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Marzo 6. Una marcha contra la trepanación de la memoria

Si en la manifestación del 4 de febrero se dispuso de una campaña para que la gente expresara su inconformidad con los secuestros y con los crímenes de las farc, en esta segunda expresión del dolor ante la violencia, la atención de los medios estuvo en otro lado: las señales de fuego que se encienden en las fronteras aumentaron el silencio y el desinterés. Hasta en los escenarios educativos, no faltaron expresiones en niños y adolescentes acerca de que se trataba de una manifestación en apoyo a los movimientos guerrilleros. Todo parecía encajar, así que en las plazas y en las calles la censura acompañaría a los hombres y las mujeres que salieran.


 


Pese a las presiones abiertas o silenciosas, el 6 fue distinto. En ciudades tan sometidas a la tiranía del “pensamiento unanimista” que flota sobre los cielos de nuestro país, miles de personas salieron a las calles: los estudiantes con su modo de actuar festivo, buscando en las paredes un lugar para pegar un afiche o escribir un grafiti; las víctimas, con el dolor de un padre, una madre, un hermano, con su recuerdo en forma de foto. “Yo pensé que íbamos a estar muy solos” –me dice una maestra. Ella marcha por completo vestida de negro; le pregunto por su color y me dice: “Es que lo blanco empieza a tener en este momento otra connotación”.


 


Quienes marcharon lo hicieron como una manera de decir que la condena y la censura velada no pueden reinar siempre; que una sociedad, si quiere ser verdaderamente moderna y democrática, debe reconocer sus propias responsabilidades como Estado y hasta sus propias complicidades, sin que ello signifique su claudicación o su fin. Pedir que el Estado reconozca sus crímenes no significa que la sociedad civil le declare una guerra frontal al gobierno.


 


“Esta es una manifestación de la ciudadanía, y las personas llegamos a ella por un clamor de justicia y no por la presión de un partido político. La manifestación de febrero, en cambio, fue impulsada desde los gremios, desde las administraciones, desde la Iglesia”. Pero alguien que la escucha interviene. No está de acuerdo: “La otra también fue una manifestación de ciudadanos, en ambas hay dolor, pero también un crecimiento de la conciencia de la gente ante el tamaño del conflicto. Yo estuve en la primera y estoy acá en la segunda”.


 


Las consecuencias de la guerra en Colombia han avanzado tanto que hasta las víctimas y los muertos pertenecen a mundos distintos. Tanto acalla el discurso excluyente los orígenes y las razones, que las víctimas y los muertos parecen estar vinculados a un partido de fútbol, donde el dolor pasa de un campo a otro bajo la torpeza narrativa de los medios masivos de comunicación que cubren o encubren la tragedia.


Si en un momento el conflicto era la excepción, hoy la excepcionalidad es la regla. Resulta difícil que un colombiano no tenga un dolor: una muerte a cuestas, la visión relampagueante de un cadáver, el temor al acecho de alguien que lo persigue.


 


Cirugía sobre la historia que realizan los vencedores


 


La historia no está compuesta de una sola versión, y la afrenta contra la dignidad de la memoria del ser humano es que se imponga una versión exclusiva sobre las otras, que se reduzca el significado de las víctimas a su postura frente al Estado. No pueden pretender que elijamos entre si es peor el secuestro que el asesinato; si son peores quienes secuestran durante años, o quienes llegaron y asesinaron instantáneamente; que es peor una muerte que otra, un secuestro que otro. Tras cada muerte real no se puede inventar una nueva muerte de una parte de la historia, erigiendo así un nuevo tiempo en el cual unos son las víctimas y otros los victimarios.


 


Durante años, los colombianos nos hemos matado entre integrantes de un mismo país. No se trata de religiones distintas ni de luchas tribales. La lucha por la tierra entre los más pobres y el afán por mantener sus privilegios entre los más poderosos desató el incendio, un incendio que quisiéramos apagar con gasolina. Pero sobre unos ciudadanos que no tienen claridad acerca de esa historia se puede sin dificultad reinventar el presente. Así las cosas, el pensamiento de los vencedores, sus razones y sus motivaciones, se transforman en las frases, en los gestos de la mayor parte de colombianos expuestos a los medios masivos de comunicación nacionales.


 


El producto de esta cirugía sobre la historia consiste en generar un ambiente de patrioterismo que pone “bajo sospecha” a quienes recuerdan a las víctimas de esa otra violencia que se ejerció contra amplios grupos de colombianos. Resulta mejor tener la mirada atenta sobre los rostros enardecidos de los vencedores, que revisar a fondo las raíces más recientes de nuestro atroz conflicto; ver si lo que emerge no es el afán de una guerra por la tierra, y una intolerancia hacia todo aquello que no complazca los oídos de quienes viajan en el carruaje del triunfo.


 


Las guerras no se ganan exclusivamente en el plano de la conquista territorial; se ganan en las cabezas de las personas, bombardeándoles el cerebro, su memoria, y por tanto en la constitución de una determinada idea de lo que puede entenderse como Historia. Tenemos la tendencia a enmarcar o entender una guerra bajo la lógica binaria de dos actores: quienes están contra el Estado y quienes lo defienden. Introducir esa idea en las cabezas de los ciudadanos obliga a construir la historia por medio de relatos suficientemente creíbles, palpables y comprobables, que contribuyan a justificar las razones económicas, tácticas, religiosas o políticas para matar, de modo que así triunfen los imperativos de una élite. ¿Cómo escapar a esa tiranía que busca que los seres humanos seamos blancos o negros?, ¿subversivos o patriotas? En ambas posiciones, lo que impera son los propósitos ideológicos; validar a un actor y desconocer al otro.


 


¿Qué hacer entonces?


 


Nos encontramos en el movedizo territorio de la política, donde el primado de las ideas universales como la ‘seguridad del Estado’ pisotea a las personas concretas. De allí que de la mirada concreta de la víctima emerja otra opción: aquella que ha sido desposeída de su libertad, aquella que ha sido despojada, expulsada de su mundo, o destruida y suprimida. Al cambiar la perspectiva del victimario a la víctima, puede que no estemos resolviendo las razones y los orígenes de la guerra pero sí estamos ubicándonos en algo que es innegable: el sufrimiento primario, elemental, del otro ante la pérdida irreparable. Un hijo, un padre, un amigo o un hermano desaparecido o muerto son dimensiones contundentes e inmediatas que rebelan lo lamentable que es suprimir al otro a nombre de un supuesto color ideológico o por ganar dinero. ¿Cuándo podrán salir juntas todas las víctimas? Si los motivos de los victimarios destrozaron la vida de las víctimas, son el dolor y la ausencia lo único que puede acercar a las víctimas y por ende proporcionarles a todos los humanos –desde la conciencia de lo que es el dolor común– una salida al conflicto. La esperanza no vendrá de las motivaciones ideológicas o los intereses económicos de quienes protagonizan la historia. Solo una pequeña luz vendrá de la conciencia radical, extrema, de que –a pesar de tantas diferencias– el dolor y el sufrimiento nos pueden acercar.


 


Por eso, lo ocurrido el 6 de marzo en Colombia fue una lección en negativo, una muestra sobre cómo la historia contemporánea tiene varias capas, varios rostros, varias causas que obedecen a un conflicto complejo, largo, con distintos actores, y que no tiene un único responsable. Una marcha como esta, con su mensaje de resistencia contra la trepanación y la colonización de la memoria, dejó en el aire enrarecido de nuestras ciudades la sensación de que la cirugía estética en el rostro de nuestra historia no se ha impuesto todavía.


 


·          Escritor. Investigador en filosofía.


 

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