Las fiestas de San Pacho se realizan desde hace 363 años en la ciudad de Quibdó, Colombia. Hoy día se constituyen en Patrimonio Cultural de la Nación. A lo largo de la historia, sus comunidades se han encargado de guardar y compartir su inmensa riqueza cultural y material, que los identifica con sus tradiciones ancestrales africanas, conciliando un profundo sincretismo con su santo patrón, San Francisco de Asís. Es compromiso de todos dar a conocerlas al mundo entero, en el contexto actual, como futuro Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Con este título, que pertenece a la letra del tema musical “Homenaje a San Pacho”, del maestro y compositor chocoano Hansel Camacho, les rendimos un reconocimiento a las fiestas de San Pacho, que en el presente año alcanzó su versión 363, siendo incluidas por el Ministerio de Cultura en la lista del Patrimonio Inmaterial de la Nación. Aprobando el documento del Plan Especial de Salvaguardia (PES), alcanzarán muy pronto la declaratoria de Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco.
Atendiendo la invitación al evento preliminar organizado por la Gobernación del Departamento y el Ministerio de Cultura, titulado “Seminario de Religiosidad Afrocolombiana”, el maestro Rafael Díaz abrió las conferencias con su ponencia “Matrices fundantes y orígenes de las religiosidades afrocolombianas”. Rafael planteó inicialmente la conveniencia de hablar más de religiosidades que de religiones, el papel disruptivo que cumple la corporalidad de origen africano en los procesos de evangelización y la necesidad de ubicar las transformaciones religiosas en el contexto de sociedades contraculturales, en el sentido de mostrar contraórdenes sociales a los órdenes hegemónicos.
También participaron Giovanni Córdoba, director del Centro de Documentación del Pacífico; Moraima Simarra, etnoeducadora palenquera, y la profesora e investigadora Ana Gilma Ayala Santos, con su ponencia “Etnización de los santos”. En conjunto, ellas aportaron al tema de la religiosidad al integrar los elementos afros a las culturas colombianas que se ubican a lo largo de nuestros litorales.
Al final de una enriquecedora jornada en que se compartieron las conclusiones recogidas por el maestro y poeta Alfredo Vanín Romero, asesor de la Dirección de Poblaciones del Ministerio de Cultura, se cerró con la presentación de una chirimía de niños acompañados de sus instrumentos artesanales, como canecas de pintura, tubos de pvc, platillos y campana, que hacen sonar con el ritmo y la fuerza que inmediatamente nos conduce a expresar “¡Que maravilla!, la música se lleva en la sangre”; todo se complementa luego con la riqueza musical del secretario de Cultura, Oswaldo Klinger, al subirse a tarima y brindarnos su son.
Cuando el turista llega al aeropuerto de Quibdó conocido con el nombre de El Caraño, lo recibe una bella frase que dice “¡Chocó… un mosaico de vida!”. Se experimenta una profunda alegría por vivenciar su biodiversidad, sus inagotables riquezas, y por supuesto la pluralidad cultural que reflejan sus etnias.
Quibdó proviene de las voces indígenas quibi, que significa jefe; y do, que significa río. La ciudad está rodeada estratégicamente por la serranía del Baudó y la Cordillera Occidental. Esta, comunicada con Medellín y Pereira a través de dos carreteras sin terminar que hace más de 80 años los gobernantes nacionales de turno les han prometido a sus habitantes. Resulta paradójico decirlo, pero la falta de estas vías ha reducido el traslado de sus riquezas debido a que se llevan muchas de ellas a otros departamentos o fuera del país, sin dejarle regalías al Chocó, que contribuyan al mejoramiento de las condiciones sociales y la calidad de vida de sus habitantes.
El grupo urbano ChocQuibTown, que recibió el Grammy con su tema “De donde vengo yo”, también tiene un tema titulado “Oro”, con esa fusión a ritmo de currulao nos comparte las realidades de su pueblo. Entre toda la riqueza de su repertorio, ya todos cantamos “Somos Pacífico, estamos unidos, nos une la región, la pinta, la raza y el don del sabor”.
También nos une la problemática histórica de las tierras. En la actualidad, las ciudades capitales vienen sosteniendo un continuo crecimiento por el permanente desplazamiento de campesinos que se ven forzados a dejar sus parcelas, trayendo como consecuencia la obligada planeación en materia de inclusión a estas comunidades desplazadas, dando solución a sus necesidades básicas como salud, educación, servicios y empleo. En este sentido, Quibdó es un ejemplo, y aún en estas circunstancias se observa que hay instituciones y fundaciones comprometidas que denuncian en diferentes espacios –como son sus iglesias y otros medios– las masacres y los desplazamientos; además, que acompañan a sus pobladores en la búsqueda de la titulación colectiva de sus tierras.
En este contexto, las fiestas de San Pacho reciben el reconocimiento de legado inmaterial y se constituyen en una plataforma religioso-cultural al integrar estas realidades de la cultura chocoana del presente y el pasado. Como lo expresa la profesora Ana Gilma Ayala, “las fiestas religiosas, en sus inicios, también sirvieron para resolver los conflictos de las etnias y se realizaron alrededor de los santos patronos como práctica de afirmación cultural, favoreciendo el sincretismo con su legado africano”.
Significado de las fiestas
Las fiestas de San Pacho se constituyen en una serie de actividades que se llevan a cabo a lo largo de todo un año. Detrás de la presentación de las comparsas a finales de septiembre, hay un equipo organizativo que trabaja para alcanzar el reconocimiento mundial. Se encuentran los grupos que diseñan y preparan el material para las entidades oficiales y privadas, como Johanna Valoyes y Yadira Naufall, quienes gentilmente nos compartieron toda la experiencia previa que exigen las fiestas.
En 1929, las fiestas pasaron a manos de los barrios para su organización. En aquella época había ocho barrios y hoy en día ya llegan a 12. Ya van 12 días de fiesta, que sumados a los cinco que están bajo la responsabilidad de los organizadores, arrojan un total de 17 días continuos, constituyéndose en las fiestas de mayor duración en Colombia.
Cada barrio guarda celosamente su trabajo colectivo, elabora sus disfraces, que denomina “cache”, según el tema que se acuerde en el comité organizador. Con ellos el barrio expresa su sentir, lleno de colorido, todo elaborado por los propios habitantes. La gente construye sus carrozas con mensajes sociales y prepara las comparsas al ritmo de las chirimías. El significado de la palabra chirimía ha variado a lo largo de la historia: pasó de ser un instrumento musical de viento a un formato compuesto por clarinete, redoblante, bombardino, tambora y platillos. Incluso, se observa que, con el bullicio de las comparsas, los músicos le incorporan a su formato instrumentos más sonoros como bombos y trombones. Precisamente, en referencia al desfile, resulta importante comentar que se presenta un desfile inaugural con la participación de entidades públicas y privadas, y luego, en cada uno de los 12 barrios, se celebra una misa. Por la tarde salen las comparsas, a las cuales se suman todos los que lleguen, en un ritmo candente y de frenesí que se conoce como “revulú”, cuyo sinónimo es “rempujar”; hasta alcanzar la noche con verbena, viandas y sancocho. Lastimosamente, en algunas ocasiones “la violencia también rumbea”, porque se aprovechan estos espacios para saldar cuentas.
Este año, en la modalidad de disfraz, ganó el barrio Pandeyuca con un mensaje social que decía “Armemos entre todos la canasta del tejido social del Chocó”. Una vez finalizada la participación de cada uno de los barrios, el 3 de octubre se realiza un hermoso cuadro cultural denominado “Balsada”, que nació en 1985 como memoria de la primera fiesta celebrada en 1648, cuando Fray Matías Abad realizó una procesión por el río Atrato con 15 canoas, e inauguró el templo consagrado a San Francisco de Asís y denominó al territorio San Francisco; a la vez, en homenaje a la Balsada de San Antonio que se realizaba en su honor el 13 de junio. Al siguiente día, 4 de octubre, la ciudad queda en silencio, y el pueblo quibdoseño asiste a los gozos franciscanos y la procesión que conduce la imagen del santo. Todo culmina con una misa campal.
Con este legado, Quibdó, que también es territorio de educadores, tiene el compromiso de salvaguardar la formación de futuras generaciones, que al llegar a cargos administrativos piensen en su ciudad y amplíen el proyecto histórico-turístico con propuestas que les permitan a los visitantes recrearse en museos, salas y demás centros culturales, dando a conocer lo que viven cotidianamente y sistemáticamente con su biodiversidad, la minería, las letras, y esa inagotable cantera en las artes y la música.
San Pacho también ha significado un diálogo entre lo sagrado y lo mundano, donde las raíces africanas se cocinaron a son de tierra chocoana con lo indígena y lo católico. Allí, el cuerpo ocupa un lugar central, expresado en esas impresionantes plasticidades corpóreas que no se hacen sino que, nacidas, ya vienen incubadas en los genes y se transmiten. Por eso, el fandango, el bunde, el baile, la rumba y el son a ritmo de chirimía permiten desplegar esas corporeidades colectivas que permiten catarsis de todo tipo. También, por eso, al que muere en medio del frenesí colectivo sencillamente se le baila, enterrándolo temprano. Así nos lo dijo nuestra querida Martha: “En San Pacho, al que se muere lo bailamos”. Finalmente, como dice mi pana, el educador y directivo Herberth Reales, “con estas fiestas… ¡la dicha se alcanza!”. Gracias, San Pachito.
* Armando Calderón R. se desempeña actualmente como rector del Colegio Distrital Marco Tulio Fernández; Rafael Díaz D., como director del departamento de Historia de la Universidad Javeriana. Apoyo fotográfico: www.flickr.com/photos/armandocalderon.
San Pacho en Bogotá
Unidos por siempre, agrupados, muchos educadores bogotanos estamos comprometidos con modelos educativos integrales. Más allá del paradigma racional, aprovechamos los aportes que nos brindan otras regiones para recrear, con nuestros estudiantes, festivales y carnavales de distintas plazas y parques de la ciudad, alcanzando hoy en día más de mil expresiones artísticas por año.
En particular, el Colegio Distrital de Bogotá Marco Tulio Fernández cuenta con un proyecto en comunicación, arte y expresión que nació gracias al trabajo de la rectora, Cecilia De Cáceres, “la Niña Ceci” –como cariñosamente le decimos– y la profesora Dioselina Moreno. En la actualidad, la organización del Carnaval Fernandista la asume un colectivo de maestros de las diferentes sedes y jornadas, bajo la coordinación del profesor Guillermo Murillo, en coherencia con la propuesta del año de la afrocolombianidad. Murillo lo planificó alrededor de “San Pacho, mitos y leyendas del Pacífico”, en homenaje a su tierra quibdoseña.
Balance de la actividad
Fueron tres días de carnaval alrededor de los barrios que rodean a cada una de las sedes del colegio; los directores y directoras de grupo se mostraron fieles al principio de guardar celosamente la organización de su comparsa, aportándole una riqueza invaluable a cada uno de sus alumnos y al proyecto de colegio; y una comparsa en la Plaza de Lourdes, como finalista del Festival Artístico Escolar, convocado por la Secretaria de Educación del Distrito. Con esta experiencia, hemos asumido el legado afrocolombiano, sumándonos al reto pedagógico que propusieron el presidente de las fiestas franciscanas, Ramón Cuesta Valencia, y su consejo directivo, quienes también se dieron a la tarea de vincular a los niños de Quibdó a las tradiciones culturales.
“San Pachito” se llaman las réplicas que se realizan en todo el país, posteriormente a las fiestas en Quibdó, en ciudades como Neiva, Medellín, Cali y Bogotá. Si le llama la atención conocer esta experiencia de manera directa, le compartimos que el comité organizador de las fiestas franciscanas de Quibdó está preparando una réplica para el 30 de diciembre, a fin de terminar bien el año, lo cual corrobora lo que estamos contando: “las Fiestas duran todo el año”.


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