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Unidad de izquierda y democrática. El sueño toma vuelo

Unidad de izquierda y democrática. El sueño toma vuelo

Al menos dos grandes líneas de factores, una interna, otra externa, explican porqué asciende la izquierda en Colombia. Las resistencias urbanas y rurales, étnicas y culturales contra el modelo, la guerra y el autoritarismo que no han cesado durante tres décadas de neoliberalismo constituyen una dinámica societal de base que está dando lugar al anhelado florecimiento de lo social en lo político, por una parte y, por otra, el impacto de los procesos que se viven en todo el continente, donde izquierdas plurales logran desatar movimientos de opinión, de movilización y electorales que instalan o presionan la instalación, con diferencias notables, del reformismo social en el gobierno.

La avanzada de este ascenso se aprecia en el shock político de la izquierda democrática que en las elecciones parlamentarias de marzo de 2002 eligió más de veinte representantes, además de numerosos concejales y diputados, y que en las elecciones regionales de octubre de 2003 frena el proyecto autoritario con la derrota del referendo, eligiendo al mismo tiempo gobernantes provenientes de fuerzas independientes y alternativas en grandes ciudades como Bogotá y en departamentos como el Valle, amén de dos decenas de alcaldes locales en muy diferentes sitios de la amplia geografía nacional.

Sin excepción, tanto en el exterior como en el interior del país, los fenómenos que se reseñan son posibles en virtud de procesos de unidad prolongados, como en Brasil y Uruguay o súbitos y coyunturales como en primera instancia parecen ser los de Colombia. La unidad, decantada o emergente, es la que permite aprovechar acumulados y potencialidades y lanzar proyectos creíbles por parte de multitudes que se empobrecen en masa y que aspiran a reducir las desigualdades sin tener que sacrificar las libertades políticas ganadas en el período anterior.

En Colombia el proceso de ascenso y unidad de la izquierda tiene connotaciones particulares que no pueden soslayarse: proyectos de acción política civil fruto de acuerdos de paz como el de la Unión Patriótica han sido exterminados en forma implacable. Otros proyectos de izquierda democrática, en parte fruto también de acuerdos de paz, han logrado subsistir y mantener abiertos espacios significativos de acción política transformadora. La guerra persiste y ello da lugar a dos posiciones fundamentales, una que considera válida la lucha de la izquierda armada y otra que considera inviable y contraproducente continuar por ese camino. Así se expresa la disyuntiva de combinar o no las formas de lucha. No obstante el peso definitorio de esta diferencia, la unidad es posible en virtud de la convergencia en la necesidad ineludible de una salida política negociada del conflicto político armado. En la medida en que madure el proyecto de salida política y se advierta que a él acceden con voluntad decidida los movimientos insurgentes se facilitará la unidad y el ascenso de la izquierda colombiana.

Otra circunstancia que marca diferencias y aproximaciones en la izquierda colombiana es la de las reglas de juego para hacer política y las garantías para hacer oposición. En general un ala de la izquierda considera que tales reglas y garantías, así no las comparta plenamente, son aprovechables. Esto ocurre en relación con la reforma política, que establece umbrales, y con la ley de garantías que facilita financiación y comunicación para la acción política, mientras otra ala de la izquierda considera que tales disposiciones no son reales y efectivas sino tan solo recursos de legitimación al momento de superar obstáculos para la continuidad del régimen imperante como es la reelección presidencial. Esta dificultad se supera mediante un toque de realismo político que conduce a los primeros a no dejar de entenderse con los detentadores del poder, manteniendo la postura crítica y de oposición, cuando se trata de asegurar la viabilidad del juego político democrático o de ampliarlo, y a los segundos a no dejar de entenderse con sus pares de la izquierda, manteniendo su crítica, cuando se trata de sumar fuerzas en función de objetivos compartidos. Son casos en los que resulta evidente que el PDI asume el costo de ciertos avances políticos mientras todos se benefician de ellos.

Se está creando en la izquierda, especialmente en su dos grandes expresiones, el PDI y la AD, una especie de lógica o sentido común en relación con tres asuntos claves: el tipo de gobierno que Colombia necesita hoy, el programa que tal gobierno debe desarrollar y el sentido de las relaciones en el actual contexto internacional. En los tres temas se nota un aprendizaje de experiencias cercanas en el continente. El gobierno que se visualiza es democrático, plural, de transición, que cumpla un programa de reformas avanzadas: la agraria, la urbana, la territorial, la de la justicia, que avance en la vigencia real y general de los derechos sociales, que haga una oferta audaz de paz dialogada, que oriente las fuerzas armadas hacia la paz, que impulse con decisión la acción internacional de Colombia hacia la integración de los pueblos latinoamericanos y juegue a la polaridad múltiple en el espacio económico y político mundial como alternativa al hegemonismo unilateral de los Estados Unidos.

Como se ve, se trata de un programa de transición sustantiva o sea de ruptura reformista que no es transición light ni ruptura revolucionaria. Los actores que soportan este programa son los movimientos sociales reivindicativos, étnicos y socioculturales, por los derechos humanos y por la paz, por el reconocimiento de opción sexual, las regiones en plan de autonomía, las expresiones sociales y políticas que buscan radicalizar la democracia haciendo efectivos los derechos, el empresariado crítico del TLC que prioriza la economía productiva sobre la financiera especulativa. Sujeto plural y múltiple que avanza hacia la conformación de una nueva mayoría.

En general se entiende que estos avances concretos o reformas democráticas pueden hacerse con base en la Constitución de 1991 a la cual, por ello, es preciso preservar y defender como instrumento válido para proyectar el Estado Social Democrático de Derecho. Pero, sin afectar este reconocimiento, se abre camino también la conciencia de que la Constitución representa un pacto social incompleto e inconcluso, que no incluye todos los actores y todos los asuntos que son necesarios para consolidar instituciones plenamente legítimas reconocidas por todos, que su carácter es ambiguo en tanto con ella se puede, por igual, construir un modelo social que un modelo neoliberal. De hecho éste último es el que se ha impuesto en la práctica durante sus quince años de vigencia.

Los precandidatos presidenciales, Carlos Gaviria Díaz de AD y Antonio Navarro Wolff del PDI, por su seriedad y madurez, son hoy factor definitivo de unidad de la izquierda. Ambos están imbuidos de la idea de que la crisis se supera profundizando la democracia, no restringiéndola. Ambos, por convicción trabajan por un candidato único de la izquierda. Ambos están dispuestos a escoger un mecanismo (consulta, acuerdo o encuesta) para que haya un candidato único. Ambos están dispuestos a acoger el resultado del mecanismo o procedimiento que se escoja. Ambos están preparando sus espacios de representación e influencia para que acojan el producto de la concertación. Ambos tienen plenamente presente que su destino es liderar la alternativa al proyecto de las derechas con Uribe o sin Uribe. Las calidades de ambos candidatos son inmejorables.

La unidad de la izquierda tiene importancia estratégica en cuanto le da carácter definido, sentido histórico y fuerza social al proyecto de cambio que se persigue, pero igualmente lo es el entendimiento con el centro político y con expresiones democráticas que se diferencian y/o se desprenden de las caotizadas fuerzas tradicionales. La idea es lograr la máxima unidad posible no sólo para gobernar sino para profundizar la democracia. El PDI es bisagra que permite la apertura a ambas dimensiones del espectro político: el resto de la izquierda y el centro político. Esta articulación o unidad democrática es no sólo conveniente sino necesaria para conformar el amplio abanico plural, la gran coalición, que derrote a la derecha, ella a su vez conformada por una pluralidad abigarrada de expresiones.

Se está configurando una estructura de oportunidad política favorable a la izquierda. Esta ya no es marginal, está en ascenso, si asume la posibilidad de unirse puede liderar la unidad democrática y encaminarse a ser gobierno nacional en el 2006 o en el 2010. La izquierda puede, sin duda, convertirse en una verdadera primavera para el pueblo colombiano. El juego político hoy en Colombia es claramente dialéctico. Nada ha sido tan saludable para la unidad de la izquierda como la unidad de la derecha con el liderazgo de Alvaro Uribe. El polo democrático es una respuesta lógica al polo autoritario.

Pero se requiere un proyecto consciente. No triunfará la democracia sólo por inercia y acción espontánea frente a la regeneración o vuelta al pasado que representa el proyecto de Uribe. Construir un proyecto de futuro para Colombia es nuestro reto y nuestra responsabilidad. Todo ello vale la pena a condición de que esta izquierda con tantas posibilidades se decida por la refundación real de la política. El Estado Social de Derecho será de veras un avance si descansa sobre una auténtica renovación de las costumbres políticas. No valdría la pena un autoproclamado Estado Social de Derecho que siga nadando, hundiéndose, en el abuso del poder, la corrupción y la violencia.

La primavera es hermosa porque el aire se torna transparente y luminoso, así ha de ser la nueva política. Seremos los nuevos en política, sólo si nuestra visión genera esperanza y si nuestra práctica genera confianza. Con el poeta inglés Shelley podemos preguntar en las circunstancias actuales de Colombia: Si ya llega el invierno, !oh viento!, ¿puede estar lejos la primavera?.

* Director del Instituto María Cano, Miembro de la Junta Nacional del PDI elegida en el Congreso realizado los días 2, 3 y 4 de junio de 2005.

1 Se toman en cuenta para esta apreciación las intervenciones y entrevistas del precandidato de AD, Carlos Gaviria, la intervención de Antonio Navarro en el Congreso del PDI, antes de la elección de precandidato del partido y la intervención de Jaime Caicedo en la sesión de instalación del 19º Congreso del Partido Comunista el sábado 4 de junio.

Celebración del día del orgullo gay

Salir del closet

Hasta hace algunos años el reconocimiento de la pluralidad de tendencias en la orientación sexual era reprimida y aislada, o comúnmente calificada como algo del orden de la perversión y la enfermedad mental. Aunque hoy en día no se ha llegado a su pleno reconocimiento, sí se ha posicionado este tema en la opinión pública, dejando de ser un tema oscuro y vetado.

Los hombres y mujeres homosexuales luchan por el reconocimiento de su identidad y orientación sexual: “salir del closet” ha sido una pelea no sólo con personas sino con instituciones que ven en ellos algo anormal, cuando la normalidad siempre ha sido una construcción cultural e histórica muy ambigua y polifórmica. Ya la clínica psicoanálitica dejó de calificar a los homosexuales como personas con desviaciones para reconocer en ellos otra posibilidad de construcción de sexualidad.

Han pasado 34 años desde que en un bar de Nueva York conocido como Stonewall, lesbinas y gays; cansados del abuso y maltrato de que eran objeto por parte de la policía, organizaron una forma de manifestación pública donde daban a conocer sus derechos y exigían el reconocimiento de sus personas. Este proceso se convertiría en el día del orgullo gay, celebrado a nivel mundial el 28 de junio.

En Bogotá, por aquello de los días de trabajo, se marchó el 3 de junio. A las dos de la tarde, desde la Plaza de Toros hasta la Plaza de Bolívar, miles de gays, lesvianas y travestis, se expresaron a través de una manifestación vestida por el carnaval como forma ideal para denunciar y expresar. Al final de la tarde se vivía en la Plaza de Bolívar una fiesta alegre y multicolor que proyectó la lucha que se está librando desde estos sectores, pero que además involucró a todos los demás, pues la marcha fue contra todas las manifestaciones autoritarias.

Gozando y rompiendo censuras

Carnaval significa por excelencia construcción de escenario para subvertir el orden simbólico predominante. En él los cuerpos son exaltados por colores y adornos, representando roles sociales para burlarse, denunciar y comunicar relaciones sociales y de poder en una sociedad todavía patriarcal y machista, como lo es la colombiana.

Es de aclarar que existe una diferencia entre identidad y orientación sexual. Por ejemplo, no siempre la identidad masculina está ligada a la condición heterosexual sino que existen diversas combinaciones entre los polos heterosexual – homosexual y femenino – masculino que cambian conforme a personas, culturas y periodos históricos. Ya en 1950 el sociólogo Kinsey descubría que la orientación sexual entendida como posición de deseo, no estaba concentrada en los polos heterosexual y homosexual sino que estaba contenida entre un amplio espectro de las dos. Por lo tanto el género es un conjunto complejo de representaciones, creencias y prácticas que determinan al individuo en función de su sexualidad.

La sexualidad no debe ser entendida como un acto biológico porque no nos rige el instinto, como en los animales, sino la pulsión. Es ante todo una construcción cultural donde existe una búsqueda de placer por parte de un cuerpo erógeno en un contexto simbólico. Por eso la identidad, aunque tenga sustrato biológico en el cuerpo de cada uno, es la significación cultural que hacemos de él para relacionamos con los demás en sociedad.

El reconocimiento por la diversidad sexual no debe ser una lucha de gays y lesbianas, sino de todos aquellos que propendemos por una sociedad más abierta a la diferencia y tolerante con el libre desarrollo de la personalidad. Todavía falta mucho. Lograr el reconocimiento como en España para que estas personas puedan contraer matrimonio y adoptar hijos es todavía lejano. Pero el tema ya está a la orden de la opinión nacional.

Ranas vs. Motosierras
o es una final de tejo. Son apenas algunos de los protagonistas de una masacre ecológica que se libra, de manera “silenciosa” y a plena luz del día, en las montañas que bordean el oriente de Bogotá. ¿Quién le pone el pecho al tema?

Más allá de la magia paisajística que nos regalan, los cerros orientales de Bogotá plantean una serie de problemáticas socio-ambientales verdaderamente preocupantes, que parecen desbordar la capacidad de respuesta de los organismos responsables de preservarlos.

Precisamente, el cuello de botella lo constituye el hecho de que son varios (y de distinta naturaleza jurídico-administrativa) los entes encargados de trazar las políticas y de tomar las decisiones atinentes al futuro de los cerros, con el agravante de que probablemente nunca lograrán coincidir en sus apreciaciones y menos aún en las medidas que cada uno a su modo busca implantar.

En el escenario figuran como protagonistas centrales el Ministerio de Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial, la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca y el Departamento Técnico Administrativo del Medio Ambiente, es decir, una escala que va de lo nacional a lo distrital, pero que no permite apreciar con suficiente claridad en cabeza de quién está realmente aplicar el freno a los flagelos visibles e invisibles que vienen afectando a los cerros.

Más allá, encontramos otros actores, algunos de los cuales preferirían pasar desapercibidos, no por modestia sino más bien para que la prensa no los asedie. Los urbanizadores, por ejemplo, abanderando megaproyectos de ladrillo que alcanzan cifras astronómicas. Los piratas que lotean la tierra arrasando de paso con los sueños de sus víctimas. Los corta palos, que no tienen reparo en talar cuanto árbol se les atraviese para convertirlo en una mesa de centro “toda cuca”, que se convierte en el embeleco de las señoras que van a tomar el té en las terrazas con vista a las montañas.

Y un poco más allá, casi detrás de bambalinas, los actorcitos con papel de segunda: Los campesinos habitantes de los cerros, herederos de los muiscas, de cachetes colorados, que usan por ruana el viento, dizque mal hablados, que huelen a estiércol pero que tienen la conciencia pura como la leche de sus vacas. Esos que se levantan con el sol y se acuestan con la luna para que los que merquen en las superhipermegatiendas lleven queso fresco, huevos doble yema y frutas con sabor a frutas y no a químicos.

Esos a los que, sin embargo, no sabemos a ciencia cierta cómo, se les ha borrado del mapa de a poquitos, se les ha arrinconado y se les ignora la mayor parte del tiempo, excepto en vísperas de elecciones. Los mismos que por ser minoría no tienen asiento en el Congreso, ni en las asambleas, ni en los consejos y, claro, ni en el Concejo. Esos que se convierten en el dolor de cabeza a la hora de hablar de seguridad social, de colegios para el campo y de inclusión.

Esos que ven perplejos cómo cae todos los días un nuevo árbol. Aquellos que acostumbraban conversar con las lechuzas y soñaban con volar como las águilas, antes de que el ladrillo las desplazara. Sí, esos que una vez, en el primer amanecer del planeta, despertaron en estas tierras, ahí, junto a las ranas, y se quedaron –como ellas- convencidos de que donde hay agua hay fertilidad y donde crecen las cosechas se recogen los frutos.

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