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La oportunidad de una verdadera oposición

Su resistencia tiene que ver con uno de los rasgos más significativos de la cultura política colombiana: la idea incubada en el siglo XIX, y reforzada una y otra vez a golpes de ilusionismo, de que puede expresar el sentimiento popular; de que, en cierta manera, puede ser “la izquierda”, arrebatándole ese campo a cualquiera otra fuerza renovadora. Y por eso, aunque a muchos nos duela, sigue teniendo peso en la definición de las opciones políticas del país. Incluyendo al Polo Democrático Alternativo cuyo ascenso representa una combinación de circunstancias inéditas. Por primera vez avanza una fuerza nueva, al tiempo que el Partido Liberal se declara en oposición. Por primera vez es aquella la que le resta simpatías y no a la inversa. Pero no hay razones para sorprenderse: la del Partido Liberal es una oposición sin programa ni posibilidades de inventárselo. Al contrario, la mayoría de sus gamonales está en el uribismo, incluyendo a su protagonista. Semejantes indefinición e inestabilidad tenían que resolverse.


 


El jueves pasado, el director del Partido Liberal, el ex presidente César Gaviria, acudió acompañado de dos de sus lugartenientes a una reunión con Uribe. El tema era aparentemente el TLC. Pero no era la primera vez. Se habían encontrado dos veces antes en los últimos meses, y Gaviria ya había hecho pública una llamada al Presidente, hace pocos días, en la cual le expresaba su respaldo, desautorizando las declaraciones de la senadora Piedad Córdoba. Los medios masivos de comunicación se han apresurado a celebrar los gestos de este supuesto estadista que demuestra estar en capacidad de discutir, con ‘alto nivel’ y de manera ‘constructiva’, los temas fundamentales del país. Claro, es el estilo de ‘oposición’ que se acostumbra en la politiquería. Pero no se puede ignorar una circunstancia harto reveladora: en pocos días se llevará a cabo el Congreso del Partido Liberal. Sin duda, es un anticipo de la posición que finalmente se adoptará.


 


El resultado de la reunión es fácilmente previsible: la bancada liberal dará su aprobación al TLC. Para cubrir las apariencias, se han previsto conversaciones con los Ministros, como si algo novedoso faltara por explicar. Con este viraje le restan fuerzas al cuestionamiento que ya era creciente –aunque en términos de votos no era indispensable– y les envían un mensaje a los demócratas con el fin de viabilizar el trámite del ‘tratado’ en el Congreso de los Estados Unidos. Lo más importante para Uribe. La contraprestación también es previsible y tiene que ver con el manejo del presupuesto, el único tema de interés para los politiqueros de toda laya. Algo debió acordarse en esa reunión sobre el Plan de Desarrollo y la Ley de Recorte de las Transferencias.


 


El país, el pueblo colombiano, no pueden permanecer indiferentes ante estas maniobras. Es cierto que el liberalismo nunca tuvo una posición siquiera digna frente al ‘tratado’, salvo algunas expresiones individuales. Pero a este golpe seguirán otros. No sería raro que se esté fraguando un gran acuerdo nacional. Para Uribe, debilitado de alguna manera y sobre todo internacionalmente, ya no son suficientes sus partidos de bolsillo, con el de la U y otras convergencias y alas, puestos en evidencia en su podredumbre y con un Cambio Radical cuyas aspiraciones son enormes y no ocultan sus coqueteos con el Partido Liberal. El terreno está preparado. La verdad es que el escándalo de la parapolítica, si a alguno afecta, afecta es al propio liberalismo, matriz de la clase política. El punto de encuentro no es otro que la estrategia de Uribe fabricada desde cuando era gobernador de Antioquia: no se trata de ocultar la ‘verdad’ sino de conseguir que la opinión pública se acostumbre a convivir con ella; también, de legitimar la atroz operación paramilitar, institucionalizando la criminal transformación económica, territorial y política del país.


 


Para el Polo, que parece tan enredado y tan obsesionado con las mil argucias de la campaña electoral, el viraje no es cosa desdeñable. Aparentemente es favorable, ya que se queda con el monopolio de la oposición. A largo plazo, tiene la posibilidad de canalizar el descontento y la rabia de vastos sectores populares. Hasta se puede dudar del olfato de César Gaviria, a quien muchos habían calificado como el Turbay de nuestro tiempo. Es verdad que hasta ahora resultaba suicida enfrentarse a la popularidad de Uribe, y esa ha sido la insistencia de un cínico como Samper, pero no cabe duda de que tan publicitada popularidad ya está en declive. A lo mejor, al Partido Liberal no le importa, confiado en que finalmente lo que cuenta es su reconstrucción y el manejo del gasto público, para seguir ganando elecciones. Pero al Polo sí debe importarle.


 


En efecto, los mencionados resultados de este acuerdo –y seguramente no son los únicos– fracturan la espina dorsal de la Gran Coalición, que desde el famoso Referendo no ha sido otra cosa que un escenario de alianzas entre el Polo y el Partido Liberal. Probablemente sea objeto de discusión el grado de importancia que para el Polo han tenido tales alianzas pero es ineludible un replanteamiento de fondo. Para no ir más lejos, es claro que se alteraría el mapa electoral local y regional. Significa todo eso entonces que la campaña tendría que ocupar el papel subordinado que siempre debió tener. Por otra parte, es bien sabido que dentro del Polo y en su dirección hay no pocos ex dirigentes y ex funcionarios liberales. En principio, se diría que el viraje contribuirá a definirlos en este lado, aunque no somos tan ingenuos como para pensar que el liberalismo sencillamente haría un voto público de uribismo; en los tres años que faltan, se dedicará más bien a gestionar acuerdos por debajo de la mesa, conservando una actitud de ‘crítica constructiva’. El riesgo consiste, entonces, en que recupere su fuerza de atracción, la cual vendrá de su reconstrucción con miras a las presidenciales de 2010.


 


En estas circunstancias, el Polo debe igualmente resistirse, en perspectiva, a la tentación de llenar el vacío que deje el Partido Liberal, ya que seguramente debe resistirse a verse arrastrado, por sus alianzas, a un acuerdo nacional más amplio, para levantar, en cambio, un frente contra el régimen autoritario, adoptando su retórica socialdemócrata, sus prácticas clientelistas y sus mañas electorales. Lo que se necesita es una opción verdaderamente nueva. La historia de Colombia merece un capítulo en el que, definitivamente, el Partido liberal sea sólo un mal recuerdo.

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