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¿Samuel o Peñalosa?. Elecciones Alcaldía Mayor de Bogotá

En Bogotá, el debate en deuda


 


En la capital del país, una lectura de los programas inscritos por parte de Samuel Moreno Rojas y Enrique Peñalosa Londoño permite asumir una posición crítica y salpicada de interrogantes:


 


En primer lugar, es importante resaltar que los dos candidatos afirman que darán continuidad a la política de inversión social desarrollada por el actual Alcalde, Luis Eduardo Garzón, de manera fundamental en lo pertinente a los programas de: Bogotá sin hambre, Salud al hogar y la cobertura plena en educación. Sin embargo, quedan aún grandes interrogantes en lo referente a la democratización de los mercados de alimentos, el fortalecimiento de las redes de tenderos; el apoyo, fortalecimiento e integración de las redes de producción campesina; las alternativas de producción orgánica y limpia de alimentos, las propuestas de ordenamiento territorial con visión agroalimentaria regional; y otros factores de orden social, económico y cultural relacionados con el problema alimentario de la ciudad.


 


Asimismo, se espera que en el debate se puntualicen con claridad los temas relativos a la calidad educativa, la educación superior (particularmente el tema de la Universidad Distrital), la cobertura en preescolar, y la política de ciencia y tecnología que parecen son muy generales en la presentación de los programas de gobierno y sobre los cuales la ciudadanía espera pronunciamientos concretos.


 


El tema de la salud es un lugar común sin profundizaciones, más allá de las medidas y acciones, por demás lesivas y aparentemente irremediables, que el gobierno nacional ha tomado en los últimos tiempos en el marco de la Ley 100, que tanto daño causa en la salud de los colombianos, ante las cuales los mandatarios municipales no se pronuncian con la firmeza y voluntad que sus conciudadanos demandan.


 


Se ha vuelto un punto de debate permanente la discusión sobre el sistema de transporte más conveniente, y al parecer estamos condenados a escoger entre el metro de Samuel (como parte fundamental de un Sistema Integrado de Transporte) y el Transmilenio de Peñalosa, y a quienes habitamos la ciudad aún nos quedan preguntas cruciales como las fuentes de financiación de cada una de las propuestas, su trazado, la democratización de la propiedad, sea cualquiera el sistema que se implemente; el costo general y la asignación de tarifas diferenciales, la calidad del servicio y la dignificación de los pasajeros, las garantías y condiciones justas de los conductores y demás trabajadores vinculados al sistema de transporte, la calidad y limpieza de los combustibles –para no generar más contaminación de la que actualmente padecemos–, la coordinación de las autoridades reguladoras del transporte para disminuir los grandes embotellamientos y los tiempos de desplazamiento que a diario afectan a los pasajeros, el trazado y estado de la malla vial y tantos otros aspectos concernientes a la movilidad en la ciudad.


 


Al lado de estos temas cruciales, la preocupación por la seguridad continúa trasnochando a los capitalinos y parece que no hay propuestas específicas en temas tan delicados como el respeto a los derechos humanos, el control y vigilancia de las acciones de la Policía; el respeto a las normas urbanísticas, sanitarias y ambientales; las violencias intrafamiliar, callejera e institucional; la prevención de riesgos y el control de la delincuencia en todas sus expresiones, entre otros.


 


Expansión vs. Densificación


 


Se perfilan importantes diferencias entre los dos candidatos en lo referente al modelo de ciudad, la expansión urbana de Peñalosa con consecuencias por demás preocupantes en lo que sería la ocupación y conurbación con altos índices de pobreza de las dos orillas del río Bogotá, la ocupación de ecosistemas estratégicos y el favorecimiento a los grandes urbanizadores privados en la gestión y mercado del suelo de la ciudad. Tal modelo se contrapone a la propuesta de densificación, mejoramiento de vivienda, recuperación de las áreas pobladas, y los nuevos mecanismos para financiar y construir vivienda de interés social propuestos por Samuel.


 


Creemos que es éste uno de los debates centrales de Bogotá, más aún cuando estamos en términos legales para la revisión estructural del Plan de Ordenamiento Territorial de la ciudad (POT), en lo cual el tema ambiental, al igual que en todas las anteriores administraciones, permanece como una gran deuda con los habitantes de la ciudad, ya que casi nunca pasa de ser una preocupación etérea y cargada de conceptos generales.


 


El mundo del trabajo


 


Empleo e ingresos se mantiene como el dolor de cabeza de más de la mitad de los habitantes capitalinos, y nos encontramos a la espera de propuestas concretas al respecto. Un gran alivio nos da la posición enérgica del candidato Samuel Moreno respecto a la NO privatización de las empresas de servicios públicos, en contraposición con la ya conocida política privatizadora de Peñalosa, pero todavía estamos pendientes de si se revertirán o no los procesos de privatización que se adelantaron en administraciones anteriores.


 


¿Cual será la posición de los gobernantes frente a las acciones y decisiones del gobierno nacional en los procesos de organización y resistencia de los pueblos vecinos, y las acciones de hermandad e integración necesarias? ¿cuál ante la política de paz que tanto añoramos? ¿cuál frente a las proyecciones a 15 ó 25 años de la ciudad en el concierto económico, territorial, geoestratégico y cultural del mundo? Y hay más: ¿cuál ante las agobiantes necesidades de las poblaciones más vulnerables de la ciudad, como habitantes de la calle, desplazados, desempleados, niñez, adultos mayores, etcétera? Mujeres, jóvenes, indígenas, afros, pueblo rom, Lgbts, raizales y tantos y tantas otras mujeres y hombres que componemos el escenario diverso de nuestra ciudad estamos dispuestos a elegir las mejores propuestas, con los más comprometidos y honestos; por ello, presentamos a continuación la síntesis comparativa de los programas de gobierno que inscribieron estos dos candidatos, a consideración de los electores.


 



 



Sobre el PDA o la alternativa política en construcción




¿Qué entendemos por ‘izquierda’?


 


«La categoría ‘izquierda’ no designa un lugar o espacio en un continuo político, sino prácticas histórico-sociales que responden a una actitud pasional y analítica. Dicho así, la izquierda no supone un centro o una derecha políticas como sus opositores ‘naturales’ y en relación con los cuales adquiriría sentido, sino que posee valor por sí misma en tanto sensibilidad, rigor analítico e imaginario utópico. ‘Izquierda’ es un nombre propio. Es posible imaginar una sociedad con sensibilidad generalizada de izquierda, cuyas prácticas políticas son de izquierdas y se condensan en instituciones de izquierdas y en la que no existen ni derecha ni centro. Esta sociedad imaginada no es totalitaria ni saturante porque la actitud de izquierdas reconoce y asume el pluralismo y la diferencia e incluso conflictividad social como condiciones propias de la sociabilidad fundamental y de la política.


 


La actitud de izquierda en América Latina se configura por los siguientes rasgos:


 


          Una práctica de izquierda se gesta en el seno (plural) de vivencias de explotación, discriminación, pauperización y rebajamiento que son vividas como experiencias de contraste, o sea como sufrimiento personal o social. Una experiencia de contraste se da cuando lo específicamente vivido es asociado con emociones y sentimientos de disgusto, oposición, rebeldía o rechazo y el deseo de su cambio o transformación se asocia con la voluntad de colaborar personal en la producción de las condiciones sociales y culturales para una experiencia de vida o distinta o alternativa que haga de la experiencia de sufrimiento inicial cosa del pasado.


          Una práctica se constituye como de izquierda si descansa en el diagnóstico de una situación o situaciones sociales que considera empobrecedoras (discriminatorias, explotadoras, precarizadoras, excluyentes, etc.) y denuncia tanto esa situación como sus condiciones de producción, es decir su referencia a una o varias estructuras y sistemas. Esto último, el establecimiento de la vinculación entre situación de opresión y sus condiciones estructurales, da continuidad (acumulación) a las prácticas de izquierda y le exige, asimismo, desarrollar formas teóricas de análisis social.


 


Por ejemplo, un movimiento feminista es de izquierda, contestatario radical, si denuncia situaciones de discriminación entre los sexos y las asocia mediante una teoría de género a una hipótesis de la reproducción social bajo imperio patriarcal, por ejemplo.


 


Así mismo, un movimiento de creyentes religiosos es de izquierda, contestatario radical, si denuncia desde su fe situaciones de idolatría y las asocia mediante una teoría del fetichismo a una (o varias) hipótesis del papel de las instituciones religiosas en la reproducción del statu quo.


 


          Una práctica se constituye como de izquierda si su diagnóstico social se vincula con su compromiso por transformar la situación de opresión vivida en situaciones de mayor plenitud social y humana. Para ello, debe darse una forma efectiva de inserción permanente en las situaciones para aprender y crecer desde ellas. Esta necesidad de inserción constituye la demanda orgánica. […] Para reforzar su capacidad de convocatoria, esta práctica remite a una utopía que orienta un realismo de izquierda que busca producir o hacer emerger lo negado como imposible por una o varias estructuras de dominación. Una utopía de izquierda no es algo por conseguir o realizar, sino un referente límite que orienta la práctica y hace demandas a la teoría. […] La inserción orgánica y la utopía u horizonte de lucha contribuyen a la conformación de un programa político y cultural que se inscribe en un proyecto de sociabilidad fundamental.


 


          El diagnóstico social y el compromiso orgánico de lucha, con su determinación de metas y de procedimientos, debe expresarse como testimonio de búsqueda y producción de identidad liberadora (autonomía, autoestima). Esta búsqueda y encuentro lo es tanto hacia el interior del movimiento como hacia sus diversos frentes y espacios de articulación y también factor subjetivo para cada luchador.


 


Por ello, es encuentro y producción de raíz y de autoestima y, también, oferta a otros para crecer desde la autoestima y raíces.


 


Esto implica que una práctica de izquierdas no disocia fines y procedimientos. No existe más izquierda política que aquella que se moviliza animada por una espiritualidad de izquierda y que tiende a testimoniarla en todas sus materializaciones. El corolario práctico de esta consistencia entre procedimientos y fines, necesarios a la izquierda, es su rechazo a toda forma de corrupción, en particular la política, y su apertura a la transparencia informativa, a la discusión abierta de sus problemas, a la aceptación de la crítica de los diversos, al ejercicio efectivo de la autocrítica y al liderazgo funcional y democrático.


 


Las prácticas de izquierda, finalmente, se orientan por valores de autogestión, en sentido amplio. Es decir por la autoconstitución de sujetos (personales, sectoriales) en situación. La práctica de izquierda no es, por consiguiente, verdadera, sino correcta en cuanto contribuye a la autoconstitución de sujetos, hacia el interior del movimiento orgánico y en los diversos frentes sociales con que se articula. Así, las prácticas de izquierda no son tributarias de los mitos intelectualistas de la Ilustración, aunque no desprecien el análisis intelectual».


 


Tomado de: Democratizar y democracia en América Latina


Helio Gallardo, ediciones desde abajo, 2007, pp. 66 – 74


 



 


“Colombia es pasión”


 


Javier Fernando Sánchez


Javierf.Sá[email protected]


 


 


Colombia es pasión es una marca país con la que ahora se quiere replantear la identidad de nuestra nación, bajo el argumento de que es el sentimiento que representa por completo la personalidad de los colombianos y con la ‘comercial’ idea de expandir esa imagen por el mundo. Esta frase, que por su naturaleza ha tenido fuerte difusión en los medios de comunicación y sobre todo en aquellos que promocionan la gestión del gobierno nacional, nos invita desde luego a fortalecer nuestra “pasión por la patria”, mientras el escenario se acompaña de enunciados ‘prodigios’ que nos dicen que debemos estar felices en el “país de la barriga llena y el corazón contento”.


 


Sin lugar a dudas, los colombianos somos un buen ejemplo de lo que se entiende por pasión, cosa que en realidad es preocupante en la dinámica de este país, que, a decir verdad, pocas barrigas llenas y corazones contentos tiene debido a las irregularidades en su administración, lo cual se materializa en la pobreza extendida a pasos rápidos y agigantados. Pero ¿qué es lo que hace que la pasión de esta comarca latinoamericana sea un elemento para preocuparse? ¿no es eso acaso algo de lo que tendríamos que enorgullecernos?


 


En vísperas de elecciones regionales


 


Nos encontramos de cara a los comicios electorales que se llevarán a cabo el próximo 28 de octubre, en los que se elegirán alcaldes, gobernadores, diputados, concejales y ediles, y es efectivamente en ese tipo de ejercicios ‘democráticos’ en que los colombianos somos expertos en aplicar la tan mencionada pasión, pues es allí donde demostramos la falta de conciencia política o, si se quiere, pasión a la hora de elegir a quienes nos van a representar en el ejercicio del poder político.


 


Las elecciones son una acción política en la cual se asume que cierto colectivo, en el juicio de la razón, se da cita para sufragar y así elegir a sus representantes, pero es precisamente esa la ocasión en que se aprecia claramente la subjetividad y el sentimentalismo de los electores colombianos, quienes ‘participan’ sin postura política y sin grado alguno de razón, elemento que de hecho permitiría identificar quién sería en realidad el candidato que haría de su gestión un verdadero trabajo en función del colectivo que le elige. No en vano vemos cómo estos candidatos aprovechan en algunos casos su status o nivel socio-económico, y con base en eso hacen de su imagen un símbolo de adoración e idolatría, mientras la actividad propagandística y la parafernalia de las campañas populistas se intensifican, buscando así ganar adeptos fácilmente atrapados gracias a la red de la distracción.


 


Colombia es un país en el cual los electores (que, a propósito, son un número relativamente reducido) no eligen según sus intereses sino de acuerdo con la representación que se hace de éstos, es decir, que el impulso para votar es generado por diversos factores evidentemente no racionales: la integración a un partido o las motivaciones previas ofrecidas por sus candidatos (becas, dinero, mercados, puestos de trabajo, entre otros). Algunos de los votantes simplemente ejercen este derecho como una forma de ganar anuencias laborales o académicas; otra parte del electorado favorece a sus candidatos por la simpatía de imagen (fundamentada, como la palabra misma lo indica, en la simpatía que desprende el candidato) o por la apariencia de éste como hombre del común (aquí el candidato actúa como un hombre popular en su forma de regir, uno de cuyos elementos clave en este aspecto es la forma de vestir, que es lo que lo ‘vende’ como tal hombre del común: poncho, ruana, sombrero, carriel, incluso camándulas y demás elementos que lo confunden con el sector popular). Finalmente, otro factor que impulsa a las elecciones es la relación que se hace del candidato con una figura paterna que irradia “seguridad y firmeza” (paternalismo).


 


Este tipo de comportamientos o sentimientos son los que se aprecian en el escenario político colombiano, sin mencionar otras motivaciones igualmente paternalistas y que no terminaríamos de enumerar si así lo quisiéramos. Sin más, lo verdaderamente alarmante de este asunto es que jamás hay un cuestionamiento del elector o una discusión racional acerca de cuál sería la gestión de su candidato frente a las demandas sociales, permitiendo así que la teatrocracia o el Estado espectáculo se fortalezca, y que a la vez se reimponga. Queda claro entonces que las elecciones colombianas son una actividad irracional fundada en ‘sentimientos’, y en consecuencia en actitudes no políticas ni críticas, haciendo de esta manera que el país sea en efecto pasión y no razón.


 


Esta frase, que unida a una imagen imprecisa pretende quedarse en la memoria colectiva de los colombianos y así forjar supuestamente la ‘colombianidad’, más bien debería ser el elemento que nos invite a pensar si estamos de acuerdo con esa caracterización que hacen de nosotros quienes detentan el poder político y económico, y que con altos grados de razón y no de pasión aprovechan esa falta de conciencia política para perpetuarse en el poder y hacer de su gestión una administración a su antojo, mientras los cambios que se esperan jamás se asoman en el panorama nacional.


 


Al respecto, Bertolt Brecht; dramaturgo y poeta alemán, diría:


 


El peor analfabeto es el analfabeto político. Él no ve, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. Él no sabe que el costo de la vida, el precio del poroto, del pescado, de la harina, del alquiler, del calzado o del remedio dependen de decisiones políticas… El analfabeto político es tan ignorante que se enorgullece e hincha el pecho diciendo que odia la política; no sabe que de su ignorancia política nacen la prostituta, el menor abandonado, el asaltante y el peor de todos los ladrones, que es el político corrupto, lacayo de las empresas nacionales y multinacionales.

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