, y sí, de bienestar general
en la historia de la economía-mundo capitalista. Los franceses llamaron
a esa época “los gloriosos 30 años”.
¿Deben terminar todas las
cosas buenas? Bueno, cíclicamente, en los 500 años del sistema-mundo
moderno, me temo que esto ha sido siempre cierto. Cuando todo el mundo
comienza a sacar ventaja de la expansión económica, la tasa de ganancia
tiene que bajar. La ganancia de la producción depende de la relativa
monopolización de las industrias principales. Pero si muchos países
tienen acereras o fábricas automotrices (las industrias principales de
ese tiempo), hay mucha competencia. Y pese a todos los lemas sin
sentido, la competencia no es buena para los capitalistas. Reduce las
ganancias.
Y cuando se le pega muy fuerte a las ganancias, el
sistema-mundo entra en uno de sus etapas periódicas de estancamiento.
Esto ocurrió cerca de 1970. Y, en caso de que nadie lo haya notado, las
cosas no han sido muy promisorias desde entonces, pese a que de nuevo
se invocan lemas sin sentido. ¿Qué ocurre en un periodo de
estancamiento económico mundial? Las fábricas se comienzan a mover
fuera de sus anteriores enclaves (como Estados Unidos, pero también
Alemania, Francia, Gran Bretaña y Japón) a otros países (como Corea del
Sur, India, Brasil y Taiwán) en busca de menores costos de producción.
Parece bueno para los nuevos lugares del acero y la producción de
automóviles, pero significa despidos en los antiguos centros de
producción.
Pero esas fábricas fugitivas no son toda la historia.
¿Qué hacen los grandes capitalistas, si quieren hacer dinero, en
tiempos de menores ganancias procedentes de la producción? Empiezan a
mover su dinero de las empresas productivas a las financieras. Es
decir, empiezan a especular. Y, en tiempos de especulación, la codicia
no conoce límites. Así tenemos los llamados “bonos de desecho” (de muy
alto riesgo pero de grandes rendimientos) las “adquisiciones forzadas”
(conocidas en inglés como takeovers), “hipotecas abiertas” y
“fondos de cobertura” y todos esas cosas curiosas con nombres curiosos.
Parece que aun Robert Rubin, una de las personas realmente grandes en
el mundo de las finanzas, admitió recién que en realidad él no sabe lo
que es un “liquidity put” (una especie de “rembolso asegurado”).
La
historia que subyace –desde 1970 en adelante– es una de endeudamiento,
una deuda más y más grande. Las corporaciones, los individuos, los
estados, piden prestado. Todos viven por arriba de sus ingresos reales.
Y, si uno se halla en situación de pedir prestado (eso que se llama
crédito), uno puede vivir con mucho lujo. Pero las deudas tienen un
lado difícil. En algún punto, se espera que uno reintegre su deuda, que
pague. Si no lo hace, hay una “crisis de deuda” o “bancarrota” o, si
uno es un país con divisas, que ocurra un descenso dramático en la tasa
de cambio.
Eso es lo que conocemos como burbuja. Si uno infla un
globo lo suficiente, no importa que tan bien nos haga sentir, en algún
punto el globo revienta. Y todo mundo está asustado, como debería
estar. Cuando la burbuja realmente reviente, será muy doloroso. La cosa
es que es mucho más doloroso para algunos que para otros, aunque sea
doloroso para todos.
En algún momento, puede que para Estados
Unidos resulte ser lo más doloroso, como país, para los capitalistas, y
sobre todo para los ciudadanos ordinarios. Parece que Estados Unidos no
ha gastado más que miles de millones sino billones de dólares en
algunas guerras en Medio Oriente que ha estado perdiendo. Y parece que
el país más rico del mundo no tiene en sus arcas billones de dólares.
Así que los ha pedido prestados. Y parece que su crédito en 2008 no es
tan bueno como lo era en 1945. Parece que los acreedores de hoy están
renuentes de “ponerle dinero bueno al malo”. Y parece que Estados
Unidos podría ir a la bancarrota, como Bear Stearns.
¿Acaso serán
China o Qatar o Noruega, o una combinación de ellos, quienes compren
Estados Unidos a dos dólares o aun a 10 dólares por acción? Qué pasará
con todos esos juguetes extremadamente caros que Estados Unidos sigue
comprando, bases militares en cientos de países, esos aeroplanos y esos
buques y esos armamentos que constantemente pide Estados Unidos que le
traigan para sustituir los juguetes de ayer? ¿Quién va a alimentar a la
gente en las filas de comida de los desempleados? Regresen la década
que viene, y déjenme saber.
Traducción: Ramón Vera Herrera


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