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Tres cartas, tres épocas. Tulio Bayer, Julio César Cortés, Camilo Torres

El entonces sacerdote jesuita Mario Calderón Rivera nos presentó en París, a mi esposa Maria Tila Uribe y a mí, al despistado ex guerrillero Tulio Bayer y su compañera venezolana, que él llamaba “Tanque”. Bayer, médico de gran preocupación social, combatió todos los medios a su alcance el mercantilismo de las empresas farmacéuticas y la falta de compromiso social de la mayoría de los médicos. Nos contó parte de su vida y nos regaló su libro Carta abierta a un analfabeta político, publicado en 1977. Ese analfabeto era un amigo suyo a quien le escribió una larguísima epístola el 20 de enero de 1964.


 


Bayer fue combatido con fiereza por el cuerpo médico, los ministros de salud y la gente poderosa del país, a muchos de los cuales cita por sus nombres en esa carta, convertida en libro que ninguna editorial en ese momento quiso publicar. Teresa Baztan, periodista revolucionaria argentina, sacó tres mil ejemplares mimeografiados en Bruselas (Bélgica).


 


Bayer, para dar testimonio de su presencia y preocupaciones sociales, se hizo guerrillero en el Vichada casi en solitario en 1955, fue capturado y recluido en difíciles condiciones durante 45 días junto con “Tanque”, en la base militar de Apiay (Meta), luego trasladado y detenido por ocho meses en la Cárcel Modelo de Bogotá, y finalmente juzgado por rebelión. Posteriormente pidió refugio en Bélgica y poco después se trasladó a París.


 


La vehemencia e indignación de Bayer se reflejan en sus palabras “médicos al servicio de la oligarquía, médicos vendidos, médicos ignorantes”. Transcribo unos pocos párrafos de su “carta-libro”:


 


“Para mí, el dilema está claro si se parte de la base, que no creo que me discutas, de que los profesionales colombianos tenemos que asumir una posición ante el destino de nuestro pueblo”.


 


“Si, conscientemente, un profesional de la Medicina se coloca del lado de los explotadores. Para nosotros, los revolucionarios, ese sujeto no pasa de ser un criminal de guerra. Porque, si no lo sabías, te digo: estamos en guerra desde hace mucho tiempo. Ahora, en el caso del profesional que sirve al sistema sin analizar el proceso social y económico que estamos viviendo, es decir, como un “idiota útil”, la clasificación que le corresponde es la de delincuente de guerra.


 


“Algunos de estos Ministros han hecho este ‘trabajo’ a favor de los Laboratorios en forma descarada y pública, utilizando a ojos vistas el poder político y el poder económico con una insolencia que no puede compararse siquiera a la de los hampones llamados vulgares que atacan a la luz del día y en la vía pública. Estos últimos tienen un mérito: arriesgan su propio pellejo.


 


“Y, sin embargo, Pacho, la tal política nuestra, que no es otra cosa que el arte maquiavélico de mantenerse en el Poder a espadas del pueblo colombiano, es precisamente el agente etiológico, la causa determinante de la enfermedad de nuestro país: el hambre. Hambre física y hambre espiritual.


 


 “‘Mi caso’, el que parece interesarte, no es otra cosa que haber llegado lentamente a palpar las absurdas realidades colombianas, no a través de fórmulas, sino directamente, vale decir que yo no te hablaré de la explotación sino de los explotadores, a muchos de los cuales he conocido personalmente.


 


Comprende que llegar a ser revolucionario es difícil para un muchacho de “buena familia”. Llegar a serlo de veras requiere un proceso intelectual en el que están involucrados la corteza cerebral, el hipotálamo y el corazón. Después todo el cuerpo. Los procesos incompletos producen pseudorrevolucionarios tan pintorescos como el ‘burgués progresista’, tan dudoso como el guerrillero de café”.


 


Medicina preventiva


 


Julio César Cortés, presidente de la Federación Universitaria Nacional-FUN, médico, codirector del periódico Bisturí, me entregó copia de esta carta escrita a su cuñado, también médico. Esta carta, hasta hoy, es inédita.


 


“Diciembre 7 de 1965. “Julio R.


 


“Puesto que tú y Leíto son hace mucho un solo ser, lo que digo en mi carta es también para ti. Pero quiero pedirte, al médico, al hombre joven, que intentes comprender más de cerca mi actitud. Tú sabes tanto como yo cómo se resolverían los problemas de la desnutrición, de la TBC, del paludismo, de todas las endemias de las cuales se nutre nuestra medicina. Tú sabes que muchas de ellas son sólo consecuencia de problemas sociales y económicos, mucho más que fruto de una situación estrictamente médica. Tú sabes que muchos de nuestros pacientes jamás llegarían al hospital, y menos al cementerio, si sobre ellos se hubiera ejercido previamente una adecuada medicina preventiva. Pero tú sabes por qué razones no se hace esa medicina. Tú sabes, por consiguiente, que la mejor manera de hacer medicina, sería, por consiguiente, controlando desde el poder los dineros públicos, solucionando los problemas sociales y económicos que causan la desnutrición, el parasitismo, etcétera, etcétera. Pues, bien: llegó un punto en el cual yo decidí que no podía engañarme a mí mismo.


 


Quiero hacer medicina, quiero curar, quiero terminar con las enfermedades, pero he llegado a comprender que sólo puedo hacerlo de una manera: transformándome en revolucionario de tiempo completo. Esa es una respuesta estrictamente lógica. Practicarla requiere, sin embargo, una alta dosis de pasión y desprendimiento. Yo intento conseguirlos. En esa lucha se producen choques inevitables con muchas gentes, incluyendo la propia familia. Sólo si alguien puede llevar a estas personas a un convencimiento racional de que la decisión no es absurda, su desesperación va a ser grande. Creerán que yo y los que actúen como yo estamos locos. O que somos unos irresponsables. O despiadados. O criminales. Tú sabrás que no, pero eso no bastará. Para que nuestros seres queridos no sufran, será necesario que algunas personas como tú, que no llevan al extremo el compromiso, pero lo comprenden, aboguen por nosotros.


 


“Es lo único que te pido. Será la gran ayuda que puedas tú prestarme. Si mi lucha me obliga a apartarme de mi familia, quiero que tú llenes el vacío que dejo. De hecho, te portas como hijo de mi madre, pero sé que ella va a necesitar de todo tu afecto. Me tranquiliza muchísimo saber que tu cariño por Leonor se traduce también en cariño hacia mi madre. Y no lamento ‘incomodarte’ porque sé que no es la palabra adecuada. Las cosas que se hacen con amor ni ‘incomodan’ ni deben agradecerse.


 


“Para nuestra patria se avecinan días duros –por eso te hablo este lenguaje–, y sé que algún día volveremos a vernos cumpliendo juntos con nuestro deber. Hasta entonces, te abrazo como a un hermano.


 


“Julio César Cortés”


 


Julio César murió en la guerrilla del Eln en 1968, lo mismo que su compañero Hermías Ruiz, también médico, el otro director del periódico Bisturí que publicaban en la Universidad Nacional.


 


Por su parte, el sacerdote revolucionario Camilo Torres Restrepo escribe: “La violencia es el síntoma complejo de una situación social que no se puede explicar sino en una pluralidad de factores. Nuestros dirigentes lo manejan en la teoría y en la práctica con excesivo simplismo… A través del poder económico, cultural, político y militar, la clase dirigente controla los demás poderes. En aquellos países donde la Iglesia y el Estado están unidos la Iglesia, es un instrumento de la clase dirigente”.


 


“Al analizar la sociedad colombiana me he dado cuenta de la necesidad de una revolución para dar de comer al hambriento, beber al sediento, vestir al desnudo y realizar el bienestar de las mayorías de nuestro país”. En uno de sus mensajes, Camilo habla de la salud del pueblo, la escasez de hospitales y médicos,  fundamentalmente en las zonas rurales.


 


A mediados de 1965, el periodista francés Jean-Pierre Sergent entrevistó al sacerdote Camilo Torres, a quien le preguntó: ¿A qué llama usted revolución? En una parte de su respuesta, expresó: “La nacionalización de todas las fuentes de producción, de la banca, los transportes, los hospitales, los servicios de salud”. Consecuente con su pensamiento, incluyó en el punto XI, Salud Pública, en la plataforma del Frente Unido: “Todo el personal de las profesiones de salud será empleado del gobierno […] El Estado implantará un plan progresivo e integral de Seguridad Social que garantice gratuitamente a la población el derecho a la Salud y a la atención médica”. Además, por la emigración del campo a la ciudad debida a la creciente violencia, se preocupaba porque los hospitales rurales se quedaban huérfanos, desatendidos, sin presupuesto (las citas anteriores aparecen en el libro que contiene reportajes y escritos de Camilo, pp. 518/22; además, Escritos y mensajes, p. 309).


 


Como es sabido, Camilo Torres también murió en la guerrilla del ELN.


 


El ex sacerdote Mario Calderón Rivera fue asesinado junto con su compañera, Elsa Alvarado, en mayo de 1997 por los mismos paramilitares que mataron a Eduardo Umaña, defensor de derechos humanos y de presos políticos. Él escribe en su libro Conflictos en el catolicismo colombiano: “El contenido doctrinal de las cartas del Cardenal, de sus declaraciones y de las de Camilo es evidentemente antagónico. Ambos, y casi con la misma frase, parten de sus experiencias como sacerdotes, pero lo que para uno es “apartarse conscientemente de la doctrina y directivas de la iglesia católica”, para  Camilo es “llorar a los hombres por el amor mutuo a Dios” (ob. cit., p. 63). Recordemos que para Camilo el amor debía ser eficaz, buscando solucionar los problemas de la clase popular, y para lograrlo escogió el camino revolucionario.


 


La lucha por una salud a la altura de las necesidades del pueblo colombiano prosiguió: las huelgas de los trabajadores de la salud en los años 70, la constitución de organizaciones sociales pro salud comunitaria en multitud de barrios de las grandes ciudades de todo el país, entre otras acciones, contaron con la presencia de Camilo. Otros médicos, enfermeras, salubristas, desde espacios cotidianos en la ciudad, prosiguen el esfuerzo por dignidad y salud para todos. Hoy, 40 y más años después de los grandes esfuerzos de estos médicos y revolucionarios, no se olvida su gesta. La posible firma del Tlc amenaza lo poco que sobrevive de la salud pública. Impedir su aprobación es garantizar una nueva oportunidad para todos los colombianos, pero también un espacio para que vivan los sueños de quienes nos antecedieron.


 

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