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Nueva aventura en el Polo. Hacia las elecciones en el PDA

 

El episodio fue referido por la prensa. No tanto por su
importancia como por la posibilidad de la intriga. Una vez más el establecimiento
indicándole a la izquierda cómo debe ser y cómo debe comportarse. Pero en este
caso con un agravante: es claro que el grupo que se citó a manteles en casa de
María Eugenia Rojas estaba interesado, como en otras oportunidades, en que sean
el establecimiento y sus medios de comunicación quienes tercien a su favor. Lo
más seguro es que el promotor fuera el inefable Lucho Garzón, secundado por
Gustavo Petro. Hasta donde se sabe, estuvieron, entre otros, J. Guevara, Iván
Moreno, J. Dussán, Parmenio Cuéllar, J. Bernal, Marcelo Torres. El propósito
inicial era preparar una lista única que desde entonces empezó a llamarse tractolista,
quizá por su capacidad de aplastar a cuantas se le atravesaran en el camino,
dado el archipiélago de los otros grupos o partiditos políticos, y la
imposibilidad de los independientes de hacerse oír en los eventos y las
instancias de dirección del Polo. Como se sabe, estos últimos pueden ser muchos
pero no forman clientelas electorales.

 

Hasta ahí, como lo reafirmó C. Bula, secretario general del PDA
en un memorando oficial, no había problema alguno. Ni siquiera en relación con
su objetivo político, que era dejar en absoluta minoría a lo que consideran
izquierda, especialmente el Partido Comunista, para cambiar en el Congreso el
Ideario de unidad y su Presidente, abriéndole camino a una fuerza depurada en
capacidad de hacer las alianzas que se requieran. Sin embargo, Lucho, como es
su costumbre, sin que nadie se lo encargara, comenzó a exhibir la estrategia
ante los medios de comunicación, adobada en este caso con algunas dosis de
autopromoción como presidenciable. Fue necesario, entonces, otro convite donde
se reveló y se discutió la verdadera y audaz propuesta de Lucho: en realidad,
según su parecer, la izquierda era ya un estorbo insoportable y resultaba
indispensable presionar, aun antes del Congreso, hasta la ruptura, incluyendo,
para empezar, la solicitud de renuncia de Carlos Gaviria, dado que no podía ser
garantía un Presidente del Polo parcializado con la extrema izquierda.

 

Fácil es imaginar la respuesta de las demás fuerzas del Polo en
la medida en que se iban conociendo los pormenores. Pero lo verdaderamente
noticioso del episodio es que, incluso en el grupo de los convidados, la
reacción contra la estrategia fue abrumadora. Al parecer, con Lucho se quedaron
únicamente Petro, Guevara y Torres. Hoy, para minimizar el acontecimiento,
dicen que fueron puros malentendidos. En todo caso, los demás, encabezados por
Dussán, insistieron no sólo en la importancia de la unidad del Polo sino
asimismo en la locura que pudiera significar romperlo. Según rumores no
confirmados, la Capitana fue más lejos, dándole a entender a Lucho, palabras
más palabras menos, que eran inaceptables sus ínfulas de ‘elegido’ a quien
todos tienen que apoyar. Luego, llamadas telefónicas y hasta cartas confirmaron
el respaldo a Carlos Gaviria y que la unidad se mantenía. La declaración del
Comité Ejecutivo, en ese mismo sentido, puso el punto final, invitando a
continuar el proceso electoral para asegurar un fructífero Congreso.

 

La lección principal que se puede extraer de este episodio, en
apariencia casero, es de fundamento. Lo que está en juego no es la primacía de
una u otra tendencia sino la identidad misma del PDA, su continuidad o su
disolución. Algunos compañeros vienen insistiendo en que debiera hacerse
explícito el debate de fondo sobre la naturaleza de esta sociedad colombiana,
sobre lo que en los viejos tiempos se llamaba carácter de la revolución, sobre
táctica y estrategia, política de alianzas y validez de los “frentes de
clases”. Lamentablemente se equivocan. Hay muy poco de eso en el debate, aunque
es de vida o muerte. Razones fundadas nos hacen pensar que estamos en presencia
de simples y mezquinas ambiciones personalistas. Pero dejémoslas de lado y
aceptemos en gracia de sana discusión que se trata de concepciones y políticas.
Pues, bien, aun así, la verdad es que se trata de algo más prosaico; de
políticas meramente instrumentales que sólo aportan una contribución
trascendental: preguntarle al Polo si quiere ser simple y exclusivamente una
agrupación electoral.

 

¿Será, acaso, una calumnia?

 

No faltan quienes sugieran que existe en el Polo un grupo que
pretende buscar una conciliación con Uribe. Probablemente no es esto
exactamente, pero sí hay una tendencia que da lugar a confusión. Como se sabe,
algunos han pretendido y hasta forzado, con ayuda de los medios de
comunicación, ubicar una línea divisoria dentro del Polo en la posición frente
a las farc. Se han destacado Petro y algunos de los representantes del PDA en
Europa, por cierto con una virulencia digna de mejor causa.

 

Aunque parezca escandaloso,
esto significa interiorizar la política de Uribe. No se trata de que respecto a
las farc no haya discusión sino de aceptar que ese sea el problema político
fundamental del país o, mejor, el enemigo contra el cual hay que sumar
esfuerzos. Es evidente que se trata de propaganda de guerra. En efecto, con la
experiencia del Caguán, las clases dominantes colombianas y el gobierno de los
Estados Unidos entendieron que no podía haber armisticio como el del M-19 y el
EPL y que en adelante cualquier negociación tiene que abordar el terreno de las
reformas. En consecuencia, había que exorcizar hasta la propia idea de
negociación y justificar la solución plenamente militar. Eso explica la
fabricación de la figura mesiánica de Uribe, y la construcción del enemigo
único, total, omnipresente, frente al cual debiera juntarse toda la nación. Es
el argumento del “estado de sitio”: cualquier disidencia es asimilada a
colaboración con el enemigo y castigada de manera ejemplar. Y no basta con
estar contra el enemigo; hay que evitar hasta las sospechas. Es necesario dar
prueba de fidelidad a la nación, una y otra vez.

 

El Polo, desde que nació, ha estado bajo este chantaje. Por eso,
poner la línea divisoria en la posición frente a las farc es no sólo equivocado
e improcedente sino además suicida. Pero la insistencia tiene a la vez efectos
políticos, y sobre todo electorales. No es seguro que sea la intención consciente
de quienes así actúan, pero da igual. Si el Polo sucumbe al chantaje, para lo
cual parece indispensable la ‘depuración’, es decir, su transformación en otro
movimiento, ya estaría en ‘el eje del bien’. Fuera así aceptado en las cúpulas
del poder y en la opinión pública que fabrican los medios, lo cual, a juicio de
algunos, es indispensable para avanzar electoralmente. Resulta coherente
entonces concentrar esfuerzos en la lucha contra la reelección de Uribe,
haciendo caso omiso de todo lo que ha significado su régimen, en una suerte de
uribismo sin Uribe. De allí se deduce la posibilidad de las más amplias
alianzas, que incluyen a personajes como Marta Lucía Ramírez, Gina Parody, y
hasta Pacho Santos, Antanas, Fajardo y Peñalosa. Sin contar, por supuesto, el
Partido Liberal. ¿Pudiera sobrevivir el Polo a esta operación?

 

Y dale, otra vez, con el ‘centro’

 

A cualquiera se le ocurre pensar que, incluso desde el punto de
vista electoral, una alianza puede tener que ver con ciertos contenidos
programáticos, a menos que se considere suficiente evitar que Uribe repita.
Pero, antes de plantearse siquiera las alianzas, es imperativo definir qué cosa
es el Polo. A pesar del famoso Ideario de unidad, la verdad es que hay un
debate en su interior; también en contra de la vapuleada izquierda. Y otra vez
la solución es el “centro”. ¿Qué es eso? En el periódico del PDA que acaba de
entrar en circulación, Carlos Vicente de Roux intenta explicarlo en lo que,
según él, comparte con la izquierda (Polo, vol. 1, Nº 5, agosto 29-septiembre
11): sociedad equitativa, democracia política, seguridad, mercado y libre
empresa pero regulados. El esfuerzo de ponderación y equilibrio es loable.
¡Magnífico! Sirve para las declaraciones. Como dijera un cachaco bogotano:
“Queda uno siempre como un príncipe”. Porque no hay que negar que gusta mucho.
Ya se sabe que “los extremos son viciosos”.

 

Pero no es un principio ni
una guía para la acción y mucho menos un programa. La socialdemocracia, por
ejemplo, en la que parecen inspirarse, antes de desaparecer como tal sí era un
programa. Welfare State o Estado Providencia, se le llamó. Aquí, en
cambio, hemos visto a Lucho defender la privatización de la ETB y la
continuidad del programa transmilenio de Peñalosa. Y, lo que es peor, Samuel
nombra de secretario al más odioso neoliberal con el argumento de que el
presupuesto “no tiene color político”, y ya sabemos que recurrirá a créditos
del Banco Mundial para empezar a financiar el metro. Su secretario de
movilidad argumenta sin rubor que la construcción de vías urbanas mediante
peaje amplía la libertad del ciudadano, ya que, al decidir su ruta, puede
escoger entre pagar en dinero o pagar en tiempo.

 

Queda una duda curiosa: ¿qué
es lo que, a su juicio, la izquierda no comparte con el centro y debiera abandonar
para permanecer en el PDA? Si nos atenemos a la lógica, es el totalitarismo y
la estatización absoluta de la economía. El juego es inaceptable. Carlos
Vicente quizás identifica a la izquierda con el estalinismo, y él sabe
perfectamente que antes, durante y después del movimiento comunista
internacional ha habido muchas otras opciones anticapitalistas y
revolucionarias cuyas diferencias con ese movimiento no son, en absoluto,
cuantitativas, de grado. Estamos de acuerdo, por supuesto, en que el PDA ha de
ser un movimiento amplio y plural que corresponda a la etapa histórica que hoy
vivimos, donde todos sus componentes renuncian a algunos aspectos de sus
aspiraciones programáticas, pero con un verdadero programa que le ponga
cimientos al acuerdo. Sin embargo, lo que estamos viendo en ciertas tendencias
del Polo que no se cansan de exaltar el ‘centro’, aunque seguramente no es la
intención de Carlos Vicente, no deja de recordarnos ese adminículo que traen
los teléfonos celulares, al que le han puesto “manos libres”.

 

A ganar elecciones

 

El problema consiste en que un movimiento político con semejante
enfoque de ‘centro’ ya existe en Colombia y se llama Partido Liberal. La única
diferencia consiste en que éste, beneficiario durante decenios de los manjares
del poder, no acostumbra repetirles a sus militantes que una cosa es ser
oposición y otra cosa es ser gobierno, para que se vuelvan realistas y
propositivos. Es por eso que el esquema de alianzas que se desprende de este
enfoque conduce a una disolución del Polo.

 

La estrategia, aún no hecha
explícita por Lucho y sus compañeros de condumio, es más o menos la siguiente:
objetivo principal, evitar la reelección de Álvaro Uribe. En caso de que el
uribismo presente su propio candidato, habrá que consolidar un frente de
oposición. Para definir el candidato único de tal Frente, se hace entonces una
consulta abierta en la que el Polo, el liberalismo y los demás aliados
presenten sus precandidatos. Lo más probable, como se concluye fácilmente, es
que triunfe un candidato liberal, quien en ese caso ofrece la Vicepresidencia a
uno del Polo (¿Lucho?). Esto significa, sin duda, la disolución del Polo, con
expulsión o sin expulsión previa de la izquierda. Pero no importa, dirán
algunos, es el gran cambio mediante el triunfo del ‘centro’, sin que cuente la
denominación partidista. Y puede ser que el nombre del PDA no desaparezca. En
todo caso, aparte de la distribución de los cargos en el gobierno central,
quedan las curules en la rama legislativa y un buen abanico de posiciones para
disputar en los diferentes niveles de gobierno.

 

Contrariamente a lo que
piensan algunos de nuestros amigos ya mencionados, suele suceder que los
políticos profesionales no representan clases sociales, como postula cierta
interpretación simple del marxismo, sino que se representan a sí mismos, como
una suerte de clase ad hoc que vive del aparato de Estado.

 

* * *

 

El desenlace de este episodio es feliz. Lucho Garzón, que
hubiera podido arrastrar parte del Polo hacia donde le dicta su delirio, perdió
toda credibilidad y lo más probable es que se dirija, con apenas algunos pocos
fieles, hacia el partido de la calle. Ojalá, después de esta experiencia, la
dinámica hacia el Congreso, elecciones incluidas, se encamine dentro de un
limpio debate ideológico y político. Sólo hay un riesgo: que la familia Moreno
Rojas imagine que fue decisiva su contribución para el logro de este desenlace
unitario y pretenda cobrarlo. El precio pudiera ser bastante alto: guardar
silencio frente a la ya desastrosa y neoliberal administración de Bogotá.

 

Como en las viejas novelas por entregas, lo mejor será escribir:
“Continuará…”

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