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Volcándonos al Chocó

Volcándonos al Chocó

Sólo un siniestro con muchos muertos pone de manifiesto muchas realidades. Ya que el difícil trajín cotidiano de muchas personas, en muchos lugares, es invisible para los gobernantes conocedores de la situación, pero la actitud pasiva y resignada de las personas les impiden buscar soluciones pero sí para que el dinero tome diferentes rumbos. Ese es el caso de la vía Ciudad Bolívar (Antioquia)-Quibdó, no desde Medellín porque este tramo de la capital a Ciudad Bolívar es buena, pavimentada, eso sí, cuando la naturaleza no se manifiesta con derrumbes.

Por muchos, muchos años, el bus de Rápido Ocho llega de noche a Ciudad Bolívar, donde se acaba de llenar, y tanto los pasajeros como el chofer no se preparan y se aprovisionan para un viaje sino para una batalla que dura hasta el amanecer. El contrincante es el pésimo estado de la vía. Uno puede pensar que el viaje es nocturno debido al calor, porque el horario les sirve a todos, por el tiempo… o también porque la luz del día –después que han sufrido toda la noche mientras el resto del país duerme– y la hermosura y exuberancia del paisaje del Chocó actúan como pócima mágica para el olvido. Así, como en el tejido de Penélope, para volver a realizar el viaje una y otra vez.

De Bolívar a Quibdó

Comencemos la ruta desde Bolívar, famosa por estos días, ya que el dolor y la muerte le lanzaron al mundo unas pruebas contundentes sobre su permanencia en estos lugares. La mayoría de los 120 kilómetros del trayecto hasta Quibdó están amenizados por selva a lado y lado de la vía, esa selva que permite hablar de biodiversidad. De Bolívar llegamos a La Mansa, un corregimiento de El Carmen del Atrato, el primer municipio del Chocó por ese lado, un sitio frío donde se siembra cebolla junca, donde los Ochoa quedaron en su historia y que sirve de límites entre los departamentos de Antioquia y Chocó. Luego llegamos a El Siete, otro corregimiento de El Carmen, con escuela y puesto de policía. Sobre la vía, sus casas y sus habitantes cohabitan con el pantano o el polvo, según lo que determinen las condiciones climáticas. El Carmen es otra manifestación de las acciones absurdas del hombre: políticamente pertenece al Chocó, pero en todas sus otras manifestaciones sus habitantes son antioqueños.

Bajamos para El Carmen y por la vía principal llegamos a El Ocho, famoso porque allí es el desvío hacia el caserío Guaduas, donde permanecía el Frente Guevarista, que hace poco se desmovilizó y conformaban afrodescendientes e indígenas. Continuamos hacia otros puntos de referencia para las personas que transitan esta carretera, perdón… trocha, y mala: El Nueve y después El Doce; un poco más allá, la nefasta curva de Santa Ana, protagonista de tantas muertes, ayudada por el casi inadvertido río Atrato pero que en ese instante mostró su fuerza y poder de destrucción. Los medios de comunicación hicieron el despliegue de su ‘presa’ del momento y, obvio, el hecho quedó debidamente documentado.

Seguimos: llegamos a El Dieciocho, lugar célebre en Ciudad Bolívar porque hasta 1998 era sitio de descanso gracias a la belleza, la frescura y la transparencia del río La Playa, que discurre por este lugar. Hasta alcanzó la dicha para que muchas personas hicieran cabañas. Era el plan perfecto hasta que llegó la guerrilla, y entonces a pura fuerza tuvieron que olvidar ese paraje idílico. En El Dieciocho también existió hasta 1990 “El Campamento”, sitio para la maquinaria y los trabajadores que construían y daban mantenimiento a la vía que comunica, entre huecos y abismos, a los chocoanos con los antioqueños. Después está El Veinte, que alberga antenas de telecomunicaciones. En este punto del recorrido nos percatamos de que los indígenas Embera-Katíos habitan el territorio (en el kilómetro 21 están asentadas varias comunidades). Pero incluso los afrodescendientes se fueron cuando la guerrilla quiso imponer su ley. Hoy, unos están desmovilizados, y las farc, dicen, tiene una actitud menos hostil con los pobladores.

A partir de este kilómetro, el número 21, ya se encuentran lugares como Careperro, La X, donde sus pobladores son afrodescendientes, hasta llegar a Tutunendo, corregimiento de Quibdó. Por aquí se entra al hermoso y paradisíaco Ichó, lugar donde la selva, el agua cristalina, las piedras, el clima, la fauna y la flora conforman un único imposible de describir, y por eso verlo y sentirlo es imperativo. Y ya a las puertas de Quibdó está La Troje, último poblado en esta travesía peligrosa y tortuosa que dura de 12 a 15 horas sobre un recorrido de apenas 120 kilómetros.

Sobre este tramo de territorio colombiano, lleno de números, ocurrió la tragedia de muertos y desaparecidos que extendió una estela de dolor negro que difícilmente se borrará de los cuerpos y las mentes de sus familias, sin importar que ya no sean noticia. Ojalá tanto dolor no se les olvide a las autoridades, y por fin una buena carretera sea una realidad y no quede simplemente en las estadísticas de las oficinas de Planeación Nacional.

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