1.- Industrias nacientes. Me explico. El auténtico artífice del moderno proteccionismo fue Alexander Hamilton primer ministro de hacienda americano en la administración de George Washington. En su informe Report on manufactury sienta los principios de la protección de las empresas nacientes y por nacer. No para proteger lo maduro y existente capaz de competir.
En franca disputa, la radical posición del veterano hombre de negocios Alexander Hamilton obliga al intelectual y latifundista sureño Thomas Jefferson, ministro del interior, a retirarse del gobierno. Treinta años más tarde la sangrienta guerra civil dirimiría aquél pleito en favor del proteccionismo radical que campearía luego durante siglo y medio.
Los norteamericanos saben lo que negocian. Los colombianos no, pese a las pifias históricas de los radicales liberales decimonónicos recocidas por el general Uribe Uribe, como canciller de
Sólo alcanzada una enorme solidez industrial, tras
De aprobarse en el Congreso y en
2.- El dumping. El pleito sobre la agricultura subsidiada (granos, arroz, maíz e indirectamente la avicultura y la ganadería) es una simple legalización del perseguido dumping, es decir la exportación de productos por debajo de su costo. Brasil despachó la propuesta del Alca con una simple frase: “primero que se dirima ese asunto en
Quizá
Y si de reciprocidad se trata, por qué se echó al olvido la apertura del 92 en la que Hommes tumbó los aranceles del país de un promedio de 28% al 11% (2). Rebaja que favorece con amplia ventaja a nuestro primer socio comercial, los Estados Unidos. Ahora se amenaza con suspender el Attpa como si fuera una graciosa concesión a propósito de la lucha contra el narcotráfico.
3.- Adiós patria grande. El nuevo despertar de la integración latinoamericana y los avances realizados en el Grupo Andino se convertirán en letra muerta. En efecto, la desgravación aduanera entre los países andinos y el arancel externo común para terceros busca de tiempo atrás ampliar el mercado para hacer posible industrias cuyo tamaño ofrezca las llamadas “economías de escala” y además que ofrezca una posterior competitividad exportadora. Se trata de profundizar la industrialización hacia bienes intermedios y de consumo como lo hicieran Brasil y Corea en la década de los setenta, cuando Currie embarcó a Colombia en la construcción de vivienda y Upac.
Pero en la puerta del horno se quema el pan y los Estados Unidos logran como por encanto en un año de conversaciones lo que no han logrado en más de cuarenta años de presión contra
Adiós al Arancel Externo Común Andino que habría consagrado un mercado notable como la mitad del territorio y de la población brasileña, apto para profundizar la industrialización.
Hecha esa tronera en el arancel externo común, la futura especialización corre por cuenta del sector primario, ahora declarado “sector sensible”, sin anotar que petróleo, carbón y níquel no están obligados a reintegrar divisas, salvo las pocas que requieren para pagos en pesos de los gastos internos en explotación y pagos de impuestos (menos las ventas internas, claro está).
Ha-Joon Chang (3) hace un recuento riguroso de cómo los países ahora industriales se valieron de proteccionismo sistemático y por ello recuerda la cruel paradoja expresada por Friedrich List –el economista alemán del siglo XIX, considerado el padre de la teoría de la protección de las “industrias nacientes”– cuando afirma que la prédica anglosajona a favor del librecambio trae a la memoria la contradictoria actitud de quien, una vez en lo alto, arroja al piso la escalera para evitar que otros suban (kicking away the ladder). Los hombres del FMI vuelven sin embargo a la carga con la misma actitud. Lo dramático no es negociar aranceles sobre los sectores existentes sino borrar de un plumazo el futuro desarrollo industrial.
En efecto, los neoliberales latinoamericanos partidarios del librecambio obtuvieron significativas victorias en las dos últimas décadas, pero a la postre el endeudamiento externo producto de tales aperturas, termina en graves crisis, como
Aunque el derrumbe del comunismo en 1991 abrió grandes espacios al librecambio; los malos resultados generales y los augurios de crisis recurrentes de los países en desarrollo auguran una vuelta al proteccionismo.
Breve recuento
En la década de 1990 se firmaron importantes tratados regionales, entre ellos el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC) que reúne a Canadá, Estados Unidos y México. Las negociaciones del ciclo Uruguay del Acuerdo General sobre las Tasas Aduaneras y el Comercio (GATT, en inglés), concluidas en Marrakech en 1994, desembocaron en 1995 en la creación de
Pero los librecambistas no se considerarán satisfechos. Los representantes de los países desarrollados siguen presionando en
Los neoliberales partidarios del librecambio dicen marchar con la dinámica de la historia. Según sus discursos esa política es la que ha vuelto ricos a los países desarrollados. De allí su radical crítica a los países en desarrollo que se niegan a adoptar la receta. Sin embargo, nada está más lejos de la verdad. Los hechos históricos son inapelables: cuando los países actualmente desarrollados aún no lo eran, jamás aplicaron ninguna de las políticas que ahora aconsejan. Gran Bretaña y Estados Unidos son quienes se encuentran a mayor distancia entre aquel mito y la realidad.
Gran Bretaña, para empezar, no es en absoluto ejemplo del librecambio que se pretende. Todo lo contrario: ese país utilizó de manera agresiva políticas dirigistas –y en ciertos casos hasta las inventó– para proteger y promover sus industrias estratégicas. Aunque de alcance limitado, esas políticas datan del siglo XIV (Eduardo III) y del siglo XV (Enrique VII), en relación con la principal industria de entonces, la lana. El país exportaba en esa época la fibra bruta a Holanda, situación que diversos monarcas se esforzaron en modificar, fundamentalmente a través de medidas de protección de las manufacturas nacionales por medio de tasas a la exportación de lana bruta y provocando la “fuga” hacia Gran Bretaña de obreros calificados holandeses (4).
Entre 1721 –política comercial por Robert Walpole– y la abrogación de la ley sobre el trigo, en 1846, el reino practicó una política comercial particularmente voluntarista: protecciones aduaneras, reducción de tarifas para insumos importados de las exportaciones y el control estatal de calidad para exportaciones. Hoy se cree que son invento Japonés, pese a su origen inglés. En ese período Gran Bretaña protegió mucho más sus industrias que todos los otros países europeos, incluida
Exitosa la pionera estrategia británica para promover a gran escala sus “industrias en período de infancia”, pero es Estados Unidos, el campeón como “patria y bastión del proteccionismo moderno” (5). Elaborada la teoría por Alexander Hamilton, secretario del Tesoro del presidente Washington (de 1789 a 1795), en contra del secretario Thomas Jefferson, numerosos intelectuales, políticos y combatientes patriotas no dudaron en sellar con sangre el “derecho de hacer y construir patria” en la cruenta guerra civil. Allí se transó hasta después de la segunda guerra mundial, el principio proteccionista y la abolición de la esclavitud (6).
1 Con inmensa ingenuidad o con imperdonable mala fé, en la separata TLC de Presidencia de
2 Ver en Rudolf Hommes: “Memoria al Congreso Nacional 1993 – 1994” Ed. Minhacienda, Bogotá, 1994 pg.8
3 Ver versión completa del artículo en Le Monde diplomatique Junio 2003.
4. En un libro casi olvidado, A Plan of the English Commerce (1728), Daniel Defoe, el autor de Robinson Crusoe, muestra como los Tudor, particularmente Enrique VII (1485-1509) e Isabel Il (1558-1603) dotaron a Inglaterra –durante mucho tiempo dependiente de sus exportaciones de fibra bruta a Holanda– de la más poderosa industria de lana del mundo, gracias a la intervención deliberada del Estado.
5 Esas leyes –votadas en 1815 por un Parlamento dominado por la aristocracia terrateniente, y a pesar de la oposición de los industriales y de la burguesía urbana– imponían tasas aduaneras muy altas a las importaciones de trigo del continente.
6 John Garraty y Mark Carnes, The American Nation. A History of the United States, décima edición, Addison Wesley Longman, Nueva York, 2000


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