Si. “El futuro es como un trozo de arcilla que
se moldea a base de inteligencia y pasión, de imaginación y tenacidad” escriben
los autores del trabajo(1), un país como Colombia debería contar con los
estándares de desarrollo más importantes del mundo. Pues capacidad de empuje es
la que manifiesta el colombiano que arregla calzado, aquel joven que frecuenta
la universidad o ese otro que trabaja en los países del norte desde antes que
el sol aparezca hasta después que haya ocultado.
Observar y escuchar a nuestros “compatriotas”
–lástima el desprestigio por abuso del término– en su lucha diaria en el
extranjero es la mejor manera de contrastar, por lo menos de preguntarnos, ¿en
qué incierta geografía vagan nuestras políticas educativas con todos sus
etéreos y hermosos términos acuñados por los ingenieros del pensamiento
complejo? En Colombia “deberíamos caber todos” pero resulta que no es así, pues
más de un millón de colombianos no han “cabido” durante décadas, viéndose
obligados a partir ya sea como turistas o como refugiados políticos. En el
exterior las oficinas de extranjería se preguntan si tantos nacionales pueden
darse unas vacaciones de quince días en el mediterráneo o en
que se ganan en la mayor parte de nuestras empresas.
Como
dicen los autores del texto, todos los nacidos en Colombia, tenemos el derecho
incuestionable de caber y esta debería ser casi una obligación ética y social
de Estado. Pero llevamos prácticamente una década, negándonos a nombrar lo que
está sucediendo, que es todo lo contrario a las bonitas fórmulas que hablan de
multiplicar la educación pública mientras se practica todo, pero todo lo
contrario: el desplazamiento interno y la emigración externa son las formas en
que la globalización y eso un tanto gaseoso que llaman “glocalización” ha
llegado a nuestra vida. ¿Dónde viven los noruegos?, pues en Noruega y ¿donde
los suecos?: pues en Suecia. Lo cierto es que desde hace muchos años ellos
viajan, aprenden lenguas, conviven con ambientes tecnológicos y todo ese
hermoso relato que inventaron los “ricos” para extraerle el poco dinero a base
de consultorías y planes estratégicos a los más “pobres”. Pero así como los
privilegiados viajan por placer y conocimiento, los pobres en cambio no viajan,
sino que emigran o padecen un desplazamiento forzado. En este sentido el
lenguaje no tiene extravío.
El futuro puede ser un trozo de arcilla que se
moldea pero solamente lo redoma quien tiene un mínimo acumulado de confianza en
sí mismo y unas destrezas acerca de cómo se da forma a ese objeto. Para el
resto, o sea la mayoría de “compatriotas” el futuro puede parecer como una
fuerza sobre la que no se puede intervenir y ante la cual es mejor obedecer sus
dictámenes; dictámenes que ya vienen elaborados en fórmulas pertenecientes a
los mundos “posibles” (léase el norte o los nortes) o correr el riesgo, como en
un relato de Kafka de probar cientos de llaves para finalmente descubrir
aquella que permita penetrar esa fortaleza que se le presenta indiferente,
refractaria, gigantesca, inexpugnable: el futuro
Todos merecemos un futuro, pero este no se
labra solo y más en una nación donde se parlotea estimular el sentido
modernizador, pero donde el sentido crítico apenas toca los callos es visto
como anatema y quien lo produce debe ser ridiculizado, minimizado o si “obliga”
eliminado. ¿Quién llamó al aguafiestas si estamos en los tiempos de la de
globalización?
En las naciones pobres, globalizarse significa
alquilar a sus jóvenes como contingentes obreros desechables en los mercados
internacionales, arrendar sus fuerzas productivas a “maquilas” que trabajan por
bajo costo, o entregar las riquezas naturales, por pedazos a quienes tienen
como “convertirlas en productivas”; a cambio se espera una mano invisible
salvadora que preferentemente habla en inglés, chino o catalán.
No pienso que en un país así todos “quepamos”.
Cabe de bulto, una mayoría que ocupada en conseguir el pan de mañana o abonar a
la deuda pública por su consumo doméstico de energía termina aceptando la gran
injusticia, la gran monstruosidad que se teje sobre ella. Pero el derecho a una
mínima felicidad de los “compatriotas” no aparece en nuestro horizonte. Se
trabaja para el futuro, pero como se evade la pregunta sobre quienes son los
que mueven los hilos de ese futuro, terminamos caminando hipnotizados rumbo a
la sala de emigración del aeropuerto, ebrios de futuro, intuyendo que es
nuestro derecho, pero sin atrevernos a decir que esas mismas fuerzas que tanto
hablan de futuro, llevan décadas no solo postergando el nuestro, sino robándolo
hipotecándolo, mientras a la sombra otros sí que labran su propio futuro.
Quien esto escribe ha sido sucesivas veces
bendecido por el futuro.
* Profesor
asociado Universidad Tecnológica de Pereira. Becario de investigación en el
Instituto de Filosofía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas
(CSIC) de Madrid. Candidato a doctor en filosofía.
1 Los
desafíos educativos del siglo XXI, Vallejo Gonzalo Hugo, Arias López Jaime, en:
Diario del Otún, Las Artes, 4 de noviembre de 2007. http://www.eldiario.com.co/


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