Todas las universidades, en el país y en el mundo, cada vez más, han optado por asignarle una importancia mayor a la escritura y la publicación de artículos sobre la de libros –todo en nombre del prestigio que representa que una universidad esté registrada en alguno de los rankings internacionales. El más famoso de todos, el Ranking de Shanghai, que cada año en agosto publica la lista de las 500 más importantes universidades en el mundo.
Colciencias, una vez más, acríticamente, opta por entrar en la tendencia mundial de valoración de artículos como más importantes –léase más prestigiosos, de mayor impacto, de la más alta calidad científica– por encima de los libros. En el futuro inmediato, la reclasificación de los grupos de investigación se hará atendiendo principalmente a la publicación de artículos, en particular ISI y SCOPUS, y cada vez más también atendiendo al factor de impacto de las revistas. Las demás bases de datos (Scielo, Redalyc y otras) quedan gradualmente relegadas.
Sirven y servirán como escalones, por así decirlo, para que, de un lado, las revistas puedan acceder a mayores y mejores estándares de calidad mundial; y, de otro lado, para que los propios investigadores, en el camino de su mejoramiento, vayan escribiendo artículos en revistas que permiten ver paulatinamente un mejoramiento en la calidad intelectual e investigativa de los propios investigadores. Como quiera que sea, poco a poco, todo pareciera indicar que el peso –por ejemplo, los reconocimientos y los incentivos en dinero, en puntos, en escalafonamiento y demás, en el contexto de la academia– de los libros disminuye o tiende a disminuir ante la importancia de los papers.
La tendencia a priorizar y sobrevalorar los artículos científicos sobre los libros olvida que éstos son el fundamento mismo de la civilización. Y no me refiero sólo a la civilización occidental. K. Clark puso suficientemente en claro los elementos civilizadores en la historia de la humanidad. Y los libros no ocupan justo el último lugar (si no, vale recordar el exiguo lugar que le asigna a España en el papel civilizador de la historia humana). A su modo, T. Cahill recuerda cómo los irlandeses logran salvar la civilización occidental gracias a la traducción y el cuidado de los libros, con una historia casi tan larga y profunda como la familia humana. Autores notables desde S. Zweig hasta R. Vecchioni, por ejemplo, ensalzan en forma inteligente la cultura del libro.
Frente a los libros, sólo la voz de Sócrates-Platón se elevó para oponerse a la escritura como registro de la memoria, desplazando la importancia y el papel de la oralidad. Entre tanto, hemos descubierto diversas formas de escritura, y la impresión, primero física y luego, si se quiere, también digital de libros, ha acompañado los más apasionantes momentos de renovación y revolución en la historia de la especie humana. Los estudios de J. Needham acerca de la sociedad y la civilización china no son tímidos acerca de la importancia de la escritura y la publicación, estudio y discusión de libros y textos. R. Wenke, entre otros, ha hecho, guardadas proporciones, lo mismo para el antiguo Egipto. La historia puede extenderse a voluntad sin dificultad alguna. Y en todos los casos los libros han acompañado activamente los procesos más democratizadores en la historia de la humanidad, en el sentido filosófico de la palabra.
La historia de la importancia de los papers se dispara desde comienzos del siglo XX, notablemente gracias al trabajo de lógicos y matemáticos (Peano, Dedekind, Zermelo, Gödel, Tarski, Turing, por ejemplo); y ello para no mencionar el famoso “año mágico” cuando Einstein escribiría y publicaría los cinco papers que cambiarían la historia de la física hasta entonces, y con ella la imagen clásica del universo y la realidad.
Desde entonces, el progreso en el conocimiento –fenómeno absolutamente maravilloso y lleno de vitalidad– se lleva a cabo, sobre todo en ciencia, en la forma de artículos científicos. Con una notable excepción: el surgimiento de la geometría de fractales, gracias al voluminoso libro que B. Mandelbrot publicara en 1977.
El ritmo y la aceleración del conocimiento (megas, gigas, teras, petas, exas, etcétera) constituye sin lugar a dudas el factor desencadenante de la importancia de los papers. La vitalidad del conocimiento, más que el simple impacto, es el tema de base de la producción, hiperbólica más que exponencial, de papers en el mundo, es decir, de artículos científicos. China ya ocupa el segundo lugar, y en varios campos ya se asoma al primero en la producción de artículos científicos, por encima de potencias culturales tradicionales, como Francia, Alemania, Inglaterra o Japón. Y Brasil no se queda atrás. Estados Unidos ya sabe perfectamente del ocaso que tiene también en este plano.
Asistimos, a todas luces, al mismo tiempo y por el mismo camino de la incentivación y la proliferación de papers, a la taylorización del conocimiento, o sea, a la producción rápida, especializada y fraccionada de conocimiento. Con todo y que manifiestamente el estado del arte (the state-of-the-art) pasa y se funda principalmente en la serie de artículos más recientes que permiten dar una mirada acerca tanto de la historia reciente del conocimiento como de los avances y las tendencias en el mundo en general.
Lo cierto es que el tiempo de escritura y de lectura de un libro es perfectamente distinto del de un paper. El punto aquí, sin embargo, no es el ataque a los papers, y a las políticas académicas, administrativas y financieras que sostienen y promueven la producción de artículos en beneficio de los rankings universitarios. Por el contrario, es motivo de reflexión la desproporción que desplaza literalmente a lugares secundarios a, quizás, el mejor valuarte de civilización: los libros.
H. Poincaré sostenía con acierto que los grandes gobiernos y gobernantes pasan a la historia gracias a la producción de ciencia, arte y filosofía que han promovido. Lo demás queda sólo, en el mejor caso, como anécdota. Si es así, los buenos gobiernos promueven pensamiento, ciencia, filosofía y arte como la promoción misma de una cultura de libros. Sí, al lado de las cada vez más importantes y necesarias bases de datos.
En el caso colombiano, con contadísimas excepciones, todas las universidades han determinado valorar en incentivos académicos, puntos, económicos y administrativos, más y mejor a los papers que a los libros. Esto se ve reforzado negativamente por, en algunos, la edición casi clandestina de libros y la circulación local, léase nacional, de los mismos; cuando ello tiene lugar. Me refiero a tirajes limitados, acaso con el argumento de la digitalización de los libros. El crecimiento de la importancia de los papers es inversamente proporcional a, digamos, la ‘clandestinización’ de las ediciones de libros por parte de las universidades.
Al respecto, es conveniente recordar un contaste fuerte en el siguiente sentido: mientras en Estados Unidos y Europa la consagración de un autor (académico) tiene lugar cuando publica libros en prestigiosas editoriales universitarias (Cambridge, Oxford, MIT, Harvard, Chicago, por ejemplo), en nuestros países sucede lo contrario. Se trata de reconocimiento cuando se publica con editoriales comerciales y no con universitarias. À la limite, se trataría entre nosotros de coediciones entre universidades y casas comerciales.
La enorme dificultad estriba en los tiempos enormes que tardan las más prestigiosas editoriales comerciales desde que reciben, evalúan, admiten, corrigen y finalmente publican un libro. La celeridad de las ediciones universitarias es comparativamente muy favorable para los autores académicos. El costo: la poca o muy limitada circulación de los libros universitarios.
En este estado de cosas, son sorprendentes dos fenómenos. De un lado, el espíritu acrítico de la academia en general hacia esta tendencia, nacional e internacional, que resalta a los papers sobre los libros. Todos, sencillamente, “están haciendo la tarea”. Se olvida, sin embargo, que el prestigio de las universidades no se traduce necesariamente en prestigio de los profesores y los investigadores, mientras que lo contrario sí sucede: profesores e investigadores destacados le aportan prestigio a las universidades. De otra parte, es asombroso el silencio atronador de los académicos hacia su hacer diario. Y entonces, el acatamiento, acrítico y pasivo, que favorece la producción de papers en desmedro de la escritura, estudio y debate de libros por parte de los académicos. Paper mata libro.
En el campo de las ciencias sociales y humanas, particularmente, se acusa el hecho de que esta tendencia obedece al desplazamiento de las humanidades en general. M. Nussbaum puso hace poco el dedo en las humanidades como estudios y conocimientos sin fines de lucro y su importancia para la democracia (una vez más, en sentido filosófico), a diferencia de las ciencias y las tecnologías (= ingenierías). La voz crítica de C. P. Snow no parece haber sido suficientemente escuchada, y las dos culturas se distancian al parecer cada vez más.
Los libros constituyen la memoria de la civilización; el debate acerca de si papers o libros parece cobrar, a todas luces, el aire de un debate generacional. Los jóvenes, más acostumbrados a una lectura digital y a lecturas rápidas y ritmos cada vez más vertiginosos, conocedores de dispositivos como el Kindle, Iphone, Ipad y las “nubes”. Los más viejos, al disfrute de bibliotecas físicas, el amor por los libros y la historia que pasa por los incunables, los códices, las librerías de segunda y los anticuarios, las ediciones y las traducciones diversas.
La academia en general y las universidades en particular pueden y deben promover la cultura de escritura, debate y publicación de artículos científicos. Qué duda cabe. Pero la tozudez de desplazar a lugares secundarios los libros le hacen un flaco favor a los vínculos universidad-sociedad, para no hablar de sociedad-empresa o universidad-gobierno.
La industria de producción de papers es robusta y creciente. A todas luces ha desbordado a la industria de producción de libros. Los académicos leen cada vez más artículos especializados que libros, y manifiestamente escriben cada vez más papers que libros. Pero, entre otras cosas, es porque deben responder a las presiones selectivas que así lo favorecen o lo imponen. Se salvan de estas tendencias la poesía, la literatura, el ensayo y las artes (incluida la estética). Las demás ciencias y disciplinas terminan por acomodarse a la taylorización mencionada. O, por lo menos, tal es el estado de la situación, hasta ahora, en la corriente principal de la academia.
Sin los libros, nuestra civilización puede perecer. Salvo por contados y sumamente importantes artículos científicos, lo mismo no se puede decir necesariamente de la ingente producción de papers. Sin alarmismos, Fahrenheit 451 –tanto en la versión original de R. Bradbury como en la película de Truffaut– es como una espada de Damocles que pende sobre todos.
El tema, sensible, de la lectura de libros a raíz, por ejemplo, de cada Feria anual del libro, no es ajeno al del consumo de libros. Con todo y la experiencia de trueque de libros en algunos lugares y momentos. La cultura de papers en general se asemeja, en el mejor de los casos, no obstante buenos logros como los de Jstore, a una memoria RAM de la humanidad, esto es, memoria de corto plazo, efectista y de impacto. Los libros, en contraste, constituyen la memoria de largo plazo. Y por consiguiente, la imaginación y la fantasía de largo alcance, sin la cual no hay historia ni vida ni futuro.
*Profesor titular Universidad del Rosario



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