
Décadas de militarización de la respuesta policial, creciente desigualdad social y alienación de las minorías reiteran un escenario en Estados Unidos: jóvenes negros muertos bajo custodia policial, disturbios y saqueos callejeros, y una distancia creciente entre los “liderazgos” y la gente más joven. En el lapso de un año este escenario se reiteró varias veces.
En Estados Unidos, donde hay una estadística casi para cualquier cosa, nadie sabe exactamente cuántas personas mueren cada año a manos de la policía, ya sea en acciones legítimas o por abuso de fuerza y gatillos inquietos.
El Departamento de Justicia y el Centro para el Control de Enfermedades, o Cdc por su sigla en inglés, calculan que unas 400 muertes ocurren cada año relacionadas con la acción policial. Los cálculos del Cdc se sustentan en informes anecdóticos y la compilación de noticias en la prensa. Los del Departamento de Justicia provienen de la información voluntaria de las propias agencias policiales, que puede ser veraz o disfrazada.
En parte esto es resultado del sistema estadounidense: en un país con 307,2 millones de personas hay unas 14.200 agencias policiales federales, estatales, de condados y municipios que emplean a unos 700.600 agentes. Cada una lleva, o no, sus propias estadísticas con sus métodos peculiares, y no todas están obligadas a informar al Departamento de Justicia federal sobre los detalles de su trabajo.
Y así, en un país donde puede saberse casi con precisión cuántas personas toman Coca-Cola y cuántos litros por año, cuántos automóviles transitan cada minuto por el puente de San Francisco, o cuántos perros sin dueño mueren cada mes en los albergues, nadie sabe cuántas personas mueren durante encuentros con la policía. Nadie sabe cuántas de esas muertes resultan de un tiroteo entre malandros y agentes, cuántas ocurren por legítima defensa propia del agente, y cuántas reflejan el uso excesivo de la fuerza.
Hasta hace pocos años la información sobre estos incidentes provenía, casi totalmente, de la “historia oficial” redactada por la misma policía. En los casos en que se denunciaban abusos y excesos, los fiscales eran renuentes a encausar a los policías, y en los pocos casos que llegaban a juicio, los jurados se ponían casi siempre del lado de “la ley y el orden”.
Y luego aparecieron los teléfonos móviles con cámara, ahora presentes en todas partes.
“NO PUEDO RESPIRAR”
Ningún peatón o vecino grabó directamente el encuentro entre el agente policial Derren Wilson y el joven negro Michael Brown el año pasado en Ferguson, Missouri. Pero alguien que estaba en ese momento en un edificio cercano, hablando por su celular, grabó accidentalmente la secuencia de disparos y luego la imagen del cuerpo yaciente en el pavimento por horas.
Testigos accidentales sí tomaron el video del encuentro de Eric Garner, de 43 años y negro, con agentes de la policía de Nueva York en Staten Island. Cuando los agentes intentaron esposarlo, Garner resistió y los policías se le lanzaron encima. Claramente se escucha cuando Garner, asmático, gime: “I can’t breath, I can’t breath” (no puedo respirar). Luego, el silencio. Garner murió.
Otro testigo accidental grabó en su celular el video que muestra cuando Walter Scott, negro de 50 años de edad, intentó escapar del agente policial Michael Slager, en North Charleston, Carolina del Norte, y el oficial con toda calma extrajo su pistola, se plantó como si estuviese haciendo práctica en el polígono y disparó ocho veces al hombre que huía. Un detalle adicional en este caso: el testigo demoró en salir a luz con su video, y mientras tanto la policía redactó un informe según el cual Scott atacó a Slager, y luego de los balazos el policía intentó asistirlo. El video muestra una escena que desmiente la historia oficial.
Y en abril, Baltimore. Varios policías arrestaron a Freddy Gray, un negro, qué casualidad, y el joven, con una lesión grave en la espina dorsal, murió dentro de la furgoneta policial. Un video accidental muestra cuando varios de los agentes arrastran al sospechoso, y cuando lo meten a la fuerza en la furgoneta.
Nuevamente las multitudinarias protestas callejeras, ruidosas pero pacíficas, que al anochecer se tornan en saqueos e incendios llevados a cabo por grupos reducidos. Nuevamente el despliegue de policías con armas de guerra, tanquetas, blindados y, en el caso de Baltimore, la invasión de 3 mil soldados de la Guardia Nacional.
La diferencia crucial entre el incidente de Ferguson y el de Baltimore ha sido la fiscalía.
En Ferguson, en lugar de ordenar el arresto inmediato del agente Wilson para someterlo a juicio, el fiscal Robert McCulloch, un hombre blanco, convocó a un jurado secreto que, tras una investigación secreta en la cual la fiscalía defendió más al victimario que a la víctima, decidió que no había causas para el procesamiento.
El padre de McCulloch fue un agente policial ultimado en 1964 por un hombre negro. Un hermano, un tío y un primo del fiscal fueron policías en Saint Louis, y su madre fue oficinista en el Departamento Policial. Estos vínculos abollaron la credibilidad del fiscal entre la comunidad negra que ya, por otras muchas razones, tenía motivos para temer y desconfiar de las autoridades.
Los negros de Baltimore tenían pocas razones para ver con más confianza a la fiscal Marilyn Mosby, que aunque es negra, es hija de un policía y nieta de otro que fue uno de los fundadores de una agremiación de policías negros en Massachusetts.
Mosby, de 35 años de edad y con sólo cuatro meses en su función, demoró apenas cuatro días en formular cargos que van desde homicidio a arresto ilegal contra los seis agentes policiales involucrados en el caso de Gray. Los disturbios cesaron de inmediato.
EL DESCONTENTO
Cada vez que ocurre uno de estos incidentes –que la exposición mediática infla con las imágenes de edificios en llamas– el guión se repite: la policía responde con exhibición de armas y poderío, los pastores de iglesias y activistas comunitarios denuncian el desempleo, la pobreza, la ausencia de oportunidades para los jóvenes, el encarcelamiento desproporcionado de negros y la violencia policial. Los políticos locales buscan posicionarse de la manera que les reditúe más votos, y los políticos nacionales corean perogrulladas acerca de la prioridad que es el mantenimiento del orden en este país de leyes, y la necesidad de un diálogo que enfoque las causas profundas de bla bla bla bla.
En un par de semanas el barullo se olvida.
Pero cada ocasión ha ido mostrando un distanciamiento creciente entre una generación de políticos y dirigentes que entró en escena en la década de 1960 con la lucha por los derechos civiles, y los más jóvenes que viven en una economía donde se esfuman los empleos, los estudiantes salen de las universidades aherrojados por deudas enormes, y los negros y latinos abundan en un estancamiento socioeconómico prolongado.
El presidente Barack Obama, primer mulato en la Casa Blanca, se colocó en el bando de los viejos cuando calificó de “thugs” (patoteros) a los saqueadores e incendiarios de Baltimore. Los llamados al orden y al respeto de las leyes suenan ajenos a quienes en la vida cotidiana están expuestos a constantes detenciones callejeras, multas y otros abusos policiales en todo el país.
La casi segura candidata presidencial demócrata Hillary Clinton, con la mira puesta en los votos de 2016, discurseó generalidades acerca de otra familia que llora la muerte de un joven, y los problemas profundos que deben atenderse para que no vuelva a ocurrir que los policías honestos y dedicados sean blanco de pedradas.
Más notable es el desfase del llamado “liderazgo negro” tradicional. Figuras como el agitador profesional Al Sharpton, el otrora líder Jesse Jackson, artistas como Beyoncé, su esposo Jay Z u Oprah Whitney, y predicadores de la estatura de T D Jakes perdieron la oportunidad de ir a Baltimore y dar la cara donde duele. Las décadas que pasaron desde que la segregación racial pasó a ser ilegal –pero no extinta– han fomentado la emergencia de una clase alta negra, con sus propios medios de comunicación, como las cadenas Own y Bet, donde abundan las entregas de premios en las cuales todos y todas reivindican la “negritud” y rinden homenaje a Martin Luther King. Pero allá se quedan, no bajan a la calle. La Gran Recesión ha quedado atrás, pero mientras que el índice de desempleo entre los blancos es de 4,7 por ciento, sigue en el 10,4 para los negros y el 6,6 por ciento para los latinos.
En Estados Unidos, el país con el índice de encarcelamiento más alto del mundo, la tasa de población tras las rejas es de 678 por cada 100 mil habitantes para los blancos, 1.775 para los latinos y 4.347 para los negros. En gran medida esto resulta de la llamada “guerra contra las drogas” iniciada en los años 1970, y el endurecimiento de las penas para delitos no violentos vinculados con las drogas.
La desigualdad económica en Estados Unidos –donde la mera mención de “lucha de clases” se considera ridícula– ha crecido en las últimas tres décadas a la sombra de “políticas conservadoras”, la reducción de gastos en salud pública, educación y generación de empleos. Los acuerdos de “comercio libre” han devastado las industrias llevándose empleos a tierras de mano de obra barata, y la riqueza ha ido concentrándose en los que, desde la cima financiera global, juegan al casino con los ahorros de los demás.
El año pasado, el multimillonario Nick Hanauer, un especulador que fundó más de 30 compañías, entre ellas aQuantive, que luego vendió a Microsoft en 6.400 millones de dólares, advirtió en un artículo sobre la “rebelión de las masas”.
“En 1980 el 1 por ciento de los más ricos controlaba casi el 8 por ciento del ingreso nacional en Estados Unidos, y el 50 por ciento menos rico se repartía alrededor del 18 por ciento –escribió–. Hoy el 1 por ciento comparte casi el 20 por ciento, y la mitad menos rica sólo el 12 por ciento.”
“El problema no es sólo la desigualdad, ya que cierto grado de desigualdad es intrínseco en toda economía capitalista que funcione –añadió–. El problema es que la desigualdad está en niveles históricamente graves y empeora cada día que pasa. Nuestro país se está convirtiendo cada vez en menos sociedad capitalista y más en una sociedad feudal. A menos que cambien nuestras políticas de manera drástica, la clase media desaparecerá y retornaremos al siglo XVIII tardío en Francia. Antes de la revolución.”
Cuán acertado sea el calendario de Hanauer es discutible. La creciente alienación de la mitad menos afortunada y más joven de la sociedad estadounidense, y la rapidez del gobierno para responder con la fuerza muestran, al menos, ciertos nubarrones en el horizonte. Y en las protestas se entrena la nueva camada de líderes.



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