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Las ciudades son sistemas vivos

Las ciudades son sistemas vivos

Las ciudades son sistemas dinámicos inestables, altamente inestables y cambiantes. En un mundo alta y crecientemente globalizado e interdependiente, la gestión de la ciudad no es simple y llanamente un asunto local o regional. Es además, y cada vez más, un asunto global y mundial.

Las ciudades son, literalmente, sistemas vivos: nacen, crecen, se desarrollan, se enferman, se multiplican, se atrofian a veces, envejecen y en ocasiones mueren. Los ejemplos quizás más dramáticos de ciudades que están muriendo son: Detroit, Flint, Canton, Dayton y Cleveland, todas en los Estados Unidos. (La muerte de una ciudad se evidencia en una población decreciente, abandono de las principales industrias, disminución sensible del comercio, en fin, abandono, empobrecimiento y violencia). Pero así como se puede hablar de ciudades que están muriendo, asimismo cabe hablar de ciudades creadas artificialmente; esto es, que no existían antes: Islamabad (Pakistán), Brasilia (Brasil), Louvain–La–Neuve (Bélgica), Astana (Kazajstán), Dodoma (Tanzania), por ejemplo.

Es más, todo lo que puede decirse de un sistema vivo o de un sistema que exhibe vida puede decirse igualmente de las ciudades del siglo XX y XXI, particularmente. Existen procesos metabólicos y procesos termodinámicos; tienen anatomía y fisiología; en fin, son susceptibles de salud y enfermedad, en toda la línea de la palabra, por ejemplo.

En otras palabras, los temas relativos a la gestión urbana son, en la acepción amplia, pero precisa de la palabra, gestión de salud de un fenómeno que comporta innumerables canales y vías, infinitas relaciones entre sus componentes, la gran mayoría de ellas cambiantes, y que entrañan una relación particular con la naturaleza: las aguas, los aires, el suelo, las zonas verdes, y demás.

En términos de la sociedad de la información y de la sociedad del conocimiento, una ciudad se reconoce por el prestigio de sus universidades, la importancia de las bibliotecas públicas que tiene, las librerías, pinacotecas y almacenes de música, por la vida cultural e intelectual, en fin, por sus científicos, académicos, intelectuales y artistas. Ellos representan —ellos, y no las instituciones y estamentos públicos, gubernamentales y privados— las neuronas mismas de una urbe.

La salud de una ciudad se encarna, literalmente, en el sistema de salud, los hospitales y clínicas de cuarto nivel, de tercer nivel, de segundo y de nivel primario, respectivamente, tanto como de puestos de salud. Pero la salud de la ciudad existe igualmente en los espacios y parques públicos, en las ciclovías, su extensión y calidad, en los centros deportivos, en primer lugar públicos, y en general en la proporción entre ejercicio y consumo de cigarrillos, entre tiempo libre y los problemas de alcoholismo, drogadicción y otras dependencias como el juego (los casinos). Sin ambages, la salud de una ciudad no consiste única ni principalmente en los tipos de trabajo que se llevan en ella, sino en la calidad de las viviendas y de los servicios públicos, incluido el transporte, tanto como en el tiempo libre —ocio, recreación y deportes— que se vive en ella.

Los sistemas vivos viven gracias a la existencia de una inmensa cantidad de energía libre disponible, energía que ellos aprovechan para llevar a cabo procesos metabólicos, termodinámicos, de desarrollo y crecimiento, de conocimiento y de evolución. Las fuentes de alimentos, el agua potable, el sol y el viento constituyen las primeras expresiones de energía. La proporción entre el input de energía y el output que resulta del consumo y aprovechamiento de la energía que no puede ser jamás lineal; esto es, proporcionales. Cuando ello sucede, sin duda alguna, un paciente se encuentra enfermo, aparece desnutrición, diarrea, pérdida de líquidos; en fin, anemia y ulteriormente leucemia.

Una ciudad debe ser alegre, incluso con los recursos con que cuenta. La alegría de la ciudad se expresa en sus colores. Así, por ejemplo, Bogotá o Medellín son ciudades rojas, por el ladrillo; Lisboa es blanca; Amsterdam es colorida. De manera notable, la existencia y el aprovechamiento del tiempo de que dispone constituye un claro indicador —no económico ni material— de satisfacción y calidad de vida. La industria de la cultura desempeña, así, en este plano, un papel constructivo, sin la menor duda: teatros y salas de música; recintos dedicados a la poesía, museos y cafés–tertulia; en fin, salas de cine —ojalá de cine–arte y no simplemente de esos circuitos de cine à la Hollywood, de simple entretenimiento vacío. Ello, sin descontar la eventualidad de numerosos encuentros en recintos privados y particulares pivotando alrededor de la cultura, el conocimiento y las artes, en general.

La seguridad constituye en el mundo de hoy un motivo serio de preocupación. Seguridad ciudadana, control del hampa y de las mafias con todos sus negocios y rostros (casinos, trata de blancas, tráfico de drogas, tráfico de armas, corrupción generalizada, agiotismo, grupos sicariales, tortura y homicidios y asesinatos), cuya principal responsabilidad, por acción o por omisión, proviene del Estado y de los gobiernos municipales.

Decía Z. Bauman que la principal forma de control político en las sociedades de hoy consiste en la gestión y fabricación de incertidumbre. Si Occidente es una civilización caracterizada medularmente por el miedo (J. Delumeau), el miedo se vive en la escala cotidiana y para inmensas capas sociales como un fenómeno urbano. Miedo al desempleo, miedo a la enfermedad, miedo al desamor, miedo a la soledad, miedo a la inseguridad; en fin, miedo al miedo. Existen grupos de poder económico y político interesados en generar miedos y temores, incertidumbre y zozobra, pues ello les aporta enormes réditos, pasividad e inacción, división social, aislamiento y ausencia de acción colectiva; además de beneficios económicos, directos e indirectos.

De manera atávica, los centros de las ciudades han venido siendo abandonados por parte de las clases más pudientes a la pobreza y la miseria, a la fealdad y el desaseo. Este fenómeno ha sido estudiado hace tiempo y va acompañado, al mismo tiempo, por fenómenos de gentrificación, esto es, el proceso mediante el cual sectores —zonas y barrios— pobres y marginados son progresivamente desplazados por otros sectores de mayor poder adquisitivo y gradual, y radicalmente renovados, tanto como de cocooning —es decir, el proceso mediante el cual los individuos participan cada vez menos de la vida social y política y se refugian en su casa, como en una fortaleza; de manera tradicional, esta actitud coincide con un proceso de conservadurización (= derechización), políticamente hablando—. Todo ello se traduce en la existencia de guetos sociales, estratificación de las ciudades, división social y mucho resentimiento, de baja o de alta intensidad. Todo lo cual conduce a la formación y fortalecimiento de una mentalidad mafiosa y paramilitar que consiste en que cada quien resuelve sus asuntos como puede y apela, si es necesario, a fuerzas privadas de seguridad y vigilancia, ante la inoperancia del Estado y del gobierno (la expresión cotidiana de paramilitarismo son los super–héroes del estilo de las películas de Marvel, Superman, Batman, y tantos otros. La seguridad ciudadana debe ser fundamentalmente un asunto del Estado y del gobierno. Antes que una mentalidad heroica y de justicia, esta clase de imágenes e íconos promueven una actitud paramilitar y mafiosa).

Como quiera que sea, las ciudades son sistemas dinámicos inestables —altamente inestables y cambiantes—. Más exactamente, en un mundo alta y crecientemente globalizado e interdependiente, la gestión de la ciudad no es simple y llanamente un asunto local o regional. Es además, y cada vez más, un asunto global y mundial. Vivimos, por primera vez, en la humanidad, gracias a los crecientes procesos de integración y globalización e interdependencia en muchas escalas y niveles, un mundo pequeño (small–world theory). Esta circunstancia plantea serias dudas acerca de la gestión de las ciudades, como un asunto simplemente local y de simple planificación urbana y otros métodos lineales.

Información adicional

Autor/a: Carlos Eduardo Maldonado
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Fuente: Palmiguia

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