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Movimiento estudiantil, cuarenta años después. Anotaciones para compartir con las nuevas generaciones

Para continuar con la reflexión iniciada en el número pasado, quien fuera dirigente estudiantil de la época y hoy miembro de nuestro consejo de redacción nos ofrece un rápido vistazo del movimiento de 1971, testimonio y análisis a la vez.

El movimiento estudiantil de 1971 fue, sin duda, un acontecimiento crucial en la historia de Colombia. Es más: se puede decir que su importancia se incrementa al examinarlo con la perspectiva que dan los años y los acontecimientos posteriores. Hablamos ni más ni menos que de la formación política de toda una generación. Y si incluimos a quienes despuntaron simultáneamente en los otros movimientos sociales, sobre todo campesinos y sindicales, es dable afirmar que se trata de la misma generación, que, diezmada luego por la violencia, ha llevado gran parte del peso de la resistencia popular hasta hoy. Es por eso que, a pesar de la obvia referencia al sistema educativo como lugar de despliegue del movimiento, reducirlo a este ámbito, identificándolo como parte de la “crisis universitaria”, al modo del convencional relato periodístico, equivale a empobrecer lamentablemente su significado.

En verdad, sólo se aprecia cabalmente en el conjunto de la insubordinación general popular y con referencia precisa a la época histórica. De hecho, se despliega de 1964 a 1974, si bien tuvo su punto culminante en 1971, al convertirse, como nunca antes y quizá tampoco después, en un movimiento masivo, nacional, y politizado, lejos de la idea del puñado de intelectuales rebeldes y comprometidos pero también de la del gremio que reivindica sus intereses sectoriales. Por eso, por su interrelación con el conjunto social y político y por irrumpir en el ámbito de la cultura, representó un punto de quiebre en la historia del país.

Contexto cultural

Vivíamos en y del espíritu de cambio, de la transformación en sentido radical. Aunque comenzábamos a romperlo, se trataba del más puro discurso de la modernidad, en que lo moderno sepulta a lo antiguo, lo nuevo vence a lo viejo. Y lo viejo estaba claro ante nuestros ojos: para recurrir a la terminología de entonces, era el establecimiento. Pero nada teníamos que iniciar; la transformación, en cierto modo, ya se daba: en el mundo entero parecía inaugurarse una nueva época, contra el fracaso de las promesas inútiles y falsas de la segunda posguerra, referidas a la reconstrucción capitalista, la ‘descolonización y el desarrollo. Sobra recordar los rasgos más escandalosos que el periodismo ha vuelto lugares comunes. Desde la píldora y la minifalda, pasando por el rock y la conquista de la Luna, hasta el auge del hippismo. Sirven sólo para identificar la redefinición de la juventud que se da en aquel momento y que ayuda a explicar la categoría de lo “estudiantil” en la época.

Pero el rasgo dominante es, por supuesto, lo político en su sentido moderno, sobre todo para la juventud latinoamericana, inseparable de la idea de revolución, no tanto como proceso sino como acto supremo, culminante, sublevación y derrocamiento del ‘tirano’, como la toma de La Bastilla o del Palacio de Invierno, idea actualizada para nosotros con la imagen de los rebeldes barbudos que recorren victoriosos las calles de La Habana. Para mis contemporáneos, quizás esto suene insignificante y aburrido, pero sin el reconocimiento de este gran supuesto cultural, hoy remoto y difuso para los jóvenes, es imposible entender, por ejemplo, la acritud de los debates ideológico-políticos de entonces.

Superada la primera década del siglo XXI, estamos en una época diferente y se debe reconocer en general que hoy es difícil apreciar la magnitud de los fenómenos descritos y sus implicaciones en el comportamiento de diversos actores sociales. El neoliberalismo, desde fines de los 80, y apoyado en el fracaso del pacto socialdemócrata y el derrumbe del Muro, produjo una colosal inversión de los términos más representativos de la cultura burguesa. El capitalismo renació como lo ‘nuevo’, apoderándose de la idea de cambio y convirtiendo las opciones, hasta las más reformistas, en lo viejo que debía ser superado. Hasta la contestación y la revuelta llegaron a ser simples relatos del pasado, con el agravante de presentarse como cambio permanente, como lo siempre nuevo, y así el establecimiento deja paradójicamente de ser el blanco por golpear para convertirse en la aspiración. No cabe la idea de revolución. Como en las tecnologías de la información y la comunicación –modelo por excelencia–, donde lo que cuenta es actualizarse.

De Latinoamérica y Colombia

El contexto cultural y político, obvio, sólo explica algunos determinantes generales*. Es necesario examinar las tendencias sociales y políticas que se daban en el continente. El que haya bastante literatura al respecto me permite dejarlo de lado. Sólo una observación: aunque el signo dominante es una indeleble corriente antiimperialista, es necio atribuirlo, como lo hacen muchos politólogos, al enfrentamiento Este-Oeste. Por el contrario, si algo caracteriza al ambiente político es el cuestionamiento del socialismo ‘real’, y en el plano ideológico la crítica de las versiones adocenadas del marxismo. De ahí la fecunda explosión, que acompaña este movimiento estudiantil, de diversas corrientes ideológicas y políticas. Por ello, es necia también la pretensión de encuadrarlo en un mero perfil.

De otro lado, es evidente el peso que tenía en los sectores medios –de donde proviene mayoría de los estudiantes– cierto sentimiento de frustración y desengaño ante las promesas de desarrollo capitalista. Si algo aportaban a la cultura política la Revolución Cubana y la epopeya del Che era la idea de que, siendo imposible el desarrollo capitalista, no había más opción que pasar al socialismo, desplomándose así la vieja orientación estratégica de la Tercera Internacional, que, sobre todo por razones de Estado de la Unión Soviética, recomendaba contener las revoluciones en los países ‘semicoloniales’, restringiéndolas a una fase de capitalismo nacional. Así se sentía en América Latina. No quiero decir que fuera la única tendencia: también los ‘ortodoxos’ enriquecían y dominaban a veces el panorama, pero innegablemente era un rasgo prominente del clima cultural y político.

Lo que más cuenta es la caracterización de la situación nacional. Nada de ello se hubiera materializado si no es porque en Colombia las condiciones eran propicias. El Frente Nacional, otra promesa falaz, se derrumbaba. El capítulo de la violencia de los 50 seguía abierto; las clases dominantes habían sido incapaces de resolver siquiera medianamente el problema agrario. De esa frustración y ese rencor, con sus discursos políticos, se alimenta la primera formación política de la generación que asoma a los 60. La insurgencia armada, por cierto, tiene más raíces en la resistencia liberal que en el “comunismo internacional”. En las ciudades, de acelerado crecimiento por los desplazados de entonces, se incubaba un descontento popular. El movimiento sindical se transforma en la lucha y empieza a generar una dirigencia que adopta nuevas posiciones políticas, como sucede en el movimiento campesino y en las universidades bajo la influencia de la propuesta de Frente Unido de Camilo Torres. En perspectiva, se configuraba en Colombia una real época de revolución que sólo terminará hacia mediados de los 80.

La crisis bipartidista daba lugar a una singular forma de oposición, bipartidista también: la Anapo, rasgo que marca la coyuntura propiamente dicha de nuestro movimiento. Nos había tocado el gobierno del viejo Pastrana, espurio y débil, resultado de fraude contra el general Rojas, candidato triunfante de la Anapo. No sólo se multiplicaban la oposición política y la insubordinación popular sino que además se descomponía el frente oficialista. Los industriales y los terratenientes aprovechaban el momento para enfrentar las tentativas heredadas del gobierno anterior que más les disgustaban: para los primeros, el estatuto de control de los capitales extranjeros, y para los segundos las propuestas de reforma agraria.

¡Y el movimiento estudiantil va a la cita!

En realidad, el movimiento de 1971, en su articulación nacional –novedoso, ya que en años anteriores no habían faltado las luchas en cada una de las universidades o las protestas simultáneas en todo el territorio–, comenzó como manifestación de solidaridad con la lucha de los estudiantes de la Universidad del Valle, entendida no como simple apoyo sino como identificación en los objetivos, pues la resistencia a los planes de ‘ajuste’ de la educación superior ya se cuajaba en las voces de protesta. La reacción fue brutal. En la manifestación del 26 de febrero en Cali, cae asesinado un estudiante y, según se estableció, al menos ocho personas más sin clara identificación, ya que el acto –hecho significativo– había atraído a amplios sectores populares. Se declara el estado de sitio, con las medidas que supone. El 4 de marzo, en una jornada nacional justo contra las medidas, cae en Popayán otro estudiante, y en las ciudades donde había universidades se multiplican los heridos y los detenidos.

Este punto de partida es básico para la comprensión. La brutalidad de la reacción se explica por la debilidad del gobierno ante una coyuntura adversa. Un detalle: para el 8 de marzo, las confederaciones sindicales UTC y CSTC habían programado un paro nacional. Pese a las dificultades (la Universidad Nacional fue ocupada por el ejército), finalmente el paro se hizo, aunque con escaso éxito. Pero lo importante era el ascenso en las luchas populares. Obsérvese que desde principios de febrero los maestros hacían un paro escalonado que el Ministro de Educación sólo vino a resolver, a medias, a finales de marzo. En el campo, la situación era aún más conflictiva: en los dos primeros meses de 1971 se registró la más importante avanzada de recuperaciones de tierra. Según cálculos del propio gobierno, más de 300 ‘invasiones’. La conflictividad social, rural y urbana, se mantendría hasta terminar el año. Y con otras características durante 1972.

Lo cierto es que, en adelante, el tratamiento que el gobierno le da al movimiento estudiantil es de la más cruda y atroz represión, en la calle y en las universidades, incluyendo cierres, expulsiones y detenciones arbitrarias de dirigentes estudiantiles. De ahí la contradictoria dinámica en que se desenvuelve: mientras esto ocurre, en alarde de retórica, el Ministro de Educación ofrece una reforma universitaria, dispuesto al parecer a negociar, pero le niega al Comité Nacional de Solidaridad Estudiantil su carácter de interlocutor válido y, ante el Congreso, acusa de corruptos a los profesores organizados que elaboran una propuesta alternativa. Por eso, el movimiento estudiantil vive una y otra vez la circunstancia de que no acaba de enunciar sus propuestas cuando ya se ve obligado a denunciar, protestar y exigir que pare la represión. Así hasta el aparente desenlace en el año siguiente. Incluso las fórmulas de transacción que se aplicaron en la Universidad Nacional y la de Antioquia, conocidas como “cogobiernos”, fueron denominadas a propósito “gobiernos provisionales”, no a la espera de poner en marcha una gran reforma de la educación superior, como se sugería, sino de que las condiciones político-partidistas –que se dieron luego de las elecciones de abril de 1972– permitieran volver a la represión. Lo que vivimos entonces fue un gran plan de reestructuración represiva de las universidades, con cierre de facultades y expulsiones, esta vez definitivas, de muchos dirigentes estudiantiles y profesores.

Contenido complejo

Es curioso. Aunque el espíritu de la época parecía alimentar en la insubordinación popular y estudiantil simpatías por la acción armada, cuyos símbolos consagrados eran Camilo y el Che, realmente lo característico de Colombia en ese período eran más bien, como hemos visto, los movimientos sociales de masas. Pero este rasgo no desechaba sino que reforzaba el sentimiento de una inminente revolución que la crisis del régimen hacía ver como factible. Por eso, el debate sobre la naturaleza de la Universidad y el porvenir del sistema educativo alcanzó una profundidad que todavía no tiene parangón. ¡Y comenzó como una simple manifestación de escepticismo!

En efecto, como es sabido, el movimiento estudiantil, tan pronto adquirió carácter nacional entre marzo y abril, se dotó de una propuesta que le diera contenido preciso, conocida como  “programa mínimo”. Respondía a la necesidad de establecer mínimas condiciones, en especial de autonomía, incluida la financiera, y de gobierno universitario que permitieran contrarrestar el plan de reforma que imponían la clase dominante y el imperialismo norteamericano. Pero, si se quería ir más allá, el interrogante que suscitaba era sencillo: ¿Acaso podíamos transformar en esencia la educación sin cambiar antes las relaciones de poder? El debate se sumergió muy pronto en las habituales disquisiciones doctrinarias de la ‘izquierda’. Pero la inquietud de fondo era apenas elemental y casi pragmática. También, desde otras orillas, se expresaban dudas. Para los campesinos, por ejemplo, en ausencia de una reforma agraria y mejores condiciones de vida, ¿cómo podía funcionar una propuesta de educación rural? En cuanto a la formación técnica y profesional, ante el predominio del latifundio y una economía campesina al borde de la supervivencia, ¿no se había visto ya la paradoja de un exceso de agrónomos, pues sólo encontraban empleo en el ICA y el Incora? Se trataba en general de los límites que imponía la demanda existente. Por eso se hablaba desde entonces de “fuga de cerebros”. ¿Qué esperar de un modelo de industrialización de tecnología recortada y dependiente? Era evidente que se requería cambiar de rumbo, y para ello era imposible obviar el cambio en las relaciones de poder. En los hechos, además, se nos demostraba que los posibles afectados estaban dispuestos a cualquier cosa para evitarlo. Como lo harían después y hasta hoy, recurriendo a las formas más atroces y criminales.

El debate adquirió después mayor profundidad pero esta dimensión probablemente adquiere hoy renovada actualidad, ya que también resulta difícil entender la discusión de entonces sobre la naturaleza de la educación burguesa como parte de la dominación ideológica. El capitalismo contemporáneo ha sabido cooptar aquí también el discurso libertario. Salvo contadas excepciones, el aparato escolar es capaz de prescindir de mecanismos visibles de represión y sojuzgamiento para trasladarle esa función a las leyes impersonales del mercado. Se pregona el aprendizaje sin maestro, el texto escolar fue reemplazado por la internet, la propia lectura por la magia audiovisual, y la autoridad de los autores por la oferta liberal del buscador. La Universidad va tras el modelo sugerido por los gringos de la institución abierta, como un supermercado, donde el estudiante, a su ritmo y conveniencia, escoge su ámbito de conocimiento y su perfil profesional. La represión interna es innecesaria porque la selección está dada por los recursos económicos de que se dispone, y la supuesta validación la realiza el mercado de trabajo.

Verdadero movimiento social

En todo caso, para nosotros no se trataba de un modelo de Universidad del futuro sino de una fórmula transitoria. Y cabía perfectamente si se tiene en cuenta que en la época y en la coyuntura que vivíamos, el movimiento estudiantil se sentía y definía como lo que era: un movimiento social más. Con contenido político. Y en una circunstancia de cambio o revolución social. Antes que la sociología académica recurriera a la teoría de la acción colectiva para definir los “nuevos movimientos sociales”, entre nosotros, en la dinámica de la lucha, se había producido el debate. Atrás quedaron la imagen del grupo de intelectuales democráticos y la designación convencional de fracción de la pequeña burguesía. Por eso, al carácter de masas y nacional hemos añadido el de politizado, porque su naturaleza política no se reduce a la existencia en su seno de grupos militantes; la gran mayoría de los estudiantes se involucra, unos más otros menos, en el sentido del quehacer político, ante el Estado y la sociedad. Todos, en la confianza de que otros movimientos, en especial el obrero, habrían de tomar las riendas de la requerida transformación revolucionaria.

*    He utilizado la categoría de “juventud” porque en este análisis me parece del todo pertinente, pero estoy muy lejos de la demagogia edadista que, suponiendo una ficticia homogeneidad, repite el viejo dicho de que la “juventud”, por oposición a la “vejez”, siempre tiene la razón. Las identidades sociales también se construyen a partir de múltiples determinantes, como los de clase, género, etnia, etcétera. Para no ir más lejos, obsérvese que en esa época también era joven y compartía con nosotros aulas universitarias ni más ni menos que Uribe Vélez. Y ya era de la derecha más oscura y recalcitrante.

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