La representación de Sartre ha sido de honestidad. Su fuerza radica en su derechura moral, en su carácter incorruptible. El increíble caso de un hombre al cual el paso de los años no lo subsume en fórmulas conservadoras; el de un viejo con ánimos radicales ¿No es esto mismo una paradoja? ¿Acaso no sabemos que las revoluciones siempre fueron hechas por jóvenes?
La honestidad como una representación que requería la absoluta independencia. Ninguna fidelidad incondicional, ninguna capilla que exija demasiada devoción. Sartre era demasiado heterodoxo, su camino fue tan solitario que además de singular, lo hace más interesante a nuestros ojos.
En uno de sus ensayos, Ernesto Sábato mencionó la fealdad de Sartre e hizo un paralelo con Sócrates. Está bien, sobre todo para aquellos que todo lo quieren convertir en una Psicología del conocimiento. Sartre quiso ganar con su inteligencia el rechazo que sentía por su cuerpo. Sin embargo, un hombre para el cual la fealdad nunca fue un obstáculo en la consecución de sus fines ¿debía sentirse resentido? El filósofo gozó del aprecio de muchas mujeres. Dicho aspecto en la vida de Sartre se convirtió casi en un tópico aparte: el Sartre encantado y encantador con las mujeres. Aún recuerdo esa frase sacada de Las palabras: “Mi madre era sólo para mí …yo no tuve que compartirla con nadie” .
La madre de Sartre fue la joven viuda de un militar que murió en Oriente de fiebre amarilla. Y Sartre desciende por vía materna de una familia de alsacianos que lo amaron, de un abuelo que en sus memorias adquiere el perfil de un personaje casi mítico. Nunca tuvo un padre que lo aplastara con cuentas pendientes con la vida, con complejos , con obsesiones. ¿Ya en la niñez aparece el ser humano feliz del cual hablará tanto en su vejez? Es muy probable.
Pero veamos, Sartre es demasiado secular , demasiado fascinado con la vida moderna. En el primer volumen de la serie novelada, Los caminos de la libertad, La edad de la razón , describe con detalles tan precisos el mundo del cabaret que tenemos la impresión inmediata de que lo conocía, sin duda alguna. Claro, tal vez un fenomenólogo de cuño antiguo dirá que Sartre influenciado por dicha escuela tomará distancia de sus objetos e igual los terminará conociendo. Pero no es así, demasiados detalles revelan familiaridad.
¿Porqué un hombre debe sentirse mal con su cuerpo si consigue con creces lo que todo hombre busca? Allá los payasos que en todos los teóricos ven acomplejados y resentidos; allá con ellos que no se aplican a sí mismos la vara con que miden.
Sin embargo, puede afirmarse que este fue el ánimo de Sartre. ¿Acaso Flaubert y Genet no se convierten en objeto de observación? ¿Acaso sus vidas interpretadas por Sartre a la luz de un eclecticismo teórico no contienen las claves de su obra? ¿Acaso el San Genet y El Idiota de la familia no son contrapuntos entre la vida y la obra de un hombre?
Luego de los años cincuenta cuando Sartre se esmera en redactar su Crítica de la razón dialéctica aparece sin duda esta fuerza por la interpretación. Preocupado por un criterio que explique, al mismo tiempo, sus objetos como productos individuales y como productos históricos, se percata de que un método de tales características debía ser un conjunto de métodos, fusionados de modo conveniente. Este es el Sartre menos estudiado, este Sartre está lejos de los clichés que envolvieron su obra durante mucho tiempo, como “filósofo de la angustia” o “de la mirada” o “del compromiso”.
El Sartre de Crítica de la razón dialéctica , como aspirante a una totalización, está perdido como todos aquellos que lo han intentado. El último intento totalizador auténtico está formulado por Habermas y desde referencias diferentes. Pero casi todos han renunciado a la totalización de la que tanto se habla.
Pero ¿Quién ha dicho que el acercamiento a un objeto desde una teoría de bases cuestionables está negado desde un principio? No es así, sin duda. Hemos huido de la intolerancia no para caer en otra intolerancia. A pesar de las deficiencias metodológicas, Sartre posee una enorme imaginación, una perspicacia sorprendente y un rigor envidiable.
Por desgracia, su obra ha sido devorada por una cierta moda de derechas que ve sus apuestas como falacias infantiles, que ve sus acciones como poses y que nos hace sentir que el escritor francés pertenece a una prehistoria remota.
Sin embargo, en Sartre creemos encontrar un dramaturgo diestro y , sobre todo, un intérprete notable. Este último me parece sugestivo. Aún los textos sobre Genet o sobre Flaubert pueden ser leídos como productos intelectuales vigorosos. Lo demás, será una justicia hecha por el tiempo.
¿Qué es el existencialismo?
Cuando se habla de existencialismo comunmente se piensa en Jean Paul Sartre: filosofo, novelista, cineasta francés fundador de la revista “Les Temps Modernes”. Pero esta escuela filosófica no es creación suya.
Esta corriente se pregunta, en lo esencial por lo humano: ¿qué es lo humano? y, ¿cómo llegar a saber qué es?
Esta escuela de pensamiento comenzó con el danés Soren Kierkegaard (1813-1835) que reconoce la profundidad de la libertad humana como un ejercicio con elementos angustiosos y patéticos, pero que le permite la conquista de uno mismo. Kierkegaard funda una escuela a la que pertenecen Jaspers y Gabriel Marcel.
Para Sartre hay dos clases de existencia: pensamiento “en sí” y extensión “para sí”. El hombre es siempre libre, pero debe poner en funcionamiento esta posibilidad, esa facultad extraordinaria. Si en vez de actuar “para sí”, se mantiene en una posición estática. es decir, “en sí”-, habrá de arriesgar fatalmente esta libertad y perderla. Su posición significa actuar para construirnos “Somos lo que hacemos”. Nuestro destino depende de nosotros, no hay ningún hombre previamente determinado. A él es a quien corresponde hacerlo, a través y mediante sus actos.
En principio el hombre es muy poco, irá siendo algo dependiendo de como construya y haga uso de su libertad. Aunque ella esté limitada por circunstancias como nacionalidad, género, profesión, educación, etc. Necesitamos conocer qué nos determina, ser concientes, para tomar una decisión y ejercer nuestra libertad.
Si somos indiferentes a vivir a merced de las circunstancias como hojas al viento. Significa algo parecido al suicidio por nuestra inutilidad, sensación de impotencia a la solución de nuestros problemas por sentirnos incapaces de superarlos o por lo menos no actuar para hacerlo. A la responsabilidad de ir definiéndonos a través de actos se experimenta fatalmente la angustia, como el reto de aclarar las novedades nebulosas que se nos presentan.
El existencialismo es una corriente que nos compromete con el ejercicio de tomar las riendas de nuestra vida, no hacerlo es un acto de cobardía, escusado en la espera de un mesías que no vendrá. Conviene pues afrontar nuestra libertad y construirnos como seres que existen, condición que nos diferencia de los animales. No hacerlo implica renunciar a nuestra condición humana.


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