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Entre la continuidad de la guerra y la paz improbable

Entre la continuidad de la guerra y la paz improbable

En posconflicto, cual grito de vendedor en la calle, la posibilidad de una concresión de la paz, constituye una de las mayores expectativas despertadas por el actual gobierno. En fila, Ongs de diversa trayectoria y funcionarios de movimientos por la paz, así lo han creido, con una mayor convicción una vez saltaron a los titulares las diferencias entre el gobierno entrante y el saliente. De inmediato, hubo extrañeza –no podía ser distinto– que esta expectativa, proviniera precisamente, del otrora ministro de Defensa del belicoso gobierno Uribe Vélez, el hoy presidente Juan Manuel Santos.

Sin asidero objetivo, esta expectativa de algunos sectores por una nueva posibilidad para la paz, emana desde un deseo explicable, desde el cansancio con una guerra que no parece llegar a su fin, pero, sin corresponder de manera evidente con una oferta tangible en cuanto a la responsabilidad histórica en su origen y a una reforma política y económica que la haga posible. Si bien el método del nuevo gobierno es diferente al que predominó entre el 2002-2010, los objetivos de la guerra persisten. El día de su posesión Santos fue preciso: “Quiero reiterar lo que he dicho en el pasado: La puerta del diálogo no está cerrada con llave […].

“A los grupos armados ilegales que invocan razones políticas y hoy hablan otra vez de diálogo y negociación, les digo que mi gobierno estará abierto a cualquier conversación que busque la erradicación de la violencia, y la construcción de una sociedad más próspera, equitativa y justa.

“Eso sí –insisto– sobre premisas inalterables: la renuncia a la armas, al secuestro, al narcotráfico, a la extorsión, a la intimidación”.

Con un año desde su posesión los avances para una posible negociación política no asoman por parte alguna. Durante estos doce meses, como corresponde a quien detenta el poder, las acciones ofensivas no tienen espera como tampoco la búsqueda del mayor trofeo: la captura o muerte de Alfonso Cano.

Según se deduce de las operaciones realizadas, y las que están en curso, el propósito central es liquidar el mando insurgente identificado, que está fotografiado, y con base en este resultado lograr un “acuerdo de desmovilización”, “acuerdo de paz”, es decir, un sometimiento.

Los resultados obtenidos, y la creciente presión por el resurgir y el aumento de las operaciones insurgentes con táctica de guerrilla, atizaron las contradicciones al interior de las Fuerzas Armadas: el relevo del ministro de Defensa y el cambio de su comandancia, con el regreso de la misma a manos del ejército, es el resultado más inmediato. Un paso con una presión para exigir resultados que mantengan imagen: el general de la policía Óscar Naranjo podría ‘participar’ con mando en el Comando General de las Fuerzas Armadas y mantener o conseguir más apoyo externo de los Estados Unidos para la lucha no contrainsurgente sino de múltiples operativos, pequeños, puntuales, antinarcóticos.

El nuevo Ministro, Juan Carlos Pinzón, nieto e hijo de oficiales militares de Alto Mando, cuenta con trayectoria al interior de las Fuerzas Armadas, amplios conocimientos sobre estrategia y administración, formación en el arma de inteligencia, valoración precisa de las nuevas tecnologías y de las alianzas con cuerpos armados de otros países. Su participación en el diseño de las principales operaciones contra las farc de los últimos años, le abre un sitio de confianza entre los uniformados.

La misión del nuevo Ministro es precisa: emprender “un proceso de revisión estratégica que nos permita generar un esquema de innovación y nos lleve a conducir una campaña admirable en contra de los grupos armados ilegales, que en tiempo definido, cause tal afectación que esto sea irreversible y decisivo” (discurso de Juan Carlos Pinzón en la ceremonia de posesión y reconocimiento de tropas, Escuela Militar de Cadetes, Bogotá, 5 de septiembre de 2011, pág. 5, cursiva nuestra). Como vemos, un enunciado en el cual la “paz negociada” no tiene espacio en el actual gobierno.

Esta constatación devela –para quien tuviera duda– su devoción y carácter por una solución militar que preserve los privilegios y la gran posesión de la tierra. Verificación que deja en vilo toda la expectativa –voluntarista– reinante en los funcionarios de la paz, de las Onges de derechos humanos y de amplios sectores de los movimientos sociales.

Impávido, con gozo de la marca en las encuestas, el presidente Santos reafirma el propósito actual de su mandato: “Estamos en un momento crítico de nuestra historia, llevamos 50 años de conflicto interno, el enemigo está debilitado pero no derrotado y por eso tenemos que perseverar, perseverar y perseverar, con paciencia, pero con efectividad…” (palabras del Presidente durante la posesión de Juan Carlos Pinzón, Bogotá, 5 de septiembre).

Sin dejar dudas, insiste: “Vamos ganando y tenemos que seguir ganando a punta de innovación, audacia y perseverancia”. Para lograrlo, el ejemplo es claro: “[…] hay una palabra que describe la persecución que hizo Estados Unidos contra Bin Laden. Ellos lograron el objetivo porque perseveraron, al igual que nosotros debemos perseverar”.

Y para lograr este objetivo, para cazar al Osama Bin Laden colombiano, se decide una “revisión estratégica” de las Fuerzas Armadas y “un proceso continuo de innovación en la inteligencia”, y “revisar también la parte táctica”.

La convicción es exacta: con la ventaja lograda la paz se gana derrotando al enemigo. No negociando. Más aún, cuando se parte y se considera que la guerrilla, la oposición y las movilizaciones están en un mal momento. No hay duda, el Presidente lo reafirma: “Porque he comparado esta campaña como un esfuerzo continuo, donde el último tramo es el más difícil”.

Una convicción que deriva, por demás, de un argumento religioso, por tanto dogmático: “Dios sabe cómo hacer sus cosas. Sabe cómo ordenar y cómo poner a sus siervos en los lugares adecuados” (alude el presidente Santos al ministro Juan Carlos Pinzón Bueno).

Con Inquisición y Cruzados: con Dios en campaña sagrada

Decía el general Navas, que Dios los ilumine, que Dios los guié (palabras del Presidente durante el reconocimiento de tropas a la nueva cúpula militar, Bogotá, 9 de septiembre). Y el mismo ministro declaró en su posesión igual fe: “Dios nos ilumine, nos permita el éxito, nos permita logros”.

Una utilización y confusión entre Estado y religión que traduce graves perjuicios para el país. Pecado y muerte. Como en los años 50 de la Violencia y la hegemonía conservadora, la realidad y los disparos y bombardeos oficiales quedan entremezclados con la fe, y con su poder ‘divino’ todo lo que se piensa termina considerándose verdad y voz de los altares. Así, quien se oponga es un pagano, y por lo tanto merece la muerte.

Una entremezlca que se extiende a la organización del Estado y termina confundiendo la democracia y la libertad con la fuerza. Así se deduce del discurso presidencial del 9 de septiembre, cuando el Presidente aseguró que las Fuerzas Armadas son la columna vertebral de nuestra democracia.
Más años de guerra

Los cambios anunciados no llegan sin lucha interna. Dentro de las Fuerzas Armadas reina un amplio malestar por las continuas judicializaciones que afectan a sus miembros. Se demanda menos exigencias de los organismos de Control y de Derechos Humanos, así como un fuero mayor o estructura jurídica que los proteja. Es decir, se demanda mano libre, impunidad, poder y “guerra sin límites” para lograr sus objetivos. Sobre el particular habló el Ministro de Defensa en su discurso de posesión:

“La orden, Presidente, que yo entiendo recibimos, es generar resultados, actuar con contundencia”. Esta palabra, los militares la entienden. Saben. Con esta misma exigencia, el general Harold Bedoya advirtió a los oficiales de las divisiones del norte del país que los paramilitares hacían falta para la “contundencia”, y por tanto, no podían ser reacios a sus informaciones y ‘propuestas’. Y con apego a la norma, el Ministro no comete error: “…con absoluta apego y respeto a la Constitución, a la ley […] generar resultados con respeto total por los derechos humanos que son parte del código genético (sic) de las Fuerzas Armadas”. Pero, además, “es necesario señor Presidente […] fortalecer el fuero militar y la Justicia Penal Militar”, para lo cual se aprovechará la reforma a la Justicia radicada en el Congreso de la República.

La disputa interna va más allá. En una situación económica de crisis, el Estado debe poner límite a la fuga de recursos en la estructura armada. Hace falta exigir y diseñar como marco para su acción la ética y la disciplina: “…cero tolerancia con la corrupción […], no se pueden perder los recursos que van a alimentar a nuestros hombres, los recursos que permitirán sus exitosos”. Y como resultado de esta acción interna: “[…] trabajaremos por el bienestar, por la moral de […] las Fuerzas Armadas…”.

Esta reestructuración de las Fuerzas Armadas, en medio de una soterrada disputa interna, tiene el acompañamiento de un mensaje claro para quienes habitan las ciudades y se sienten más inseguros: más policía (20.000 nuevos miembros en los próximos meses), y para facilitarlo, más dinero (billón y medio de pesos).

El Presidente y el ministro de Defensa lo han explicado. Guerra y control social, no la negociación política, serán, por tanto, el pan diario durante los próximos años.

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Colombia
Autor/a: Equipo desde abajo
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