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Un país ebrio de posibilidades

Hernando Sánchez

Hernando Sánchez¿La revolución termina cuando el dictador ha sido derrocado? En Túnez, en momentos en que más de cien partidos políticos, en su mayoría desconocidos, buscan hacerse un lugar en  la Asamblea Constituyente que surgirá de las urnas el 23 de octubre, todo parece posible, todo parece abierto. La Asamblea elegida podrá hacer valer una impecable legitimidad democrática: escrutinio proporcional, paritario (aun cuando 95% de las cabezas de lista son hombres); regulación rigurosa de los gastos de campaña, de las encuestas, de la publicidad política. Representativa, la Constituyente será también soberana. Determinará el equilibrio de los poderes, la forma del régimen (presidencial o parlamentario), el lugar de la religión en las instituciones del país e incluso, si lo desean los constituyentes, el rol del Estado en la economía. Júbilo y vértigo de la página en blanco; esperanza de una democracia árabe y musulmana: “Si esto no prende aquí, no prenderá en ningún lado”, resume ante nosotros una militante del Polo Democrático Modernista (PDM), bastante confiada en las capacidades de Túnez para conservar su papel de avanzada de la región.

El 23 de octubre, las mesas de los colegios electorales de Bizerta deberán ser muy numerosas, o muy grandes. En efecto, el elector será llamado a elegir entre sesenta y tres listas, la mitad de las cuales se proclaman “independientes” de los partidos (ver “Escrutinio…”, 21). ¿Cómo orientarse, cuando las profesiones de fe de la mayoría reciclan hasta el infinito las mismas palabras equívocas: “identidad árabe-musulmana”, “economía social de mercado”, “desarrollo regional”, “Estado estratega”?

“El cursor de la revolución está en el centro izquierda”, zanja no obstante Nicolas Dot-Pouillard, investigador del International Crisis Group, que ha publicado varios informes sobre Túnez (1). Los caciques venidos a menos del partido único de Zine El-Abidine Ben Ali (Agrupamiento Constitucional Democrático, ACD), como Kamel Morjane, se califican en efecto como centristas, al igual que sus antiguos adversarios del Partido Democrático Progresista (PDP), agrupados detrás de Nejib Chebbi. “Pero centristas también somos nosotros”, parecen replicar los islamistas de Ennahda (“Renacimiento”) así como sus principales rivales laicos, los ex comunistas de Ettajdid (“Renovación”), que sin embargo dicen ubicarse en el centro izquierda. Incluso el Partido Tunecino del Trabajo (PTT), fundado por cuadros dirigentes de la Unión General Tunecina del Trabajo (UGTT) se ubica en este segmento, cuando la central sindical acaba de cumplir un papel clave en una revuelta social…

¿Parece confuso? Lo es. La herencia benalista también tiene su peso: el ACD era a la vez económicamente liberal, políticamente policíaco y miembro de la Internacional Socialista.

Al menos, la identidad política de los grandes partidos –la personalidad de sus dirigentes puede parecer fluctuante (2)– es más o menos conocida. Difícil decir lo mismo de la fantasmagórica Unión Patriótica Libre (UPL), fundada en junio pasado por un hombre de negocios instalado en Londres y que hizo fortuna en Libia, Slim Riahi. Opuesto a la limitación de los gastos políticos, que asimila a una maniobra destinada a impedir el surgimiento de nuevas fuerzas –como la suya, a la que no parecen faltarle recursos–, Riahi eligió como portavoz a un diplomado en management de la Universidad París-I, presidente de un grupo de empresas. Éste acaba de presentar el programa del partido: “Nuestro modelo de desarrollo se basa en la participación popular, la economía de mercado con más equidad social, la dignidad y el empleo para todos, y el desarrollo regional”. La UPL velará, por cierto, por el “mantenimiento de la identidad árabe-musulmana del país”, sin por ello olvidar su “identificación con los valores universales” (3).

Es posible imaginar que después de haber tomado conocimiento de compromisos tan impecablemente precisos, los electores sabrán lo que deben hacer. Por si acaso, la presencia del ex futbolista Chokri El Ouaer como cabeza de lista de la UPL para la región de Túnez debería descongelar sus votos. 

Cambios, y no tanto…

La UPL no constituye más que uno de los numerosos avatares de estas formaciones creadas desde cero y que pretenden saborear las mieles de una democracia que no les debe nada. Nadie puede excluir que en un mes, tras las elecciones, o en un año, al término probable de los trabajos de la Constituyente, algunos de los que menos participaron en el derrocamiento del régimen de Ben Ali, porque se habían beneficiado de sus prebendas, resurjan a un primer plano. Les alcanzará con explicar –ya lo están haciendo– que el desorden debe cesar y el trabajo debe recomenzar, que todo ha cambiado ya y que es suficiente porque el tirano ha caído. La revolución francesa de febrero de 1848 se asocia al nombre de Alphonse de Lamartine. Ahora bien, diez meses después de la proclamación de la República, el escritor y ex ministro de Relaciones Exteriores se presentó en la elección presidencial y obtuvo sólo 21.032 votos. Luis Napoleón Bonaparte, candidato de los monarquistas y del partido del orden, se adjudicaba… 5.434.226 votos.

Hamma Hammami, dirigente del Partido Comunista Obrero de Túnez (PCOT) no descarta una restauración de este tipo. Es por ello que, mientras las redes sociales hierven de rumores sobre los tejemanejes en ese sentido de un “gobierno en las sombras” en el que hombres de negocios ligados al antiguo régimen manejarían los hilos, no deja de repetir que “la revolución debe continuar”. Hammami explicaba el 9 de septiembre pasado en Lassouda, pequeña comunidad agrícola situada a ocho kilómetros de Sidi Bouzid, allí donde en diciembre de 2010 se prendió la mecha de las revueltas árabes: “Las riquezas tunecinas han sido confiscadas por ladrones. Ahora podemos expresarnos, pero la vida cotidiana no ha cambiado. La revolución debe continuar para garantizar el bienestar de la mayoría de la población. Algunos tienen medios como para viajar a Estados Unidos, otros no tienen ni para comprar una aspirina. Resolver el problema del agua no costaría ni el 1% del dinero robado por Ben Ali”.

Este “problema del agua” había sido expuesto un poco antes por un campesino: “Desde 1956 [fecha de la independencia] no hemos obtenido nada de los sucesivos gobiernos, ni agua potable ni infraestructuras. Lanzaron ‘estudios’ que no concluyeron en inversiones. Inauguran proyectos que no terminan nunca”. De hecho, 7.000 habitantes de la región de Sidi Bouzid dependen de un conducto de agua precario que bordea la ruta, que no deja de romperse o reventar. La perforación de un pozo prometedor fue interrumpida y su brocal rellenado con cemento en cuanto las autoridades se dieron cuenta de que tendrían que perforar la roca para llegar a una napa de agua dulce.

La efervescencia electoral les ofrece entonces a los habitantes una ocasión para reclamar créditos para el desarrollo, un liceo secundario, un dispensario y rutas en buen estado. La región, rica en productos agrícolas (aceitunas, pistachos, almendras), está habitada, sin embargo, por una población pobre. Algunos campesinos se amontonan aún en casas de ladrillos grises, miserables y minúsculas, durmiendo en el suelo mismo sobre “colchones” de espuma de tres centímetros de espesor. Las bellas mansiones de La Marsa y los palacios de Cartago parecen muy lejanos. Una boleta para elegir la Asamblea Constituyente, ¿permitirá sancionar a los responsables corruptos del antiguo régimen, desmantelar su obeso aparato policial, reabsorber la marea ascendente del desempleo y poner en marcha la “discriminación territorial positiva” que recomienda Moncef Marzouki, militante de los derechos humanos y presidente del Congreso Para la República (CPR)?

Aunque descuidada por el poder, Lassouda cambió desde 1956. El café de la esquina posee una conexión rápida a internet; todos, o casi todos, parecen tener un teléfono celular; la mayoría de los jóvenes utilizan Facebook, y a veces también sus padres. Cuando el campesino con turbante expone sus problemas de agua potable a la delegación del PCOT, la escena se parece a un grabado antiguo hasta el momento en que el repique de su teléfono celular interrumpe el relato de sus reclamos; su vecino se distrae también, pero con un mensaje de texto que le envía su hijo que vive en París. El cambio parece menos claro en otros ámbitos. Durante el encuentro, organizado bajo un sol de plomo, algunos espectadores se resguardan bajo dos toldos de tela: uno destinado a los hombres, el otro a las mujeres y los chicos. El público es ampliamente masculino.

Hammami debe tomar partido, una vez más, con relación a la religión. “Es un tema tramposo”, comenta en voz baja un militante. La respuesta –“Los tunecinos son musulmanes. Eso no es un problema: nosotros defendemos las libertades individuales, de creencia, de expresión”– suscita un pequeño murmullo. El jefe comunista agrega entonces: “El partido no está contra la religión ni contra las mezquitas. Cuando Ben Ali fue a La Meca [en 2003, para cumplir con su peregrinación], tenía lágrimas en los ojos. Y, sin embargo, era un ladrón…”. El público ríe y aplaude esta evocación magrebí de Tartufo.

Más tarde, Hammami completa sus dichos ante nosotros: “El yerno de Ben Ali, Sakhr El-Materi, compró un gran terreno y le dio a cada camino que atravesaba su propiedad uno de los 99 nombres del Profeta. Fundó el banco islámico Zitouna. Y creó una radio con el mismo nombre que sólo pasaba programas religiosos. Cuando [el sheik Rached] Ghanuchi [dirigente del partido islamista] huyó de la represión de Ben Ali, ¿dónde encontró refugio? En el Reino Unido, un país laico. Cuando el laico Ben Ali huyó de la revolución, ¿dónde se refugió? En Arabia Saudita… Este recuerdo vale por todas las lecciones teóricas”. En particular cuando todos prevén que los islamistas van a constituir el partido más importante de la próxima Asamblea Constituyente.

Entre Ataturk y Bourguiba

Uno de los dirigentes de Ennahda, Ali Laaridh, admite que la represión policial y el exilio modificaron la perspectiva de sus hermanos de lucha: “Sufrimos exacciones. Sabemos lo que significa la violación de los derechos humanos. Hemos vivido en cincuenta países extranjeros. Y hemos aprendido lo que es la democracia, los derechos de la mujer. Entonces, hay que juzgarnos en base a nuestro itinerario. Y observar cómo vivimos, nosotros y nuestras familias: mi mujer trabaja, mis hijas estudiaron, una de ellas no lleva velo”. ¿Es suficiente esto para eliminar las dudas relativas al “doble discurso” que se les imputa a los islamistas? Abogada de los opositores perseguidos por el antiguo régimen, Radhia Nasraoui se preocupa por ejemplo por “reuniones de Ennahda donde se ven banderines que proclaman: ‘¡Ninguna voz puede elevarse por encima de la voz del pueblo musulmán!’”. Y observa: “Entre lo que cuentan los dirigentes y lo que hacen algunos miembros, hay una brecha importante”. A falta de ser plenamente tranquilizadora, la réplica de Laaridh parece llena de sentido común: “No tendrá ninguna garantía previa de que ningún partido sostenga todo lo que ha dicho…”.

Algunos dirigentes de Ennahda, preocupados por mostrar que han operado su cambio democrático, se refieren cada vez con mayor frecuencia al “modelo turco” de Recep Tayyip Erdogan, que acaba de ser calurosamente recibido por los islamistas tunecinos (4). La analogía es tentadora y esclarecedora. En ambos países, un jefe carismático (Mustafa Kemal Ataturk y Habib Bourguiba) privilegió –y luego impuso– una modernidad que separa los ámbitos de lo político y lo religioso. Ésta se inspiró incluso, a veces explícitamente, de referencias racionalistas occidentales.

Al tiempo que niegan querer cerrar este “paréntesis”, la mayoría de los islamistas tunecinos piensan que, así como Ataturk “desorientalizó” Turquía, Bourguiba “desarabizó” Túnez. Lo que equivale a decir, lo acercó demasiado a Europa. El programa de Ennahda, que no cuestiona ni el liberalismo ni la apertura comercial propone entonces un nuevo equilibrio entre los inversores y operadores de tours occidentales y los “islámicos”, provenientes de la región o del Golfo.

¿Todos hablan de democracia? Laaridh reclama entonces que se le otorguen a la Constituyente “libertades sin límites”, es decir, que disponga de “la posibilidad de echar mano de las referencias religiosas, árabe-musulmanas”. Con Bourguiba, se lamenta, “el Estado impuso y forzó una evolución hacia la racionalidad”, un poco a la manera del “sistema soviético”. Para él, no se trata de cuestionar lo adquirido en los últimos cincuenta y cinco años, sino de objetar que debería haberse realizado “con un costo menor”.
Los islamistas juegan sobre terciopelo. Seguros del impacto de un discurso moralizador en un país donde fueron desviadas fortunas por el clan Ben Ali, Ennahda no tiene nada que temerle a un debate que lo enfrentaría con “erradicadores” occidentalizados que viven en barrios de alto nivel. Para ellos, en cambio, el peligro es grande. “Durante un siglo, fueron la flor y nata cultural del país –resume Omeyya Seddik, un militante de izquierda, otrora miembro del PDP–. Ya no serán más que una entidad residual. Se juegan su vida en este asunto.”

El arte de la dialéctica

El artículo 1 de la actual Constitución es objeto de controversias infinitas. Fue redactado con cuidado por Bourguiba: “Túnez es un Estado libre, independiente y soberano; su religión es el islam, su lengua el árabe y su régimen la república”. Voluntariamente equívoco, este enunciado constata que Túnez es musulmán. Pero también se lo podría leer como prescribiendo esa situación, lo que haría del Corán una fuente de derecho público. En este estadio, suprimir la referencia religiosa indignaría a los islamistas; precisarla podría inquietar a los “laicos”. Lo más probable es que el texto actual sea conservado. “La discusión sobre el artículo 1 fue lanzada por los islamistas para ponerle una trampa a los laicos –piensa Hammami–. Y cayeron en la trampa. Mientras que la buena respuesta era: ¿por qué quieren ustedes subrayar la naturaleza musulmana de Túnez? ¿Con qué propósito? ¿Para aplicar la sharia? ¿Para cuestionar la igualdad entre hombres y mujeres? Cada vez que se plantearon estas preguntas, los islamistas retrocedieron.”

Los socialistas del Foro Democrático para el Trabajo y las Libertades (FDTL) también rechazan dejarse encerrar en el terreno religioso. Cuando defienden el código del estatuto de las personas que, dejando la herencia de lado, otorga a las mujeres derechos iguales a los de los hombres, lo presentan como un elemento fundamental de la identidad nacional, no como una imposición de la tradición racionalista occidental.

De hecho, su programa aborda la cuestión con un arte consumado de la dialéctica: “La identidad del pueblo tunecino está arraigada en sus valores árabe-musulmanes, y enriquecida por sus diferentes civilizaciones; es fundamentalmente moderna y abierta a las culturas del mundo”. El 10 de septiembre pasado, Ben Jaffar, dirigente del FDTL cerró un encuentro en Sidi Bou Said, un balneario acomodado al norte de Túnez, con otras palabras plenas de esperanza: “Los que se niegan a que el país cambie agitan espantajos. Tengamos confianza en nosotros. Un país tan pequeño como Túnez, que ha logrado mantenerse de pie cuando la guerra causaba estragos en sus fronteras, es un país fuerte”.

Un país tan fuerte podría incluso, tal vez, resolver sin gran tardanza sus problemas de agua potable.

1 Véase “Soulèvements populaires en Afrique du Nord et au Moyen-Orient (IV)”, International Crisis Group, Túnez-Bruselas, 28-4-11.
2 Adversario de larga data de la dictadura, Chebbi fue alternativamente cercano al Baas iraquí, marxista-leninista, socialista, antes de convertirse en centrista-liberal. Sus relaciones con los islamistas, que también han evolucionado, parecen haberse degradado en los últimos tres meses.
3 Entrevista con Mohsen Hassen, portavoz de la UPL, Le Quotidien, Túnez, 11-9-11.
4 En cambio, los Hermanos Musulmanes egipcios parecen haber apreciado menos sus consejos, temiendo una dominación de Oriente Medio por Turquía.

*Director de Le Monde diplomatique.
Traducción: Lucía Vera

Información adicional

Túnez elige Asamblea Constituye
Autor/a: Serge Halimi
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