
El día miércoles 20 de junio amaneció soleado en la Cordillera Oriental, día para una nueva minga, la que en esta ocasión realizaremos en la vereda Altos del Frisol, ubicada en un paraje boscoso con una magnífica vista que alcanza hasta las cumbres de la Cordillera Central. En esta ocasión vamos a acompañar la labor de despeje del terreno de Leo, el Maestro de música de las niñas y niños de las madres y padres que concurren a la minga.
Llegar desde Cachipay hasta allí requiere un transporte motorizado que tarda unos treinta minutos. David, el artista de la mecánica insólita, no podrá acompañarnos pero ha facilitado su jeep para que lo utilicemos. Leo conducirá. El punto de encuentro en el pueblo es la casa siempre fraternal de Girasol.
Para esta ocasión tenemos una grata visita. Desde Medellín, viajando toda la noche, han arribado Daniela Cardona y Miguel Ángel, su hermoso hijo. Daniela ha decidido su viaje a Bogotá, junto con Xiomara y otras compañeras y compañeros del Centro de Estudios Estanislao Zuleta (Ceez), con el ánimo de participar en una reunión nacional que inquiere sobre “Otra democracia es posible”, programada por el proyecto social, político, cultural y de comunicaciones desdeabajo:. Los formidables aportes del Ceez, a la deliberación que tendrá lugar, se inician desde antes de hablar, y están reunidos en una serie de publicaciones y cuadernos de ensayos que problematizan la realidad en el horizonte de su transformación, abordando temas tales como: el dinero, la insurrección femenina, el amor, entre otros.
A la minga también vendrá Gary Caputo, un hombre de edad madura nacido en el sur de Italia y criado en Inglaterra, que con base en su experiencia de niño y de padre escribió un bello libro: Odisea por el alma de un niño. La descripción y la defensa ferviente de una educación fundada en el amor y el respeto a la libertad de las niñas y los niños. Una reflexión sobre el valor inconmensurable de las artes en la construcción de atmósferas que permitan una infancia feliz.
El escrito me recuerda la educación que poco a poco, y no sin dificultades, espigamos conjuntamente en Laguna Verde y la escuela de Cartagena, donde acompañamos el desarrollo de los niños, los observamos y escuchamos, aprendiendo de ellos. Ayudamos, paso a paso, a que descubran sus dones, sus intereses y debilidades. Se confía en su capacidad natural de aprendizaje y en los efectos sorprendentes del auto aprendizaje que tiene lugar cuando la niña o el niño encuentran lo que les apasiona. Educar en verde, y educar filosóficamente, son dos vertientes claves en la labor que nos hemos propuesto.
La naturaleza, por sí misma, es una formidable educadora. En la comunicación íntima del alma infantil con el murmullo del riachuelo, el rumor del viento en el bosque y los fulgores del cielo estrellado, se transmite un sentido profundo del existir y el misterio que entraña. La naturaleza brinda belleza y sosiego, ambas indispensables para el alma humana. A su vez, permite contemplar la trama y el ciclo de la vida y la muerte. Propicia la comunicación, la amistad, el respeto y el cuidado con otras formas de la vida. Facilita el asombro ante lo infinito, lo diverso y lo muy pequeño. No pueden germinar el amor por la tierra y las ganas de cuidarla si no hay contacto directo con ella.
También llegó a la minga Camilo, el hermano menor de Leo. Un joven estudiante universitario que ha tenido la fortuna de contar con el apoyo fraterno y esclarecedor de Leo en la elección de sus estudios profesionales. Eligió la arquitectura y está entusiasmado con el conocimiento y el aprendizaje práctico de la bioconstrucción.
Aprendiendo de la minga
Abordamos el jeep junto con Manuela, que lleva consigo su libreta de dibujos, sus lápices y su asombroso talento para captar y dibujar lo eterno a partir de lo efímero. Junto a Manuela toma asiento Guillermo, el joven viajero argentino que combina en alegre juventud los saberes de la ayuda mutua, la siembra, la construcción, el canto y los bongoes; ha venido con Laura, una chica chilena muy guapa y dulce que se ha rapado sus dos parietales para lograr una apariencia ruda que le proteja de la violencia de los hombres, deformados por un patriarcalismo bárbaro que contemplan una presa en una joven que viaja sola.
La diversidad del grupo y la belleza de los parajes, convierten el tiempo del viaje en unos instantes. Pasamos por cafetales; el horizonte de montañas verdes entrelazadas encienden esa forma natural del amor que se da en esta tierra preciosa y sufrida en la que nacimos. Llegamos muy cerca del paraje en el que Leo construirá su casa-taller de música, descendemos del vehículo y emprendemos la caminata por el sendero que asciende en medio del bosque. Ya en el terreno, dejamos las cosas en un claro y nos dividimos en dos grupos: unos con machetes, despejarán la zona en la que se construirá con guadua, otros nos encargaremos de reparar la cerca occidental del terreno.
El trabajo manual en grupo se convierte en una feliz oportunidad para conversar y conocerse, mientras se adelanta labor. También permite apreciar el valor de la creación colectiva. Cada pequeña iniciativa tiene múltiples formas de llevarse a cabo. Y la diversidad participante permite escuchar diversos enfoques y seleccionar el que más conviene. No hay imposición de visiones desde los egos, porque los reconocimientos se suscitan por el ser que aflora en el compartir labor, alimento y alegría.
La minga funciona como un espacio-tiempo en el que nos recuperamos por un momento de las cuatro alienaciones que Marx describió con genialidad en El Capital: el extrañamiento del producto del trabajo del trabajador; la separación que aceptamos al estudiar o trabajar en lo que no amamos a cambio de asegurar un ingreso que muchas veces apenas alcanza para sobrevivir; el alejamiento de la condición fraterna, de comunicación y cooperación con quienes compartimos la fugaz aventura de la vida, y la aceptación en cambio de la ferocidad competitiva y confrontativa, abierta o mal disimulada, entre congéneres; y, por último, el alejamiento de la naturaleza en la cual se espigó la humanidad para habitar en un mundo urbano tóxico y rebosante de las miserias espirituales y humanas que se engendran bajo el miedo y la agresión permanentes.
La jornada discurre y las horas que pasan cruzan el medio día y se acercan a ese umbral en el que el hambre rivaliza con la necesidad y el gusto de culminar bien la tarea puntual que emprendimos. Junto con Manuela y Camilo escuchamos los primeros silbidos que nos convocan a compartir el almuerzo. Nos concentramos en concluir la tarea que nos hemos propuesto, y justo cuando acabamos de hacer un hueco con la aulladora y colocar el último poste, los llamados que nos hacen se tornan en impostergables.
Sudorosos acudimos a la sombra del árbol que nos reúne. Mientras que nos hidratamos con mandarinas y piñas de la región, cada uno abre los recipientes de los diversos alimentos que hemos traído. Zarabanda ha enviado quinua a la cúrcuma y humus de garbanzo; Guillermo ha preparado unos deliciosos panecillos en horno de leña sobre los cuales esparce un hogao de tomate y cebolla; Gary, maravilloso cocinero, ha traído una pasta al dente con verduras; Manuela ha preparado deliciosos frijoles; y Leo y Camilo una estupenda ensalada. Ninguno ha traído cubiertos, ni platos. Y Leo, veloz, resuelve la necesidad con hojas de plátano sembrados alrededor de donde estamos, permitiéndonos servir y comer sin necesidad de contaminar. Celebramos la exquisitez de los alimentos que tienen todos.
Las bromas se suceden con buen gusto, y los que van terminando y saben de música sacan de sus mochilas o estuches, las guitarras, los tambores y las flautas. En ese momento percibo la mirada de Miguel Ángel que se cruza con la de su madre, clamando ayuda. Con discreción inquiero, y Miguel Ángel me pregunta por un lugar en el que pueda evacuar sus intestinos. Leo nos indica un paraje cercano en el que han hecho una especie de “chonto”. Miguel Ángel lleva una pala para después cubrir sus excrementos. Al regresar me comenta que nunca había vivido esa situación. Sonrio al pensar que en la ciudad, con la comodidad del retrete, bajamos la llave y nos olvidamos del viaje de nuestros desechos. Igual que nos olvidamos del destino de los cientos de kilos de plástico y de envoltorios que nos hemos acostumbrado a usar en esta civilización dirigida por las corporaciones y el apetito de lucro. Como también olvidamos la dependencia de la vida colectiva de la energía fósil instaurada por los amos del petróleo.
El llamado déficit de naturaleza que afecta cada vez más a millones de niños y jóvenes del mundo entero, se ha intensificado con las realidades virtuales. Entre el universo del asfalto y el concreto, y los artefactos electrónicos, se perdió la comunicación directa e íntima con la naturaleza. Sin esa comunicación es improbable despertar el amor por la tierra, indispensable para superar la tremenda dinámica de devastación que el sistema económico imperante puso en marcha.
Una tenue luz brilla en el horizonte. En el flujo constante de jóvenes latinoamericanos y de otras regiones del mundo que viajan con su mochila y su voluntad de cooperar a cambio de hospedaje y alimento, es posible apreciar también un movimiento de retorno a la tierra con sus virtudes curativas del cuerpo y la mente. Un retorno también al cuidado conjunto con base en la ayuda mutua.
Es una luz que aunque débil no podemos despreciar, pues podría suceder que las revoluciones que están aconteciendo en los planos moleculares revelan caminos sencillos y posibles de otras formas de habitar la tierra, que tengan impactos cada vez más decisivos en el plano de las grandes fuerzas que hoy arrastran al mundo hacia los abismos de la confrontación bélica, o hacia las colosales catástrofes medioambientales.
Unas horas después, y cuando nos disponemos para el regreso a casa, antes de salir de Altos de Frisol, la familia vecina de madre e hijas que nos ha ayudado en la jornada con el parqueo y el cuidado del vehículo, así como con el préstamo de algunas herramientas, se niega aceptar retribución diferente al toque de un par de canciones por parte de Leo, Gary y Guillermo. La alegría, el entusiasmo, y la capacidad de asombro y de gratitud que suscitan la labor de la minga se convierten en varias canciones y amena conversación fraterna. Los acordes del son caribeño convocan la danza, llega la noche, y antes de retornar a casa recibimos otro gesto de parte de esta familia, que con la alegría despertada por el convite compartieron la ofrenda generosa de una copa de vino, de una botella guardada largo tiempo para un momento especial.
El recuerdo del gesto de dar
Cada una de nosotras tiene un proverbio favorito, aunque no viva citándolo y repitiéndolo…
¿Cuál es el tuyo?
El mío es un proverbio chino. Es verdadero, a mi entender. Y bonito. Hace comprender. Y embellece la vida. Es éste: “Un poco de perfume siempre queda en las manos de quien ofrece rosas”.
Nunca he regalado rosas sin sentir que en mis manos queda un poco de perfume. Nunca he hecho un favor sin sentir que en mis manos ha quedado el recuerdo del gesto de dar.
Nunca he dado amor sin sentir que también he recibido amor.
¿Quién sabe si el “aura” que envuelve a las personas generosas viene de que conservan, en su aspecto tranquilo y suave, el perfume de quien ha ofrecido rosas?
Mi alegría por dar llega a veces a parecerme egoísmo, de tanto como me beneficio cuando doy. Incluso me parece que soy yo quien recibe realmente.
Un día vi a una señora muy ocupada en atender a un niño que había dicho: “¡Mamá, ven aquí!”. ¿Hecho trivial? No, no era trivial. Ese niño de tres años había sido recogido por la señora cuando, con dos días de vida, casi se moría de hambre.
26 de mayo de 1960, Clarice Lispector.



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