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De vestir muñecas a vestir santos

Sábado, 10 de la mañana. Martha se encuentra en la plaza de mercado de Sacondá*, pueblo donde nació. Esta joven de 17 años, pelo alborotado, piel morena, de aproximadamente 1,65 de estatura, se ve muy entusiasmada hablando con una religiosa. Empiezan a caminar y lo hacen por algo más de una hora. Luego, su diálogo se interrumpe cuando se encuentran con una reja verde, desgastada por el tiempo y escondida entre la vegetación. La religiosa, de nombre Magdalena, la invita a pasar y continuar loma abajo. Ella, un poco callada, la sigue por un sendero vertiginoso. El suelo está hecho barro debido a la lluvia de la noche anterior. Martha trastabilla y más de una vez está a punto de caerse.

 

“Bienvenida al convento”, le dice la religiosa. Entran juntas, y tres mujeres más le sonríen muy calurosamente. Allí están la hermana Luz Miriam, de 64 años; la novicia Gladys, de 21; y la postulante Johana, de 27. Las cinco hablan un rato, le preguntan algunas cosas a Martha sobre su vida y le dicen que la solución a sus problemas está en seguir a Dios.

 

Salen de la casa y caminan. El convento está ubicado en una zona altamente rural, pero Dora ya se acostumbró a vivir con esto. En la casa en que habita con sus abuelos todos los días ordeña, amarra el ganado y prepara las tres comidas. Aquí, en el convento, le dicen, es diferente. Semanalmente, las religiosas se rotan las labores de hogar. Entonces, Martha es invitada por una de ellas a almorzar, sin que haya movido un dedo en la cocina.

 

Después de una corta oración para recibir los alimentos, las cinco se sientan a almorzar. Luego, como casi todos los días, cada una de ellas se dispone a llevar a cabo distintas tareas. En el caso de la novicia Gladys y la postulante Johana, se van a estudiar en sus cuartos. En el convento aceptan chicas que todavía no son bachilleres, pero les piden que culminen sus estudios cuanto antes. Lo mismo si se queda en el convento. Oportunidad o reto para Martha, quien sólo consiguió terminar la primaria, debido a su obligación de trabajar en un restaurante.

 

Por ahora, la muchacha sale con las dos monjas, a quienes les ayuda en algunos deberes del campo. Así pasa la tarde y oscurece. Se reza un poco, se charla y se come, para luego organizar la cocina e ir directo a la capilla, en el segundo piso. Allí hay 12 sillas y un pequeño altar. Rezan durante una hora. Luego se dirigen a sus cuartos a dormir. Es la primera noche que Martha pasa en un convento.

 

La noche pasa con los pensamientos sobre sus abuelos, sobre su vida y la posibilidad que se le presenta. Amanece. Ya son las 8 de la mañana del domingo. A las 10, toda la gente del convento debe estar en la misa del pueblo para luego almorzar allí. Hay un sol abrasador, casi sofocante, pero para ellas el domingo es literalmente sagrado, así que caminan más de una hora. Rezan, cantan, charlan con los vecinos y comen en la plaza de mercado.

 

 

Luces que arrebatan

 

 

Más tarde, en el convento, mientras conversan, Martha cuenta que vive con sus abuelos desde los cuatro meses de nacida. Dice que a sus 13 años fue la última vez que habló con sus papás, pues éstos se divorciaron y ahora cada uno vive en Bogotá con su nueva familia. “Mis hermanos, por parte de mamá, viven y estudian en Bogotá. Pero yo ni siquiera conozco por allá”, dice. Cuando se le pregunta qué opinan sus abuelos de que ella esté pensando en ser monja, contesta que “ellos no saben. Deben estar bravos porque no llegué anoche a la casa y en mí casi no me dejan salir, pues debo hacer oficio”.

 

Mañana es lunes, día de mercado en el pueblo. Allí es donde Martha piensa buscar a sus abuelos para contarles dónde ha estado. “Lo más seguro es que no me dejen seguir en el convento y yo deba devolverme a mi casa”, dice. Luego, toma un respiro, se levanta de la mesa y se dirige al cuarto en que se está quedando. La hermana Gladys opina en voz muy baja que “la verdad no creo que sus abuelos la dejen continuar el camino de la religión. ¿Cómo van a querer que viva en un convento si usted es quien les hace todo en esa casa?”.

 

Transcurridos unos minutos Martha vuelve y toma asiento. No se puede evitar el tema de nuevo y, pregunta tras pregunta, ella suelta una frase contundente: “Yo no extraño para nada a mi familia, quiero vivir acá”. Las religiosas le aconsejan que no guarde rencor, y le dicen que sus abuelos la quieren mucho. Sin embargo, la joven defiende su postura: “Ellos me gritan y me pegan. Todo el tiempo me tratan muy mal. Además, vivo con mi primo, a quien le tengo mucho miedo, pues está acostumbrado a pelear a machete”.


“Vamos a la gruta a recrearnos”, dice con voz entusiasta la hermana Magdalena, como queriendo disminuir lo tenso de la situación. Ya está oscuro, por lo que la propuesta resulta algo inusual, pero nadie pone objeción y todas caminan hacia la gruta. Martha desenrolla una cabuya que encuentra en el piso y empieza a saltar lazo. A sus 17 años, y definiendo el rumbo de su vida, Martha no deja de ser una niña.

 

La luz de la luna es lo único que alumbra el lugar. Hace mucho frío y los insectos empiezan a alborotarse. Las religiosas deciden entrar nuevamente a la casa. “¿Tienes miedo de lo que te puedan decir tus abuelos?”, le preguntan a Martha. Ella asiente con la cabeza pero no pronuncia palabra. Se ve preocupada. Gladys le dice que “tranquila que yo me vine al convento sin despedirme de mis papás, pues ellos no me hubieran dejado”. La entrada de las jóvenes campesinas a la vida religiosa suele ser como la de Gladys y la de Martha. Generalmente, en sus casas son ellas quienes ayudan tanto económicamente como en las tareas del hogar. Por tanto, suelen abandonar sus estudios para dedicarse a estas obligaciones.

 

Son las 7:15 de la noche. En los platos de cada una hay dos arepas muy bajas de sal y un pocillo de chocolate. Nuevamente elevan una oración y consumen sus alimentos. Luego, la hermana Magdalena lava la loza y hace sonar una pequeña campana. Las demás religiosas suben los 12 peldaños que tiene la escalera que lleva al segundo piso. Toman asiento en la capilla y rezan por más de hora y media. A las 10:10 de la noche, todas se van a dormir.

 

 

Un nuevo día

 

 

El sol ya ha salido. Son las 6 de la mañana del lunes. Martha y las religiosas comienzan otro día de rutina. En este momento, quienes cuidan de ella desde niña le han conseguido trabajo en una panadería. Se desvanecen entonces las posibilidades de que la joven termine sus estudios, mientras ella reza. Trabajará para responder por sus abuelos.

 

Martha termina de rezar y se dispone a salir para el pueblo. Está nerviosa, pues es el momento de dejar atrás su niñez y enfrentar su destino. Para ella, al igual que para casi todas las campesinas colombianas, sólo hay dos caminos: la vida religiosa, que es gratis, y trabajar, que les procura algún dinero para malvivir. Martha tendrá que optar por la segunda, así tenga 17 años. La paupérrima atención que el Estado le presta al campo colombiano hace que niñas como ella no conozcan la palabra oportunidad, mientras la falta de principios y convicciones en las altas ramas del poder culminen en el oportunismo de todos los días.

 

*Datos cambiados a causa de la minoría de edad de la protagonista.

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