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El Fausto de Gotthold Ephraim Lessing

1. Sobre el Fausto de Lessing
 
Entre los dramas del genial dramaturgo Lessing (1729-1781) que quedaron inconclusos, se destaca el Doctor Fausto. A la importancia de la figura –procedente de una leyenda renacentista alemana y que se difundió por Europa– se le dedican algunas líneas en una de sus célebres Cartas relativas a la nueva literatura alemana de 1759, dirigidas presuntamente a Ewald von Kleist: “Pero que nuestras viejas piezas teatrales habían tenido mucho del carácter inglés, es algo que sin mucho esfuerzo podría probarles ampliamente. Sólo basta mencionar la más conocida de ella: “El Doctor Fausto” tiene una cantidad de escenas que solo un genio shakesperiano a pensar enriquecido. ¡Y qué enamorada estaba Alemania, y en parte también de su “Doctor Fausto”! Uno de mis amigos conserva un viejo reproche a esa pieza, y ha participado conmigo en una escena en la que ciertamente hay mucha grandeza descomunal. ¿Está ansioso de leerla? Aquí está: Fausto exige al espíritu más veloz de los infiernos para su servidumbre. Hace su conjuro; se hace acto de presencia tamizado; y se inicia la tercera escena del segundo acto. ¿Qué dice usted de esa escena? ¿Desea una pieza alemana que tuviese una escena más notable? ¡Yo también!”.
 
El Fausto de Lessing se concibió como una promesa para la renovación del teatro alemán. Su concepción pertenece a mediados de los años cincuenta; y en vida de Lessing solo se publicó la escena de Fausto y los siete espíritus, en 1759. El intento de Lessing fue crear una figura que lograra superar la concepción negativa teológica y popular de la tragedia de un sabio animado por su sed de conocimientos ilimitados. Tradicionalmente, saber demasiado, o mejor, buscar el saber infinito era un sacrilegio y quien lo intentara iba contra la ley divina. El sabio o el hombre de conocimiento se asimilaban, fácilmente –como en Marlowe- al mago o al charlatán. El charlatán era el “brujo mayor” Doctor Johannes Fausto, que tira los libros y vende su alma a los placeres; era, para el imaginario poular, igual a Alberto Magno, Ramón Llull o Roger Bacon. La desmesurada pasión por el saber era pecado y sacrilegio. Fausto era sinónimo de imprenta; del inventor del arte satánico de hacer hablar al papel con pequeñas señales de tinta y trasmitir así secretos insólitos para el alma desamparada y sedienta de saber infinito. Esta agresión contra la autoridad eclesiástica no escapa a la intuición corriente y hace de Fausto un tema eterno atractivo y de santa repulsión. 
 
De este modo conciliar a la figura tradicional de Fausto con la Ilustración, es decir, con una nueva comprensión antropológica, cabía razonablemente entre los planes literarios de Lessing, sin que su intento haya pasado de estos fragmentos que hoy traducimos a nuestro lectores. A diferencia del goetheano, el de Lessing es un Fausto ilustrado. Es decir, un hombre que enfrenta a saber con las posibilidades inéditas de una ápoca nueva, la época que confía en el hombre, en su capacidad de descifrar los misterios de la naturaleza y que se apresta a redescubrir los límites propios de la naturaleza humana. El Fausto de Lessing parece poner en acción esa máquina del conocer ante sí mismo. El diablo o los diablos no son obstáculo para enfrentar sus propios desafíos, sino que más bien son como instrumentos de su empeño. El alma humana, empero, se enfrenta con una condición equívoca fundamental: con la ambivalente y contradictoria factura humana que le revela el último diablo interrogado, a saber, que nunca el hombre puede fiarse de sus virtudes, pues ellas se mueven inevitablemente en el péndulo del bien y del mal. Bien y mal se presentan como caras de la misma moneda; como esa indecisa y trágica condición del hombre. Fausto llega a obtener una verdad firme: la del vacilante accionar del hombre, que va del bien al mal, en menos de un abrir o cerrar de los ojos, o que quizá no hay línea divisoria entre uno y otro. 
 
El Fausto de Lessing –a diferencia del sensual de Goethe, como aludimos- deja sorprender su alma a una mayor inteligencia; la inteligencia sólo declina ante el tribunal de la inteligencia, y la inteligencia aquí es la antorcha que ilumina la precaria condición humana. Sólo quien sepa interpretar el misterio de lo humano, su frágil virtud, el paso rápido del bien al mal, tiene la clave comprensible ante la cual la razón se inclina. 
El humor lessingiano es una nota característica; la soberbia irónica de Fausto ante los demonios nos despierta su simpatía inmediata. Muy lejos de los medrosos designios del Fausto de Goethe, el de Lessing reta a los demonios, los mide con la fuerza de su razón. No pretende poseer, burdamente, a ninguna Margarita. El séptimo demonio o espíritu capta su respeto; su desdén anterior resalta su fe por el destino humano, la discreta anticipación de una mejor humanidad que está esbozada en su incomparable trabajo La educación del género humano (1780). Este fragmento es, en realidad, una obra maestra en sí misma, pues como aseguró su primer gran intérprete, Friedrich Schlegel, pese a todo reclamo de su fragmentariedad, “… no siempre se deseó completar sus límpidas obras maestras”. 
 
2. Breve noticia biográfica de Lessing
 
Lessing nace el 22 de enero de 1729 –solo cinco años después de Kant y 20 años antes de Goethe– en Kamenz, como tercer hijo de una familia de pastores protestantes. A los ocho años ingresa a la Escuela de latín de la ciudad. En 1741 es admitido a la Escuela del Principado St. Afra, tras una prueba de dominio de latín y conocimientos de griego, religión y matemáticas. Se matricula cinco años después en la Universidad de Leipzig como estudiante de teología. En 1748 inicia su carrera dramatúrgica con El joven letrado, y al mismo tiempo sus grandes dificultades con su familia por su inclinación creciente por la vida “indecente” de las tablas. En los tiempos siguientes se endeuda, busca estudiar medicina, se radica en Berlín para vivir como “escritor libre”. En 1751 olvida devolver los manuscritos de Le Siécle de Louis XIV Voltaire, quien entretanto está de huésped del rey Federico II, lo que motiva un agria disputa entre el genio francés en su cenit y el desconocido imprudente joven alemán. Entabla conocimiento, por esa época,con Moses Mendelssohn, de quien va a sacar su figura central de Natham el Sabio. 
 
En 1755 publica Miss Sara Sampson, con la que se inicia el teatro burgués en Alemania. Frustra su viaje a Inglaterra el estallido de la Guerra de los Siete Años. Lleva en Berlín una vida social intense; frecuenta el “Baumannshöhle”, en compañía de Ramler, Mendelssohn y Nocolai. Publica su célebre Laokoonte en 1765, en que expone sus principios estéticos. En este brillante ensayo eleva el arte poético –la dramaturgia– por sobre el arte plástico, por su capacidad dúctil de interpretar más fielmente la naturaleza voluble del hombre. A principios de abril de 1767 se radica en la ciudad portuaria de Hamburgo, en donde va a desarrollar una de sus tareas críticas más intensas, atada a su deseo vehemente de fundar el Teatro Nacional alemán. El resultado de este hito biográfico, si bien no se concreta en una empresa de larga duración, es Dramaturgia de Hamburgo, uno de los documentos de la crítica teatral más notables del mundo moderno. Ya para 1776, tiene que acogerse al servicio como bibliotecario en Wolfenbüttel. Allí lo sorprende la muerte, solitario y apesadumbrado, con solo 51 años de edad. 
Entre los dramas más notables que publica, se deben mencionar Emilia Galotti (1772) y Minna von Barnhelm (1775). Entre sus discusiones teológicas sobresalen las relativas al legado de Reimarus, que levantó una polémica en torno a la historicidad de los textos bíblicos. Ésta, en el fondo, culmina en uno de los más sutiles y determinantes textos sobre la filosofía de la historia tardo-ilustrada, a saber, “Sobre la educación del género humano”. 
 
Lessing es el precursor más controvertido de la literatura alemana contemporánea. Su vida y su obra fueron un alto ejemplo que las generaciones posteriores, han tomado en consideración, para exaltar el hombre fascinante o resaltar su disímil obra. Tras Goethe y Schiller, se puede asegurar que el nombre de Lessing está presente en la formación de todo intelectual y artista de lengua alemana. Él ha merecido la más especial atención en hombres de la talla como Franz Mehring, quien escribió su biográfica clásica (La leyenda de Lessing), como en Sigmund Freud o Thomas Mann. El Premio de literatura que lleva su nombre, Lessing-Preis, es la más alta distinción, hasta el día de hoy, a las letras de esa lengua. Sin Lessing es impensable el proceso de ascenso vertiginoso que le cupo a la marginal literatura alemana a partir de la época de la ilustración –a mediados del siglo XVIII- y que culminó no solo en la obra de los mencionados “clásicos de Weimar” Schiller y Goethe, sino que inspiró a los románticos como Hölderlin y muy especialmente a Novalis o Friedrich Schlegel.
El nombre de Lessing es sinónimo de tolerancia, de modernidad inspirada en una ilustración amplificada. Es también signo de la contradicción irresuelta entre la euforia que despertó la fe en la razón humana y las condiciones de miseria real en que se debatía la población en general. Fe racional y desilusión irónica tejen la existencia de este gran “hombre libre” (que culminó encajonado como simple bibliotecario). Su vida de literato pretendió inspirarse en los modelos franceses que el más admiraba y a quien traduce, en Denis de Diderot, el gran novelista autor de Jacques el fatalista. Al lado del Kant de “¿Qué es la ilustración?” (1784) está, en el pensamiento tardo ilustrado alemán, con sobrada razón el Lessing redactor del drama Nathan, el sabio y el opúsculo de la filosofía de la historia, “La educación del género humano”. Lessing fue gracias a su obra, dramatúrgica, filosófica, estética, teológica, de traducción etc. un modelo de trabajo, de renovación y de entrega a la causa de la liberación de la inteligencia nacional alemana de los patrones de la tiranía estética francesa. Lessing fue, acaso, el primer autor alemán que buscó vivir libremente de su pluma. Ensayó por primera vez Lessing a crear un teatro alemán, como gloria y cifra de las letras alemanas. Fracasó en su intento y aspiración pero resultó de sus manos una serie de ensayos críticos; son insuperables juicios, observaciones y anotación sobre un arte dramático que estimó como la más grande empresa de las letras. Lessing se enfrentó contra el gusto dominante, contra Gottsched, el embajador del clasicismo francés, y contra Klopstock, el intérprete de una sensibilidad demasiado extramundana. Pero también luchó contra Voltaire. En la guerra literaria del Lessing contra Voltaire, es Lessing el David germano contra el Goliat coronado.
 
Solo habría que recordar, para finalizar, que el joven atormentado Werther de Goethe lee, en la noche que se quita la vida, el drama de Lessing, Emilia Galotti. La protesta anti-burguesa que cifra Lessing en esta hermosa pieza –la historia trágica de una virtuosa burguesa a la que la virtud la lleva a su suicidio por la conciencia de su flaquezas: morir por no caer en la tentación mundana que ejerce el príncipe de Guastalla, asesino de su prometido- está lejos de los motivos morales del suicidio del Werther goetheano. Por ello opinó Lessing, al leer la sensacional obrita del genio del Sturm und Drang, que él hubiera preferido un final cínico. 
Recordemos la frase del proscrito Heinrich Heine –este Voltaire posgoetheano, tan cercano de Marx– en su Escuela romántica (1833): “No puedo en este lugar decir mucho más sobre Lessing, pero no puedo tampoco dejar de indicar que es de toda la historia de la literatura alemana el autor al que más quiero”. 
 

Doctor Fausto

 

I. Preludio
En una vieja catedral. El sacristán y un hijo, quienes a medianoche en punto desean repicar las campanas. La asamblea de los demonios, sentados invisibles sobre el altar y deliberando sobre sus asuntos. Algunos demonios recién llegados aparecen ante Belcebú, para rendir cuentas de sus cometidos. Uno de ellos ha puesto en llamas a una ciudad. El otro ha hundido en una tormenta una flota completa. Se ríen de un tercero que se ocupa de haber provocado ciertas miserias. Se jacta de haber seducido a un santo; a quien convenció de embriagarse y borracho cometió un adulterio y un asesinato. Éste da ocasión de hablar de Fausto a quien parece no ser fácil seducir. El tercer demonio lo toma a su cargo y asegura enviarlo al infierno en veinticuatro horas.
 
Ahora, dice a los demonios, sentaos entorno a la lámpara nocturna e investiguéis las profundidades de la verdad.
Tanto anhelo de saber es un error; y de un error puede brotar cualquier vicio, si uno se aferra demasiado a él.
Luego de concluida este frase esbozó el demonio el plan de quererlo tentar.
 

Primer acto


Primera escena
Duración del drama: de medianoche a medianoche. 
Fausto entre sus libros al lado de una lámpara. Se debate con múltiples dudas de la sabiduría escolástica. Recuerda que un maestro tuvo que haber citado al diablo el tema de la entelequia de Aristóteles. También él ya lo ha intentado muchas veces, pero en vano. Lo intenta nuevamente, es justo la hora y lee un conjuro.
Segunda escena
Un espíritu emerge del suelo, con barba larga y envuelto en un manto.
 
Espíritu. ¿Quién me inquieta? ¿Dónde estoy? ¿No es luz lo que percibo?
Fausto. Tembloroso, pero repuesto habla al espíritu: ¿Quién eres tú? ¿Bajo qué orden apareces?
 
Espíritu. Yo descansaba, reposaba y soñaba, nada me era bueno o malo; en las profundidades oí murmullos, y creí, así soñado, escuchar una voz lejana; pero se acercaba, se acercaba: “Bala”, “Bala” oía, y al tercer “Bala” me presenté aquí.
Fausto. ¿Pero quién eres tú?
 
Espíritu. ¿Quién soy yo? ¡Déjame adivinar! Yo soy… yo soy –solo muy brevemente–: lo que soy. Me era extraño este cuerpo, estas articulaciones; ahora…
Fausto. Pero ¿quién eras?
Espíritu. ¿Eras tú?
Fausto. Sí; ¿quién eres tú si no, anteriormente?
Espíritu. ¿Si no? ¿Anteriormente?
Fausto. ¿No conservas ningún recuerdo de las formas que llegaste a ser tal como eres y las que fuiste? 
Espíritu. ¿Qué me dices? Sí, aciertas. Tuve anteriormente formas parecidas. Espera, espera, si pudiera retomar el hilo.
Fausto. Quiero tratar de ayudarte. ¿Cómo te llamas?
Espíritu. Me llamo… Aristóteles. Sí, así me llamo. ¿Qué me pasa? El espíritu actúa como si se acordara de algo completamente, y responde a Fausto a sus más agudas preguntas. Este espíritu es el mismo demonio que se empeña en seducir a Fausto. Ciertamente, estoy cansado de obligar a mi cabeza a saltar hacia atrás. De todo lo que me preguntas no podría hablar más largo que un hombre y puedo hablarte como un espíritu. Dejadme, siento que escucho de nuevo murmullos… 
Tercera escena
Desaparece, y Fausto arrobado de sorpresa y alegría, por haber hecho su efecto el conjuro, grita que suba otro demonio. 
 
Cuarta escena
Un demonio hace su aparición.
“¡Quién el poderoso cuyos llamados debo obedecer! ¿Tú? ¿Un mortal? ¿Quién te enseñó estas poderosas palabras?”
 

II. 
 

Tercera escena del segundo acto


Fausto y siete espíritus
Fausto. ¿Vosotros? ¿Sois los más veloces espíritus del infierno?
Todos los espíritus. Somos.
 
Fausto. ¿Sois todos siete igualmente veloces?
Todos los espíritus. No.
 
Fausto. ¿Y cuál de vosotros es el más veloz?
Todos los espíritus. ¡Ese soy yo!
 
Fausto. ¡Qué milagro que entre siete demonios solo seis mientan! Os tendré que conocer más de cerca.
El primer demonio. Lo harás. ¡Algún día!
Fausto. ¡Algún día! ¿Cómo piensas ello? ¿También predican los demonios penitencia?
El primer espíritu. Vaya, el obstinado. ¡Pero, no nos detienes!
Fausto. ¿Cómo te llamas? ¿Y qué tan veloz eres?
El primer espíritu. Tendrás primero una prueba que una respuesta.
 
Fausto. Bien…, miremos lo que debo hacer.
El primer espíritu. Pasas tu dedo rápidamente por entre la llama de la luz…
Fausto. Y no me quemo. Así vas tú siete veces veloz por entre las llamas de los infiernos y no te quemas. ¿Callas? ¿Te quedas ahí? ¿De esta manera se jactan también los demonios? Sí, sí, claro, ningún pecado es tan pequeño que os abstengáis de tomarlo. El segundo, ¿cómo te llamas?
El segundo espíritu. Child; esto es en vuestro aburrido lenguaje: flecha de la peste.
Fausto. ¿Y qué tan veloz eres?
El segundo espíritu. ¿Piensa tú que llevo mi nombre en vano? Como la flecha de la peste.
Fausto. ¡Así vas y sirve a un médico! Para mí eres muy lerdo. Y tú tercero ¿cómo te llamas?
El tercer espíritu. Me llamo Dilla; pues las alas de los vientos me transportan.
Fausto. ¿Y tú el cuarto?
El cuarto espíritu. Mi nombre es Jutta, pues viajo a la velocidad de la luz.
Fausto. ¡Oh, miserables de vosotros, cuya velocidad expresáis con números contables!
El quinto espíritu. ¡No os indignéis! Somos sólo enviados de Satanás en el mundo corpóreo. Estando en el mundo de los espíritus, nos encontrarás más veloces.
Fausto. ¿Y cómo eres más veloz?
El quinto espíritu. Tan rápido como el pensamiento del hombre.
 
Fausto. ¡Esto ya es algo! Pero no siempre son los pensamientos del hombre rápidos. No ciertamente, cuando exhortan la verdad y la virtud. ¡Cuán lerdos son entonces! Tú puedes ser veloz, si quieres ser veloz; pero cuando estás ante mí ¿para qué deseas ser rápido todo el tiempo? No, confiaré tampoco de ti como si tuviera que confiar en mí. ¡Ah! Dirigiéndose al sexto espíritu. Dime, ¿Qué veloz eres?
El sexto espíritu. Tan veloz como la venganza del vengador.
 
Fausto. ¿Del vengador? ¿Cuál vengador?
El sexto espíritu. Del más violento, del más temible, quien se reserva sólo la venganza, porque disfruta la venganza.
 
Fausto. ¡Demonio! Estás difamando, te veo que tiemblas. Veloz, dices tú, como la venganza del… ¡Pronto lo hubiera nombrado! ¡No, él no es nombrado entre nosotros! ¿Rápida sería la venganza? ¿Rápida? ¿Y yo vivo aún? ¿Y aún peco? 
El sexto espíritu. ¡Que aún te deje pecar, es ya venganza!
 
Fausto. ¡Y que un demonio deba aprender esto de mí! ¡Pero justo hoy! No, su venganza no es veloz, y si tú no eres más rápido que su venganza, entonces vete. 
Dirigiéndose al séptimo espíritu. 
¿Cuán veloz eres?
El séptimo espíritu. Insatisfecho mortal, dónde tampoco soy para ti suficientemente rápido…
Fausto. Bien, dilo, ¿cuán rápido?
El séptimo espíritu. No más ni menos que el paso del bien al mal…
Fausto. ¡Ah, tú eres mi demonio! ¡Tan veloz como el paso del bien al mal! ¡Sí, esto es rápido; más rápido que todo lo demás! ¡Fuera de aquí, caracoles del orco! ¡Fuera! ¡Como el paso del bien al mal! ¡Sé por experiencia qué rápido es ello! ¡Lo sé por experiencia…!

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