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La pretensión oficial de imponer la “paz con rendición”

La pretensión oficial de imponer la “paz con rendición”

[…] el que usa la fuerza con crueldad, sin retroceder ante el derramamiento de sangre, por grande que sea, obtiene ventaja sobre el adversario, siempre que éste no haga lo mismo. En esta forma, uno fuerza la mano del adversario y cada cual empuja al otro a la adopción de medidas extremas, cuyo único límite es la fuerza de resistencia que le oponga el adversario.

Karl von Clausewitz,
De la guerra. Editorial Labor. Barcelona, 1984

[…] Combatir y vencer en todas las batallas no es el mérito máximo; el mérito máximo consiste en quebrar la resistencia del enemigo sin combatir […] Conoce a tu enemigo y conócete a ti mismo; si tuvieras que librar cien guerras, serás cien veces victorioso.

Sun Tzu, El arte de la guerra.
Emecé Editores. Buenos Aires, 1982

Casi intactos, sin menguar los privilegios; Colombia durante los 60 años de guerra repite episodios. Así, con noticias y escenarios informativos parecidos al de ahora –la baja de Alfonso Cano–, en los días de octubre de 1973, los coroneles Riveros Abella y Cascante, oficiales al mando de la V Brigada, anunciaron por radio y prensa la Operación Anorí y la caída en “menos de 48 horas” de los mandos del eln y su fin guerrillero, junto con la presión militar “sobre seis de sus 11 grupos”. Y en efecto, con apoyo en el cerco de tropas de la V Brigada, el 18 de octubre cayeron Manuel (Jerónimo) y Antonio (Emiliano) Vásquez Castaño en la finca El Astillero, a orillas del río Porce, en el nordeste antioqueño. Hubo cadáveres como trofeo. Conflicto con su ramificación y peligro inmanente hasta el día de hoy.

Ahora, con una estrategia orientada a desarticular y romper la disposición de combate de la guerrilla, el ejército colombiano prosigue sus contundentes golpes contra las farc, golpes que en la guerra irregular con 8.000 guerrilleros aún en armas –según declaran el Comandante de las Fuerzas Militares y los Comandantes del Ejército, la Fuerza Aérea, la Armada y el Director General de la Policía–, no aseguran un resultado definitivo y aún dejan a los colombianos pendientes de las variaciones operativas que puedan sobrevenir.

En el actual período, las fuerzas militares del establecimiento concentran el objetivo fundamental de ataque en la identificación, seguimiento, control y ataque –para eliminarlo– del mando general con nueve miembros de la insurgencia y los comandantes de bloque, frente y “columnas móviles”. Para obtenerlo, concentra unidades de élite armadas con los últimos avances en tecnología militar, transporte rápido y efectivo, artillería aérea de precisión, e inteligencia cibernética y de combate en tierra. La asesoría de ejércitos extranjeros, con disposición tecnológica y la lectura y el análisis de la inteligencia reunida en cientos de vuelos de naves no tripuladas, sobre la geografía de las zonas de guerra, es parte fundamental en los dispositivos de las Fuerzas Armadas.

Exultantes en su estrato alto, prohijadores de un sentido de venganza en la sociedad, los poderosos se reafirman con Santos a la cabeza y Uribe, y en vigilancia y amenaza de vuelta al paramilitarismo en el poder local que domina, que eufóricos de su poder militar hacen discurso sin disposición alguna para abrirle camino a una fórmula de inclusión. Tendría que ser una fórmula que ahorre sangre, y cierre de manera soberana y con beneficio productivo y de renovación democrática el histórico conflicto que hemos tenido que soportar los colombianos. En sentido contrario, la estrategia oficial contiene el riesgo de llevar a las guerrillas al desespero de la sin salida; a una situación que, si bien en algunas de sus estructuras acusa desmoralización (romper su disposición de combate), en su conjunto mayor pudiera conllevar una radicalización que escale el conflicto y al extremo de generalizar actos terroristas.

El Ejército, con experiencia en 60 años de guerra prolongada –con una guerrilla sin retaguardia segura–, y el uso a fondo de sus posibilidades en tecnología y su abismal ventaja y dominio aéreos, orienta su esfuerzo estratégico en romper la moral de lucha de su enemigo. Usa el recurso de sacar de combate, uno a uno, al que parecía ‘invencible’ mando guerrillero, uno de los mitos que durante décadas cultivaron y supieron proteger las farc al no perder a ninguno de sus líderes. Pero hoy, la noche y las capas periféricas de la población, tras el terror paramilitar y el desplazamiento de millones de campesinos, ya no son la protección del guerrillero.

La superioridad aérea y la capacidad de acumular inteligencia por parte de las fuerzas oficiales, llevaron a la guerrilla a dislocar sus fuerzas en infinidad de pequeños comandos, una medida que, así le otorgue agilidad en sus movimientos y neutralice en parte la ventaja aérea oficial, resta en las lejanías el efecto de propaganda y capacidad de atacar a grandes unidades contrarias.

Con previas operaciones cercanas, la decisión de ataque contra el mando rebelde resultó refrendada en la posesión del nuevo Ministro de Defensa: mediante “un proceso de revisión estratégica que nos permita generar un esquema de innovación y nos lleve a conducir una campaña admirable en contra de los grupos armados ilegales, que en tiempo definido cause tal afectación que esto sea irreversible y decisivo” (discurso de Juan Carlos Pinzón. Ceremonia de posesión y reconocimiento de tropas. Escuela Militar de Cadetes, Bogotá, 5 de septiembre de 2011, pág. 5, cursiva nuestra. Cita del editorial del periódico desde abajo número 174). En términos de Clausewitz, un “plan de la guerra cuando el propósito es la destrucción del enemigo”, cuyo principio es “actuar con la mayor concentración” y “tan rápidamente como sea posible” sobre el “centro de gravedad del enemigo” (Capítulo IX, pág. 682).

En este marco real y de correlación sobre el terreno y los teatros de la confrontación, el propósito militar (dentro de una estrategia de control social que impide y/o controla el amplio descontento que se desprende de la insuperable desigualdad social que reina en el país) avanza en el copamiento del conjunto de la geografía nacional, y en la disposición y el apoyo aéreo para combatir con pequeñas o grandes unidades insurgentes.

Los resultados están a la mano: ataque y muerte de Raúl Reyes; muerte de Jorge Briceño, más conocido como Mono Jojoy; ataque contra el campamento de Fabián Ramírez, de quien aún es incierta su suerte final; y el 4 de noviembre de 2011 caída en combate de Alfonso Cano, dirigente durante los tres últimos años de la guerrilla más fuerte de las existentes en Colombia y quien fue atacado en una maniobra que involucró el aerotransporte de 890 soldados profesionales, y la simultánea acción de 30 helicópteros y cinco aviones, artillados y de inteligencia.

En desigual combate, de acuerdo a las versiones del ejército, enfrentó en su último momento a un veterano como Alfonso Cano –con la carga tal vez de los achaques de la vejez–, con un grupo de jóvenes soldados profesionales llenos de vitalidad y dotados de la más moderna tecnología militar (visores nocturnos, armas de alta precisión, radiocomunicación de punta).

Con la noticia de la muerte de Cano, la necesidad de una salida digna y negociada a este conflicto armado adquiere más peso. Así lo reafirman quienes filan en “Colombianos y Colombianas por la Paz”, pero, contrario a su deseo, una posible solución política no los tomará en cuenta, por parte del poder, ni les otorgará espacio para persistir en aspiraciones de cargos electorales. La campaña por la paz requiere protagonismos que sumen de localidad en localidad, con nuevas y renovadas dedicaciones, y que desmotiven los odios de las víctimas. Ojalá ocurra que el conjunto de los sectores sociales asumamos con Sun Tzu: “A un enemigo cercado debes dejarle una vía de salida”.

Con las cifras de pobreza extrema en aumento, el enraizamiento de esta guerrilla en amplios territorios nacionales, y entre campesinos y otros sectores marginados de los programas de inversión pública, le otorga un oxígeno para reproducirse por muchos más años, sin capacidad de asestar golpes estratégicos, es cierto, pero con posibilidades para prolongarse en el tiempo a través de golpes tácticos.

Así las cosas, pudiera ser necesaria una mediación internacional y el nombramiento, por parte de las farc, de un vocero “para el acercamiento” que –en el nuevo perfil de Brasil en el mundo y de Perú en la región– abra y acompañe una mesa –no pública– en un tercer país. Una negociación de tales características, de acuerdo a la correlación de fuerzas, no cambiará en lo sustancial el régimen económico ni las estructuras políticas, pero bien pudiera abrirle una puerta al cese de fuegos de la insurgencia, en una salida digna, hacia una disposición de paz. Darle curso así a una ruta de paz le exige grandeza a quien tiene la iniciativa militar y algunos factores de legitimidad institucional. Pero un mando guerrerista como el actual no hace gala de esta característica.

La posición del Ejecutivo nacional así lo reafirma: “O se desmovilizan, y gozarán de todas las garantías del Estado, o insisten en la violencia, y en tal caso –como a sus ‘cabecillas’– sólo les espera la cárcel o la tumba” (Juan Manuel Santos. Discurso a propósito del ataque contra Alfonso Cano, Popayán, 5 de noviembre de 2011). Sin elementos nuevos ni generosidad de quien vence transitoriamente, tendremos, por tanto, más guerra. Ahora con una perspectiva de radicalización en las variantes de sucesión del mando insurgente, que pudiera optar por una emulación en cuanto a resultados militares como legitimación con hechos de un próximo primer comandante por definir entre los primeros mandos en la línea de batalla: Timochenko, Iván Márquez, Joaquín Gómez.

Consta en forma pública que en el protocolo del anuncio de la muerte de Marulanda y el ascenso de Cano, fue Timochenko quien llevó la voz, hecho evidente de su segundo lugar en la jerarquía, con Iván Márquez tercero en antigüedad y quien ascendió como quinto al Secretariado, ante la muerte de Jacobo Arenas, en 1991. Dos años después, ingresaron el Mono Jojoy y Joaquín Gómez. Al parecer, Alfonso Cano tuvo tiempo para evaluar y analizar un reajuste y presentar un enfoque sobre la continuidad de la guerrilla. Por consiguiente, la asunción de Timochenko o la designación de otro como primer comandante pudieran demorarse.

La sociedad no puede tomarse tanto tiempo para presionar al Estado en pro de una solución política negociada del conflicto que nos desangra desde hace ya seis largas décadas.

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