La campaña de 1818
En estas condiciones, “el plan de Bolívar consiste en concentrar una fuerza considerable hacia el centro del teatro de operaciones, dejando Guayana y oriente custodiadas por formaciones menores y maniobrar sobre Caracas […]. Morillo le adivina la intención y ordena a La Torre desplazarse a Calabozo. Bolívar, por su lado, ordena a Zaraza avanzar hacia occidente y, sin comprometerse en combates decisivos, esperarlo en Santa María de Ipire, junto con la brigada de Pedro León Torres, que se le incorpora a comienzos de noviembre” (4).
Contrario a la orden y misión recibida, Zaraza, al enterarse del avance de La Torre en su dirección, no duda en darle batalla y expone su cuerpo de ejército a una derrota que pone en riesgo todo el plan del Libertador. En efecto, el enfrentamiento produjo 1.000 bajas y pérdidas irreparables en material de guerra. Corría el mes de septiembre de 1817 cuando este desastre sucedió. Un tiempo en el que aún fue posible reponer las pérdidas propiciadas por la indisciplina de un oficial. Y así se hizo: “(El) revés demora pero no varía la idea estratégica del Libertador. El 31 de diciembre de 1817 se pone en marcha hacia el Apure para concentrarse con Páez, quien conduce acciones de distracción por occidente a fin de encubrir el movimiento de Bolívar (5).
Al encuentro con Páez
La concentración de tropas ocurrió en el Apure. Para cumplirla debió lograr un movimiento concertado de tropas desde la “Guayana, de Barcelona y el Alto Llano, efectuar la reunión con las de Páez en lugar seguro y emprender en seguida grandes operaciones [este] fue el plan dispuesto por el Libertador en diciembre de 1817. […]. En la ejecución, el ejército debió recorrer, en el mayor sigilo, 700 kilómetros de Angostura a San Fernando […], marcha extraordinaria y penosa por su extensión y escasez de recursos, pero de grandes consecuencias a favor de la independencia” (6).
Para que todo saliera de acuerdo a lo proyectado, Bolívar orientó de manera precisa el quehacer de cada uno de los mandos: Páez, Zaraza, Urquila e Infante. El desplazamiento de los demás oficiales se dió poco a poco: Sedeño, con una división de caballería, partió el 2 de enero. Luego, el coronel Sánchez y su columna de infantes, y el coronel Jesús Barreto, con un destacamento de jinetes. Por barco y por tierra, las tropas avanzaron. El sigilo era fundamental, obligó a transitar por el borde más espeso del río. El 30 de enero de 1818, en el hato Cañafístola, “se vieron y abrazaron por primera vez los dos hombres de más influencia en el país, en aquellos momentos y durante largos años” (7).
El encuentro fue afectuoso. El recibimiento de los llaneros al Libertador reflejó signos de reconocimiento. Pero, como siempre, la seguridad y obsesión de Bolívar fue el plan en marcha. De ahí que, en su afán por sorprender a Morillo, concentrado en Calabozo, se detuvo en aquellas interminables llanuras sino el tiempo necesario para incorporar la división de Páez. Una vez reunido con el jefe llanero, las tropas al comando de Bolívar sumaron 4.300 combatientes, distribuidos en ocho batallones y 18 escuadrones.
Así, con estas fuerzas, todo indicaba que el enfrentamiento sucedería, por primera vez, en condiciones difíciles para Morillo, con la carga de dos derrotas recientes: Guayana, donde fueron aniquiladas las fuerzas comandadas por La Torre, y Margarita, donde el propio Morillo tuvo que retirarse ante el avance incontenible de las tropas lideradas por Arismendi.
Unas derrotas que aminoraron, en parte, por la infringida a las fuerzas comandadas por Zaraza. Un hecho que llevó al mando español a errar en la consideración del estado moral de los patriotas y sobrevalorar sobre su propia capacidad de maniobra. La suma de efectivos, con más de 4.000, era favorable a las fuerzas comandadas por Bolívar. Con ese margen, enfrentaría a las 2.400 unidades del lado realista. A favor de las tropas del Rey estaba su mejor dotación en armas y equipos, y su más sólida organización militar
Sorprende al Pacificador. En estas condiciones, no extraña la confianza de Bolívar. No dejaba lugar a dudas, como quedó exteriorizado en carta a Zea, presidente del Consejo de Gobierno: “Si el enemigo me espera dentro de ocho días se habrá dado la batalla que decidirá la suerte de la campaña; si se retira, evitándola, el suceso es más cierto, por nuestra parte, porque será perseguido vivamente y perderá su ejército en la retirada” (8). La idea fundamental de Bolívar era sorprender a Morillo en sus cuarteles, aprovechando, entre otros factores favorables, la confianza de los españoles por sus éxitos en la última campaña. Directriz que logró.
“El 12 de febrero a las 6 de la mañana, el Libertador dio al general en jefe español la sorpresa más extraordinaria, cayendo sobre sus cuarteles descuidados, después de una marcha (total) de 865 kilómetros efectuada en 43 días” (9). La consecuencia debía ser la destrucción total del ejército español, batiéndolo en detal como en la Campaña Admirable. Sin embargo, la sorpresa fue minimizada por el aviso que dio un soldado preso en el Apure, que logró fugarse y llegar dos días antes del ataque. Así, permitió a Morillo movilizarse desde San Carlos hasta Calabozo, para reforzar sus fuerzas al tiempo que dirigirlas.
El ataque republicano fue tan intenso que de los 2.400 soldados de Morillo para su defensa perdió 600, replegándose con el resto alrededor de la plaza de Calabozo. Lugar en un terreno que hacía difícil la permanencia de todo el ejército independentista en sus inmediaciones. Por eso, Bolívar se retiró algunas leguas con la mayoría de patriotas y dejó como responsable del cerco a Iribarren, al mando de un destacamento de caballería.
En fuga. Para este momento, la situación de Morillo fue dramática: cercado y a punto de ser aniquilado. Así lo considera Bolívar. Por tanto, da un ultimátum de rendición que no contestó el Pacificador. Contra toda predicción, el general del Rey burla el cerco: “A la media noche del 14 de febrero abandonó Morillo la plaza, dejando en ella el hospital, la artillería sin clavar […] fusiles, municiones y equipajes […]. Los realistas se dirigen de inmediato a la Sierra, camino al Sombrero, donde la ventaja de movilidad de la caballería llanera se pierde. Los españoles sin caballos debían recorrer 20 leguas de llanuras para llegar al Sombrero, pueblo de fácil defensa, situado donde empiezan los cerros, en la vía de los Valles de Aragua y de Caracas” (10). Bolívar supo al amanecer del día siguiente la ruptura del cerco por parte de Morillo. De inmediato, quiso maniobrar para alcanzarlo.
Páez libró a Morillo Opuesto a esta decisión Páez se insubordinó –bajo el pretexto de que era necesario ocupar la plaza que abandonó Morillo–, y permitió la pérdida de medio día, impidiendo así la concreción del propósito de la campaña.
Con esta pérdida de tiempo, “la caballería de los patriotas emprendió la persecución entre 11 y 12 de la mañana, seguida de la infantería […], Páez y Sedeño y el coronel Ortega alcanzaron con dos escuadrones la retaguardia de Morillo a las 5 de la tarde, en la Sabana de la Uriosa” (11). Las fuerzas de Bolívar encaran al enemigo pero no logran batirlo. El enfrentamiento se sucede una y otra vez, y Morillo mantiene su decisión de repliegue hacia zonas más altas y ásperas. Al día siguiente sucedió el combate del Sombrero.
Por dos horas, hubo el intento de romper la defensa realista pero sin éxito. Luego, el cansancio de la tropa cobró por derecha. No era para menos. Sus soldados recorrieron en 18 horas –muchos a pie– las 20 leguas que separaban a Calabozo del Sombrero. Los dos ejércitos tomaron descanso, pero el español prefirió retirarse tras un corto receso hacia Barbacoas, tres o cuatro leguas al noreste del Sombrero. Con el abandono de sus heridos y de unos 80 prisioneros.
Morillo evade Con el nuevo día, los realistas prosiguieron la retirada. Sin persecución porque los generales de caballería, liderados por Páez, negaron reemprenderla. Alegaron –para justificar su actitud– que “sus caballos no podían resistir más fatiga” (12). La desobediencia del oficial apureño tiene consecuencias inestimables. Sin su apoyo, se desvanece la ventaja inicial del Ejército Libertador. Las replegadas tropas del Rey tienen tiempo para recuperarse: La Torre gana tiempo para reencontrarse con Morillo, quien aprovecha la inexplicable inmovilidad de su adversario para tomar un segundo aire. Sin embargo, los ecos de la derrota vuelan por toda Venezuela.
Las autoridades de todos los pueblos los abandonan de manera apresurada hacia Caracas, Valencia, La Guaira y Puerto Cabello, e incluso algunos funcionarios, como los Ministros de la Audiencia, embarcaron en La Guaira. Sin duda, Bolívar interpretó bien el momento, y Páez y otros generales, en una campaña donde el factor sorpresa era sustancial, impidieron la derrota española. “Bolívar, desalentado por aquel revés que le propinan sus propios generales, se repliega a Calabozo. Páez ya lo había hecho hacia San Fernando. Ha terminado lánguida la primera embestida sobre Caracas” (13).

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