
En el periódico Arteria* –marzo-mayo de 2008–, José Alejandro Restrepo escribe: “El arte desde el Concilio de Trento aparece como una herramienta fundamentalmente ideológica para contrarrestar los brotes reformistas. Desde entonces en el arte el componente ideológico es evidente”. El arte es importante para la religión. El arte se puso al servicio de la religión, en ella asumió el rol del catecismo.
Vásquez de Arce y Ceballos, que vivió en la Nueva Granada entre 1668-1771, pintó más de quinientas obras con una finalidad catequística. No obstante, el asunto es más complejo cuando Joaquín Gutiérrez (segunda mitad del Siglo XVIII) pinceló exaltando el poder en el Virreinato. Los retratos de los virreyes o del grupo que se encontraban en el poder –y que posaban ante el pintor– coincidían con el artista en cuanto se alejaban de la ironía y de la crítica. Quizá por eso, por ese cruce de intereses, tanto de la religión contrarreformada como del poder del virreinato, la pintura permaneció como anchilla, es decir, sierva para la reproducción de imágenes con fines ideológicos y como sacralización del poder.

José Alejandro Restrepo reflexiona: “Yo creo que estoy circunscribiendo un terreno que me seduce mucho y es el espacio teológico-político. Hay un maridaje entre Dios y Patria, el Estado y el aparato religioso, entre ideologías religiosas e ideología del poder”. Vale aclarar que la servidumbre del arte no es de los últimos tiempos sino que desde la conquista y la colonia el arte ha estado al servicio de la religión y del estado. El arte ha sido utilizado por la iglesia católica para la sensiblería e ideología, como se puede ver en las imágenes de Salomé y San Juan Bautista, como la de San Dionisio portando su propia cabeza y otras prácticas muy violentas que hacen parte de la tradición mítica, como es la de cortar el seno de una mujer (Santa Águeda o Santa Bárbara). Asimismo el arte se ha dedicado a plasmar los “jefes naturales”, los caudillos, los héroes, en un fondo en el cual importa los vestidos, el ornato, pues el rostro no tiene ni gestos ni enigmas. Es curiosa la pintura, en un país donde el Estado no encarna la res publica y la tendencia es al continuo enfrentamiento, la agudización del conflicto social, donde las luchas populares son sistemáticamente ignoradas por artistas.
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El arco comprendido entre el inició de la Regeneración (1886) y la pérdida de Panamá (1903) es el período en que Epifanio Garay se dedica a la pintura. Durante este lapso se gesta la Constitución del 86, las intrigas norteamericanas para favorecer la separación de Panamá y, la intervención en los asuntos internos del país. Sorprende como los pintores se dedican a colorear nostálgicamente, a copiar a los pintores europeos. Marta Traba en Historia abierta del arte en Colombia dice: “Pero de las conflictivas y dramáticas situaciones del país en el mismo período no hay huella alguna en la placidez de los retratos de Garay”. En el Museo Nacional hay un cuadro que me llama la atención: La mujer del levita de los montes de Efraín, cuadro pintado por Epifanio Garay en 1889. Pero, cosa curiosa, Sebastián Villalaz (1879-1919) –quien fuera alumno del pintor colombiano, encontró inspiración en el cuadro de Garay–, dibujó un óleo sobre tela, Colombia asesinada.
Esta obra es una alegoría en la cual Colombia está representada por una mujer desnuda, envuelta en la bandera y, herida mortalmente en el brazo (que puede interpretarse como la pérdida de Panamá) por la lucha fratricida de los partidos políticos: liberal (rojo) y conservador (azul). En la ventana aparece el Tío Sam, en otras palabras, la intervención estadounidense en el conflicto. “I took Panamá” (Teodoro Roosevelt). Al fondo la figura femenina desdibuja la libertad. Es interesante que el artista panameño realice esta pintura de carácter político como crítica del conflicto. Los artistas, de manera especial los pintores, elaboran la obra de acuerdo con las conveniencias, o bien consideran que la pintura no tiene relación con la realidad. En lugar de la pesadilla de la historia es mejor alejarse de ella para alcanzar el arte puro.

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Débora Arango (1907-2005) si bien recibió una educación religiosa en el Instituto de Bellas Artes de Medellín, lo abandonó decepcionada dada la formación convencional que se impartía allí. En Débora se manifestó el espíritu crítico en el cuadro La república.
La República, por estos lares no es la forma de gobierno político que Aristóteles consideró como el sistema caracterizado por el imperio de la ley y la igualdad. La desfiguración de dicha forma de gobierno es abordado por Débora Arango. En el óleo plasma, con figuras goyescas, como la república es devorada por los cuervos, ante la mirada lujuriosa de los lobos. Solo que ante este hecho político –la lucha partidista entre liberales y conservadores– tanto a la derecha como a la izquierda hay quienes manifiestan regocijo ante la presa en que se ha convertido la tergiversada república.
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Daniel Samper Pizano compara el óleo Violencia, de Alejandro Obregón con Guernica, de Picasso y con El grito, de Munch. Desde los años cuarenta del siglo XX, la violencia se recrudeció, ante el retroprogresismo, es decir esa tendencia que considera que los valores se han perdido y que hay que recuperarlos al costo que sea. La pintura Violencia es sugestiva porque no se esbozan ni personajes ni hechos, ni el acto mismo en la cual se dibuja al asesino. Tampoco hay el escándalo de la sangre. Más bien lo que adquiere presencia es esa situación en la cual la vida es negada. La mujer, que yace muerta, se confunde con una colina. Una atmósfera pre-política en la cual el horizonte del pasado, presente y futuro no ofrece otra cosa que el terror. La violencia, un territorio montañoso y sombrío bajo una densa penumbra gris en el cual crece el silencio, la desolación y la hostilidad.

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Fernando Botero bosqueja la mentalidad de quienes consideran que están destinados para conservar el orden y la seguridad. En la Familia presidencial (1967), las figuras fofas, irónicas, estáticas, seguras en sí mismas, esbozan el anquilosamiento de la religión y el Estado, en un continuun donde las instituciones religiosas y estatales constituyen un bloque seguro. La familia presidencial yace en las nubes. Abajo se encuentra de una parte la serpiente de la subversión y el poder demoniaco del mal, que asoma desde el inframundo donde se cuece la realidad áspera. Sin embargo no hay peligro ya que están presentes de una parte el brazo con el báculo espiritual y, de otra parte, la fuerza de las armas. Está plasmado el orden terrenal con la seguridad metafísica.
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Gustavo Zalamea elaboró el fotomontaje del Palacio de justicia (1994). Mientras que en los textos escolares se enseña que el Estado está constituido por tres poderes: el ejecutivo, el legislativo y el judicial, en el fotomontaje se eleva el cuarto poder, pero no se trata del periodismo… sino la bota militar, una ironía, al leer las palabras de Santander estampadas en el frontis del Palacio de Justicia: “Las armas os han dado la justicia, las leyes os darán la libertad”. El decurso de la historia no ha llevado al mundo de la libertad. Más bien las armas se yerguen sobre la justicia y sobre la libertad. Es un sarcasmo que las armas se hallen por encima de la justicia. Tanto guerrilla como gobierno expresan con sus acciones militares el desprecio por la razón, al acudir a la vía armada como única forma de resolver el conflicto.
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En torno a Doris Salcedo hay el debate del compromiso social y político de la artista. Ella misma ha dicho que “el arte siempre está ligado con la política, esté o no esté explícito en la obra, porque lo que hace el arte es abrir espacios y ampliarlos, para que la gente pueda ver, decir, existir, hacer, ser vista y vivir una vida plena”. Con todo, hay quienes se oponen a esta politización del trabajo artístico, pues la obra de arte debe quedarse en el campo estético sin acercarse a la política.
Solo que en lugar de la vida plena lo que se presenta es La grieta. La sociedad no se ha construido en torno a un espacio político sino que en lugar de ello se ha tejido una sociedad agrietada. No hay entonces la naturalidad para que los pasos de quien camina puedan avanzar pues no se sabe en qué momento el piso que se olla se agrieta. Además en la superficie política aparece la grieta que irá creciendo poco a poco. La grieta crea la certeza de que por ahí no se puede caminar. La grieta es la desaparición del camino, el inicio de la desesperanza, que no ha podido disolver el supuesto orden con la ayuda de la metafísica religiosa.



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