Estos despilfarros y ávidos consumos son consistentes con el aumento del desempleo (ver gráfico 1), con la corruptela en el sector público, con las mafias que campean por doquier, con las crecientes desigualdades sociales, con la exclusión de las mayorías populares y del desplazamiento forzoso de más y más pobladores rurales. Consistentes porque el sector productivo crece insumiendo más importados y menos insumos nacionales. El sector financiero, por otra parte, está dispuesto a financiar todo tipo de consumos, a condición de que cuando llegue la hora de la resaca “pagan o pagan”.

¿Qué crece?
El actual régimen de acumulación es financiero-terrateniente, sustentado en la especulación, el rentismo y el capital transnacional. La burguesía colombiana nunca se desligó del poder señorial. Desde el gobierno de López Michelsen (1974-1978), las políticas económicas han sido favorables al sector financiero (en reemplazo del modelo sustitutivo de importaciones), cuyos bolsillos se han llenado con los dineros provenientes del narcotráfico (López legitima el primer lavado de dólares mediante la “ventanilla siniestra” del Banco de

En medio de las privatizaciones fraudulentas de los bienes públicos, la desnacionalización de la economía y la desindustrialización, en 2006 las importaciones llegaron al país a chorros. Las importaciones, según el Banco de
En contraste, las exportaciones sólo crecieron durante 2006 en 15,7 por ciento, alcanzando un valor cercano a los 24.000 millones de dólares. En consecuencia, el déficit comercial colombiano en el año 2006 fue de más de 2.000 millones de dólares (ver gráfico 3). Las exportaciones tradicionales (café, carbón, petróleo, ferroníquel) crecieron en 14,5 y las no tradicionales en 16,9.

Este mayor flujo de mercancías importadas inyecta crecimiento al transporte y al comercio, a la vez que golpea severamente al sector productivo real: industrial y agropecuario. El comercio creció en el año 2006 en 9 por ciento y el transporte en 10,3. En contraste, durante 2006, el sector agropecuario creció en menos del 1 por ciento y el manufacturero al ritmo del promedio global de la economía: 6,7 por ciento (pero más en actividades de ensamblaje o comercialización de mercancías entre plantas transnacionales, pues no generó empleo; al contrario, al igual que el sector primario, despidió trabajadores). La construcción pública y privada igualmente está en auge: durante 2006, este sector creció 17,3 por ciento.
¿Quién paga?
La borrachera consumista está financiada, de una parte, con mayor endeudamiento del Estado colombiano. El déficit del gobierno central durante el 2006 fue de 3,8 del PIB y se estima que para 2007 será del 5 por ciento (con las transferencias entre el sector público –excedentes de Ecopetrol y otras empresas públicas–, el déficit se reduce a 0,4 y 1,7 por ciento, respectivamente). Para financiar el gasto en obras públicas, burocracia, guerra y pago de la deuda pública –prioridades de la administración Uribe–, el gobierno debe endeudarse aún más: en el año 2006, el endeudamiento externo de largo plazo del sector público colombiano creció en 3.100 millones de dólares (flujo neto: préstamos menos servicio de la deuda). La sola deuda externa colombiana es cercana a 40.000 millones de dólares (que unida a la deuda interna suman el 30 por ciento del PIB).
La otra fuente de ingresos son las remesas de la diáspora colombiana (calculada en cerca de 4,5 millones de nacionales que viven en el extranjero), con una cifra anual de alrededor de 5.000 millones de dólares. Los narcoparamilitares también están colocando su cuota: el lavado de divisas y la legalización de sus fraudulentos capitales suman unos 10.000 millones de dólares al año, según
Una expresión de esta ‘bonanza’ de divisas es la sobrevaluación del peso; el dólar ha caído en su precio a 2.200 pesos por dólar, y en las zonas de dominio narcoparamilitar se consigue a 1.500 pesos. Otro efecto perverso es que la sobrevaluación del peso encarece las exportaciones (mientras los demás países de Latinoamérica están devaluando) y abarata las importaciones, lo cual genera un círculo perverso de mayor déficit comercial-mayor endeudamiento externo-desplome del aparato productivo-mayor desempleo. Además, está el consumo de los dueños del capital: estos se llevan la tajada del león, las familias ricas en Colombia (el 10 por ciento del total) concentran el 60 por ciento de la riqueza que los trabajadores generan anualmente, utilidades que en gran parte van para su consumo de bienes de lujo e importados.
¿Y el trabajo?
Según las estadísticas del Dane, durante el año 2006 se perdieron en Colombia 186.000 puestos de trabajo; igualmente ha caído la participación del salario en el conjunto del ingreso nacional y se ha visto reducido el consumo de los hogares populares. Tragedia social y laboral, antesala de lo peor que está por venir una vez se ponga en funcionamiento el Tlc.
Entre enero y diciembre de 2006, los desempleados aumentaron en 43.000 personas, para un total de 2.450.000 personas desocupadas. Las personas inactivas crecieron en 830.000 (la mayoría es de desempleados desalentados que se cansan de buscar trabajo sin lograrlo) y los subempleados (por ocupación, tiempo e ingresos) aumentaron en 428.000. Año a año se precariza más el trabajo (flexibilización, inestabilidad e informalidad) y aumenta la sobreexplotación.
En consecuencia, la tasa de ocupación nacional en año 2006 se ubicó en 51,3 por ciento, disminuyendo en 1,6 puntos frente al año 2005 (52,9 por ciento). La tasa de desempleo en las zonas urbanas fue de 13,3 (en el nivel nacional, incluida las zona rural, fue de 12 por ciento en promedio). En Cartagena, Pasto, Manizales e Ibagué, la tasa de desempleo es superior a 15.
La pérdida del empleo se presentó en las dos ramas de la actividad económica real. En la rama agropecuaria, entre enero y diciembre de 2006, la población ocupada cayó en 7 por ciento; en la industria manufacturera, la pérdida de puestos de trabajo fue del 4 por ciento, según el Dane. En la zona rural, la población ocupada disminuyó en promedio 206 mil personas (–4,3 por ciento) entre el período de enero-diciembre de 2006, respecto al año 2005. El despido de trabajadores del sector productivo real fue compensado parcialmente con la creación de puestos de trabajo en los sectores de la construcción (que tiene un efecto temporal), transporte, comunicaciones y actividades inmobiliarias.
¿Resaca?
La alianza de las distintas fracciones de clase del capital y de la renta se favorece de este régimen. Las clases medias arribistas, funcionales a estos grupos hegemónicos, también participan de la fiesta del consumo importado. El grado de ebriedad no les permite avizorar que han generado una burbuja especulativa que no demora en explotar, que con las deudas llega el momento en que hay que pagarlas, que aumentan los impuestos (cada año hay una reforma tributaria para cubrir el crónico déficit del sector público y cancelar la imparable deuda) y que están acabando con la economía nacional y los puestos de trabajo al consumir sólo productos importados y desmantelar las empresas nacionales.
Los trabajadores y sectores populares padecen los efectos de la borrachera de los de arriba; mientras ellos se divierten, abajo hay hambre, desempleo y sufrimiento. La solución no puede venir sino de los de abajo. El presente es de resistencia, lucha y cambio del modelo de desarrollo, esto es, la construcción del socialismo. Si fracasamos en el intento, no queda otra salida sino emigrar (unirse a los cinco millones que ya se fueron), para no respirar el aire enviciado en los bares amanecidos, tras noches alumbradas por luces fantasiosas. ¡El último en salir apague la luz!


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