
Wigan supo ser una ciudad obrera que creció durante la Revolución Industrial pero que, luego de la Gran Depresión de los años 30, vio caer su actividad industrial y crecer el desempleo y la pobreza. En el libro El camino de Wigan Pier (1937), George Orwell retrató este paisaje social desolado, que hoy parece retornar.
Había que empezar por el principio: Darlington Street, Wigan, Lancashire. La descripción de la pensión ubicada en el número 22 de esta calle abre El camino de Wigan Pier (1). Este relato de George Orwell, desconocido aún hoy en Francia, fue un éxito editorial en el Reino Unido desde su publicación, en marzo de 1937, en la editorial de Victor Gollancz. Sigue siendo bien visto tener en la biblioteca, a pesar de no haberlo leído, esta descripción precisa y cruel de la condición obrera durante la Gran Depresión en Inglaterra −la del noroeste, los escoriales y las fábricas, los pozos, las galerías y los baldíos−.
En ese invierno de 1936, Orwell residió durante algunos días en casa de los Brooker, administradores de una pensión miserable y de un despacho de achuras igual de miserable en el barrio de Scholes. Queda lo suficientemente marcado como para que el 22 de Darlington Street ocupe el primer capítulo de su libro. Suciedad, promiscuidad, pequeñez de los alojamientos, miseria de los pensionistas (extenuados por los trabajos agotadores y mal pagos, acosados por los órganos de control administrativo…)… Esto es para Orwell un resumen de su periplo por esa región en la que a la dureza de las condiciones de trabajo se le suma la del desempleo. Escribe los “dédalos infinitos de los antros”, las “sombrías partes traseras de las cocinas en las que seres decrepitantes y sufrientes dan vueltas como cucarachas”. Y remata: “Es necesario ver y sentir −sobre todo sentir− de tiempo en tiempo tales lugares, para no olvidarse de que existen. Incluso si lo mejor es no quedarse ahí durante mucho tiempo”.
Pobres cada vez más pobres
El despacho de achuras no existe más. Más allá, sobre un terraplén de césped alegre, una placa casi invisible recuerda el paso del escritor. Bajo la garúa de un fin de verano de 2018, Darlington Street no es para nada vistosa. Tampoco verdaderamente siniestra. Y muy larga. Las impecables hileras de casas de dos pisos de ladrillo rojo parecen estirarse hasta el horizonte. Todas idénticas. Aunque si se mira bien la pintura de algunas puertas está más descascarada que la de otras; algunas ventanas tienen flores de plástico. En algunas planta bajas hay negocios −en su mayoría definitivamente cerrados: cortinas de hierro bajas, tablones que tapan las vidrieras−. Entre los pocos sobrevivientes, tiendas que ofrecen al mismo tiempo pizzas, hamburguesas y kebabs. Las maderas verde primavera del cartel de un bookmaker atraen la mirada. La miseria no salta a la vista, y Orwell, hoy, no vería en la parte de atrás de una casa a esa mujer que “entendía tan bien como yo la atrocidad que implicaba estar ahí, de rodillas en el frío cortante sobre las piedras resbalosas del patio de atrás de una pocilga, hurgando con un bastón un tacho de basura nauseabundo”. Las casas siguen ahí, hombro con hombro, y medianeras, en hileras de cientos de metros. Sus minúsculos patios a veces están decorados con rosales y se abren a veredas anchas, cuidadas y arboladas.
El Scholes de 2018 sigue siendo un barrio pobre. Más del 17% de la población de Wigan en 2011 contaba con un subsidio del Estado (2), contra el 13,5% a nivel nacional, y el 16% vivía en un alojamiento social, contra el 9% para el conjunto del país. Y Scholes forma parte de los barrios más desfavorecidos de esta ciudad desfavorecida. Orwell describía las “ciudades obreras en las que la totalidad de los ocupantes subsisten sólo gracias a los comités de asistencia pública, creados en 1930, y a los subsidios de ayuda”. Hoy, Barbara Nettleton, fundadora de la asociación comunitaria Sunshine (“rayo de sol”), cree indispensable hacerles saber a los habitantes que “no hay vergüenza en ser pobre”.
Los años que le siguieron a la Segunda Guerra Mundial al final serían no más que un paréntesis. Las minas de carbón, las hilanderías de algodón, las acerías funcionaban a plena capacidad, y Londres instauraba el Estado de Bienestar. “De niña, no necesitaba despertador a la mañana porque escuchaba el timbre de la fábrica de al lado −recuerda Nettleton−. Se podía dejar un trabajo a la mañana y encontrar otro a la tarde”.
“El primer ruido de la mañana es el paso de los obreros con sus galochas sobre la calle pavimentada”, escribe Orwell. “Éramos un centro industrial muy activo. Había aserraderos, textiles, mecánica, minas. Día y noche, se oía resonar el calzado de los obreros que iban o volvían del trabajo −cuenta Les Bond, obrero jubilado, al evocar su ciudad de Accrington, a treinta kilómetros de Wigan−. Y después, en los años 1960, los obreros pudieron sacar préstamos para comprarse casas. Todo eso se terminó. Todas las industrias se fueron.” Desindustrialización, globalización, neoliberalismo: esta región, de Liverpool a Sheffield pasando por Manchester, no se recuperó de los “años Thatcher” (3).
“El fracaso de la huelga de los mineros en 1984 fue un duro golpe para la clase obrera”, se lamenta Gareth Lane, de la Bakers, Food and Allied Workers’ Union (BFAWU, sindicato de la industria alimentaria), aunque sea demasiado joven como para haberla vivido. “Nos cuesta remontar y organizar a los trabajadores.” Porque, del bastión industrial, no queda nada. Incluso la memoria parece haber sido borrada, salvo en los viejos y en los militantes. “¿Las minas, los mineros? ¡Tengo treinta años! ¿Qué quiere que le diga?”, exclama un joven vendedor de autos mientras bebe cerveza en el club de los mineros de Astley. Acaso no haya ni siquiera jamás notado, arriba de la barra, los platos decorados en honor a los mineros. En uno de ellos, esta frase: “Despite pitfalls, some good, some bad, I’m proud to be a mining lad” −que se puede traducir más o menos así: “A pesar de los pozos, unos buenos, otros malos, estoy orgulloso de ser un minero”−. Rodea los tres atributos simbólicos del oficio: el casco, las galochas y la lámpara. Orwell se hacía eco de este orgullo, él que profesaba su admiración, luego de haber bajado ahí en persona, por esos “espléndidos tipos de humanidad” capaces de trabajar en el infierno del carbón.
El George Orwell de El camino de Wigan Pier no tiene buena prensa acá. Desde la aparición de su libro, en 1937, están quienes le reprocharon haber oscurecido el cuadro. Jerry Kennan, un minero desempleado, militante político y “guía” de Orwell, afirmó que el escritor había rechazado a sus primeros arrendatarios, no lo suficientemente miserables para él, por los Brooker, más acordes a la imagen de mugre y pobreza que él buscaba. Esta acusación vendría de hecho de una herida de amor propio de Kennan, que no recibió un ejemplar dedicado. El Diario de Orwell indica que fue una enfermedad inesperada de su primera arrendataria lo que lo llevó a los vendedores de achuras. Pero poco importa: la leyenda es tenaz, y es retomada con deleite por muchos comentadores hasta el día de hoy. Conviene hacer que se olviden de Orwell, y sobre todo decir que todo eso ya se superó, que caiga en el olvido de la historia.
Mas a esta historia, Brian, hijo, nieto y bisnieto de mineros, con quien nos encontramos en un bar de Accrington, la estudió. Quería incluso dedicarse a eso. Hoy en día es obrero a tiempo completo en una fábrica de aberturas y se ríe: “Siete años de estudios de historia… ¡todo para llegar acá!”. Igual se considera afortunado. Sus amigos de infancia, treintañeros como él, o bien se fueron o están desempleados o precarizados. “Los cargadores que trabajaban medio desnudos en el fondo de la mina que describe Orwell hoy en día son reemplazados por los desempleados de los jobcentres [la agencia de desempleo] o los trabajadores con contratos ‘cero horas’. La diferencia con la época de Orwell es que ya no hay trabajo. ¡Pobreza sí que hay! Está incrustada acá.”
Una ayuda que se escurre
Las dos o tres calles peatonales más bien arregladas de los centros de Wigan, Sheffield o Accrington no cambian nada: la pobreza es inocultable en las ex ciudades industriales. Los habitantes hacen sus compras en los supermercados de comidas especializados en rebajas. Nos encontramos acá en el país de los negocios en los que todo cuesta 1 libra esterlina (pound): Poundland, Poundstretcher, Poundworld… Para la ropa y los accesorios, los habitantes se dirigen a los negocios de caridad como los del Ejército de Salvación. Para las computadoras, las alhajas y los teléfonos de oferta, los Cash Shops o Cash Converters venden productos empeñados por los que se quedaron sin plata. El ojo de Orwell, hoy, se vería atraído no por el negro del polvo del carbón que manchaba todo, sino por los colores chillones de estas vidrieras, tanto más vivos cuanto que los productos son de mala calidad. El escritor describiría probablemente los BrightHouse, una cadena de mala reputación de alquiler con opción de compra de muebles y de electrodomésticos con locales en pleno centro, enfrente de la Municipalidad de Accrington o enfrente del gran centro comercial que se encuentra a dos pasos de las peatonales de Wigan. Su clientela: los más pobres y los más vulnerables, según las mismas autoridades financieras británicas (4).
Los BrightHouse no intentan ocultar las apariencias. La pintura de la vidriera está descascarada, la alfombra gastada. Ninguna gran marca entre los lavarropas, los pantalla plana, las cocinas o los sillones que se encuentran en alquiler con opción a compra. Pero las tasas de interés son prohibitivas: no menos de 69,9% cuando se las calcula por año. Tomemos por ejemplo un lavarropas con una capacidad de seis kilos, de una marca muy modesta: la etiqueta indica 180,50 libras esterlinas (206 euros). Pero BrightHouse se dirige en primer lugar a las personas que no pueden desembolsar esta suma de una sola vez, y que tienen que pagar en cuotas. El principio es simple: mientras más pobre es uno, más paga, y termina pagando muy caro. El mismo lavarropas va a terminar costando 535 euros si uno elige la opción de cuotas de 3,40 euros por semana en ciento cincuenta y seis semanas, es decir tres años. La televisión de 374 euros finalmente se la va a estar pagando a 890 euros a razón de 5,70 euros por semana en tres años. Sin contar el seguro. La cadena es próspera: 270 locales en todo el Reino Unido. Miles de familias firman ahí contratos.
Lisa P. todavía se muerde los dedos (5). Esta joven mujer de 25 años, pelo violeta, piercing y pantalón deportivo nunca trabajó. Le diagnosticaron la enfermedad de Crohn cuando estaba embarazada de su primera hija, a los 17 años, y recibe un subsidio por invalidez de 342 euros cada dos semanas, al que se le suman otros 342 euros de subsidio por enfermedad mensuales. Su compañero recibe, por su parte, 250 euros por semana del subsidio de desempleo. Viven con sus cuatro hijos en un alojamiento social de 91 euros por semana, sin contar las facturas, y es muy difícil llegar a fin de mes. “Resistir a las demandas de los niños permanentemente es agotador −suspira mientras sus chicos traviesos juegan a la pelota en medio de los bancos de la iglesia en la que nos encontramos con ella−. Cuando se me rompió la cocina me dejé llevar. Tuve ganas de una cocina nueva. Fui a BrightHouse, y me tenté también con una televisión de cuarenta y dos pulgadas. Eran 34 euros por semana por todo, a dos años; pensé que iba a andar.” Un imprevisto, un accidente de pago, y el seguro ya no corre. El televisor se descompuso. Lo tiene que seguir pagando hasta el final.
Historias como ésta, la reverenda Denise Hayes (6) puede contar docenas. Dividida en dos por unas puertas altas, su iglesia de Saint-Barnabas, en Wigan, sirve al mismo tiempo de lugar de culto y centro comunitario: café y té gratis, mesas y sillas, un rincón salón con sillones, billar, juegos para los chicos, una pequeña tienda de comestibles a precios muy bajos. Por ahí pasan cada tarde madres y padres de familia, desempleados, trabajadores precarios, alcohólicos, drogadictos, desesperados −lo mismo que decir toda la población de la parroquia de Saint-Barnabas, 3.600 almas−. “Cuando llegué a este barrio, hace cuatro años y medio, la situación era mala. Hoy es peor −afirma Hayes−. Antes, ya era difícil saber cuál era el principal problema: la falta de trabajo, los empleos precarios, los bajos salarios, la falta de calificación y de formación… Ahora, las autoridades le agregaron una capa más a la miseria: la reforma de los subsidios.”
Un solo subsidio que se desembolsa cada mes, el “crédito universal”, tiene que reemplazar a seis, entre los que se cuentan el subsidio de desempleo, el de vivienda, el de invalidez y el de familia, que algunos reciben semanalmente, otros de manera mensual, dos veces por mes o, en el caso del de vivienda, se le entrega directamente al propietario (privado o proveedor social). Adoptada en 2013 por los conservadores, puesta en práctica progresivamente, esta medida es vilipendiada por todos. No adaptada a las necesidades de las poblaciones involucradas, desajustada, con fallas incesantes, aterroriza literalmente a Tony, que cría solo a sus cuatro hijos: “Tengo que pasarme al crédito universal a fin de año y no sé cómo me voy a arreglar”, cuenta este obrero agrícola desempleado desde hace ocho años, mientras su hijita más pequeña patalea en sus brazos en uno de los sillones de la iglesia de Saint-Barnabas. “Ya ahora me cuesta con mis hijos que reclaman siempre alguna cosa −agrega−. Va a ser todavía más difícil resistirlos, con toda esa plata a principio de mes.” Tony cobra 250 euros cada lunes, “de los cuales 107 van directamente al proveedor social”. Compra la comida de la familia lo más barata posible, “sobre todo hamburguesas, papas y pastas”, y el fin de semana ya tiene problemas.
Los obreros de El camino de Wigan Pier pagaban el gas al meter (contador), poniendo monedas en el aparato. Nada cambió, o casi. Tony usa una tarjeta prepaga: “Antes, yo pagaba por factura, pero, una vez, no pagué y casi me cortan el gas. Por eso, con esta tarjeta, sólo consumo lo que puedo pagar de gas y de electricidad”. Una sonrisa gesticulante le anima la boca casi totalmente desdentada: “A veces hace frío en la casa”. Hayes asegura que el 90% de sus parroquianos usan esta forma moderna de meter. Y ella comprende la angustia de Tony: “El pasaje al crédito universal se hace de cualquier manera. Acá, muchas personas viven de los subsidios desde hace años. Recibir en una sola vez una suma importante es difícil de manejar. Pero lo peor es el plazo del paso al desembolso único: hay un puente de cinco, y hasta puede ser de diez u once semanas. Durante ese lapso de tiempo no reciben nada. Por lo que toman prestado. A los amigos si tienen suerte, o a los usureros. Y es una espiral: nunca van a lograr llenar ese agujero”.
Algunos acumulan las dificultades. Por ejemplo los que tienen que pagar, además del resto, el spare room tax, rebautizado desde que se lo adoptó en 2013 como bedroom tax (impuesto al dormitorio). Imaginemos una familia con dos hijos que vive en un alojamiento social de tres dormitorios. El hijo mayor se va de la casa. Su dormitorio, a partir de entonces libre u ocupado de tiempo en tiempo, es considerado superfluo por el proveedor social. La familia por lo tanto verá cómo su subsidio de vivienda disminuye en un 14%. Con dos cuartos “de más”, la disminución es del 25%. Lo mismo si en la familia hay dos niños del mismo sexo: pueden compartir el mismo dormitorio. “La idea es llevar a la gente a que abandone su vivienda por una más pequeña −desentraña Hayes−. Pero hay escasez de viviendas sociales, por lo que la gente no se va.” Muchos inquilinos se encuentran con pagos atrasados de los alquileres. Y entonces los expulsan. “Estas personas tienen una vida caótica; la administración la vuelve aun más caótica. ¡Se diría que lo hacen a propósito!”, fulmina la reverenda.
Acá como en todos lados, hoy como en los años 30, quien recibe subsidios, por más pequeños que sean, es calificado de parásito. “En las clases medias, se seguía hablando de ‘esos vagos que se rascan a expensas de los contribuyentes’ y diciendo que ‘encontrarían todo el trabajo que quisieran si se tomaran la molestia de buscarlo’”, escribía George Orwell. “Saquémosles los subsidios a los que se niegan a trabajar”, proclamaba el dirigente conservador David Cameron durante su campaña victoriosa de 2010, que le permitió convertirse en primer ministro −hasta el voto sobre el Brexit−. Obtener un subsidio de desempleo y conservarlo es una carrera de obstáculos. David, en sus primeros treinta, contador, todavía tiene pesadillas con los formularios de cincuenta o cien páginas a llenar y con la opacidad de un sistema intrusivo: “Para el monto del subsidio, se fijan dónde uno vive, con quién, si uno tiene hijos, y son ellos los que deciden qué es lo que uno necesita. A veces lo que le dan a uno no alcanza ni siquiera para la comida, para los pasajes de colectivo, para ir a una de las entrevistas o a una entrevista de trabajo”.
David hoy trabaja dieciséis horas por semana para Sunshine, la organización de Nettleton. Tiene que demostrar que busca activamente un trabajo de tiempo completo durante las dieciocho horas restantes… “Le debo treinta y cuatro horas por semana al jobcentre”, suspira el joven. Orwell en 1936 habla del means test, o “test de recursos”, herramienta de vigilancia del conjunto de los ingresos del núcleo familiar de un desempleado. Instaurado en 1931, fue “una de las instituciones más detestadas del país durante el período de entreguerras” (7). Hoy, al doctor Aneez Esmail, médico clínico desde hace treinta años e investigador en la Universidad de Manchester, se le va la voz: “Tengo muchos pacientes con patologías mentales, como depresiones graves. Algunos reciben desde hace diez años el subsidio por invalidez. ¡Brutalmente, la administración les dice que pueden trabajar y que tienen que buscar un trabajo! ¡Pero no es gente capaz de eso!”.
Ian, por su parte, fue maquinista durante treinta y cinco años. Una mañana se despertó y no se podía mover. “Artritis”, le diagnosticaron los médicos. Estaba inválido, con el subsidio correspondiente. “Al principio me dejaron en paz. Y ahora consideran que puedo trabajar porque no tengo los brazos paralizados. Me hicieron hacer un curso de empleado de oficina. Incluso con muletas, uno puede usar una computadora”, ironiza detrás de la recepción de Sunshine, donde trabaja como voluntario en el marco de esta reconversión. Sólo que este fan del rock tiene más de cincuenta años: “Las empresas cuando ven mi CV, entre mi discapacidad y mi edad, pasan directamente al siguiente”.
Precarización y desesperación
Como muchos de sus hermanos originarios del subcontinente indio, el doctor Esmail hizo gran parte de su carrera de clínico en los barrios más populares, descartados por los médicos británicos. En su consultorio y en sus visitas a domicilio, ve cómo se profundiza la miseria desde 2008 y la austeridad, y poco le importa el 4% de desempleo de agosto de 2018 con el que se enorgullece el gobierno conservador: “Nunca vi tantas desigualdades, ni tanta indigencia. Cuando era estudiante, en Sheffield, los mineros tenían orgullo, y esperanza para sus hijos. Hoy, algunos de mis pacientes no tienen con qué pagar el funeral de un padre. El destino de la mayor parte de ellos es el desempleo o trabajos desvalorizados y mal pagos”. Desaparecidas las minas, las hilanderías, las acerías: los empleos de hoy en Wigan, Sheffield, Accrington o Manchester son los depósitos de las grandes empresas de ventas on line y las cadenas de comida rápida. Empleos no calificados, casi siempre pagados con el salario mínimo, es decir 8,94 euros bruto por hora. Jill, 53 años, se decidió a presentarse en Amazon. Las condiciones le resultan penosas −salario bajo, tiempo de viaje muy largo−: “Con el recorte en el gasto público, hay menos colectivos. Tengo que cambiar dos veces de transporte. El viaje me lleva una hora y media de ida y otro tanto de vuelta”. Pero es un trabajo de tiempo completo. Siempre mejor que los contratos “cero horas” a los que estaba abonada en los últimos años.
Introducidos por McDonald’s en los años 1980, los contratos “cero horas” se generalizaron después de la crisis de 2008. Sin definición legal, se extendieron a todos los sectores de actividad y están de hecho reconocidos por el Estado: desde 2014, un desempleado no puede rechazar uno, so pena de ver su subsidio suspendido (8). “Es un contrato sin garantía horaria −explica Lane, el sindicalista de BFAWU−. El empleador te hace trabajar a su antojo, tantas horas como considere necesario. Pueden ser cincuenta horas esta semana y ninguna la que viene. Se te avisa a último momento y no podés decir nada.” Él mismo abandonó el colegio a los dieciséis años, antes de pasar por este tipo de contratos “con decenas de empleadores distintos”. En general, la contratación se hace con una agencia de empleo como intermediaria, lo que fragiliza aun más al asalariado. “Durante la Gran Depresión, los trabajadores iban a hacer fila en los muelles y los empleadores se acercaban a contratar a la cantidad que necesitaban. Volvimos a eso, pero peor. Los supervisores hacen lo mismo, pero lo hacen por teléfono, por lo que la gente está muy aislada”, se enoja quien intenta, desde hace dos años, organizar a los trabajadores de McDonald’s con el movimiento de huelgas giratorias, apodado “McStrike” (“McHuelga”). Los contratos “cero horas” hacen que la vida se vuelva incierta: imposible prever algo, incluyendo los momentos de esparcimiento con los hijos; imposible planificar el mínimo gasto. Orwell, sin dudas, habría incluido a quienes se encuentran encadenados a este sistema en el círculo de “todos los que trabajan pero que, desde el punto de vista pecuniario, podrían del mismo modo estar desempleados, dado que el salario que reciben de ninguna manera podría ser considerado como un salario que permita vivir de manera decente”.
En cuanto a pagar un depósito y encontrar un alojamiento por fuera del parque social, mejor no pensar en eso. Un departamento de una sola habitación puede costar 850 euros, sin incluir gastos, en un barrio desfavorecido de Manchester. ¿Cómo sorprenderse, entonces, de que dos asalariados con trabajos de tiempo completo y con un contrato normal tengan que vivir en el hogar para gente en situación de calle de Salford, en el conurbano de la ciudad? Escondido detrás de un centro médico, el asilo de noche de ladrillos negros linda con una iglesia pentecostal. Ese sábado, los dos trabajan, y Justin, que nos recibe en el hogar, no nos dirá nada de ellos, “por pudor”. El asilo es el único del sur de Manchester que está abierto los siete días de la semana, los doce meses del año, y es mixto. Por cada persona alojada, el hogar recibe 114 euros por semana de la caja nacional de subsidios. En el comedor, una decena de hombres de todas las edades −el más joven con la cara cubierta de acné, el más viejo con aspecto de Papá Noel, barba larga y colita blancas, redondeces bonachonas− y dos mujeres se encuentran sentados en mesas redondas. Una silueta envuelta en una manta está recostada en el sillón del salón, entre la televisión encendida y un billar en el que no juega nadie. Durante el día, el dormitorio está cerrado. Justin no lo va a abrir hasta las 21:30, para el sermón religioso. Las puertas se cierran y las luces se apagan a las 22; hay que irse de ahí a las 6. Treinta hombres y mujeres comparten el vasto ambiente, sin ninguna intimidad. Las camas están alineadas, todas se parecen entre sí, excepto por unos osos de peluche en dos camas ocupadas por mujeres. Cuando el hogar tiene que rechazar gente, y siempre ocurre eso, Justin les da una bolsa de dormir y aconseja que se vayan a instalar al McDonald’s de la esquina, abierto las veinticuatro horas del día. “Pero sobre todo no se tienen que dormir, si no los echan”.
El impacto de la austeridad y de los recortes presupuestarios en la gente más frágil es muy grave, asegura el doctor Esmail: “La obesidad es uno de los marcadores de la pobreza. Cada vez más personas tienen diabetes. Que nosotros combatimos con medicamentos caros, cuando la enfermedad se debe a la obesidad, y ésta a la pobreza. ¡Es absurdo!” Es cierto, la pobreza extrema que existía en los tiempos de Orwell retrocedió; la gente ya no muere de hambre. Pero los pobres son cada vez más. “Y están cada vez más desesperados. Hemos hecho de la desesperación un modo de vida”.
1. George Orwell, El camino de Wigan Pier, Destino, Barcelona, 2012.
2. Censo de 2011; el próximo será en 2021.
3. Margaret Thatcher, primera ministra conservadora, en el poder de 1979 a 1990.
4. La empresa BrightHouse fue investigada por la autoridad de reglamentación de sociedades financieras, que juzgó que no era un “prestamista responsable”. Hilary Osborne, “Révélations sur les placements secrets de la reine d’Angleterre aux îles Caïmans”, The Guardian, Londres, traducido por Le Monde, 5-11-17.
5. A pedido de la persona se cambió el nombre.
6. En la religión anglicana, las mujeres pueden ser ordenadas curas.
7. Véase Stephanie Ward, Unemployment and the State in Britain: The Means Test and Protest in 1930s south Wales and north-east England, Manchester University Press, 2013.
8. Véase Jacques Freyssinet, “Royaume-Uni. Les contrats ‘zéro heure’: un idéal de flexibilité?”, Chronique internationale de l’IRES, Nº 155, Institut de recherches économiques et sociales, París, febrero de 2017.
*Periodista, autora de Petites morts à Gaza, ediciones Nuits blanches, colección “Pollars”, París, 2011.
Traducción: Aldo Giacometti



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