Sorpresa, rápidez, audacia, abnegación. La campaña de 1818 o la obsesión de Caracas

Recuadros

Las fuerzas realistas para 1817

“Al comenzar este año, la causa de España preponderaba en sus extensas posesiones. El inmenso y rico virreinato mexicano, en casi toda su extensión, los países de Centro América, la hermosa colonia de Nueva Granada, llave de las comunicaciones de los dos océanos y el extenso y opulento Perú, de recursos al parecer inagotables, se hallaban sometidos.
“En los años anteriores. los ejércitos del Virrey de Lima habían batido a los rebeldes de Quito, de Chile y el Alto Perú, y arrojado a su territorio a las tropas argentinas de sus dos invasiones a este último. A la sazón, únicamente daban cuidado a los realistas el ejército de San Martín y O’Higgins, vencedor en Chacabuco, y la reacción de los patriotas chilenos, contra los cuales había enviado el poderoso gobierno peruano un ejército a someterlos. Hasta entonces, sólo habían luchado constantemente por la independencia, Chile con escasa fortuna; la Argentina, dividida en varios estados, y presa de las facciones, pero sin enemigos internos; y la infortunada Venezuela, víctima de una guerra a muerte, y desgarrándose en lucha fraticida, hermanos contra hermanos, unos defendiendo la integridad del imperio español con tenacidad y lealtad nunca desmentidas, y otros combatiendo heroicamente, en medio de atroces privaciones, por su propia causa, y en cierto modo por la redención del continente hispanoamericano.
“La metrópoli, triunfante de una guerra heroica, y unida bajo el cetro del rey absoluto, dominaba los mares y podía fácilmente enviar nuevas fuerzas a este extremo del continente suramericano, donde grupos relativamente débiles mantenían en alto la bandera de la rebelión. Tenían, pues, Morillo y sus adeptos, razón sobrada de contar con la victoria, aun cuando la lucha sería larga.
“A pesar de las quejas del general español a la Corona, su situación, si no desahogada, era segura: disponía pacíficamente de la mayor parte del país, y de sus principales recursos, y a la sazón animado, por el éxito de la jornada de la Hogaza, creía disponer de tiempo suficiente para aumentar sus tropas y fortificar su partido, aprovechando la mejora de precios de los frutos de exportación, fuente principal de riqueza de la abatida Colonia. En esta confianza, el jefe español diseminó las tropas para facilitar su mantenimiento, remontar sus jinetes y efectuar con comodidad los reemplazos y la recolección de reclutas. Sólidamente establecidos sus principales batallones en la línea del Apure y en Calabozo, y protegidos por obras de campañas, considerábalos invulnerables.
“En oriente, el gobernador Cires, de Cumaná, y los comandantes Jiménez y Arana, mantenían en jaque a los patriotas debilitados por los contingentes sacados por el Jefe Supremo para la campaña principal. La escuadra de Chacón les hacía frente a los corsarios, fuertes individualmente pero divididos y consagrados a sus empresas particulares.
“La línea del Apure se mantenía intacta en poder de los españoles, y Páez con sus lanceros no podía nada contra los puestos fortificados de aquellos. El coronel Aldana mandaba con la guarnición de San Fernando, fuertes columnas en Apurito y San Antonio, y la escuadrilla del capitán Comos; la infantería descansaba y la caballería se remontaba en lo Jobo y Santa Cruz, al norte del río Apure.
“Calzada, desde Nutrias, se había extendido hacia Barinas a pacificar su territorio. El capitán Lorenzo Morillo, del tercero de Numancia, destruyó varias partidas y la facción de los indios de Masparro; y al final de estas operaciones el jefe de escuadrón José Moles alcanzó el 4 de enero en las Sabanas de Paguey, al sur de la capital, el jefe de caballería Romero, quien desde Pedraza había avanzado con tres escuadrones, y lo batió y persiguió hasta el otro lado del Apure. El comandante Cuesta, envuelto en esta derrota, se vio obligado a repasar el río con los restos de su escuadrón. Simultáneamente con el avance de estos guerrilleros, estalló en Mérida, el 22 de diciembre, un movimiento revolucionario acaudillado por Francisco Gámez. El 9 de enero, encontrándose los insurrectos sin apoyo, abandonaron la ciudad; guiados por Scarpetta, marcharon hacia Barinitas, por el camino de los Callejones y perseguidos por el enérgico coriano Nicolás López destacado de Barinas, por el capitán Faría, comandante de armas de Trujillo, y el coronel Reyes Vargas, fueron aniquilados.
“Casi al mismo tiempo, una columna de Carache, a cargo del comandante Curvelo y del teniente coronel venezolano Isidro Barradas, nacido en Canarias, célebre después por su expedición a México, aniquilaba la facción de Barroeta en el Valle de Boconó; y más tarde, el 20 de marzo, habiendo vuelto a invadir el guerrillero Romero con 300 jinetes de Apure, lo batió el coronel Reyes Vargas en Santa Rita, al sur de Barinas, causándole fuertes pérdidas.
“El comandante Rafael López había recibido el encargo de limpiar de partidas rebeldes el territorio al este de Calabozo, y de recuperar el punto importante de Chaguaramas, en combinación con las tropas de Orituco. Tal era el estado de los españoles en el momento de la irrupción del ejército libertador en el centro de su territorio”. Lecuna, Vicente, Crónica razonada de las guerras de Bolívar, Tomo II, pp. 130-133).


Las fuerzas liberadoras

“Para 1817, las fuerzas revolucionarias presentan disposición bastante dispersa que obedece más a necesidades locales y disponibilidad de tropas al servicio de cada uno de los caudillos semiautónomos, que a un plan concertado por el mando supremo. Es natural. El caudillismo sometido no ha desaparecido. Cada general se considera dueño virtual de sus tropas y, aunque obedece con diversos grados de voluntariedad las determinaciones del Libertador, lo hace con su ejército. Bolívar no podía olvidar que el comienzo de la insubordinación de Piar fue la partición de esa propiedad personal entre éste y Bermúdez, a fin de actuar sobre los objetivos separados de Angostura y Guayana la Vieja, respectivamente.
“Dicha distribución es como sigue: el brigadier Páez en el Apure con 1.000 jinetes y 300 infantes. Arismendi ha regresado a Margarita y comanda unos 400 hombres a pie. El brigadier Francisco Bermúdez opera en Cumaná con 700 combatientes, fuerza mixta de caballería e infantería. Monagas con otra columna mixta similar, de unos 800 hombres, se halla en Barcelona. Zaraza en San Diego de Cabrutica con 600 jinetes. En Guayana, los coroneles Anzoátegui, Sedeño y Pedro León Torres con efectivos de 600, 800 y 1.000, respectivamente, la mayor parte infantes, para un total de 6.200 hombres” Valencia Tovar, Álvaro, El ser guerrero del Libertador, p. 152).


Combate del Sombrero

“Al día siguiente muy temprano, Páez y Sedeño alcanzaron de nuevo a la retaguardia de Morillo en la quebrada del Juncal, pero sin fuerzas suficientes; después de algunos disparos, esperaron la infantería, y al aproximarse ésta los españoles continuaron la retirada, y no se detuvieron hasta la entrada del pueblo del Sombrero, construido en un promontorio, con el río Guárico por delante. La posición era muy fuerte por la barranca del río de difícil acceso. La infantería de los independientes llegó devorada por la sed, y el Jefe Supremo en persona la condujo al ataque contra los puestos avanzados de los enemigos. En un momento fueron éstos arrojados al otro lado del río, sobre su cuerpo principal, y los soldados independientes pudieron beber agua.
“El regimiento de Navarra, en batalla, defendía en el centro la orilla derecha del Guárico, cubriendo la entrada principal. A su derecha el batallón de Castilla, en columna, sostenía las compañías de Cazadores encargadas de cubrir los pasos más accesibles del río, vadeable en muchos puntos. Los Cazadores de la Unión defendían un paso a la izquierda de los españoles, y el batallón de este nombre y algunos húsares se hallaban de reserva en el pueblo.
“A pesar de lo fuerte de la posición, el Libertador, sin vacilar, empeñó el combate, creyendo seguramente forzar el puesto, sin mayores sacrificios, pero no lo logró. Los dos batallones de la Guardia de Honor entraron por el centro con audacia y denuedo, y los de Apure y Barlovento a derecha e izquierda. Los otros batallones permanecieron en reserva. Tres veces avanzaron los independientes con resolución y otras tantas fueron rechazados.
“Dos compañías de Castilla flanquearon en el último de estos avances a una columna independiente al atravesar el paso de la izquierda de los republicanos, y los españoles, según el parte de Morillo, tomaron su bandera, pero al divisar uno de los batallones de reserva en marcha precipitada sobre ellos, retrocedieron a su posición. En vista de la resistencia del enemigo y del cansancio de la tropa, el Libertador suspendió el combate, después de dos horas de brega, mientras la caballería efectuaba un movimiento de flanco y atravesaba el río más abajo, para caer sobre la espalda de los españoles.
“Mas por el estropeo de los hombres, no fue posible renovarlo ni llevar a cabo con la premura del caso el movimiento de flanco. La naturaleza, violentada tantas horas, recobraba sus derechos. Los soldados de Bolívar habían recorrido las 20 leguas de Calabozo al Sombrero en 18 horas, y estaban agotados. Los combatientes de uno y otro bando se echaron al suelo a descansar” (Lecuna, Crónica razonada de las guerras de Bolívar, p. 152-153).


Bolívar, el Che del siglo XIX

Los ecos de la independencia de los pueblos de nuestra América se escucharon por toda Europa. En Grecia, país que se sacude del yugo turco; en Polonia, que trata de hacer lo propio con respecto a Rusia pero que desgraciadamente no lo realiza. Pero también en España, con el levantamiento de 1820 promovido por Rigo, el mismo que evita que una nueva acción de reconquista se intente sobre nuestros pueblos, a través de un ejército ya alistado con no menos de 20 mil unidades y un inmenso tren de guerra, equipado y financiado por la Santa Alianza, resistencia que toma ideas del proceso en marcha en esta parte de América. En Italia, las Dos Sicilias también beben en estas fuentes.

“La idea de independencia,
de soberanía, de nacionalidad,
fue como un reguero de pólvora”.

Francia no se salvó del contagio, y su revolución de 1830 “es el reencendimiento definitivo en toda Europa de aquella antorcha de libertad que lució con las revoluciones de Holanda e Inglaterra débilmente, que luego cobró fuerza, primero en los Estados Unidos y más tarde en Francia, hasta que, apagada en el Viejo Mundo, se mantuvo en América y fue paseada en triunfo, a través del continente, por Bolívar, de cuyas manos pasó a Europa” (1).

Con los ecos de la epopeya en marcha en esta Nuestra América, “el nombre de Bolívar se vinculaba entonces, a los ojos del mundo, como se vincula en la historia, a la idea de independencia para las naciones y de libertad para los hombres”. Su figura, además, rica en facetas, en cuanto genio de acción y genio de pensamiento, deslumbra a los pueblos tanto en Europa como en América.

En 1817 y 1818 atraviesan el océano millares y millares de soldados europeos, ociosos después de las guerras napoleónicas. Van a servir la libertad, en América, bajo la dirección de Bolívar. ¿Quiénes acuden en número mayor? Los ingleses tienen aquellas tropas que sirven con el Libertador un doble carácter histórico: habían luchado contra el despotismo de Napoleón hasta rendir al coloso; y luego, cuando, desaparecido Napoleón, se impuso en Europa la autocracia absolutista e irresponsable, nulificando y extinguiendo momentáneamente la obra política de la Revolución Francesa, en lo que tuvo de bueno y trascendental. Esos soldados  ingleses representaban la fuerza de la única gran potencia donde las ideas liberales hallaban asilo. Tiene, pues, significación muy precisa el que los soldados de Inglaterra, representantes de las ideas liberales en Europa, corriesen a la América a militar bajo las banderas de Bolívar.

Los miembros de familias eupátridas en pueblos irredentos corren cerca del Libertador para aprender cómo se conducen los pueblos a la emancipación. Así, Miguel Rola Skovisky, sobrino de Kosciusko, el héroe polaco del siglo XVIII, “exaltado por las glorias del Libertador del Nuevo Mundo –escribe– he abandonado mi patria, he atravesado el diámetro del globo, para tener la honra de servirle”.

O’Connor, el gran patriota, pariente de los reyes de Irlanda, le manda un hijo. O’Connell, el gran tributo, en cierto modo el Bolívar sin fortuna de Irlanda, le envía también a su primogénito (1818), con estas nobles palabras dignas del mármol: “Siempre he tenido simpatías por esta noble causa [de la libertad humana]. Ahora que poseo un hijo capaz de llevar una espada en su defensa lo envío a vuestra excelencia, ilustre señor, para que, admirando e imitando vuestro ejemplo, sirva bajo las órdenes de vuestra excelencia”. El general D’Evereux hace otra cosa: da una lección objetiva de emancipación a su pueblo y conduce a los campos de batalla de América una legión irlandesa.

De todas las regiones del globo vuelan polluelos de águila hacia el hombre que miran como el Napoleón del Nuevo Mundo. Un hijo del Emperador de México; un pariente del príncipe Ipsillante, de Grecia, aspiran a servir con el Libertador. Es más: el ex rey de España José Bonaparte propone para edecán de Bolívar a un sobrino de Napoleón, hijo de Marat.

El arte del apodera del héroe: Casimiro Delavigne, entonces muy célebre, lo canta. El nombre del Libertador repercute en la lira de otro, de Byron, quien da el nombre de Bolívar a su yate y sueña en atravesar el Atlántico para “habitar en la América del Sur, quiero decir en la patria de Bolívar”. Heine piensa en él cuando pide que pongan una espada del Libertador sobre su tumba de poeta. Los pintores y grabadores de toda España lo pintan y graban, de memoria, a veces con sobrada independencia. Balzac, más tarde, le rinde un homenaje en La femme de trente ans; y mientras David D’Angers se prepara a esculpir el perfil del prócer, entre los medallones de Bonaparte y de Goethe, Cánova predice a Tenerani, heredero de su cincel y su discípulo más amado –predicción que se va cumplir–, que había nacido para inmortalizar la figura de Bolívar. En América, el peruano Gil, el ecuatoriano Sales, el granadino Espinosa, el italiano Meucci, el naturalista francés Roulin, legan a la posteridad los rasgos del prócer que servirán, andando el tiempo, para las estatuas futuras y los futuros lienzos. En América, además, Heredia, Bello, Olmedo, entonan en su honor cantos magníficos.

París, aún bajo la restauración borbónica, da el nombre de Bolívar a la moda*, como lo recuerda Víctor Hugo, en Los Miserables y escribe en alguna de sus comedias. “Todo el mundo dice aquí –le escribe un corresponsal de París–, como lo dicen los que están cerca de usted, que usted es el primer hombre del siglo”. Y otro corresponsal de París, el general Alejandro Lametb, antiguo miembro de la Convención y célebre por su amor a la libertad, lo llama “el primer ciudadano del mundo”.

[…] El nombre de Bolívar sirve en Francia como bandera de combate. Liberales franceses, La Fayette, Foy, Sebastiani y los publicistas de la izquierda, comenzando por De Pradt y Benjamín Costant –este último lo atacará más tarde–, lo defienden y exaltan.

Entre tanto, lo miran como aguafiestas de la reacción, los reaccionarios; lo consideran con desagrado, como el viviente símbolo de la revolución. Así se llega hasta castigar como un crimen el que oficiales de la restauración borbónica se comuniquen con el Libertador de América, descoronador de Borbones […].

Y no sólo en Francia. Por todos los pueblos de Europa circula el nombre de Bolívar como símbolo de un ideal; el ideal de emancipación para las naciones, o sea, el derecho de cada nación a dirigir sus propios destinos, sin sujeción a países ni gobiernos extraños, por medio de hombres constituidos, gracias al voto y el consentimiento de los demás ciudadanos, en gobiernos. Representa también Bolívar el ideal de libertad civil para todos los ciudadanos, o sea, el derecho de cada hombre a disponer de sí y de sus bienes; el derecho de cada uno a hacer lo que le plazca, sin más limitación que el derecho ajeno y los derechos que se reserva, por medio de legisladores democráticos, la comunidad. Estos viejos anhelos, siempre nuevos, los encarnó Bolívar ante el mundo, mejor y con más brillo que ningún otro ser humano. Y como los hizo triunfar en la cuarta parte del mundo y provocó su levantamiento en varias naciones de Europa, Bolívar es un héroe de la libertad humana. Y en cuanto campeón de la libertad, merece que se le haya considerado y se le continúe considerando siempre como un bienhechor de la humanidad. Con razón escribía el célebre publicista De Pradt en 1825: “La acción de Bolívar abarca el mundo; y exigía para el Libertador ‘el respeto que se debe a un bienhechor del Universo’”.

Los holandeses lo comparan con Guillermo de Nassau, como los yanquis lo comparan con Washington. El nombre de Bolívar fue tan popular en los Estados Unidos como en Francia y en Inglaterra, y aún más tal vez. Entonces se hizo de moda en los Estados Unidos –lo mismo que en las Islas Británicas– ponerles el nombre de Simón Bolívar a los niños”.

*    Un sombrero de la épica recibe el nombre de Bolívar. Ese sombrero es el que usan, como símbolo de amor a la libertad, Víctor Hugo, Byron, Heine, Rossini, Goya. El Goya de Benlliure –fractura de bronce erigida en Madrid– tiene un sombrero Bolívar en la mano.
Larrazábal, Felipe, Simón Bolívar, Vida y obra del Libertador, tomo I, Ediciones de la Presidencia de la República Caracas / Venezuela, 2001, pp. 33-40.

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