Libertad
Desde que llegaron a Medellín hace dos meses, César, de 22 años, y su esposa, Lucía, han sobrevivido trabajando en los buses de la ciudad, el sitio de trabajo de miles de colombianos subempleados que venden dulces, lapiceros, cepillos de dientes, o –como César– que cantan para cautivar a la audiencia. Mientras César canta canciones de rap sobre la violencia y la juventud, Lucía recorre el bus de arriba abajo vendiendo galletas.
Abrazando la frente de César y sentada en sus hombros mientras éste canta, está Yeraldín, de 2 años, que acompaña a sus padres de bus a bus por hasta 10 horas al día.
Después de oír a César cantar, invito a la familia a caminar a un parque cercano para grabar algunas de sus canciones. Mientras César y yo hablamos y grabamos su música, Lucía juega con Yeraldín, corriendo entre el tobogán, los columpios y el subibaja. Su risa y su alegría le dan un fondo incongruente pero perfectamente colombiano a las letras enojadas de las canciones de rap.
Veinte minutos más tarde, cuando César y Lucía empiezan a caminar de regreso a la calle congestionada para seguir trabajando, Yeraldín se aferra a las escaleras del tobogán con una determinación que me hace aguar los ojos.
Interiorización de la guerra
Gledis ha aprendido a sonreír cuando habla del día en que mataron a su padre. Ella tenía apenas 10 años cuando cinco paramilitares entraron a su casa y le dispararon en la cabeza, a la hora de la comida, en frente de toda la familia. Ahora ella tiene cuatro hijos.
Gledis dice que su papá fue el primero en la familia en ser asesinado en El Salado. Dos años más tarde, cuando mil paramilitares llegaron al pueblo y llevaron a cabo una masacre que duraría cinco días, dos hermanos, una tía y un tío se sumaron a las historias de locura y muerte que Gledis le cuenta a cualquiera que quiera escucharlas.
Con una voz suave, entre sorbos de café, Gledis cuenta la historia de su mejor amiga que fue violada por 40 paramilitares durante dos días; o la de la amiga de su tía que fue forzada a cocinar para los perpetradores, para que la violación no se convirtiera en asesinato; o de la cuerda puesta alrededor del cuello de un muchacho y amarrada a dos caballos que galoparon en direcciones opuestas; y del juego de fútbol que los paramilitares jugaron con la cabeza decapitada del muchacho en la plaza del pueblo.
Gledis cuenta las historias de El Salado con su hijo de 5 años sentado en sus rodillas. Él está suficientemente viejo para entender, y suficientemente joven para no saber que el mundo puede ser diferente.
Otoño en Colombia
En las tardes de color pastel, bajo el árbol de guayacán entre su casa y una calle de concreto cuarteado en Sincelejo, Paula Elena Rivera se reclina en una silla de plástico con sus vecinos. Paula habla del calor del día y se queja de que sus ojos ya no ven. Sus vecinos reciben el ritual con inclinaciones de cabeza y consolaciones. La conocen desde que nacieron, porque Paula es más vieja que el árbol de guayacán y más vieja que la calle de concreto cuarteado.
A la mañana siguiente, después del ritual de cada tarde, Paula Elena, (96 años), barre el pequeño círculo de hojas que el guayacán deja afuera de su casa. Comienza a las 7 de la mañana y termina antes que el sol empiece a inundar el aire. Sus ojos, que ya no ven, no pasan por alto ni una sola hoja.
Genio en las calles
En el centro de Bogotá, un muchacho costeño que vende chicle y cigarrillos –menudeados, no por paquete– nos reta a dos amigos y a mí a un juego: podemos preguntarle las capitales de tres países cualesquiera del mundo. Si contesta las tres correctamente, le debemos comprar algo. Si no sabe una de las respuestas, nos dará gratis cualquier cosa de su caja.
“¿Cuál es la capital de Australia?”, le pregunto, sabiendo que la mayoría de personas piensan que es Sydney.
“Canberra,” contesta.
“¿Cuál es la capital de la República Central Africana?”, pregunta Swen, quien trabajó allí por dos años con Médicos Sin Fronteras.
“Bangui,” responde el muchacho, con picardía y sin vacilación.
No parecía necesario preguntarle una tercera capital. Ya se había ganado nuestro respeto, nuestro asombro y la menuda que llevábamos.
Preguntas
Elsa es de Broken Hill (Cerro Roto), un pequeño pueblo minero pero históricamente importante en el oeste lejano de Nueva Gales del Sur (Australia). Alrededor del cerro que le da nombre al pueblo hay llanuras sin fin de tierra plana, árida. En el vientre de las infinitas montañas verdes de Colombia, donde el horizonte nunca es plano y uno tiene que inclinar la cabeza para verlo, Elsa está geográficamente fuera de lugar pero sin sentirse incómoda.
Con su brillante cabello rubio y su piel pálida, Elsa es también una novedad para la gente del lugar y un imán para los fascinados niños. Jugando con los de dos familias desplazadas que viven al lado de la carretera principal entre Medellín y la costa Caribe, surgen muchas preguntas:
“¿Tus ojos son de verdad?”.
“¿Australia está cerca de Villavicencio?”.
“¿En tu país también hay casas de plástico?”.
Y Elsa, señalando una vaca parada en forma imposible en la mitad de un abismo, al lado de una cascada:
“¿Cómo hizo para llegar ahí?”.
“Acá las vacas saben escalar abismos”, responde una de las niñas, que más tarde le cuenta a su mamá acerca de la pregunta graciosa que hizo Elsa, la muchacha rubia.
Periodismo
Los periódicos, las agencias de fotoperiodismo y las revistas están perdiendo dinero o están en quiebra. Los magnates de los medios están declarando la muerte de los medios impresos tradicionales, y el retiro de fondos del periodismo de calidad está haciendo que lentamente la profecía se cumpla. Conferencias sobre el futuro del periodismo se celebran en Sydney y Bogotá, donde los periodistas que escribieron sus primeros artículos en máquinas de escribir hablan con nostalgia sobre los valores y la independencia de las noticias, y los estudiantes de periodismo se quejan de que están siendo esclavizados durante sus estudios.
Y con todo y eso, los cursos de periodismo siguen en demanda. Una mezcla extraña de pesimismo, esperanza y pasión está en juego; y hay mucho por lo cual estar esperanzado.
Cuando se inventó la fotografía, la gente declaró la muerte de la pintura. ¿Cómo podrían los artistas mostrar la realidad de manera tan precisa como esta nueva química fotosensible? Pero la fotografía liberó a los artistas para representar realidades que la cámara no podía capturar. El surrealismo, el cubismo, el modernismo y muchos otros ismos nacieron.
En una conferencia reciente, una muchacha colombiana preguntó de dónde sacaría ella sus fuentes periodísticas en esta era digital, dado que Juanes, Shakira y Juan Pablo Montoya pueden comunicarse ahora con el mundo por medio de Twitter, Facebook, los blogs, etcétera.
¡Y qué pregunta tan emocionante! ¡Qué maravilloso fuera que los periodistas se liberaran para enfocarse en noticias, en vez de la farándula y el chisme! Colombia tiene 44 millones de personas sin voz pero con historias para contar. Los periodistas trabajan con formas de tecnología que evolucionan, pero el oficio no se basa en la tecnología o el dinero, y ni siquiera en los periodistas. Olvidamos esto muy a menudo. El periodismo se trata de la gente a la que sirve.
Yo crecí rodeado de artistas que pintan con óleos caros, pinceles hechos a mano, overoles de 10 años y botas con huecos en los dedos. El arte era primero, pero yo nunca pasé hambre. Con pocas excepciones, los periodistas que van a las conferencias para discutir el futuro sombrío de su oficio irán luego a hogares cálidos y también a una buena comida. Trabajamos para hacer dinero, pero cuando no hay dinero debemos trabajar en todo caso. Porque el periodismo, como el arte, es un lienzo que demanda verdad.
El mundo necesita la verdad desesperadamente. El periodismo está muy lejos de morir.
Por Benjamin ball
http://www.theuprooting.com

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