09 de agosto de 2025. No sabemos cómo llamarán los historiadores del futuro a la época presente. Sabemos que no serán amables. No deberían, al menos. El Gran Retroceso puede ser una opción. Escribirlo en mayúsculas hoy puede resultar pretencioso, sin duda, pero los ingredientes para hacerlo existen.
Uno de los más profundos pasos atrás es el de las políticas climáticas. Pensábamos que el negacionismo climático estaba superado, que cabía pasar de pantalla y plantear batallas y debates más complejos, pero estamos de nuevo en la casilla de inicio. El negacionismo vuelve a estar a la orden, de palabra y obra en el caso de Estados Unidos, mudo pero efectivo en una obediente Europa rendida a los pies de Trump. El paso de cangrejo es de dimensiones descomunales.
Una de las primeras cosas que Trump ha hecho las dos veces que ha sido investido presidente es sacar del Acuerdo de París al país que más emisiones de gases de efecto invernadero ha emitido a la atmósfera que compartimos todos. En Europa las cosas son más complicadas porque los mismos que ahora abrazan sin rubor la carrera armamentística firmaron y elevaron a rango de ley un importante Pacto Verde que situó como ambicioso objetivo una economía descarbonizada para el año 2050. Quién te ha visto y quién te ve, Von der Leyen.
No era la solución a todos los problemas climáticos, por supuesto. De hecho, era un plan lleno de contradicciones, cuyas implicaciones profundas eran difícilmente asumibles por aquellos que le dieron el visto bueno, pero supuso un hito que movió el centro de gravedad del debate climático. El Pacto Verde europeo era un brindis al sol del capitalismo verde y el desacople, es decir, la promesa de seguir creciendo consumiendo menos materias primas, pero partía de una base compartida –la crisis climática como principal amenaza para la humanidad– y fijaba unos objetivos ambiciosos, sólo alcanzables, en realidad, aceptando que hay que acabar con una economía basada en el crecimiento constante.
De repente estábamos hablando de límites planetarios, de crisis ecosocial –más allá de la climática–, de la responsabilidad histórica de los países desarrollados. La conversación se tornó más compleja, más rica. Daba pie a una pedagogía necesaria porque hay quien entra en pánico con sólo hablar de superar el capitalismo. El camino estaba abierto. O eso parecía.
Han bastado cuatro años para cerrarlo y ceder el terreno a las trampas al solitario, en la interpretación más benévola de lo que está ocurriendo los últimos meses. Von der Leyen no se atreve a derogar directamente una legislación aún por desempacar, no la dejaría en buen lugar y le abriría frentes importantes con los socios socialdemócratas y verdes, a los que necesita para mantener las apariencias frente a la extrema derecha. La vía que han encontrado en la Comisión Europea es sostener la retórica ecologista, vaciando de contenido el Pacto Verde. Engañarse a sí misma, o tomarnos por bobos al resto, las dos opciones son compatibles.
Esto se traduce en “pequeñas” reformas legales, como la presentada a principios de julio para ofrecer “mayores flexibilidades” a la hora de alcanzar los objetivos climáticos. Una de ellas son los créditos internacionales de carbono, una trampa contable que permitirá a la UE apropiarse de reducciones de emisiones logradas en terceros países mediante proyectos, pagando un precio determinado por tonelada de CO2. En corto: pagar a otros para que no contaminen, a cambio de poder contaminar uno mismo, y además, ponerse la medalla y reivindicar que son reducciones propias.
Es un planteamiento ventajista, porque oculta las trampas de un “mercado” que no funciona a la inversa –¿vendería Europa, al precio que los compra, derechos de emisión a países africanos?–. Responde, además, a una lógica colonial que capa el desarrollo en los países vendedores, perpetuando la desigualdad. Lo que se extrae, ahora, es el derecho a emitir gases de efecto invernadero.
Es un planteamiento injusto para los países empobrecidos y estúpido para Europa, porque no va a reducir ni un gramo las emisiones reales del continente. Pero es que ahora sabemos también que es una reforma legal vacía, hueca. Detrás no hay nada, a lo sumo un conejo escondido en un sombrero de copa. El comisario europeo de Acción Climática, Wopke Hoekstra, aseguró que este mercado de carbono funcionará bajo estrictos criterios de verificación, mientras la Comisión, en su propia nota de prensa, garantizó que la reforma se basa en el asesoramiento de expertos sobre cambio climático.
Sin embargo, el medio Político publicó el jueves que, tras haber solicitado información sobre dicho asesoramiento, la misma comisión le ha contestado que no cuenta con ningún dictamen ni análisis formal de los expertos de la UE sobre cambio climático.
La propuesta de flexibilidad ya era mala en sí, pero es que, con esta nueva información, apenas se convierte en la ocurrencia de un funcionario al que le han pedido que se invente algo para quitarse un muerto de encima. El muerto, por desgracia, es la ambición de seguir haciendo del planeta un lugar habitable.
La ONU, los científicos y las organizaciones ecologistas alertan a los gobiernos y a la industria de las consecuencias medioambientales y sobre la salud humana de no reducir la producción de basura plástica.
Representantes de los gobiernos de 180 países, así como de organizaciones ecologistas y de la industria química y del petroleo, negocian desde este martes en la ciudad suiza de Ginebra un acuerdo global que permita combatir la contaminación por plásticos, convertida, junto al cambio climático, en uno de los principales problemas medioambientales del planeta y que amenaza también seriamente la salud humana.
Las conversaciones son una prórroga de la quinta ronda de negociaciones auspiciadas por el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, celebrada el pasado mes de diciembre en Corea del Sur y que concluyó sin acuerdo: ni para poner freno a la fabricación de plásticos y prohibir el uso de determinados productos, como defienden muchos gobiernos y recomiendan la mayoría de expertos; ni para financiar programas de reciclaje y reutilización, la solución por la que se ha apostado hasta ahora y que, pese a no haber servido para contener el incremento anual progresivo de los de residuos, es la que propone la gran industria.
“Queremos un acuerdo vinculante y ambicioso para reducir un 75% la producción de plásticos de aquí al año 2040”, sostiene Julio Barea, responsable de Biodiversidad de Greenpeace España. “Tenemos que atacar el origen del problema, no se trata de legislar más sobre reciclaje porque la producción ha crecido de manera exponencial. El 40% del plástico que se fabrica en Europa y en Estados Unidos se destina a envases de usar y tirar. Esto es una pandemia y si no hacemos nada, se nos va a echar encima”, afirma.
Naciones Unidas estima que el consumo mundial de plástico alcanzará este año los 516 millones de toneladas –más del triple de la cantidad de pescado que se consume anualmente en todo el planeta–, y que, de aquí a 2040, 37 millones de toneladas de basura plástica acabarán en los mares, donde tardan en descomponerse décadas e incluso siglos: desde los 55 años de las bolsas de la compra, los más de cien de las pajitas para líquidos que Estados Unidos acaba de relegalizar, hasta los 450 de las botellas y los 600 del nylon de los sedales de pesca.
En junio pasado, durante la cumbre de la ONU sobre los océanos celebrada en Niza, la secretaria ejecutiva de la ONU para las negociaciones del acuerdo sobre los plásticos, Jyotri Mathur-Flipp, advirtió: “Nos estamos asfixiando [con ellos]. Si no actuamos, no quedarán ecosistemas intactos, ni en la tierra ni en el mar”.
La ONU ha alertado de que desde que el químico belga Leo Alexander Baekeland sintetizara la baquelita a partir de elementos sintéticos en 1907, no sólo no es que no quede prácticamente un rincón de la Tierra a donde los plásticos no hayan llegado, sino que su lento proceso de descomposición ha facilitado su introducción en el cuerpo humano a través de la cadena alimentaria, del aire y del agua, como demuestra el hecho de que se han hallado fragmentos microscópicos en la sangre, en los pulmones y en cerebros humanos, e incluso en el semen, los óvulos y la leche materna.
Los Estados petroleros y los grupos de presión sabotean con su dinero e influencia las negociaciones para reducir la producción de plásticos y salvar a las personas y al planeta
En unas negociaciones auspiciadas por las Naciones Unidas, ninguna experta debería estar rodeada de personas que la hostigan y la acusan de “tergiversar la realidad”. Sin embargo, esto es exactamente lo que le sucedió a la profesora Bethanie Carney Almroth durante las conversaciones en torno a un tratado mundial para reducir la contaminación por plásticos que se celebraron en Ottawa, Canadá. Según su relato, los empleados de una gran empresa química estadounidense “formaron un círculo” a su alrededor. En otro acto celebrado en Ottawa, la experta fue “acosada e intimidada” por un representante del sector de los envases de plástico, que irrumpió en la sala y le gritó que con sus explicaciones estaba sembrando el miedo y difundiendo información errónea. Se trataba de un acto oficial organizado por la ONU. “Así que presenté una queja por acoso ante la ONU”, explica Carney Almroth. “El hombre tuvo que disculparse y abandonó la sala. En la siguiente sesión volvía a estar presente”.
“En esa ocasión presenté una queja formal”, cuenta Carney Almroth, ecotoxicóloga de la Universidad de Gotemburgo, Suecia. “Pero he sido acosada e intimidada muchas otras veces, en muchos otros contextos, en reuniones fuera de las instalaciones, en eventos paralelos, también en conferencias científicas, por correo electrónico, y en muchos otros contextos”. También ha tenido que tomar medidas para evitar que personas vinculadas a la industria del plástico la espíen en las reuniones. “Tengo un protector de pantalla en mi teléfono, porque se colocan detrás de nosotros e intentan grabar lo que hay en nuestras pantallas y ver qué notas tomamos o con quién estamos hablando. Nunca abriría mi ordenador en medio de una sala sin saber quién está detrás de mí. Es un entorno de mucha vigilancia y mucho estrés”.
Estos son ejemplos de lo que numerosas fuentes denominan una “infiltración total” de la industria del plástico y los grupos de presión que trabajan para esta industria en las negociaciones del tratado sobre los plásticos. La principal preocupación de seis fuentes con información privilegiada que han hablado con The Guardian es que los tentáculos del sector son demasiado alargados, no solo en las negociaciones, sino también en el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), que supervisa las negociaciones. Una fuente afirma que están “horrorizados” por la influencia que tiene la industria sobre la política y por el hecho de que no se están buscando soluciones reales a la contaminación por plásticos. Califica la situación de “captura” por parte de la industria del plástico.
Distorsión del conocimiento
Las negociaciones sobre el tratado sobre los plásticos se reanudarán en agosto en Ginebra (Suiza), tras no haber alcanzado un acuerdo en la quinta ronda de conversaciones celebrada en diciembre. Está en juego la posibilidad de frenar el torrente de contaminación plástica tóxica que se vierte al medio ambiente. Hacerlo no solo es vital para salvar a la humanidad y al planeta, sino también para frenar la crisis climática y la pérdida masiva de biodiversidad a nivel mundial.
Sin embargo, una avalancha de grupos de presión y organizaciones de la industria se han sumado a las conversaciones, superando con creces a las delegaciones nacionales y a los científicos. Ayudan a un grupo de Estados petroleros, liderados por Arabia Saudí, a bloquear los avances que muchos países quieren impulsar y forman parte de un “bloque petroquímico” más amplio que, según un estudio reciente, “está impulsando la producción de plásticos, externalizando los costes de la contaminación, distorsionando los informes científicos y presionando para descarrilar las negociaciones”.
La magnitud del problema del plástico es abrumadora. Cada año se producen alrededor de 450 millones de toneladas de plástico nuevo y, si se mantienen las tasas de crecimiento actuales, para 2060 la producción se triplicará, lo que dañará todos los aspectos de un medio ambiente seguro.
Casi todo el plástico se fabrica a partir de petróleo y gas fósil, y las emisiones de su producción impulsan la crisis climática. El plástico y los productos químicos tóxicos que contiene también dañan los suelos, los ecosistemas y la salud humana, y están presentes en todo el mundo, desde la cima del Everest hasta las profundidades del océano, desde el cerebro humano hasta la leche materna.
Toda la comunidad internacional participa en las negociaciones de un tratado para limitar los plásticos que es crucial, bajo los auspicios del PNUMA. Las negociaciones comenzaron en 2022 y las conversaciones que se celebrarán el próximo mes en Ginebra serán la sexta reunión importante. Pero desde el principio, las conversaciones se han visto entorpecidas por un desacuerdo fundamental. Más de 100 países, respaldados por más de 1100 científicos, afirman que es esencial limitar la creciente producción de plástico para reducir todos los daños que causa. Sin embargo, los Estados petroleros y los fabricantes de plástico rechazan esta medida y afirman que el foco de las negociaciones tiene que estar en una mejor gestión y reciclaje de los residuos. Las medidas climáticas globales para reducir las emisiones de carbono también están presionando a los Estados productores de combustibles fósiles para que aumenten otros usos del petróleo y del gas.
“La cantidad de plástico que producimos en la actualidad es imposible de gestionar”, sostiene David Azoulay, abogado del Centro de Derecho Ambiental Internacional (Ciel), que ha asistido a las negociaciones. “No hay forma, ni técnica ni política, de que podamos gestionarlo. Pero el objetivo del sector es producir más y, al mismo tiempo y milagrosamente, reducir de alguna manera el impacto”. En su opinión, las costosas tecnologías de reciclaje propuestas por los productores son “pensamiento mágico” e imposibles de cumplir. Según un informe de la OCDE de 2022, solo se recicla el 9 % del plástico.
Azoulay subraya que los Estados y la industria de los combustibles fósiles tienen que participar en las negociaciones, pero que el proceso no tiene en cuenta sus intereses creados. “El hecho de que haya un grupo considerable de empresas e industrias no es problemático, ya que son partes interesadas. Pero el hecho de que se les conceda, como mínimo, la misma posición y el mismo acceso a los procesos que a las víctimas del problema que están creando, eso sí es un problema”.
En su opinión, hay un problema de fondo en la forma de funcionar del PNUMA, ya que el organismo parece considerar que aquellos que crearon los problemas, se beneficiaron con esta situación, han mentido sobre la misma y sobre su responsabilidad durante años y décadas, son socios fiables para resolverlos“.
“No es una conversación inteligente”
Aunque serán los países negociadores quienes decidan el resultado de las conversaciones sobre el tratado, el PNUMA es el anfitrión y su directora ejecutiva, Inger Andersen, desempeña un papel orientador crítico e influyente. De hecho, ella no se ha librado de las críticas.
En abril de 2023, más de 100 organizaciones ecologistas acusaron a Andersen de “falta de ambición”. También expresaron su preocupación por la “falta de transparencia sobre quién asesora (su) trabajo y la secretaría [del tratado]”, que es el grupo de funcionarios del PNUMA que gestiona las negociaciones. Recibió críticas especialmente por una declaración que, según algunos, restaba importancia al límite en la producción de plásticos. En septiembre de 2024 afirmó: “Tenemos que mantener un debate más elevado que el simple debate sobre si hay que limitar [o no] la producción, porque no es un debate inteligente”. En su opinión, la reducción de la producción debería centrarse en los polímeros brutos para productos de un solo uso y de corta duración, no en “piezas de automóviles y alas de aviones”. Los críticos afirman que su declaración contradecía las pruebas científicas de que el impacto de los plásticos comienza con la extracción y la producción, y medioambiental no solo con su uso.
En octubre de 2024, las organizaciones medioambientales se quejaron de ella ante su responsable, el secretario general de la ONU, António Guterres, y expresaron que estaban “profundamente preocupados” por la posibilidad de que sus declaraciones públicas “redujeran el alcance” del tratado y que ella había excedido su papel como coordinadora de las negociaciones. No recibieron respuesta.
En la última ronda de negociaciones, celebrada en Busan (Corea del Sur) en diciembre, también se alegó que Andersen había presionado a los países que tienen una visión más ambiciosa sobre el alcance del tratado y que quieren limitar la producción de plástico, con el objetivo de que cedieran. Andersen respondió a esta crítica y señaló que tenía intención de reunirse con “todos en cada etapa del proceso y, por supuesto, me reuniré con los Estados miembros y escucharé sus opiniones, de todo el espectro de los 193 [países]”.
El “cabecilla” del plástico
En su papel de convocante, Andersen no puede hacer mucho para animar a los países a alcanzar un acuerdo. Todos los países tienen que llegar a un consenso, pero hay uno en particular que destaca como obstáculo para un tratado eficaz sobre los plásticos: Arabia Saudí, el segundo mayor productor de petróleo del mundo. A través de su compañía petrolera Saudi Aramco, es propietaria de Sabic, uno de los mayores productores de plástico del mundo.
El país ha desempeñado un papel cada vez más importante en las negociaciones del tratado sobre los plásticos y ha sido descrito por Politico como el “cabecilla” de un reducido grupo de países ricos en petróleo, entre los que se encuentran Rusia e Irán, que bloquearon las propuestas de limitación de la producción en diciembre.
En los últimos años ha tejido una estrecha relación con el PNUMA. En enero de 2024, Andersen hizo una visita oficial a Arabia Saudí, se reunió con ministros saudíes en la cumbre de la ONU sobre desertificación celebrada en Riad en diciembre de 2024 y solicitó una nueva reunión ministerial en Davos en 2025 para debatir el “fortalecimiento de la cooperación”. El 29 de junio volvió a Riad, donde firmó un acuerdo de cooperación para la reducción de emisiones.
Arabia Saudí pagó al PNUMA unos 853 000 euros por acoger el Día Mundial del Medio Ambiente en 2024, una suma similar a la pagada por los países anfitriones anteriores, y donó a la agencia de la ONU más de 17 millones de euros entre 2020 y 2024. Parte de esa cantidad se destinó al fondo para el medio ambiente del PNUMA y cubrió atrasos que se remontaban a 2021. Muchos países aportan dinero al PNUMA, que depende de estas contribuciones voluntarias para el 95 % de sus ingresos.
La mayor parte del resto eran pagos a cuenta de 21 millones de euros alcanzado en 2019 para que el PNUMA proporcionara conocimientos especializados para reforzar las medidas de protección medioambiental de Arabia Saudí. Tras el acuerdo, el jefe de la oficina del PNUMA en Arabia Saudí escribió un informe en el que, según ha podido saber The Guardian, expresaba su preocupación por la gestión del dinero. El PNUMA se negó a compartir el informe con The Guardian, alegando que se trataba de un mero informe de traspaso de un funcionario que dejaba su cargo y que era confidencial.
En respuesta a las críticas de Andersen y a las negociaciones del tratado sobre los plásticos, un portavoz del PNUMA ha declarado a The Guardian que “el único objetivo del PNUMA es ayudar a todos los países a alcanzar un tratado eficaz que ponga fin de una vez por todas a la contaminación por plásticos. El PNUMA sigue facilitando la participación de todas las partes interesadas en el proceso para que podamos acabar con la contaminación por plásticos para todos, en todas partes”.
En el marco de las negociaciones del tratado sobre los plásticos, en noviembre de 2024 se eligió a un funcionario del Ministerio de Energía de Arabia Saudí para formar parte de la mesa de 10 representantes nacionales que dirigen las negociaciones del tratado.
Azoulay afirma que Arabia Saudí y sus aliados estaban socavando las negociaciones del tratado sobre los plásticos. Es una negociación completamente marcada por la mala fe.
Considera que la obstrucción [por parte de Arabia Saudí] adopta muchas formas, y que se vale de sus 35 años de experiencia en descarrilar las negociaciones sobre el clima, de todas las herramientas procedimentales para impedir el progreso y de sus vastos recursos financieros para presionar e intentar influir en otros países“.
El Gobierno saudí no ha respondido a una solicitud de The Guardian para que pudiera dar su versión.
Una incidencia “abrumadora”
Si bien las delegaciones de los Estados petroleros son actores poderosos en las salas de reuniones y los pasillos de las negociaciones del tratado, hay un grupo que supera con creces a todos los países: los grupos de presión de la industria del plástico. En las conversaciones de diciembre en Busan se registró una asistencia récord de 220 grupos de presión empresariales.
Esa cifra superó con creces incluso a la delegación del país anfitrión, que era de 140 personas, y triplicó el número de científicos independientes. Según un análisis del grupo de derecho medioambiental Ciel, Dow y ExxonMobil sumaron nueve lobistas. Según Ciel, algunos lobistas fueron incluidos en las delegaciones de los países, en lugar de en las organizaciones observadoras, lo que les dio acceso a sesiones sensibles reservadas a los Estados miembros. “La abrumadora presencia de los grupos de presión de la industria sesga la dirección del tratado”, sentencia un documento que circula entre los observadores preocupados por el tratado y al que ha tenido acceso The Guardian. “Este desequilibrio arrincona las pruebas científicas en favor de los intereses corporativos, lo que socava la eficacia potencial del tratado”.
Esta advertencia no es nueva. Otra carta de organizaciones medioambientales dirigida a Andersen en abril de 2024 decía que la falta de una política sobre conflictos de intereses permitía a la industria acceder a los responsables de la toma de decisiones. Según la carta, “la participación de empresas de los sectores del petróleo, el gas y la petroquímica supone una grave amenaza para los objetivos del tratado”.
Un portavoz del PNUMA ha declarado que corresponde a los países negociadores establecer una política sobre conflictos de intereses, pero que habían decidido no hacerlo. En referencia al acoso sufrido por la profesora Carney Almroth en Ottawa, el portavoz ha indicado que el código de conducta de las Naciones Unidas para prevenir ese tipo de comportamiento se aplica estrictamente a todas las reuniones del tratado sobre los plásticos.
Otra palanca de influencia que están utilizando los intereses corporativos es el sistema mediante el cual el PNUMA concede pleno acceso a las negociaciones a sectores de la sociedad civil, como las mujeres, los agricultores, los pueblos indígenas, los niños y los científicos.
La membresía de un grupo se ha disparado recientemente: el de las empresas y la industria. Más de 30 organizaciones de incidencia de la industria química y del plástico se han sumado a las negociaciones desde principios de 2023, casi duplicando el número total.
Entre ellas se encuentran la Asociación de la Industria del Plástico de Estados Unidos, Plastics Europe y grupos nacionales de la industria del plástico del Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda, India, Brasil, Colombia, Malasia y Corea. El grupo está copresidido por un funcionario saudí.
El problema, según las voces críticas, es que la industria tiene mucho dinero y claros intereses financieros. “Este tipo de presión e incidencia debería llamarse por lo que es, presión e incidencia. No debería llamarse ”observadores de la sociedad“, afirma una fuente cercana a las negociaciones.
Un informe de InfluenceMap de noviembre de 2024 reveló que grupos de la industria del plástico y los combustibles fósiles, entre ellos ExxonMobil, Sabic, PlasticsEurope y American Fuel and Petrochemical Manufacturers, “abogaron enérgicamente por debilitar el alcance del tratado sobre los plásticos”. El informe puntualizaba que, en cambio, “Los sectores de bienes de consumo y minoristas han apoyado firmemente un tratado ambicioso y alineado con la ciencia, pero [el sector del plástico y los combustibles fósiles] parece tener actualmente la sartén por el mango”.
Carney Almroth también señala que los costes de hotel y vuelo hacen que la asistencia a las negociaciones del tratado sea cara, por lo que los intereses industriales ricos pueden inundar las conversaciones con grupos de presión, mientras que los países más pequeños, los científicos y las ONG luchan por encontrar fondos.
“Los grupos de presión tienen mucho más poder y mucho más acceso”, subraya: “Tienen el poder económico para entrar en salas a las que yo no puedo acceder. Pueden hablar directamente con los ministros con una facilidad que yo no tengo”.
Carney Almroth dice que tiene suerte de estar en posición de poder hablar, con un puesto permanente en una universidad que la apoya en Suecia, un país seguro donde las demandas intimidatorias que han sido dirigidas contra algunos científicos son difíciles de llevar adelante para las empresas. Muchos otros investigadores del plástico tienen miedo de hacer oír su voz por temor a demandas legales, la pérdida de financiación o el daño a su carrera. “Es la misma estrategia de la industria del tabaco: cuestionar la ciencia, cuestionar al mensajero, intentar silenciar a la gente, intentar socavar la credibilidad de las personas”.
Hay un grupo empresarial que es especialmente influyente: el Consejo Empresarial Mundial para el Desarrollo Sostenible (WBCSD), entre cuyos miembros se encuentran importantes empresas de plásticos, productos químicos y combustibles fósiles, como Sabic, BASF, BP, Chevron, DuPont, Dow, LyondellBasell y Shell. El WBCSD ha proporcionado sucesivos copresidentes al grupo empresarial e industrial.
En un comunicado, el WBCSD ha afirmado seguir las normas de procedimiento de las Naciones Unidas y ha manifestado que apoyan “el objetivo global de reducir la producción y el uso del plástico [y] creemos que la participación de las partes interesadas, incluidas las empresas, la sociedad civil, el mundo académico y otros, es fundamental para alcanzar un acuerdo duradero y eficaz”.
“En representación de empresas de todos los sectores y de toda la cadena de valor del plástico, desde los productores de materias primas hasta las marcas de consumo y la gestión de residuos, participamos como organización bien posicionada para compartir los amplios conocimientos y la experiencia del sector privado y apoyar el proceso para que se traduzca en medidas prácticas”.
Malentendidos y desinformación
Los expertos científicos, también deseosos de compartir su gran conocimiento, dicen que han tenido dificultades para corregir las declaraciones erróneas o engañosas realizadas por los grupos industriales durante las negociaciones.
No existe un panel asesor científico oficial para el tratado. En su lugar, la Coalición de Científicos para un Tratado Eficaz sobre los Plásticos (Scept), que se organiza como considera, ha intentado llenar ese vacío. Cuenta con 450 miembros, ninguno de ellos financiado por la industria, y asesora a los países más pequeños afectados por el plástico que no pueden permitirse enviar decenas de delegados a las negociaciones.
Sin embargo, en febrero de 2025, Scept escribió a la oficina que dirige las negociaciones y a Andersen, del PNUMA, para quejarse de la falta de acceso a las reuniones durante la ronda de negociaciones de diciembre.
“Como resultado, nuestra capacidad para seguir las negociaciones se vio gravemente limitada”, afirmaron los científicos. “No pudimos identificar las lagunas de conocimiento, los malentendidos o la desinformación que requieren aclaración, a menudo difundidos por actores con conflictos de intereses”.
Los científicos también han lamentado que se hayan ignorado sus críticas a un importante informe del PNUMA de 2023 sobre “cómo la comunidad internacional puede acabar con la contaminación por plásticos”. Los científicos afirman que el informe no reflejaba todo el abanico de impactos sanitarios y medioambientales de la contaminación por plásticos y era demasiado optimista sobre las soluciones técnicas para hacer frente a los residuos plásticos.
Se invitó a expertos escépticos a participar antes de la publicación del informe y estos aportaron más de 300 comentarios. El PNUMA afirmó que, debido a un “problema técnico”, no se recibió a tiempo para su publicación un correo electrónico con los comentarios de los escépticos. Afirmó que había tenido en cuenta las opiniones de otros expertos y negó que el informe minimizara los impactos del plástico.
“Amenaza para el futuro de nuestros hijos”
Algunos países se están preparando para la batalla en la próxima ronda de negociaciones que se celebrará en Ginebra en agosto. El 10 de junio, noventa y cinco países emitieron una “llamada de atención para un tratado ambicioso sobre los plásticos” en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre los Océanos.
“Las montañas de plástico están asfixiando nuestro ecosistema, envenenando las cadenas alimentarias y amenazando el futuro de nuestros hijos”, afirmó el ministro de Medio Ambiente de Francia. “Este es un momento crucial. No nos rendiremos”.
Pero Carney Almroth no está segura del éxito. “¿Quién sabe? Ahora estamos planificando y elaborando estrategias para nuestros científicos y pensando cómo vamos a comunicar nuestros mensajes. Pero creo que podemos esperar un circo lleno de humo y ruido”.
Recordó otro incidente de acoso en una de las negociaciones sobre plásticos. Un hombre de la industria del plástico, que no figuraba en la lista de invitados, empezó a acosar y a gritar a los estudiantes que estaban registrando a los asistentes. “Se inclinaba sobre ellos, enfadado, fue un comportamiento muy desagradable”.
“Todos los que me han gritado son hombres blancos del norte global, sin excepción. Es una dinámica de poder”, afirma. “Pero yo no me acobardo. No me dejo intimidar. Y no levanto la voz. Respondo con referencias, hechos y cifras. Además, soy bastante alta y, cuando voy a las reuniones, llevo tacones y soy más alta que la mayoría de ellos. Es mezquino, pero es un juego”.
“Me gusta pensar que estamos teniendo un impacto positivo, que estamos contribuyendo a que se tomen decisiones basadas en datos que nos ayuden a encontrar soluciones que realmente protejan más a las personas y al medio ambiente”.
|31/07/2025
29 julio 2025. El Gobierno del presidente Donald Trump anunció este martes que revocará la base establecida en 2009 para combatir las emisiones de gases de efecto invernadero en Estados Unidos.
Tras un fallo de la Corte Suprema, la Agencia de Protección del Medio Ambiente (EPA) dictaminó durante el primer mandato del expresidente demócrata Barack Obama que los gases de efecto invernadero son peligrosos para la salud pública y, por lo tanto, podía regular sus emisiones bajo una normativa de 1970, la Ley de Aire Limpio.
Desde que Trump, un defensor de los combustibles fósiles y escéptico del calentamiento global, regresó a la Casa Blanca, las autoridades federales han cambiado de rumbo en política climática.
El anuncio del martes, el último de una larga lista, aún debe pasar por una fase de consulta pública de 45 días.
“De concretarse, el anuncio de hoy constituiría la mayor medida desregulatoria en la historia de Estados Unidos”, declaró el director de la EPA, Lee Zeldin, en un acto celebrado en un concesionario de automóviles en el norte de Estados Unidos.
Zeldin acusa a la EPA de haber llegado en 2009 a conclusiones apresuradas, sobre las que existe un gran consenso científico, pero que según él causaron daños importantes a la economía estadounidense.
“Los conservadores aman el medio ambiente, quieren ser buenos administradores del medio ambiente”, pero “hay personas que (…) están dispuestas a llevar al país a la bancarrota en nombre de la justicia ambiental”, dijo Zeldin este martes en el pódcast de derecha Ruthless.
El sector del transporte es la mayor fuente de emisiones de gases de efecto invernadero en Estados Unidos.
Según un análisis reciente de la ONG Consejo de defensa de los recursos naturales (NRDC), si fuera un país, el sector de transporte estadounidense sería el cuarto mayor emisor de gases de efecto invernadero a nivel mundial, y el energético, el quinto.
La decisión de 2009, llamada Declaración de Peligro, ha sobrevivido a múltiples desafíos legales por parte de la industria a lo largo de los años, explicó a la AFP Dan Becker, del Centro para la Diversidad Biológica.
“Pero esta vez, es el propio Gobierno el que lanza el ataque”, dijo.
Es previsible que los grupos ecologistas y los estados lleven el caso ante la justicia para una batalla legal que podría llegar a la Corte Suprema, “un tribunal muy politizado”, estimó Becker.
Martes 29 de julio de 2025. Los continentes de la Tierra han experimentado una pérdida de agua dulce sin precedente desde 2002, impulsada por el cambio climático, el uso insostenible de las aguas subterráneas y las sequías extremas.
Así lo revelan nuevos hallazgos, obtenidos a partir del estudio de más de dos décadas de observaciones satelitales, a cargo de un equipo dirigido por la Universidad Estatal de Arizona (ASU, por sus siglas en inglés) y publicado en Science Advances.
Destaca la aparición de cuatro regiones de “megasequedad” a escala continental, todas ubicadas en el hemisferio norte (suroeste de Norteamérica y América Central, Alaska y norte de Canadá, norte de Rusia y Oriente Medio-norte de África) y se advierte de graves consecuencias para la seguridad hídrica, la agricultura, el aumento del nivel del mar y la estabilidad global.
El equipo de investigación informa que las zonas terrestres secas se están expandiendo a un ritmo aproximadamente el doble del tamaño de California cada año. Además, la velocidad a la que las zonas secas se están volviendo más secas ahora supera la velocidad a la que las extensiones húmedas se están volviendo más húmedas, revirtiendo los patrones hidrológicos tradicionales.
Las implicaciones negativas de esto para el agua dulce disponible son asombrosas. De la población mundial, 75 por ciento vive en 101 países que han estado perdiendo agua dulce durante los últimos 22 años. Según Naciones Unidas, se prevé que la población mundial siga creciendo durante los próximos 50 a 60 años, al tiempo que la disponibilidad de agua dulce disminuye drásticamente.
Los investigadores identificaron el tipo de pérdida de agua en tierra y, por primera vez, descubrieron que 68 por ciento provenía únicamente de aguas subterráneas, lo que contribuye más al aumento del nivel del mar que las capas de hielo de Groenlandia y la Antártida juntas.
“Estos hallazgos transmiten quizás el mensaje más alarmante hasta la fecha sobre el impacto del cambio climático en nuestros recursos hídricos”, declaró en un comunicado Jay Famiglietti, investigador principal del estudio y profesor de Futuros Globales de la Escuela de Sostenibilidad de la ASU.
Los investigadores evaluaron más de dos décadas de datos de las misiones estadunidense-alemanas Gravity Recovery and Climate Experiment (GRACE) y GRACE-Follow On (GRACE-FO), analizando cómo y por qué ha cambiado el almacenamiento de agua terrestre desde 2002.
El almacenamiento de agua terrestre incluye toda el agua superficial y vegetal del planeta, la humedad del suelo, el hielo, la nieve y el agua subterránea almacenada en la tierra.
“Es sorprendente la cantidad de agua no renovable que estamos perdiendo”, afirmó Hrishikesh A. Chandanpurkar, autor principal del estudio e investigador de la ASU. “Los glaciares y las aguas subterráneas profundas son una especie de antiguos fondos fiduciarios. En lugar de utilizarlos sólo en épocas de necesidad, como una sequía prolongada, los damos por sentados. Además, no estamos intentando reponer los sistemas de agua subterránea durante los años húmedos, lo que nos lleva a una inminente quiebra del agua dulce”.
Punto de inflexión
El estudio identificó lo que parece ser un punto de inflexión alrededor de 2014-2015, durante un periodo considerado como “mega años de El Niño”. Los extremos climáticos comenzaron a acelerarse y, en respuesta, el uso de aguas subterráneas aumentó y la desecación continental superó las tasas de derretimiento de los glaciares y las capas de hielo.
Asimismo, el estudio reveló una oscilación no reportada antes: después de 2014, las regiones de desecación pasaron de estar ubicadas principalmente en el hemisferio sur a estar especialmente en el norte, y viceversa para las regiones húmedas.
Uno de los principales factores que contribuyen a la desecación continental es el aumento de las sequías extremas en las latitudes medias del hemisferio norte, por ejemplo, en Europa. Además, en Canadá y Rusia, el derretimiento de la nieve, el hielo y el permafrost aumentó durante la última década, y el continuo agotamiento de las aguas subterráneas a nivel mundial es un factor importante.
El estudio mostró que, desde 2002, sólo los trópicos han continuado aumentando su humedad en promedio según la latitud, algo que no predicen los modelos climáticos del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, sofisticados programas informáticos utilizados para proyectar escenarios climáticos futuros. Los registros continuos son cruciales para comprender los cambios a largo plazo en el ciclo del agua.
Como lo hemos señalado en anteriores entregas, las cifras sobre el hambre y la mal nutrición según la FAO dejan de 700 a 800 millones de personas con hambre y más de mil millones con problemas de obesidad y sobrepeso (https://www.fao.org/publications/fao-flagshippublications/the-state-of-food-securityand-nutrition-in-the-world/en)
Hoy, sin embargo, contamos con una nueva estadística, el Informe Mundial sobre las Crisis Alimentarias publicado anualmente con información del Food Security Information Network, ambas iniciativas promovidas por la Unión Europea.
Entre las conclusiones de ese informe publicado en mayo de 2025, destacan las siguientes: En 2024, más de 295 millones de personas de 53 países y territorios padecieron hambre aguda, lo que supone un aumento de casi 14 millones con respecto a 2023, mientras el número de personas que enfrentaron hambre catastrófica llegará a la cifra más alta registrada desde que este consorcio comenzó su seguimiento en 2016, alcanzando 1.9 millones (https://www.fightfoodcrises.net/who-we-are).
A pesar de proponer “soluciones sostenibles”, ninguno de estos reportes de instituciones internacionales abordan con detalle los sistemas de producción, circulación, transformación y consumo, el metabolismo alimentario, es decir son acríticos y superficiales.
Consideramos que existen cuatro temas mayores que explican la crisis global de alimentos. El primero tiene que ver con la justicia agraria. Aunque existen estudios de escala nacional, el único recurso de carácter global es el que proporciona la FAO década tras década desde 1950. Su último reporte es de 2014 y analiza 570 millones de unidades productivas. Afortunadamente, como lo señalamos en un ensayo anterior, existe un detallado análisis de la estructura agraria a la escala global efectuado por Sarah K. Lowder y colegas (2016, 2019 y 2021), que proporciona datos sobre 11 tamaños de propiedad desde una hasta mil hectáreas.
El panorama que revela ese estudio es el de una tremenda injusticia agraria: mientras los “productores tradicionales” con una a 20 hectáreas representan 96 por ciento y sólo detentan 26 por ciento de la propiedad, el 4 por ciento restante, que son los medianos y grandes “propietarios modernos” (la mayoría con entre 100 y más de mil hectáreas), poseen 74 por ciento de las tierras agrícolas y ganaderas.
El segundo factor es la deformación del sistema global de alimentos, un tema que rara vez se toma en cuenta. De acuerdo a Richtie y Roser (2019), del total de la superficie agropecuaria del mundo, 80 por ciento está dirigida a producir carne y lácteos y sólo 20 por ciento es para alimentos vegetales, de los cuales solamente un tercio son alimentos frescos para el consumo humano.
El tercer factor está en relación con el comercio mundial de alimentos, el cual ha aumentado considerablemente en los últimos 40 años. Ello ha provocado un uso excesivo de energía, el incremento en el uso de agroquímicos para preservar los alimentos mientras viajan, y su consecuente impacto sobre el calentamiento global (crisis climática).
Finalmente el último tema es el de los costos energéticos. Dado que es imposible producir alimentos en propiedades mayores a 20 hectáreas sin el uso de maquinaria y de insumos industriales (fertilizantes sintéticos, herbicidas, pesticidas, tractores, implementos eléctricos, semillas y forrajes) las cantidades de energía invertida en los tres cuartos de las unidades de producción de alimentos es descomunal.
A lo anterior hay que agregar los balances negativos entre energía invertida y energía obtenida en los sistemas agroindustriales, y el proyectado agotamiento en dos o tres décadas de los combustibles fósiles (petróleo primero y gas después).
29 de julio de 202
Un nuevo informe del Panel Internacional de Expertos en Sistemas Alimentarios Sostenibles (IPES-Food, por sus siglas en inglés), reveló que la cadena industrial de alimentos consume al menos 15 por ciento de los combustibles fósiles (petróleo, gas y carbón) usados a nivel global, porcentaje que va en aumento. Mientras en otros sectores como transporte y energía se plantea la “descarbonización” (con magros resultados, pero al menos su necesidad está en discusión), el sector agroalimentario queda en la sombra pese a ser uno de los principales emisores de gases de efecto invernadero que causan el cambio climático.
Según cifras de la ONU (FAO e IPCC) la cadena alimentaria agroindustrial en su conjunto es responsable de 38 por ciento de las emisiones globales de gases de efecto invernadero.
En esa cifra, la mayor parte se debe a deforestación y cambio de uso de suelo, principalmente para ganadería y monocultivos. El reporte de IPES-Food detalla ahora otras causas y deja en claro que existe una alianza de mutuo beneficio entre la gran industria de agronegocios, de fertilizantes, petroquímica y de combustibles fósiles. En cada sector, un puñado de trasnacionales controla la mayoría del rubro y juntas arrinconan a los agricultores en sistemas que mantienen la producción contaminante y de monocultivos de alimentos, forrajes, etcétera.
El informe titulado “De la gasolina al tenedor: ¿qué hace falta para eliminar los combustibles fósiles de nuestros sistemas alimentarios?” concluye que 40 por ciento de todos los productos petroquímicos del mundo se consumen actualmente en los sistemas alimentarios, principalmente a través de fertilizantes sintéticos y envases de plástico (https://ipes-food.org/report/fuel-to-fork/).
Señalan que en muchas regiones, los productos petroquímicos son el principal motor del crecimiento de la demanda de petróleo, lo que convierte a los sistemas alimentarios industriales en un sector clave para la expansión continuada de los combustibles fósiles y en un área crucial para mantener las ganancias de esa industria.
Un tercio de todos los productos petroquímicos se destinan a la producción de fertilizantes nitrogenados sintéticos, lo que los convierte en el mayor consumidor de combustibles fósiles en agricultura. A su vez, casi la totalidad de los agrotóxicos (plaguicidas, herbicidas, etcétera), son derivados de la industria petroquímica.
Si bien el transporte en la cadena agroalimentaria también usa combustibles fósiles, ese consumo es superado ampliamente por el que se usa en la fabricación de fertilizantes, plásticos y agrotóxicos.
Los alimentos ultraprocesados, asevera el informe, “son la máxima expresión de los sistemas alimentarios basados en combustibles fósiles: nacen de cultivos producidos con agroquímicos fósiles, se cosechan con maquinaria que también utiliza combustibles fósiles, se moldean mediante un procesamiento industrial de alto consumo energético, se envuelven en capas de plástico y se envían a todo el mundo.”
El informe también denuncia que las llamadas “alternativas” que proponen las industrias, como por ejemplo lo que llaman “amoníaco azul” para producción de fertilizantes, las nuevas formas de ingeniería genética en plantas que se supone usan menos recursos y las herramientas agrícolas digitales de alta tecnología, son caras, tienen riesgos ambientales, mantienen la dependencia de los agricultores con las empresas, consumen altos volúmenes de energía y agua. En el análisis del ciclo de vida no previenen, sino que aumentan el cambio climático.
Advierten que la sustitución de plásticos por los llamados “bioplásticos” tampoco es una solución, ya que se fabrican a partir de monocultivos industriales y productos químicos sintéticos, o sea que también contribuyen al círculo vicioso de dependencia fósil. Además, esos plásticos pueden filtrar sustancias químicas nocivas al medio ambiente y tal como sucede con los “biocombustibles” agroindustriales, compiten por tierra y agua con la producción de alimentos.
La dependencia de combustibles fósiles, somete a la producción de alimentos a la alta volatilidad de precios de petróleo y gas, por conflictos, guerras, especulación, etcétera.
Plantean que no es posible enfrentar y detener el cambio climático sin cambiar el sistema agroalimentario, para lo que existen alternativas reales y viables, uno de los temas que el IPES-Food ha trabajado y sobre lo que tiene varios reportes. Señalan entre otras cosas, que podemos afirmar y reconstruir las cadenas locales de producción y suministro de alimentos, promover la agricultura agroecológica, campesina y de pequeña escala, no consumir alimentos ultraprocesados, no usar o reducir el uso de plástico y reutilizarlo, eliminar progresivamente el uso de fertilizantes sintéticos y agrotóxicos.
Nueva York. Miércoles 23 de julio de 2025. El secretario general de la Organización de Naciones Unidas (ONU), Antonio Guterres, llamó ayer a acelerar la transición global hacia las energías renovables, al asegurar que “el futuro de la energía limpia dejó de ser una promesa y ya es un hecho”.
El cambio global hacia las fuentes renovables pasó un “punto de inflexión positivo” donde las energías solar y eólica se volverán aún más baratas y generalizadas, reveló un informe multiagencias, que presentó Guterres describiéndolo como “un momento alentador” en medio de un progreso sombrío para frenar el cambio climático.
Guterres afirmó que la inversión en energías limpias “superó por primera vez los 2 billones de dólares” cifra que rebasa ampliamente los recursos destinados a los combustibles fósiles que están “condenados al fracaso”.
“Nada puede detener la transición energética”, afirmó el secretario general al exponer el reporte elaborado conjuntamente por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Agencia Internacional de Energías Renovables.
El año pasado, 74 por ciento del crecimiento en la electricidad generada a escala mundial provino de fuentes verdes, se señala en el informe. La investigación encontró que 92.5 por ciento de toda la nueva capacidad eléctrica añadida a la red mundial provino de alternativas renovables. Las tres fuentes de electricidad más baratas a escala mundial durante 2024 fueron la energía eólica, los paneles solares y la nueva energía hidroeléctrica.
La energía solar ahora es 41 por ciento más barata y la energía eólica es 53 por ciento más económica a escala mundial que el combustible fósil de menor costo, según los informes. La energía fósil, que es la principal causa del cambio climático, incluye al carbón, el petróleo y el gas natural.
Los funcionarios de la ONU aseguraron que el cambio a la energía renovable, aunque ha tenido avances notables en comparación de hace 10 años, “no está ocurriendo lo suficientemente rápido”.
A pesar de que las fuentes renovables están en auge, los combustibles fósiles reciben casi nueve veces más subsidios gubernamentales al consumo, aseveró Guterres. En 2023, los apoyos globales a los combustibles fósiles ascendieron a 620 mil millones de dólares, frente a los 70 mil millones que recibieron las fuentes renovables, precisó.
La ONU llamó al sector tecnológico a “liderar la transición” al destacar que la inteligencia artificial (IA) podría aumentar “la eficiencia, la innovación y la resiliencia en los sistemas energéticos”, a pesar de que un centro de datos de IA utiliza tanta electricidad como 100 mil hogares comunes y se prevé que este consumo aumente aún más.
Cambio irreversible
Según un informe multiagencias, los centros de datos, alimentados principalmente por gas y energías renovables, consumieron alrededor de 1.5 por ciento de la electricidad mundial en 2024. Sin embargo, calcula que esta cifra se duplicará para 2030, lo que podría equivaler al consumo anual de electricidad de Japón en la actualidad.
Guterres instó a los gobiernos a convertir sus nuevos compromisos climáticos, que deben presentar antes de la COP30 en Brasil, en noviembre, en el motor de una transición energética irreversible.
Esto supone duplicar la eficiencia energética, triplicar la capacidad de energía renovable para 2030 y eliminar gradualmente los combustibles fósiles.
En el marco del capitalismo financiarizado, la naturaleza adquiere una cualidad renovada: se convierte no solo en base productiva, sino en una estrategia de acumulación financiera. El punto de partida de este proceso es la apropiación de la tierra —ese momento fundacional del capital que Marx (1867/2006) y Luxemburg (1913/1975) señalaron con agudeza, y que Harvey (2004) retomó para iluminar los procesos contemporáneos de desposesión—. Hoy, sin embargo, esta apropiación excede la lógica productiva: opera como fundamento de una dinámica especulativa, basada en la compra, acaparamiento y venta de tierras, sobre todo en la periferia, donde se destinan a actividades extractivas. Así, la tierra, bajo la lógica del capitalismo contemporáneo con predominancia financiarizada, se transfigura en activo: un bien negociable —comprado, vendido o concesionado— que promete rendimientos futuros (Fix y Paulani, 2019).
Esta dinámica resulta esencial para comprender la expansión de las actividades extractivas en América Latina tras las reformas neoliberales de los noventa. La desregulación de la gestión de recursos naturales y la flexibilización de los flujos de inversión propiciaron la enajenación de tierras a gran escala. Las reformas estructurales de la época abrieron canales para liberalizar mercancías y capitales, permitiendo la apropiación de extensas parcelas y modificando regímenes de propiedad y usos del suelo. En este contexto, vastos territorios se convirtieron en reserva de valor. Su apropiación, más que responder a una urgencia productiva inmediata, se sostuvo en la expectativa de futuros rendimientos. Así, la tierra devino vehículo de especulación, acelerando la expansión de las fronteras extractivas y multiplicandos procesos de despojo que afectaron territorios antes intactos: bienes comunes de comunidades campesinas e indígenas que, con cosmovisiones singulares, preservan otras formas de relación y reproducción de la vida.
Como advierte Harvey, este proceso revela el cordón umbilical que une la financiarización con la acumulación ampliada de capital, orquestada por grandes capitales, instituciones de crédito y respaldada por poderes estatales. Tras la crisis de 2008, este vínculo se intensificó: la tierra pasó a funcionar como activo refugio, desempeñando un rol similar al oro. De este modo, las concesiones territoriales —presentadas como instrumentos de explotación productiva— encubren, en realidad, un doble juego especulativo: se apuesta tanto por la valorización de la tierra como por los beneficios futuros de la extracción. Al apropiarse de estos espacios, las concesiones devienen activos financieros que prometen rentabilidad a inversores institucionales, corporaciones y capitales individuales. La tierra es así monetizada no solo por la riqueza que guarda bajo su superficie, sino por la expectativa de su explotación.
A diferencia del extractivismo clásico, centrado en primera instancia en la producción material, el extractivismo contemporáneo se alimenta de la especulación. La apropiación del espacio habilita mercados financieros que lucran con la expectativa, mientras las comunidades afectadas, cuyos modos de vida se sostienen en prácticas ajenas a la acumulación de capital, quedan expuestas a conflictos y desplazamientos. En este escenario se revela una dinámica depredadora: la reproducción del capitalismo contemporáneo ejerce una presión cada vez más intensa sobre la naturaleza, sustentada en intercambios desiguales y relaciones de poder asimétricas. La periferia aporta su patrimonio natural, mientras el centro concentra los beneficios, perpetuando transferencias económicas y ecológicas que consolidan el régimen de dominación. Bajo este orden, la riqueza natural se agota, la soberanía se debilita y el desarrollo evidencia su promesa vacía.
Así, el extractivismo se sostiene no solo por la demanda mundial de recursos, sino por la urgencia de rentabilidad a corto plazo impuesta por actores financieros globales (Meireles, 2020). Para América Latina, esta dinámica implica un flujo de capitales desde el centro que, lejos de fortalecer estructuras productivas locales, incentiva la apropiación de tierras y agudiza los conflictos territoriales. Asegurar la tierra hoy es asegurar rentabilidad mañana. Sin embargo, en el largo plazo, este proceso erosiona la soberanía, perpetua un patrón de acumulación primario exportador y agota la riqueza natural que sostiene la vida.
En este sentido, la intensificación de la apropiación territorial no responde únicamente a decisiones estatales, sino a una lógica estructural del capital financiarizado. Sus efectos —económicos, sociales y ecológicos— evidencian una dinámica global de reproducción desigual. En múltiples ámbitos extractivos se manifiesta esta lógica en donde convergen especulación, despojo y acumulación como estrategia central del capitalismo financiarizado.
16/07/2025
Fix, M., y Paulani, L. M. (2019). Considerações teóricas sobre a terra como puro ativo financeiro eo processo de financeirização. Brazilian Journal of Political Economy, 39(4), 638-657.
Harvey, D. (2004). El nuevo imperialismo. Ediciones Akal.
Luxemburg, R. (1913/1975). La Acumulación del Capital. Siglo XXI Editores. (Obra original publicada en 1913)
Marx, K. (2006). El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1867)
Marx, K. (2022). El Capital. Crítica de la economía política. Tomo III (Vol. 3). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1894)
Meireles, M. (2020). Neoextractivismo financiarizado y maximización del valor para los accionistas la explotación del aluminio en Mozambique. En A. Girón y E. Correa, Austeridad y nuevas dinámicas productivas (pp. 193-216).
Smith, N. (2007). Nature as accumulation strategy. Socialist register, 43.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes
Martes 1º de julio de 2025. Un estudio publicado en Geophysical Research Letters revela que los glaciares del oeste de Canadá, Estados Unidos y Suiza perdieron alrededor de 12 por ciento de su hielo entre 2021 y 2024.
En 2021, una investigación que apareció en Nature mostró que el derretimiento glacial se duplicó entre 2010 y 2019 en comparación con la primera década del siglo XXI. Este nuevo artículo se basa en esa investigación, afirma el autor principal, Brian Menounos, y muestra que, en los años transcurridos desde entonces, el derretimiento glacial continuó a un ritmo alarmante.
“En los últimos cuatro años, los glaciares perdieron el doble de hielo en comparación con la década anterior”, señala en un comunicado Menounos, profesor de la Universidad del Norte de Columbia Británica y científico jefe del Instituto Hakai. “El derretimiento glacial se está desplomando”.
Las condiciones cálidas y secas fueron una de las principales causas de pérdida en las zonas de estudio, al igual que las impurezas ambientales que provocaron el oscurecimiento glacial y aceleraron el derretimiento. En Suiza, la principal causa del oscurecimiento fue el polvo arrastrado hacia el norte desde el desierto del Sahara; en Norteamérica, fue la ceniza, o carbono negro, procedente de los incendios forestales.
La investigación combinó extensos estudios aéreos con observaciones terrestres de tres glaciares en el oeste de Canadá, cuatro en el noroeste del Pacífico estadunidense y 20 en Suiza, todos ellos importantes para la cultura, el turismo y la provisión de agua dulce, y que se están derritiendo rápidamente.
La nieve y el hielo, cuando no están ensombrecido por partículas oscuras, reflejan la energía del Sol en un proceso conocido como efecto albedo. Para profundizar en la situación en Norteamérica, Menounos y sus colaboradores utilizaron imágenes satelitales y datos de reanálisis para observar la disminución del albedo. Los investigadores descubrieron que tuvo un decremento en 2021, 2023 y 2024, pero la mayor reducción se produjo en 2023, la peor temporada de incendios forestales en la historia de Canadá; “2023 fue un año récord, sin duda”, asevera Menounos.
A diferencia de la nieve blanca reflectante, un glaciar cubierto de carbono negro absorberá más radiación solar. Esto calienta los glaciares y acelera su derretimiento.
En el glaciar Haig, en las Montañas Rocosas de Canadá, el oscurecimiento glaciar fue causante de casi 40 por ciento del derretimiento entre 2022 y 2023, según los especialistas. Sin embargo, a pesar de esta evidencia, procesos físicos como el efecto albedo no se incorporan actualmente en las predicciones climáticas sobre la pérdida de glaciares, por lo que estas masas de hielo podrían estar derritiéndose más rápido de lo que creemos.
“Si pensamos que faltan 50 años para que desaparezcan los glaciares, en realidad podrían ser 30”, advierte Menounos. “Por eso, necesitamos mejores modelos de cara al futuro”.
En las zonas cubiertas por este estudio, el impacto de la pérdida de glaciares en el aumento del nivel del mar es pequeño, pero una disminución a largo plazo de la escorrentía glaciar podría afectar a los ecosistemas humanos y acuáticos, especialmente en épocas de sequía, añade Menounos.
A corto plazo, el aumento del derretimiento incrementa los riesgos geológicos, como inundaciones repentinas causadas por lagos glaciares recién formados. Todo esto plantea interrogantes sobre cómo deberían responder las comunidades y planificar un futuro con menos hielo.
“La sociedad debe preguntarse cuáles son las implicaciones de la pérdida de hielo en el futuro”, apunta Menounos. “Debemos empezar a prepararnos para el momento en que los glaciares desaparezcan del oeste de Canadá y Estados Unidos”.