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Evangelio desde abajo. Como chasquido de hojas secas en la noche

7’500.000 subnutridos en Colombia. Quiere decir que, de los 46 millones del censo oficial, más del 16 por ciento de los habitantes de Colombia, a esta hora tienen hambre en sentido radical y absoluto. Y la tendrán también mañana y en las semanas que vienen. ¡16 de cada 100 con hambre a la hora de la misa! Y dentro de una novena de misas, ese mismo 16 por ciento de dolor tendrá la misma hambre; y la misma desnutrición amarilleará en su piel y en el pergamino reseco y triste de sus ojos. Quienes hemos sido misioneros entre indígenas, campesinos y colonos de las selvas y montañas, y entre desplazados y pobladores de las zonas de miseria de las grandes ciudades, sabemos de cerca cómo es de tediosa y desconsoladora el hambre. No queda aliento ni siquiera para la ira porque en ella hay derroche de energía; esa poca energía que les va quedando y que se muere tan de prisa cada día la necesitan para respirar, con ese respirar aletargado y moribundo que ni se escucha. Es triste, amargo y desesperanzador el rostro inexpresivo de los hambrientos.
 

 

Cuando escuchamos un chasquido de hojas secas en la noche, aún sin abandonar el tibio lecho de reposo, adivinamos que algo o alguien no esperado camina afuera. Y le hacemos seguimiento al ruido intruso con ayuda de la fantasía y la experiencia de los sentidos. El ruido en la noche es señal de que algo está pasando: Para el profeta Elías, un solo pobre en la nación –¡un solo pobre en todo el país!– era una señal cierta y fehaciente de que algo andaba en quiebra en las políticas del gobernante. Examinaba y se daba cuenta de que el rey, sus lugartenientes y alguna porción del pueblo habían abandonado la alianza con el dios de Israel y se habían puesto al servicio de dioses y reyes extranjeros. ¡Por eso era que el rey Ajab no quería ver a Elías ni en pintura! Y sus prédicas, esas que daban cuenta del creciente número de pobres por doquier, le asqueaban. El rey no quería que le mencionaran los pobres que su sistema producía. Por eso buscaba a todo trance hacer morir al profeta. ¡Un solo pobre!, un solo pobre en el país ponía en alerta al profeta de Dios. Y, en buena comprensión de la política –garantía plena de gobierno en función del bienestar público– no podría sobrevivir un solo día un gobierno que produjese un solo pobre en la nación. ¡Ésa es la perspectiva de Dios y sus profetas!
 
A nosotros, ¿qué nos dicen 7’500.000 subnutridos y hambrientos en la patria en trances de ‘seguridad democrática’? Esa caravana doliente y humillada, creciente cada día en dolor y en número, ¿qué nos dice a quienes profesamos fe en la Vida? ¿Qué nos dice del gobernante y su caterva de macabros asesores? ¿Qué nos dice de las políticas públicas de la ‘seguridad democrática’ del Estado que radicalizan el negocio privado de la salud; que niegan el derecho al agua, bien público y social, al tiempo que la entregan a las transnacionales privatizadoras de derechos fundamentales; que le quitan calidad y cobertura a la educación, que imposibilitan la seguridad alimentaria y el bienestar de los pobladores; que amenazan, quitan y desprotegen la vida; que aumentan el presupuesto de guerra?
 
En una especie de profética cuaresma, Elías oró en el desierto y, entre lágrimas y desconsuelos, mantuvo viva la esperanza. “Los cuervos le llevaban pan en la mañana y carne en la tarde; y tomaba agua del torrente. Pero también el torrente se secó” (leer el ciclo de Elías en 1 Reyes, capítulos 16 a 22, y 2 Reyes, capítulos 1 y 2). De la oración y del silencio, Elías regresó transformado y capaz de crítica lucidez. Entonces abrió sus labios decididos. Y firmó, con su vida, su palabra.
 
* Teólogo, filósofo, educador, director ejecutivo de la Fundación Educativa Soleira. [email protected]

 
 

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