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El Pacto del Silencio

El Pacto del Silencio

Durante y después de la toma y retoma del Palacio de Justicia el expresidente Belisario Betancur, durante el Consejo de Ministros que sesionó en medio de aquella acción militar, convocó a un Pacto del Silencio para tapar las gravísimas violaciones a los derechos humanos, violaciones al Derecho Internacional Humanitario y crímenes de lesa humanidad cometidas durante la retoma y, después de terminada ésta, cuando los rehenes estaban en poder de los militares en la Casa del Florero, la Escuela de Caballería y el batallón Charry Solano. Este Gran Acuerdo Nacional se hizo para impedir que se conociera la verdad y condujo a la impunidad, en la que participaron las tres ramas del poder público: el ejecutivo, el legislativo y el judicial, y el establecimiento en general. Ese ¡tapen, tapen y deje así!, comenzó con la censura de la Ministra de Comunicaciones a los medios de comunicación bajo la amenaza de censura si seguían reproduciendo el pedido del presidente de la Corte Alfonso Reyes Echandía de ¡Cese al fuego!, y la presentación del partido de fútbol entre Millos y Unión Magdalena en Bogotá la noche del 6 de noviembre de 1985 a las 8:30 pm, para distraer a la opinión pública y desviar la atención de lo que sucedía a pocas cuadras de la Casa de Nariño.

Algunos de los antecedentes de Pactos del Silencio se encuentran en el asesinato del boxeador samario Mama-Toco en Bogotá en 1943, en un contexto de disputas entre conservadores y liberales, donde fue protagonista Laureano Gómez y su periódico El Siglo que a diario se preguntaba, le preguntaba al establecimiento, ¿Quién mató a Mamatoco?, reiteración, presión, que terminó con la caída del presidente Alfonso López Pumarejo. Crimen de Estado que quedó en impunidad.

El asesinato del lider popular Jorge Eliécer Gaitán y el genocidio del movimiento gaitanista que dio origen al periodo conocido como de La Violencia en Colombia, el Frente Nacional –alternancia de los partidos liberal y conservador en el poder– modelo de exclusión política que originó el nacimiento de disidencias, entre otros: el Movimiento Revolucionario Liberal, MRL, la Acción Nacional Popular, Anapo. El Movimiento de Salvación Nacional, el Nuevo Liberalismo, así como surgimiento de las guerrillas de izquierda: Farc, Eln Epl, M-19, entre algunas de ellas.

Acción con reacción. El 3 de diciembre de 1981 un helicóptero lanzó volantes sobre la ciudad de Cali, anunciando públicamente la constitución del grupo paramilitar Muerte a Secuestradores, MAS. Fue el primer grupo paramilitar creado y financiado por narcotraficantes para su protección y de los terratenientes.

Se incrementa la guerra, de ello también da cuenta el asesinato del general Fernando Landazabal Reyes, opuesto al proceso de paz de Belisario, quien renunció el 18 de enero de 1984. El ex ministro de Defensa, Fernando Landazábal, fue asesinado el 12 mayo de 1998 en su casa al norte de Bogotá. Su muerte se produjo en un contexto de violencia contra académicos, defensores de derechos humanos y luchadores sociales.

Son algunos de los graves crímenes y violaciones de los derechos más fundamentales que los poderes políticos del país permitieron, aceptaron, frente a los cuales no insistieron en la verdad, ni se opusieron a la impunidad.

 

¿Por qué tiene actualidad el libro 30 años después?

En 1985 fracasó el proceso de paz que llevaban a cabo el M-19 y el gobierno liderado por Belisario Betancur lo que dio origen a la toma del Palacio para hacerle un juicio al Presidente. El proceso de paz de Santos con las Farc , después de 32 de aquellos sucesos, con sus tropiezos y dudas, y más allá de lo firmado, está en proceso de cristalizarse.

En 1985 los militares estaban en desacuerdo con el proceso de Paz de Belisario con el M-19, en cambio, se han mostrado de acuerdo y participado con el proceso de paz de Santos y las Farc.

En el pasado, en los procesos de paz con el M-19, que dio origen a la Asamblea Nacional Constituyente y a la Carta Política del 91, se opusieron a los beneficios de amnistías e indultos, hoy más 1.100 militares se han acogido a la JEP buscando beneficiarse a sí mismos.

En 1985 los militares estaban disgustados con las altas Cortes porque estaban en contra la figura permanente del Estado de sitio y el juzgamiento de civiles por parte de los militares, y con la decisiones del Consejo de Estado que condenaron a la Nación por las graves violaciones a los derechos humanos cometidas por los militares, y por eso arrasaron con ellas. Hoy, tanto el coronel Plazas Vega como el general Arias Cabrales, se acogen a la Corte Suprema como su juez natural, con el alcance de debilitar la JEP.

Por entonces los militares no estaban de acuerdo en aplicar el DIH o Derecho de Gentes. Por eso, el uso excesivo de la fuerza y la violación al principio de distinción en la retoma. No se respetó la vida de los civiles. Hoy invocan a su favor el DIH como derecho operacional.

En 1985 ni siquiera estaba consagrada como delito la Desaparición Forzada en la legislación domestica, aunque si lo estaba en la normativa internacional, lo cual permitió investigar, juzgar y condenar a los militares por desaparición forzada de personas. Hoy está consagrada en le ley penal y producto del Acuerdo de Paz de La Habana se creó una Unidad de Búsqueda de Desaparecidos.

En la retoma del Palacio de Justicia se utilizó a un paramilitar para repeler el ataque y recuperar a algunos rehenes: al hermano del Presidente de la República y a la esposa del Ministro de Gobierno –hoy Ministro del Interior–. En 1985 se creó el MAS y surgieron a partir de ahí, muchos grupos de este tipo que fueron de creación legal. En el acuerdo de La Habana hay un paquete de medidas para acabar con ese fenómeno, entre ellas, la Unidad de Desmonte de los Grupos Paramilitares de la Fiscalía General de la Nación, dentro del Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y Garantías de no repetición.

Así que este libro da cuenta de los avances ya relacionados, por los cuales hemos luchado, pero también de cuánto camino queda por caminar. Resume, en sus 286 páginas, una parte de la historia nacional, enfatizando en la más reciente, desnudando los hilos del poder y denunciando los abusos del poder, ocultados tras Los Pactos del Silencio.

Un sondeo a la historia del erotismo en la isla de Cuba nos permite captar el interés que este tema despierta como discurso teórico y exploración de vías factibles en el plano de la estética, sobre todo entre especialistas, cineastas, fotógrafos, escritores y poetas. Un tiquete de ida y vuelta a la cultura occidental y su repercusión en el contexto de las letras latinoamericanas. En este segmento aplicado a la sexualidad humana, Lourdes González Herrero (Holguín, 1952) suscribe un expediente por partida doble donde los argumentos del texto coinciden con las vertientes originarias. Con la publicación de María Toda (Ediciones Holguín, 2012), la poeta y narradora cubana se emplea a fondo en una novela de gran interés para los lectores contemporáneos.

En esa breve y extensa obra (breve por la exigencia de la síntesis, extensa por la multiplicidad de paisajes y situaciones disímiles), a primera vista percibimos un detalle previo al abordaje de una nueva lectura: narrativa y poesía conforman un todo único, las fronteras de género desaparecen como convencionalismo porque María Toda es poesía, fuerza creadora en cada acto, en cada objeto, en cada recuerdo… En esta mixtura donde la interioridad juega un rol definitivo, el lector es conducido a un territorio de asedio y complicidad con la escena que es al tiempo acuarela exterior e individualidad indecisa.

La apertura del texto es un recurso de Lourdes González Herrero, una confirmación de las potencias enunciadas por el psicoanálisis, incorporadas al arte, a la literatura y al ensayo: sadismo y masoquismo, sujeto activo y sujeto pasivo en el espíritu y la piel de cada uno de los amantes, todo articulado a un estado natural indiferente a la artificiosidad o al decorado exclusivo de la oferta y la demanda. Extraídas de la interioridad poética, María narradora y María Toda acometen un destino contrastado por la independencia dominante y el candor de la entrega. No hay –como en el pertinente clásico– un convenio verbal conexo al encuentro de los cuerpos o un códice suscitado por la necesidad compartida. Ambas existencias son reinventadas por la narradora en un viaje que avanza entre la alucinación y el lenguaje. El guiño shakespeareano reafirma el sentido de la historia y la negación de la muerte. Podemos declarar que todo es lenguaje fino y afín en María Toda y esta certeza responde a las preguntas: tratándose de un texto supeditado a la brevedad, ¿por qué nos exige una segunda y aun una tercera lecturas? ¿Qué atractivo extremo nos induce al goce reflexivo? Aquí el lenguaje retunde como eco persistente, una ventisca o una oleada marina sobre el abra de la isla entrañable. En cada resonancia del espacio-tiempo la frase precisa, el tono lírico, la voz de la autora con el dominio justo de la trama…

La narradora omnisciente, en absoluta posesión del personaje, no da tregua al escamoteo. Todo fluye a partir de la vivencia donde las situaciones se repiten y los tiempos retornan. Es la voz que nos expone la vida y los ambientes de la protagonista: una niñez centrada en el cuerpo, por consiguiente rasgadura del velo de la inocencia, inmersión en la simiente hecha agua, símbolo permanente de búsqueda en la doble existencia. El entorno familiar –lugar del onanismo y la imagen, del bidet y el gozo preadolescente– resiste la apariencia distante, el punto de donde se parte, al que se regresa en plan de supervivencia o por vía epistolar a un padre transmutado en viñeta. La figura rectora encarnada en padres, tíos, hermanos, para María es extrañeza, conmiseración y hallazgo de un medio expedito.

Pronto llegamos a un ambiente social ajustado al goce y al contacto. Abandonada la aldea, la ciudad es embrujo, reto y conocimiento: “Habana nocturna, de espejismos y amores fáciles, meridiana en su concepto de capital y oscurantismo, una ciudad disimulada por otra ciudad, una ciudad pervertida por otra ciudad, una ciudad donde los jóvenes se desconocían y encontraban con igual facilidad, ideal para perderse, huir” (p. 22). No la ciudad de Cabrera Infante sino La Habana, Santiago, Holguín, que para el caso son la combinación exacta hacia la emancipación del instinto.

En ellas los encuentros, el desenfreno, las amistades, el “Club de los ofidios”, la relación con los vecinos, reflejan la otredad de María Toda, aquello que captura la indagación de ajenos y cercanos. A medida que la historia progresa, se detiene y retrocede, la narradora reitera el carácter “distinto” de su doble, una personalidad compleja en la que se alude, a pinceladas, las tendencias suicidas. Sin embargo, María es afectividad y deseo, realización del cuerpo en la devastación. El conocimiento del “otro yo”, esbozado en lo íntimo y en la exterioridad conductual, aporta a Lourdes González Herrero un instrumento eficaz para agotar la imagen de la protagonista en una dimensión donde cine, poesía y fotografía concurren a la realización del proyecto narrativo.

Concebida como isla que conoce y se conoce, María Toda bordea la vida intelectual, los nombres de poetas tan ajenos a su condición, la simulación y el coqueteo con la academia, siempre en descenso, entre el vicio, el ocaso y la escritura. María narradora nos sumerge en la realidad de ese ímpetu: “Tu propio ejercicio de poeta, definió lo divino que encerrabas. El fluir de los versos te parecía gratuito, un don. Escribías con acierto algunas palabras desconocidas, que luego comprobabas en el diccionario. Gritabas entonces de emoción, y tu rostro conseguía un esplendor aún más poderoso: Es el poder, el poder, intuir que puedes conocer el origen de todo, recorrer el mundo con las palabras, usarlas, preterirlas, amarlas” (p. 93).

Todo es lenguaje, flujo intenso, dominio de la forma, poema para el acto amoroso. El yo fuerte superpuesto a la debilidad de la inexperta y aun a las ínfulas del amante, ahora se despliega en la mirada de María, voyeur y confidente, en un cambio de perspectiva que revela el poder evocador de la palabra. Voyerismo y onanismo, el uno en el otro, el uno para el otro, adquieren visos misteriosos tras la contemplación, afianzan el goce individual y la independencia del objeto deseado, poseedor pero no posesivo, consciente del lugar como “fin de todas las cosas”. Saber y confianza que, a su vez, involucran la realización del amor: el encuentro con Valerio en Santiago, definición del cuerpo a través de la mirada, la comunicación constante entre las protagonistas, ligeras disparidades sobre el discernimiento personal, el descubrimiento lúdico de la intimidad, antesala del verdadero juego del deseo, etcétera.

Ese toque de confidencialidad lleva la mejor parte en la construcción del personaje. La memoria de María funciona como una caja de Pandora, guarda objetos, recuerdos, sufrimientos, costumbres. Testamentaria de los secretos de una juventud desbocada, la oye en la evocación donde el testimonio, en vez de ofender, incentiva la fantasía de la amante reservada, una especie de Ofelia que sigue, paso a paso, las aventuras de los cuerpos y la fascinación por el verbo.

Y en ese ver y contar se solidifica la dependencia, pues la narradora no es ya la acompañante sino la constreñida. En la convulsión el eros recobra instantes de felicidad y ruptura. Como en la novela clásica, se produce la “entrega incondicional”, el abandono del yo a la voluntad del otro. Solo que ese otro femenino excluye los códigos, es liberación y praxis heterogénea, desencadenante final de la angustia.

Las relaciones de María Toda, un arrebato truncado por la muerte prematura, empiezan con el develamiento de la escritura poética y la identificación con el erotismo. En su periplo acumula empalmes con un periodista, un ceramista, un joven de jeans negro y pullover, Valerio, el marinero, varios amantes, un hombre mayor, otros escritores, individuos marginales, un periodista radial, amores en grupo, seres anónimos… Y con ellos el ojo de la narradora, jueza y parte, recrea interiores, espacios abiertos, pinturas, momentos conclusivos. “Te hablo desde la vida”, dice, “ese lugar que tanto disfrutaste” (p. 93). Es el cierre a una existencia de placeres contada con la fuerza y el rigor de quien se rinde a la orgía de la creación literaria. En Escripturas (Ediciones Caserón, Santiago de Cuba, 20013), un poemario posterior a la edición de María Toda, la autora corrobora esa compatibilidad con el erotismo como opción prorrogada para la especie: “Abramos nuestros brazos para recibir el cuerpo incesante del placer. Nunca nos arrepentiremos. El mundo no tiene nada mejor que dar”.

El agua, objeto de reflexión en Bachelard, en Lourdes González es símbolo, principio y fin de la metáfora. Ella establece la apertura y deviene en credo filosófico y, con el agua, el abra. El agua como elemento liberador en uno y otro ser (común a las mujeres), el baño reparador de la jornada (común a los amantes), el agua es la puerta de entrada a la memoria y a la historia. Agua somos y al agua volvemos, parece decir la protagonista, pero el agua es fruto codiciado en la caricia, rédito del clímax donde el abra implica el cumplimiento de la pasión sublime. El abra, imagen física contenida en la geodesia, allá donde mar y cielo completan la parábola, en la novela es nicho que invita a la posesión, a la unidad corpórea y a la plétora sexual en la pluralidad del acto.

En cuanto a la estructura, el texto engloba diferentes niveles de narración: el yo narrador en la voz de María, el género epistolar, el apunte, el poema como enlace de episodios privativos de la trama y las transiciones temporales, hacen de María Toda un acontecimiento de lectura perdurable. Otros elementos como la música, la moral, la noche, el aspecto simbólico y las peripecias de María, otorgan equilibrio a una obra que sigue abierta a la mirada del lector latinoamericano.

 

Información adicional

Autor/a: José Martínez Sánchez
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Le Monde diplomatique, edición Colombia N°173

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