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Devaluación de la pobreza

Devaluación de la pobreza

De otro lado, si se mira bien la cifra, se
reconoce que el poder adquisitivo de los más pobres se ha deteriorado en un 25 por ciento, lejos
de las cifras oficiales de inflación de la mayoría de los gobiernos. Ahora bien, no se enfatiza lo
suficiente en que, en buena medida, este hecho se relaciona, para los países de la periferia, con la
pérdida de su soberanía alimentaria,como efecto de la globalización y la consecuente dependencia de
las importaciones para satisfacer sus necesidades básicas.

 

El desarrollo de los mercados de futuros en las materias primas estimula la
especulación en el sector, y los límites físicos que comienza amostrar el suministro de insumos
fundamentales como el agua alimentan factores estructurales que jalonan precios al alza en el mercado
mundial. Pues, algunos hechos no se pueden soslayar, como que cada vez se hace más difícil ampliar
las superficies agrícolas regadas: mientras en los 60 y 70 la tasa anual decrecimiento del riego fue
de 2,1 por ciento, según la FAO, en los 80 variaba sólo en 1,6; en los 90 se reducía a 1,2 y en la
primera mitad de los 2000 apenas alcanzaba el 0,1. No por consideraciones ecológicas o sociales
sino porque cada vez se encuentran menos cuerpos de agua susceptibles de embalsar enforma rentable,
ya que no es gratuita la estimación actual de que la cantidad de agua embalsada es entre tres a seis
veces mayor que la de los ríosnaturales. Si a eso le sumamos las alzas de los agroquímicos,
altamente dependientes del precio del petróleo, se necesita reconocer que en el mediano yel largo
plazo, dejando las variaciones coyunturales, el suministro de alimentos no es halagüeño para los
países dependientes y menos para sus clases subordinadas.

 

Si bien es cierto que en la inflación de los precios de las materias primas hay un
importante elemento especulativo que se determina por exceso de liquidez mundial, no es menor el peso
de aspectos estructurales comoel ya referido de las condiciones del suministro de agua. Ello nos
conduce a queen la inflación actual y en la venidera se deben considerar seriamente losfactores de
oferta. En otras palabras, no podemos dejar de lado la inflación deoferta, tan negada por los
economistas convencionales, lo cual cambia sustancialmente los términos de la discusión y los de la
política económica, pues mecanismos como el alza de las tasas de interés, para controlar
el crecimiento de los precios, se hacen inoperantes y contraproducentes, porcuanto son las
condiciones de producción y no las de demanda los factores que inducen el alza, y el encarecimiento
del capital acaba de agravar las cosas.

 

Es
curioso que las estadísticas actuales desagreguen del conjunto de la inflación la inflación
subyacente, aquella de la cual se excluyen los precios de alimentos y energía. La base de tal
proceder seapuntala en que los valores de estas mercancías son más volátiles que los de los demás
productos, por lo cual supuestamente el comportamiento estructural de los precios en general puede y
debe deducirse del de los productos decomportamiento más estable, como las manufacturas. En este
modo de razonar seesconden dos prejuicios poco analizados: primero, que el mercado de losproductos
secundarios y terciarios es independiente del de las materias primas(prejuicio alimentado por el
efecto diferido de los precios de las materias primas sobre los de las manufacturas y los servicios),
y, segundo, que los valores de las materias primas suben y bajan sin tendencia definida en el mediano
y el largo plazo (prejuicio alimentado por el desconocimiento del papelde la finitud de la
naturaleza en la economía, y que termina por estimular suderroche, con las consecuencias
conocidas).

 

Pero, más allá de considerar que el
fenómeno de la inflación de oferta (encarecimiento estructural de los factores de la producción)
debeocupar un lugar importante en la discusión sobre las particularidades denuestra época,
definitivamente no se puede negar que tal fenómeno se convierteen certeza para los países de la
periferia, por cuanto, independientemente desi el comportamiento de los precios de las materias
primas en el mundo obedeceo no obedece a factores puramente monetarios, es cierto que en la
actualidad las importaciones de alimentos y energía se constituyen en los motoresinflacionarios de
los países más pobres.

 

Menos comida. Menos salarios

 

En Colombia, cuando le preguntaron al gerente del Banco de la República si con el alza
de las tasas de interés pretendía controlar el preciode los energéticos o las materias primas
importadas, el funcionario contestó que obviamente no, pero que el alza de las tasas de interés, al
encarecer elcrédito, le permitía evitar el contagio de esos precios a la economía. Y, ¿cómose evita
tal contagio? Pues simplemente disminuyendo el peso del consumo deesos bienes en el total de la
demanda. Lo que en plata blanca significa que lospobres deben bajar aún más la compra de alimentos.
Este es el tipo de cosas quese esconde tras las lógicas de las decisiones de política económica y
que velanlos propagandistas del sistema, disfrazados de científicos sociales.

 

Por lo cual, descontada la euforia por la coyuntural
descolgada del peso y la baja del precio del petróleo (no deja de ser paradójico que elmundo se
alegre hoy de que el barril pase de 100 dólares cuando hace poco másde cuatro años se alarmaba
porque se acercaba a los 40). Se requiere pensarseriamente en los coletazos de un modelo de
acumulación que ya comienza amostrar serios signos de agotamiento.

 

Si se considera
que la capacidad instalada ociosa en el mundo se ubica entre el 20 y el 40 por ciento,y que el
déficit comercial estadounidense (generador de liquidez) sigue sucurso, se impone la conclusión de
que los excesos de liquidez seguiránalimentando procesos inflacionarios de activos y de bienes
sujetos periódicamente a la especulación, ante la imposibilidad de dirigir elcirculante hacia la
inversión en el sector ‘real’ de la economía. No en vano Alister Darling, ministro de Finanzas de
Inglaterra, señalaba en declaracionespara el diario The Guardian que su país estaba viviendo
su peor crisisdesde la segunda guerra mundial, y el vocero de la banca consideraba que elReino Unido
pudiera perder hasta dos millones de puestos de trabajo de aquí aNavidad.

 

La ofensiva en defensa de los márgenes de
rentabilidad no sehace esperar. En junio de este año, el Consejo de Empleo, Política Social, Sanidad
y Consumidores de la Unión Europea acordó someter a consideración delParlamento Europeo la
aprobación de la opción, bajo título individual, de quelos trabajadores renuncien a la jornada
máxima de 40 a 48 horas laborales, yacepten jornadas de hasta 65 horas. De igual manera, propone que
aquellostrabajos en los que existen períodos inactivos de “atención continuada” (cuando un trabajador
debe esperar el resultado de una operación previa; verbigracia,en el caso del médico, cuando éste
espera a que el anestésico surta efecto parapoder operar), éstos no se contabilicen como laborados.
Esto debe generarconciencia acerca de que se apunta a una pauperización aún mayor de lascondiciones
del trabajador, como mecanismo de reactivación inmediato delcapital. Colombia no escapa de esa
lógica. Los economistas ortodoxos hablan dedisminuir los “costos del trabajo”, eufemismo que
disfraza la precarización delmismo. Uribe se anticipaba el 4 de julio a señalar que el reajuste
salarial de2009 no podrá superar los valores de la inflación.

 

Pero, reconocida la defensa deunas condiciones
mínimas laborales, se hace necesario implementar políticas deautonomía para el abastecimiento de las
clases subordinadas, esto es, que laprofundización de la relación entre trabajadores del campo y de
la ciudad, porejemplo, debe superar la simple búsqueda de la unidad política y convertirse enmeta de
relación económica. De suerte que lógicas como las del ‘localismo’ ylas Redes de Proximidad deben
discutirse como opciones prácticas de alteridad.Se entienden las dificultades de tales propuestas,
pero su exploración parecenecesaria. No se trata de que lo “pequeño sea hermoso” sino de que la
autonomíase hace urgente, pues pronto no hablaremos de 1.400 millones de pobres sino decifras
considerablemente mayores, sólo por efecto de alteraciones en las tasasde cambio. La seguridad en
los consumos fundamentales no vendrá de afuera, porlo que los debates sobre la autosuficiencia no
dan espera.
Por lo menos en el campo teórico, el debate
estáservido y la izquierda (con excepción de algunos activistas e intelectuales) norecoge aún el
guante. Es hora de perderle el miedo a ser descalificados por luditas (enemigos del desarrollo) y
también a enfrentar la perversa idea de que mercadoy libertad son sinónimos. Asimismo, es hora de
preparar la calle como escenariode expresión de las contradicciones sociales, que no paran ni
pararán deagravarse.


 

La
inflación, un fenómenoideologizado


“No habrá un
aumento inmediato del salario.

El país no puede incentivar
más la inflación”.
A. Uribe.

 

La disciplina económicadefine la inflación, en términos generales, “como
el alza sistemática de los precios”. Pero, ¿qué se esconde detrás de un alza de ese tipo? La
teoríaconvencional reconoce dos elementos: de un lado, el encarecimiento de losfactores de
producción (maquinaria, herramientas, materias primas y fuerza de trabajo), que se conoce como
inflación de oferta, y, del otro, losdesequilibrios significativos entre la oferta y la demanda que
conducen a que, ante cantidades demandadas que no pueden satisfacerse con la producción de unmomento
dado, la competencia entre demandantes hace elevar el precio, lo que se denomina inflación de
demanda.

 

Sin embargo,
la teoría más ortodoxa se niega a aceptar que existe inflación de oferta, porque, sostiene, tales
casos pueden estudiarse como desequilibrios entre la oferta y la demanda de los factores de la
producción.Para ellos, toda inflación, entonces, es producto de un exceso de demanda que, en últimas,
se explica a la vez por un exceso de dinero circulante en la economía.

 

Hasta aquí la teoría. Pero, ¿qué pasa
en la realidad? Si el desarrollotecnológico es creciente y se da un aumento constante de la
productividad, sesupone que los costos, y por tanto los precios, deben tender a la baja. ¿Porqué hay
entonces inflación si tenemos, además de aumentos de la productividad,capacidad ociosa y producto
sobrante? Muy sencillo: porque, así lo niegue lateoría convencional, existen
determinadores
deprecios
, esto es, agentes encondiciones (y aquí se
junta lo político con lo económico) de provocar alzas enlos precios. A lo cual se sienten
estimulados en razón de que, como esa capacidadde alterar los precios es diferencial, se dan
ganancias extras durante eltiempo en que los demás agentes no pueden responder a tales alzas con
ajustes en sus propios precios (los trabajadores, por ejemplo, pueden tan solo intentarajustes en el
precio de su fuerza de trabajo cada año). Los carteles, el Estado y los conglomerados financieros son
ese tipo de agentes que con sus accionespueden convertirse en determinadores iniciales de
precios.

 

Esa
es la lógica delcomportamiento en la realidad, que, si bien la teoría no reconoce cuando se trata del
fenómeno general de la inflación, sí se la aplican a los trabajadorestanto los economistas del
sistema como los ejecutores de política, pues acusan a aquéllos de actuar contra las leyes del libre
mercado al no permitir (cuando actúan mancomunadamente con sus actos de masas, o a través de sus
sindicatos)el deterioro de sus salarios. Ahora bien, el argumento de que las alzas de lossalarios
son inflacionarias porque encarecen los costos de producción se desvanece frente a cualquier análisis
que sobrepase lo superficial. Dado que laproductividad del trabajador (la cantidad de producto por
unidad de tiempo yrecurso) ha sido históricamente creciente, es claro para cualquier
escuela económica que, aun si una parte del valor de ese mayor producto fuera a parar a los bolsillos
del trabajador, el producto producido por éste no tendrá por qué encarecerse si el aumento del
salario es igual o menor al valor de ese nuevoproducto generado. Marx demostró fehacientemente que,
incluso, salarios y ganancias pueden aumentar simultáneamente sin que aumente el valor del productoy
sin alterar las proporciones de la distribución social de éste. Ahora bien,¿por qué se aduce que los
salarios son inflacionarios y las ganancias no? Porque se parte de considerar que todas las ganancias
se convierten eninversión, como si parte de las mismas no fuera también componente de la demanda
final, y otra parte, además, integrante fundamental del capital especulativo, que, como en el caso de
la actual coyuntura, jalona procesos deinflación de activos y por esa vía inflación en los valores
de los productos finales.

 

De tal suerte
que sostener que los aumentos de los salarios son inflacionarios
per
se
no deja de ser más que una afirmación ideologizada
de los intelectuales oficiales y oficiosos, así como de los funcionarios públicos y entre ellos el
mismísimo presidente Uribe, que niega un reajuste en el salariode los trabajadores amparándose en el
sofisma de la inflación. Unos y otrosparten del axioma clasista de que los aumentos de los ingresos
de lostrabajadores son malos para el funcionamiento de la economía, mientras los delos capitalistas
son buenos.

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