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La juventud, atrapada en el conflicto

La juventud, atrapada en el conflicto

Como otras ciudades del país, en Cali, como uno de los centros urbanos más golpeados por las secuelas del conflicto social, la conformación de bandas juveniles es inocultable desde hace cuatro o cinco años. Desde entonces, en la capital del Valle se evidenció un problema de pandillaje entre jóvenes de clase alta, que a sí mismos se llaman combos de puppies o hermandades). Al mismo tiempo, entre jóvenes de clase media y baja se dispararon los suicidios (Ver gráficos).

Hacia 2007-2008 hicieron su aparatosa aparición las pandillas La Torque, la Alianza, los Contra, la Unión, los Hellfish, La Fabela, los Malebraches, entre otros. La disposición mental de los integrantes de estas bandas, y la infraestructura acumulada se hicieron evidentes en 2007, cuando a la salida de la discoteca Gioko se enfrentaron varias de ellas con un trágico saldo final: un joven muerto y varios heridos. Desde entonces, las batallas campales se han hecho parte del paisaje violento de Cali, en las que estos grupos propician actos de desafuero, afectando sobre todo al Parque Artesanal La Loma de la Cruz, el Parque Turístico La Colina de San Antonio, y centros comerciales como Palmeto o Chipichape. Pero también alteran la tranquilidad de algunos parques, como los de los barrios Nápoles, Primavera e Ingenio, o a la salida de colegios públicos como el Santa Librada, el Inem, el Camacho y el Politécnico.

Cuatro años han pasado ya desde el primer hecho conocido, y poco han cambiado las cosas. Hoy por hoy, no se puede hablar de pandillas juveniles entre ricos, y suicidios entre pobres, pues, como veremos, la vinculación a las bandas de jóvenes de escasos recursos creció a tal punto que hoy día éstos son sus principales integrantes.

Pese a las campañas diseñadas y desarrolladas por los colegios privados de estrato alto y la administración municipal para controlar este fenómeno, las hermandades extendieron su presencia, ahora no sólo entre sus amigos de iguales capacidades económicas sino que además incorporaron a jóvenes de estratos bajos. Sin duda, las campañas emprendidas por las instituciones educativas y la propia administración municipal no han producido los resultados esperados. Como activos visibles, apenas quedan la represión y pequeños torneos de fútbol organizados por la Policía. Y esto es muy comprensible: si los factores sociales que han generado esta situación no son superados, es obvio que su expresión no cesará.

Quizá la Policía diga que las hermandades se redujeron y que ahora solamente sobreviven dos: los Contra y la Alianza. Pero esta observación no repara en un hecho real: el crecimiento de las sobrevivientes en número de integrantes, en territorio copado y en radicalidad.

¡Mambrú no va a la Guerra! ¿La guerra va a Mambrú?

La realidad de las bandas juveniles es inocultable por su fuerza y sus dimensiones. La campaña presidencial “Mambrú no va a la guerra” busca responder a esta realidad tratando de invisibilizar algo que ya ha tomado bastante fuerza y que para ser resuelta requiere algo más que campañas de televisión o paños de agua tibia.

¿Es posible solucionar la creciente violencia urbana, entre bandas juveniles, sin ir al fondo del problema: pobreza, falta de oportunidades sociales, ausencia de los padres y consecuente soledad de los jóvenes, desconexión entre sistema escolar y cotidianidad de las nuevas generaciones, etcétera?

Es claro que el problema no es tan sencillo ni las soluciones tan simples. Desde el punto de vista del pensamiento complejo de Edgar Morin, no existen cosas simples sino planteamiento simplificados, porque todo hecho se relaciona en múltiples formas y con los intereses con el entorno que lo rodea. Así reza el refrán oriental: “El aleteo de una mariposa en un extremo del mundo puede terminar siendo un huracán en el otro extremo”.

La participación de menores de edad en la guerra no se puede reducir únicamente al aspecto de las armas (el aspecto visible), y por tanto no es suficiente reprimir o distraer –como de manera simultánea tratan ahora–, sino que resulta indispensable tratar las causas, diseñando soluciones integrales para actuar sobre el contexto.

Se imponen la necesidad del análisis a fondo y la estructuración y desarrollo profundo de acciones integrales y estructurantes, tomando en cuenta la realidad que afecta mayoritariamente a la población infantil y juvenil:

– Niños y niñas a quienes les matan los padres por su pensamiento político (en ocasiones, en su presencia).

– Jóvenes que son asesinados frívolamente en los barrios.

– Personas que han tenido que vivir por generaciones en medio de balaceras.

– Bebés que han muerto por ‘balas perdidas’ o por violencia intrafamiliar.

– Niños y jóvenes cuyos padres los preparan para la guerra en los colegios militares. Etcétera.

¿No están ellos y sus familias en el conflicto?

No es diferente la situación de los niños que viven en la guerra del rebusque diario como vendedores de baratijas y maromeros en los semáforos, así como los que son prostituidos o como los que viajan montados en las carretillas de sus padres y les ‘roban’ reciclaje a Tom y Jerry (los hijos del ex presidente aquel). Son niños violentados desde su más tierna edad, sin derecho a una primera infancia plena, sin poder cursar estudios en condiciones positivas y sin gozar de una alimentación adecuada.

Por eso, a los jóvenes no se les sacará del conflicto si éste continúa dentro de ellos y en su cotidianidad. Su problemática es el producto del choque con sus relaciones filosóficas, económicas, políticas y culturales; de su carencia de sentido de vida en un mundo sin opciones. Es necesario que el país se proponga acciones de mayor coherencia para sacar a la juventud y la infancia de la violencia, como actores pero también como víctimas.

Pensar en el ser juvenil

Aparte de la rebeldía y el desafío a la autoridad, innato en la juventud, lo cual ha de entenderse en cierta forma como energía en constante búsqueda de válvulas de escape, señalamos otras posibles causas que han propiciado la aparición de estas hermandades. En amplios sectores de nuestra sociedad, los hijos se crían con sus abuelos, ya que sus padres han migrado, o están muertos o en la cárcel, entre otros ejemplos de ausencia familiar. Es así como terminan encontrando en sus socios, sus pares, parceros, a su nueva familia, por la que, según dicen, estarían dispuestos a dar la vida.

Otra causa importante por considerar en este diagnostico radica en la educación impartida en los colegios, la que suele estar de espaldas a una realidad que desborda al maestro y las directivas. Docentes y directivos se niegan a conocer, estudiar y afrontar una problemática creciente; se niegan a intentar comprender el crudo ambiente en el cual se desenvuelve el joven caleño, aunque pudiera ser el de cualquier otra ciudad, para poder construir con los estudiantes otros caminos posibles para su presente y futuro, más allá de la droga y la violencia cotidiana.

La negativa de directivas y docentes para, entonces, en la indiferencia; por esa postura de negación ante la realidad social, se aborda un camino que resulta más fácil: tomar partido y expulsar de la institución educativa al joven; arrojarlo a la calle. Es decir, el problema no se resuelve sino que simplemente cambia de escenario, profundizando la soledad de quien lo vive y marcándolo para siempre.

Y así se pudiera continuar exponiendo causas y consecuencias de este fenómeno. Se deberán señalar efectos cual la utilización de estos grupos juveniles como idiotas útiles, en la distribución y consumo de drogas, de armas, o como personal disponible (carne de cañón) de oficinas de cobro, grupos irregulares o paramilitares. Entonces, definitivamente, si Mambrú no va a la guerra, ¡la guerra va a Mambrú!

Adenda. Ojalá tengamos la madurez suficiente para vernos en el espejo centroamericano, para ver cómo sus maras (pandillas) terminaron convirtiéndose en la cantera de los carteles mexicanos.

Información adicional

Cali: Entre contras y alianzas
Autor/a: Equipo Desde Abajo Cali
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