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Recuerdos de la vida y de la muerte


Un poco antes de su muerte había escrito: “Yo acuso a los interrogadores del Batallón Bomboná de Medellín de ser despiadados torturadores sin alma y sin compasión por el ser humano… Yo acuso a los altos mandos del ejército y de la nación que lean este artículo de criminal complicidad si no detienen de inmediato esta situación que hiere los sentimientos más elementales de solidaridad humana”. Su católica familia quiso hacer oficios religiosos pero los impidió el muy católico Alfonso López Trujillo, hoy cardenal en Roma, ligado al Opus Dei.


 


El hijo de este brillante médico y humanista, Héctor Abad Fraciolince, ha recogido la memoria de su padre en un hermoso y apasionante libro, El olvido que seremos.


 



“Muero enamorado de la belleza humana”


 


El 14 de noviembre de 1993, en una población del suroeste antioqueño, región en la que luchó por los intereses populares, fue asesinado Ignacio Betancurt Sánchez, ex sacerdote, educador, escritor, e investigador social y cultural. Admiraba al sacerdote Camilo Torres Restrepo y, cómo él, se inspiraba en la teología de la liberación. A Camilo lo recordamos, Ignacio es desconocido.


 


Los paramilitares al servicio de los terratenientes y grupos poderosos de Antioquia fueron comisionados para matarlo. El investigador y escritor Jairo Álvarez, en su libro Confesiones peregrinas, relata la vida y obra de Ignacio. Dice: “Nació, vivió, amó, padeció y se comprometió con los desvelos y las alegrías de las gentes humildes de una región: el suroeste antioqueño. En su calidad de sacerdote en los años 60 y 70, inspirado en la teología de la liberación, quiso que su labor pastoral fuera una cruzada por la justicia social y por la reivindicación del campesinado”.


 


Fundó sindicatos agrarios, asociaciones campesinas, empresas autogestionarias; promovió una cultura alternativa… Fundó la Corporación Cultural del Suroeste Antioqueño. Pero, como tuvo que hacerlo Camilo Torres, pidió su reducción al estado laical. En su testamento político, dijo: “Al llegar al final del camino, quiero dejar a quienes llevan mi sangre, a mis amigos y aquellos por quienes luché, el testimonio de mi amor a la vida y a la construcción de los humanos. Muero enamorado de la belleza humana…”. El 31 de octubre de 1990 escribió un poema a su hermano Mauricio. Dice al iniciarla: “¡Me mataron hombre! ¡Me mataron! Las explosiones sobre mi cerebro le abortaron al universo el parto de mi vida en flor”.


 


En Bogotá, Ignacio fue amigo de nuestra casa; de Tila, mi esposa; de mis hijas, de nuestros amigos, entre ellos Héctor Moncayo. Nos reuníamos, discutíamos pensando arreglar el mundo. Nos expresábamos en la revista Opción. Bellos años marcados por la muerte de tantos amigos.


 



Luchadores, soñadores…


 


Cómo Eduardo Umaña Mendoza, abogado defensor de presos políticos que entonaba una antigua canción: “Hay voces que nos invitan a descansar a la vera del camino, ¡pero no! Hay que luchar y luchar junto al pueblo, pelear”. Como Mario Calderón Rivera, también ex sacerdote, párroco antes en Tierralta y Tarazá, cuando ya los paramilitares con el crimen y el terror se apoderaban de estos territorios en los que, como en Bogotá, donde fue asesinado, Mario defendió a los pobres, a los sin tierra, sin vivienda.


 


Como Andrés Almarales en su loco intento de juzgar al Presidente de la República en las gradas del Capitolio Nacional, obsesionado Andrés por El sueño de las escalinatas, poema de Jorge Zalamea: “Debo también, oh, creyentes, denunciar la estulticia, el abuso y el mito de las vacas sagradas que ambulan torpes y lentas por estas escalinatas”.


 


Como Alirio Pedraza, abogado organizador de sindicatos, defensor de sus dirigentes. Como Alberto Alava, abogado de presos políticos a quien acompañé en su juvenil formación política. Todos, y muchos más que no conocí y sufrieron igual desenlace fatal, amantes de la vida por la que brindaron la suya propia.

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