Aunque todas las violencias son dolorosas, y el propósito de todo proyecto político alternativo debe ser erradicarlas del territorio nacional, la que sobrellevamos los colombianos desde hace 60 años es azul y roja. Tiene origen, arraigo y sustento en el poder económico, soporte en el poder político, apoyo en el poder religioso y operatividad en el poder militar.
Poderes controlados, monopolizados, desvirtuados y privatizados por los dirigentes, aliados y agentes de las organizaciones políticas, que, teñidas en tintas carmesí y celeste, apropiaron la superestructura y la infraestructura de una sociedad para ponerlas al servicio y en provecho propio, para garantizar lo cual no dudaron en romper la convivencia social.
Así lo entiende y representa con toda claridad y dureza el pintor Fernando Botero en su serie sobre la violencia en Colombia. Allí, con detalle, las medias de los asesinos, o algunos otros detalles de las obras, son azules o rojas. En cualquier caso, color sangre.
Pero también lo recrean de igual manera otros artistas como Obregón, Alcántara, González y muchos más. Sintetizan con sus pinceles el dolor de millones, la tragedia de los excluidos del poder, los que lo padecen, señalando con sus rasgos el origen de los delitos que todavía hoy, luego de tantos años, mantiene a esta parte del continente en conflicto interno. El mismo que ahora se extiende allende sus fronteras.
El más reciente esfuerzo y la ofensiva evidente para refrendar que la violencia es una y única los observamos en Colombia a raíz de la marcha del 6 de marzo. A pesar de que los organizadores citaron a la movilización con el objetivo de señalar la violencia oficial, es decir, el terrorismo de Estado (en un claro ejercicio de memoria), los medios masivos de comunicación no hicieron eco de la noticia, tal como se producía. Tranquilamente desvirtuaron, desinformaron, dando eco a su manera a la convocatoria: “A marchar por las víctimas de la violencia”, tituló el único diario de circulación nacional existente en el país. Y los medios radiales y televisivos hicieron lo propio, enfatizando una y otra vez en que la protesta era por las víctimas de la violencia. Sin color. Sin sujeto.
Acción conscientemente informativa, planificada. No hay duda. Veamos. Desde el propio momento en que se produjo la citación, se generó vacío en los grandes grupos económicos, bastiones del poder nacional. Actores o cómplices de la violencia que ellos se afanan en despersonalizar. Pero, transcurridos unos días, sopesando el impacto de la misma, optaron por aceptar la convocatoria, aunque sin darle el despliegue que pocos días atrás le habían brindado a la marcha organizada contra la guerrilla.
¿Casualidad? ¿Conveniencia¿ ¿Identidad? Sin duda, estoß último. Obsérvese si no. El 4 de febrero, con varias semanas de difusión, los medios masivos de comunicación crearon, soportaron y multiplicaron el ambiente social y político para que la gente exteriorizara su dolor contra una insurgencia que ha cometido repetidos e innumerables excesos contra personas y sectores de la sociedad que no deben ser considerados actores del conflicto. Población civil. Y millones se pronunciaron contra esos desbordamientos, sin duda crímenes, que desdicen del proyecto político y de los propósitos altruistas que deben ser fundamento de toda guerrilla de izquierda. Demandando por esa misma vía una solución al problema de la guerra en Colombia. Se pudiera entender tal vez como un llamado a la solución violenta de este conflicto, demandando mayor operatividad y eficiencia desde el Estado, pero –como fue evidente– importantes sectores de los movilizados demandaban límite y solución dialogada (negociada) de esta extensa y extenuante guerra interna.
Se pueden observar muchos detalles de la nítida desproporción en cuanto al estímulo y el cubrimiento de las marchas del 4 de febrero y el 6 de marzo, pero analicemos uno solo: para anunciar la primera, El Tiempo otorgó el espacio de la nota principal en primera página, titulando con letras de 90 puntos (
El 6 de marzo, ese mismo diario cubrió la noticia de la marcha en primera página pero con una foto-noticia y como nota secundaria, titulando con letras de 15 puntos (
La diferencia es protuberante. Eso, sin considerar los otros medios, radiales y televisivos, con su derroche de cubrimiento y difusión. Pero, además, el 4 de febrero el diario en mención relacionó claramente el tema de la protesta con el terrorismo y con las farc. Información precisa, sin duda. Violencia con color. Por su parte, el 6 de marzo, el tema es abordado de manera genérica: marchar contra la violencia propiciada, financiada, activada, amparada, negada, ¿por quiénes?
Preguntamos: ¿Al país le hace bien este manejo de su historia y su presente? Sin duda que no. A pesar de lo que mediten y pretendan desde el establecimiento, la manipulación de la realidad nacional en nada contribuye a curar las heridas ni a superar el conflicto que padecemos en Colombia. Por el contrario, lo atiza. No se podrán concretar el perdón y mucho menos la justicia si se oculta a los verdaderos artífices de las masacres, de la persecución política, de la expropiación de tierras, a los inspiradores de los torturadores, de los desplazadores.
No puede ser de otra manera. ¿Cómo perdonar si no conozco, si no identifico a quien tanto daño me ha hecho? Es imposible. Por ello, no se puede seguir manipulando la historia nacional. Las enseñanzas provenientes de Argentina sobre el particular son profundamente aleccionadoras. Aunque han corrido tantos años desde la brutal época de
De igual manera hay que proceder en Colombia, donde muchos de los actores que han propiciado la masacre, la violencia azul y roja de los años 40, 50, 60, 70, 80, 90 del siglo pasado y lo que va del XXI nunca han acudido a un escenario siquiera de señalamiento. A pesar de que prácticamente todos han muerto, es obligatorio establecer responsabilidades y explicaciones. Aplicar justicia. Aprobar reparaciones. Restituir bienes. Cerrar heridas. Sin duda, servirnos de la memoria para hacer una nueva Colombia.

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