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¿Revolución o toma del poder?. A propósito de los debates con Zibechi

En días pasados (octubre 31, noviembre 1 – 2) el colectivo desde abajo convidó a un
seminario sobre movimientos sociales, cuyo expositor central fue el investigador y escritor
uruguayo Raúl Zibechi. El escenario de reflexión, análisis y comprensión de la convulsionada
realidad latinoamericana nos permitió sumergirnos, desde la vivencia y el ejercicio argumental e
interpretativo en realidades como la del pueblo boliviano y la de los piqueteros en
Argentina.

 

Sobresalió, dentro de este ejercicio interpretativo de los
movimientos sociales el posicionamiento de referentes comprensivos bastante polémicos, como la
reivindicación del espontaneísmo como práctica política de cambio; mantener un distanciamiento
crítico ante el estatismo -éste no es más que el tradicional Leviatán que busca devorarse la
libertad y dignidad de sus asociados-, y una concepción crítica de la revolución muy ligada a un
análisis unidimensional de la misma a través de la llamada toma del poder y el control del
Estado.

 

Superar fetiches

 

Es evidente que al
interior de la tradición intelectual de izquierda es urgente y necesario resignificar, repensar y
reconstruir las prácticas y pensamientos tradicionales que han acompañado la praxis transformadora.
Se puede mencionar entre otras: las concepciones ligadas a los vanguardismos, los partidos que se
alzan como estructuras políticas por fuera de la dinámica y lógica de los movimientos sociales y
que terminan suplantándolos. Así como la reproducción de autoritarismos y dogmatismos que
multiplican la realidad fragmentada, alienada y fetichista propia de la lógica y dinámica del
capital.

 

Uno de estos fetiches tiene que ver con la instrumentalización
del poder, que para la mayoría de los partidos y organizaciones tradicionales de izquierda ha
tenido que ver con la posibilidad de construir un nuevo proyecto humano a partir de la toma del
poder, como si éste fuese algo ajeno o externo a la voluntad y conciencia humana. Reinterpretando
un aporte sobre los posibles significados o determinaciones del concepto de poder, encontramos la
apreciación que precisa que éste tiene que ver con la construcción del espacio de lo público, en el
cual los actores o sujetos potenciales de poder se encuentran para verse, oírse, reconocerse por
medio del ejercicio de la palabra. Esta tiene, pues, la capacidad de nombrar y anticipar una
realidad transformadora, tanto en el campo colectivo como en el individual.

 

Otra de las determinaciones de la política tiene que ver con la vocación de poder. En su
sustento concreto tiene que ponerse en evidencia la necesidad de transformar una realidad que ha
sido comprendida, nombrada, desenmascarada en sus contradicciones. Ante esta dinámica individual,
colectiva e histórica, es necesario la conjunción de dimensiones humanas tales como la cultura, la
estética, la erótica, la economía, la política, etc., y algo que debe desaprenderse es reducir el
acto político emancipador a las variantes de la técnica y lo instrumental. Nada más extraño para
un pensamiento crítico-propositivo como el del socialismo, que permanecer preso de las variantes
cuantitativas de una racionalidad formal-capitalista. Es cierto que algunas experiencias del
llamado “socialismo real” quedaron atrapadas en estas telarañas del poder como manifestación del
dominio, así lo anticipaba ya Rosa Luxemburgo al afirmar cómo en Rusia no se materializaba una
dictadura del proletariado sino contra el proletariado.

 

El poder como
capacidad y potencia transformadora se ha visto instrumentalizado desde algunas experiencias
llamadas socialistas, donde los partidos y los estados imponen un dominio que intentan limitar,
controlar y regular el despliegue y la creatividad de algunas prácticas espontáneas emancipadoras
gestadas desde abajo por los movimientos sociales. Se hace necesario, por ello, a la luz de
inquietantes y nuevas realidades, poner en el centro de la discusión la reconceptualización de
estos fenómenos, mérito que se encuentra en el ejercicio político-colectivo del seminario
coordinado por Raúl Zibechi.

 

Guardar
distancia

 

Pero, asimismo, amerita mantener un distanciamiento crítico ante
algunas posturas sustentadas durante el evento, como: justificar una renuncia al problema global
universal y concreto por reivindicar y absolutizar las dinámicas particulares; rodear una práctica
política-social como el espontaneismo que solo puede reaccionar desde lo concreto –cotidiano, y que
no permite el acto emancipador– anticipador de la reflexión y acción política. Así, por lo tanto,
mucho menos se puede contar con la posibilidad de dotarse de estructuras organizativas como los
partidos, que por determinación previa son tratados como escenarios que reproducen el
verticalismo, el autoritarismo, el dogma, entre otros despropósitos.

 

Ante esta contundente autocrítica, que se debe realizar con radicalidad desde los
sectores revolucionarios y populares de la sociedad, nos atrevernos a preguntar, con base también
en lo errores históricos: ¿será imposible la construcción de partidos que no suplanten la voluntad
colectiva general popular? ¿Será que los partidos no pueden ser referentes colectivos que permitan
la articulación y la superación de la atomización y fragmentación que a la vez ha sido potenciada
por el momento actual de la acumulación de capital? ¿Dentro de la dimensión socialista, los
estados no pueden convertirse en talanqueras y a la vez ejercicios de gobierno y soberanía popular
que contengan la depredación de la vida, la naturaleza, el trabajo y la sociedad como se impone en
la actualidad desde una dictadura del mercado dominado por carteles
imperiales-transnacionales?

 

Marx afirmaba que un
movimiento político es de por sí social, pero no todo movimiento social es político. Es tarea y
responsabilidad de los actores o sujetos potenciadores de la emancipación humana asumir ese acto de
complementariedad entre lo político y lo social, y son a la vez –ellos mismos– quienes se dotarán
de los argumentos, los métodos y las mismas estrategias organizativas para desencadenar el
potencial del acto político, que ya no solo puede ser reducido mecánicamente a la toma del
poder.

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