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Un segundo frente popular

Un segundo frente popular

La presencia en las rotondas de gran cantidad de mujeres de clases populares, que constituyen el corazón de los servicios esenciales y representan el poder ignorado del movimiento, amenaza con paralizar una parte central de la economía francesa.

 

Llevan puesto un chaleco amarillo, controlan la circulación en las rotondas, hablan de su vida cotidiana, luchan. Enfermeras, cuidadoras a domicilio y niñeras también se calzaron el atuendo fluorescente para hacer caer el velo que no deja ver desde afuera a estas trabajadoras entre bastidores. Mujeres y asalariadas, con jornada laboral doble y bajos ingresos, cargan con todo el peso de la osamenta rancia del Estado social.

 

Y con razón: los sectores mayoritariamente femeninos de educación, salud, trabajo social y limpieza representan la piedra angular invisible de las sociedades liberales y al mismo tiempo su locomotora. La interrupción de esos servicios fundamentales paralizaría a todo un país. ¿Quién se ocuparía entonces de las personas dependientes, de los recién nacidos, de la limpieza, de los niños? Ni los enérgicos rompehuelgas ni las fuerzas del orden que arremeten contra las barricadas podrían hacer nada al respecto: en la escuela de gendarmería no les enseñan a cuidar a ancianos. Estas tareas, que en el último siglo pasaron del universo familiar, religioso o caritativo al del trabajo asalariado, saltan a la vista únicamente cuando nadie las atiende. A fuerza de infligir a estas trabajadoras, consideradas resistentes, medios cada vez más restringidos mientras la demanda aumenta, algo se quiebra. Empleadas de limpieza de hoteles y de estaciones de tren, cuidadoras a domicilio, empleadas de geriátricos y personal hospitalario, desde fines de 2017, llevan adelante, una tras otra, batallas difíciles pero muchas veces victoriosas.

Una fuerza latente

 

La figura del minero o del trabajador fabril, padre de familia que aporta el sustento económico, ha simbolizado con tanta fuerza a la clase obrera durante el siglo XIX que aún hoy se asocia a las clases populares con los hombres. ¿Quién piensa espontáneamente en las trabajadoras cuando se habla de proletariado? Ciertamente, los obreros, que desde hace ya mucho tiempo los medios archivaron en la galería de las especies sociales extinguidas, aún representan por sí solos más de una quinta parte de la población activa. Pero la feminización del mundo laboral se encuentra entre las transformaciones más profundas del último medio siglo, especialmente en la base de la pirámide social. En Francia, las trabajadoras representan el 51% del sector asalariado popular, compuesto por obreros y empleados; en 1968, la proporción era del 35% (1). Desde hace medio siglo, el número de empleos masculinos no ha variado mucho: 13,3 millones en 1968 respecto de 13,7 millones en 2017; en tanto los empleos ocupados por mujeres pasaron de 7,1 millones a 12,9 millones. En otras palabras, casi toda la fuerza de trabajo reclutada desde hace cincuenta años es femenina –en condiciones más precarias y por un salario una cuarta parte inferior por un puesto equivalente–. Por sí mismas, las trabajadoras médico-sociales y educativas cuadriplicaron su número: pasaron de 500.000 a 2 millones entre 1968 y 2017 (sin contar a las docentes de nivel medio y superior).

Mientras que en el siglo XIX el auge del proletariado industrial había determinado la estrategia del movimiento obrero, en la actualidad, en cambio, el crecimiento notable del sector de servicios esenciales, en los que predominan las mujeres, su poder potencial de obstaculizar y el surgimiento de conflictos sociales victoriosos hasta el momento no han alcanzado aún una traducción política o sindical. Sin embargo, ante tal fuerza de empuje, la corteza se rompe y se imponen dos preguntas: ¿en qué condiciones estos sectores podrían desplegar su insospechada potencia? ¿Pueden organizarse en un grupo cohesivo fuerte y numeroso, formar una alianza capaz de lanzar iniciativas, de imponer una relación de fuerzas y de movilizar en torno a ellas otros sectores? A primera vista, la hipótesis parece extravagante. Las trabajadoras de los servicios esenciales forman una nebulosa con estatus dispersos, condiciones de ejercicio y de existencia heterogéneas, lugares de trabajo alejados. Pero, así como la ausencia de unidad interna no impidió a los “chalecos amarillos” unirse, los factores que dividen al proletariado femenino del sector de servicios parecen menos decisivos que los que lo agrupan, empezando por su fuerza numérica y por el adversario que tienen en común.

De las clases populares a las clases medias, estas asalariadas encargadas del mantenimiento y de la reproducción de las fuerzas de trabajo (2) se caracterizan por conformar un personal muy numeroso. Entre ellas, se encuentran trabajadoras que prestan servicios a empresas (182.000 trabajan en la limpieza de oficinas), pero sobre todo un proletariado que trabaja en el sector de servicios para particulares: 500.000 empleadas domésticas, 400.000 niñeras y más de 115.000 mucamas trabajan a domicilio. Un número aún mayor ejerce en instituciones públicas: 400.000 auxiliares de enfermería, 140.000 auxiliares de puericultura y acompañantes terapéuticas y más de medio millón de empleadas de hospital –sin contar al personal administrativo–. A dichos efectivos femeninos se suman los masculinos, muy minoritarios en el sector. Estas asalariadas mal pagas, que en horarios desfasados realizan tareas poco valorizadas en condiciones difíciles, se codean en la producción de servicios esenciales con las llamadas profesiones “intermedias” de la salud, del trabajo social y de la educación. Mejor remuneradas, más calificadas, más visibles, las dos millones de trabajadoras de este sector en constante crecimiento ejercen como enfermeras (400.000), docentes de primaria o secundaria (340.000), puericultoras, animadoras socioculturales, maestras integradoras, rehabilitadoras, técnicas médicas, etc.

Por supuesto, una brecha separa a la enfermera de un hospital público de una cuidadora a domicilio indocumentada. Pero este grupo dispar, que junto a los hombres representa más de la cuarta parte de la población activa, participa de la producción de un mismo recurso colectivo y presenta varios puntos en común. En primer lugar, la naturaleza misma del sector de asistencia y cuidado de personas, de trabajo social y de educación vuelve dichos empleos no sólo indispensables, sino también imposibles de deslocalizar y poco automatizables, puesto que exigen un contacto humano prolongado y/o una atención adaptada a cada caso particular. Por otra parte, todos esos sectores padecen las políticas de ajuste; en las escuelas o en los geriátricos, sus condiciones laborales se deterioran y se incuban conflictos. Por último, gozan de una buena reputación por parte de una población que puede imaginar una vida sin altos hornos, pero no sin escuelas, hospitales, guarderías o geriátricos.

Esta configuración singular permite cartografiar una coalición social potencial que podría agrupar al proletariado del sector de servicios esenciales, a las profesiones intermedias de sectores médico-sociales y educativos, así como a un pequeño porcentaje de profesiones intelectuales, como la docencia de nivel medio.

 

Dos universos opuestos

 

El hecho de que la formación efectiva de este bloque enfrente tantos obstáculos quizá se deba a que rara vez se ha intentado superarlos. A pesar del crecimiento de las estadísticas, hasta ahora, ningún partido, sindicato u organización intentó colocar dicha base predominantemente femenina y popular en el centro de su estrategia, relevar sistemáticamente sus preocupaciones, ni defender prioritariamente sus intereses. Y sin embargo, los actores más conscientes y mejor organizados del movimiento obrero ferroviario, portuario y de los docks, de los sectores eléctrico y químico saben bien que las luchas sociales decisivas no podrán depender eternamente de ellos, como quedó demostrado durante el conflicto sobre la reforma ferroviaria en 2018. Desde hace cuatro décadas, ven cómo los poderes políticos destruyen sus bastiones, rompen los convenios, privatizan las empresas, reducen el personal, mientras los medios los asocian a un pasado obsoleto. Por el contrario, los sectores femeninos de servicio personal y del servicio público sufren de una organización a menudo débil y sus tradiciones de lucha son aún recientes, pero crecen y ocupan en el imaginario un lugar del cual las clases populares fueron expulsadas hace tiempo: el futuro. Mientras que los análisis sobre las transformaciones contemporáneas exaltan o maldicen las multinacionales de Silicon Valley y las plataformas digitales, la feminización masiva del trabajo impone una modernidad sin duda igual de “disruptiva” que la posibilidad de tweetear fotos de gatitos.

Tanto más cuanto que podría aún amplificarse. En Estados Unidos, la lista de profesiones con más perspectiva de crecimiento, publicada por el servicio estadístico del Departamento de Trabajo, vaticina, por un lado, la creación de empleos típicamente masculinos tales como instalador de paneles fotovoltaicos o de aerogeneradores, técnico de plataforma petrolera, matemático, analista de estadísticas, programador; por el otro, un sinfín de puestos tradicionalmente ocupados por mujeres tales como auxiliar de enfermería a domicilio, asistente médica, enfermera, fisioterapeuta, ergoterapeuta, masoterapeuta. Frente al millón de empleos de programador informático previstos de aquí al año 2026, se calcula que habrá 4 millones de cuidadoras a domicilio y de auxiliares de enfermería –con un sueldo cuatro veces inferior (3)–.

Dos razones fundamentales impiden al ex siderúrgico de Pittsburgh, cuya actividad fue trasladada a China, reconvertirse a auxiliar de puericultura. En primer lugar, la frontera simbólica de los prejuicios, que está tan profundamente arraigada en las mentalidades, los cuerpos y las instituciones que crea un muro entre la cultura obrera viril y los roles sociales que los clichés patriarcales asignan al género femenino. Pero también la deserción escolar, que frena considerablemente las posibilidades de reconversión profesional. “Los varones adolescentes de países ricos tienen un 50% más de probabilidades que las chicas de reprobar las tres materias troncales: matemática, lectura y ciencias”, señalaba el semanario The Economist en un número especial dedicado a los hombres, titulado “El sexo débil” (30-5-15). Este fiasco se acompaña de un aumento extraordinario del nivel de instrucción femenino que, por el contrario, facilita la movilidad profesional. Esta gran transformación, que ha pasado inadvertida, instala aun más a las trabajadoras en un lugar central del sector asalariado. Desde fines del siglo pasado, el porcentaje de mujeres entre los graduados del nivel superior supera el de los hombres: 56% en Francia, 58% en Estados Unidos, 66% en Polonia, según la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Cienciasy la Cultura (Unesco)… En 2016, el 49% de las francesas de entre 25 y 34 años detentaban un título de carreras cortas –técnico superior (BTS, por su sigla en francés), diplomatura universitaria tecnológica (DUT)– o largas –licenciatura, maestría, doctorado–, frente a un 38% de hombres graduados (4). Estos últimos siguen dominando la investigación, las carreras prestigiosas, los puestos de poder y la escala salarial. Pero ahora la universidad forma a una mayoría de graduadas idóneas para ocupar empleos calificados, aunque poco prestigiosos, de la denominada economía de servicios.

 

 

En efecto, este cambio no pone en tela de juicio la preponderancia masculina en las disciplinas vinculadas a la matemática, la ingeniería informática y las ciencias básicas. Resultado: la oposición de género y de clase se acentúa entre dos polos del mundo económico. Por un lado, el universo femenino, cada vez más calificado, pero precarizado, que gravita en torno a los servicios médico-socio-educativos. Por el otro, la burbuja burguesa de las finanzas especulativas y de las nuevas tecnologías, predominante en la economía mundial y en la que el índice de testosterona bate todos los récords: las jóvenes empresas de Silicon Valley emplean como ingenieros informáticos a un 88% de hombres, y las Bolsas de comercio, a un 82% (5). Entre esos dos cosmos opuestos en todo sentido, uno domina al otro, lo aplasta y lo despoja. El chantaje en torno a la austeridad de los “mercados” (6) y la depredación que ejercen los gigantes digitales sobre las finanzas públicas a través de la evasión fiscal se traducen en reducciones de personal y de recursos en los geriátricos, las guarderías y los servicios sociales. Y presentan consecuencias distribuidas de manera desigual: mientras que su actividad debilita los servicios públicos, banqueros, directivos y programadores emplean a un gran número de empleadas domésticas, cuidadores personales y profesores particulares.

En términos generales, los hogares de ejecutivos, profesionales universitarios y empresarios recurren masivamente a los servicios personales a domicilio (7). Serían los primeros afectados si esas mujeres, muchas veces procedentes de las clases populares y, en las metrópolis, de la inmigración, cesaran su trabajo. ¿Veríamos entonces a los profesores universitarios, escribanos, médicos y sociólogos feministas explicarles a sus mucamas que deben seguir trabajando en nombre de la obligación moral de atención, de benevolencia y otras virtudes que la dominación masculina erigió a lo largo de los siglos como cualidades específicamente femeninas? Es por ello que la coalición de servicios esenciales que uniría a las empleadas y a las obreras, a las profesiones intermedias y docentes de primaria y media sólo podría constituirse por oposición a las clases superiores que las contratan.

 

La fuerza de la unión

 

Pero, ¿puede esto lograrse? ¿En qué condiciones? Aisladas, fraccionadas, poco organizadas, en la mayoría de los casos de origen inmigrante, las trabajadoras de servicio personal y de limpieza acumulan las formas de dominación. Pero sobre todo, su vinculación estadística no constituye un grupo. Transformar la coalición objetiva que se lee en los gráficos estadísticos en un bloque movilizado requeriría una conciencia colectiva y un proyecto político. Sería tradicionalmente responsabilidad de los sindicatos, partidos, organizaciones y movimientos sociales formular los intereses comunes que, más allá de las diferencias de estatus y de calificación, unen a las enfermeras y a las empleadas domésticas. Corresponde también cantar la gesta del surgimiento de un agente histórico, su misión, sus batallas, para no dejarles a los medios hegemónicos ni a los expertos el monopolio del relato. Dos temas podrían contribuir a ello.

El primero es la centralidad social y económica de este grupo. Tanto las estadísticas nacionales como los medios colaboran para que el trabajo asalariado femenino de servicios esenciales siga siendo invisible en la línea productiva. El discurso político relaciona el cuidado, la salud y la educación con el concepto de “gasto”, a la vez que se asocia generalmente esas profesiones “relacionales” a cualidades supuestamente femeninas de atención, amabilidad y empatía. Que la enfermera o la docente asuman tales virtudes en su trabajo no implica que haya que reducirlas sólo a eso. Asimilar los servicios esenciales a “costos”, subrayar las bondades proporcionadas por mujeres dedicadas a ayudar en lugar de mencionar las riquezas generadas por trabajadoras permite eludir la identidad fundamental de las auxiliares de enfermería, cuidadoras de personas o maestras: la de productoras (8). Producir una riqueza emancipadora que revista los fundamentos de la vida colectiva, he aquí un germen a partir del cual podría cristalizarse una conciencia colectiva.

El segundo tema es el de una reivindicación común al conjunto de los trabajadores, pero que se expresa con particular intensidad en las guardias hospitalarias, en los geriátricos y en las escuelas: obtener los medios necesarios para poder trabajar bien. La poca atención que a veces el público presta a las condiciones laborales de los ferroviarios o de los operarios se transforma en preocupación, incluso en indignación, cuando se trata de la reducción de la atención a un familiar dependiente, del cierre de una guardería en zona rural o de resignarse a que un personal insuficiente se ocupe de pacientes mentales. Todos sabemos por experiencia que la calidad de la atención crece proporcionalmente a la cantidad de trabajo invertida en su producción. En apariencia simple, el reclamo de medios suficientes para poder desempeñar bien el trabajo resulta muy ofensivo. Satisfacerlo implica cuestionar el ajuste, la idea de que se puede hacer cada vez más con cada vez menos, el aumento de productividad conseguido a expensas de la salud de los trabajadores. Y también los discursos que culpabilizan a los empleados endilgándoles la responsabilidad de “hacerse cargo” de atenuar los efectos de los recortes presupuestarios. Muchos geriátricos brindan, por ejemplo, capacitaciones de “virtud humanitaria” –técnicas de “buen trato” que involucran la mirada, la palabra, el tacto, transformadas en sello de calidad y de las cuales se jactan los establecimientos– a los empleados a quienes se priva simultáneamente de los medios para tratar a los ancianos con la humanidad necesaria. Como si el maltrato no derivara fundamentalmente de una obligación económica externa, sino de una cualidad individual que le faltaría al personal…

 

Un agente histórico

 

El hecho de que la exigencia de recursos asignados a las necesidades colectivas contradiga la exigencia de lucro y de austeridad ubica a los servicios esenciales y a sus empleados en el centro de un conflicto irresoluble. Desde el giro liberal de los años 80, y más aun desde la crisis financiera de 2008, dirigentes políticos, bancos centrales, la Comisión Europea, propietarios ingenieros de las nuevas tecnologías, altos funcionarios del Tesoro público, editorialistas y economistas ortodoxos exigen la reducción del “costo” de esas actividades. Y al mismo tiempo provocan deliberadamente su deterioro en nombre de un sentido común de los barrios ricos: el bienestar general se mide por la prosperidad de los de arriba. Este bloque consciente de sus intereses encontró en Emmanuel Macron su encargado de negocios.

 

Frente a ellos, la coalición potencial que tiene a las productoras de servicios esenciales como eje sólo puede nacer con conciencia propia a condición de formular explícitamente la filosofía y el proyecto que lleva a cabo en acciones cotidianas en las escuelas, en las habitaciones y en las salas de atención de salud. Es la idea de que un financiamiento colectivo de las necesidades de salud, educación, limpieza, y en sentido más amplio, de transporte, vivienda, cultura, energía, comunicación no constituye un obstáculo para la libertad, sino al contrario, su condición de posibilidad. La antigua paradoja que subordina el desarrollo personal a la atención conjunta de las necesidades básicas abre una perspectiva política a largo plazo capaz de unir al sector asalariado femenino y de constituirlo en agente del interés general: un socialismo de servicios con amplia cobertura que le daría los medios necesarios para realizar su trabajo en las mejores condiciones, que se extendería prioritariamente entre las clases populares que viven en las zonas periurbanas golpeadas por el retiro del Estado social y que sería controlado por los propios trabajadores (9).

Porque además de lograr la proeza de organizarse, la coalición de servicios con mayoría femenina, respaldada por el movimiento sindical, tendría la misión histórica de sumar al conjunto de las clases populares, en particular a su componente masculino diezmado por la globalización y a veces seducido por el conservadurismo. Este último rasgo no es en absoluto una fatalidad.

Se considerará seguramente irrealista asignar a estas trabajadoras que acumulan todas las formas de dominación un rol de agente histórico y una tarea universal. Pero definitivamente, esta época no complace a los realistas que en 2016 creían imposible la elección de Donald Trump sobre una estrategia simétricamente inversa: aliar a una fracción masculina de las clases populares, golpeadas por la desindustrialización, con la burguesía conservadora y las clases medias sin título. Contentos con esta captura, los medios y los políticos querrían reducir la vida de las sociedades occidentales al antagonismo que opondría ahora a las clases populares conservadoras, masculinas, obsoletas, incultas y racistas que votan a Trump, Benjamin Netanyahu o a Victor Orbán y a la burguesía liberal culta, abierta, distinguida, progresista que vota a los partidos centristas y centrales como el que encarna Macron. Contra esta cómoda oposición, que oculta la pasión que tienen en común los dirigentes de ambos polos por el capitalismo de mercado (10), el sector asalariado femenino de los servicios esenciales pone de relieve otro antagonismo. Este ubica de un lado de la barrera social a los patrones informáticos de Silicon Valley y a los gerentes de las finanzas, hombres, universitarios, liberales. Saqueadores de recursos públicos y ocupas de paraísos fiscales que generan y venden servicios que, según el ex vicepresidente de Facebook, Chamath Palihapitiya, encargado de incrementar la cantidad de usuarios, “rompen el tejido social” y “destruyen el funcionamiento de la sociedad” (11). Del otro lado, se agrupan las clases populares con base femenina, punta de lanza de los trabajadores, productoras de servicios que tejen la vida colectiva y exigen una socialización creciente de la riqueza.

La historia de su batalla empezaría así: “Exigimos los medios necesarios para poder hacer bien nuestro trabajo”. Hacía semanas que las cuidadoras de personas, puericultoras, auxiliares de enfermería, enfermeras, docentes, empleadas de limpieza y administrativas avisaban que de no cumplirse sus reivindicaciones, se pondrían en huelga. Fue como si la cara oculta del trabajo de pronto saliera a la luz. Los ejecutivos y profesionales, primero las mujeres y después los hombres, de mala gana, tuvieron también que dejar su puesto de trabajo para ir a ocuparse de sus familiares dependientes o de sus hijos. El chantaje afectivo no funcionó. Tuvieron que salir del Congreso, de las oficinas, de las redacciones. De visita en un geriátrico, el primer ministro explicó sentenciosamente a una huelguista que un minuto es suficiente para cambiar un pañal; de hecho, distintos estudios lo demostraban. Ella le lanzó una mirada que dejó en claro que dos mundos se enfrentaban.

Tras cinco días de caos, el gobierno cedió. Las negociaciones sobre la creación del servicio público universal se iniciaron con una relación de fuerzas tan potente que el movimiento se ganó el nombre de “segundo frente popular”: el de la era de los servicios.

 

1. “Encuesta sobre empleo 2017”, Instituto Nacional de Estadística y de Estudios Económicos (INSEE); Données sociales 1974, París (datos codificados en conformidad con la clasificación actual).
2. Siggie Vertommen, “Reproduction sociale et le féminisme des 99%. Interview de Tithi Bhattacharya”, Lava, N° 5, Bruselas, julio de 2018.
3. “Fastest growing occupations”, Bureau of Labor Statistics, Washington DC, www.bls.gov
4. Vers l’égalité femmes-hommes? Chiffres-clés, Ministerio de Educación Superior, de Investigación y de Innovación, París, 2018.
5. Kasee Bailey, “The state of women in tech 2018”, DreamHost, 26-7-18, www.dreamhost.com; Renee Adams, Brad Barber y Terrance Odean, “Family, values, and women in finance”, SSRN, 1-9-16, https://ssrn.com
6. Renaud Lambert y Sylvain Leder, “El inversionista no vota”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, julio de 2018.
7. François-Xavier Devetter, Florence Jany-Catrice y Thierry Ribault, Les Services à la personne, La Découverte, col. “Repères”, París, 2015.
8. Bernard Friot, “En finir avec les luttes défensives”, Le Monde diplomatique, París, noviembre de 2017.
9. Véase “Refonder plutôt que réformer”, Le Monde diplomatique, París, abril de 2018.
10. Serge Halimi y Pierre Rimbert, “Liberales contra populistas, una oposición engañosa”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, septiembre de 2018.
11. James Vincent, “Former Facebook exec says social media is ripping apart society”, The Verge, 11-12-17, www.theverge.com

 

*De la redacción de Le Monde diplomatique, París.
Traducción: Victoria Cozzo.

Información adicional

La resistencia de las trabajadoras de servicios
Autor/a: Pierre Rimbert
País: Francia
Región: Europa
Fuente: Le Monde diplomatique, edición Argentina Nº235, enero de 2019

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