De héroes y otros relatos: una lucha inconclusa por la libertad
a la independencia fueron los negros
y los indios […].
Fabián Sanabria, en entrevista del programa El Radar, del canal Caracol, con ocasión de la celebración del bicentenario de la Independencia. 28 de octubre de 2009
Infortunadamente aseveraciones como la del saliente decano de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de Colombia pululan y esculpen las imágenes compartidas de no pocos colombianos, como representativa de la forma de institucionalizar, con la bendición del ‘especialista’ y la amplificación vía industria cultural, los discursos hegemónicos que desvirtúan las vivencias de las clases subalternas, arrebatándoles su real transcurrir en el tiempo y el espacio. Sirven al ocultamiento y el olvido de la historia de estos sectores sociales.
Esa visión de la historia que insiste en negar y que desvaloriza la participación en la vida socioeconómica del país de los africanos y sus descendientes, la del indígena y la del campesino, niega también una serie de sucesos que anteceden y superan en tiempo y en objetivos las gestas del siglo XIX. Agustina, Barule, Antonio y Mateo Mina, Benkos Biojó, Domingo Criollo, Domingo Padilla, Yanga, Polonia, Leonor, Wiwa, Catalina Luango, Orika, Sando, José Prudencio Padilla y Manuel María Victoria son los nombres de algunos de los líderes negros damnificados e invisibilizados por la historiografía institucional.
La Independencia que por estos días se conmemora es el posicionamiento de la nobleza criolla luego del debilitamiento del imperio español, golpeado tras la derrota en ultramar de la Armada Invencible por la Armada inglesa y acorralado por Napoleón. El suceso de independencia resulta un proceso de inminente actualidad, presto a redefinirse y concretarse según las nuevas condiciones que se viven en el contexto local, regional y global, con la desventaja de que antes era consabido que constituíamos una colonia, y ahora esa es una conciencia difusa pese a las crecientes y contundentes evidencias de resquebrajamiento de la soberanía, como la apertura a la intervención militar directa a través de 10 bases a lo largo y ancho del territorio nacional, en dádiva al Imperio estadounidense que lucha por mantener y extender su hegemonía en el continente y el mundo.
La clase criolla se veía atrapada entre las nuevas condiciones económicas de un capitalismo en transformación y la dinámica de la corona española, así que optó por separársele mediante su unión a nuevos poderes extranjeros, como Inglaterra, que determinaron el tipo de economía en desarrollo y el ejercicio de una nueva forma de colonialismo, al que le interesaría la ampliación de la economía, desde la minería hasta los cultivos tropicales, cuyos productos se sacarían en forma relativamente económica a través del transporte marítimo, en las condiciones de novedad tecnológica de la revolución industrial.
Hace 200 años, el clamor general por un cambio en las injustas condiciones de vida impuestas por el orden colonial y su rígido sistema de castas se atornilló a los intereses de una élite heredera del poder económico y político, que tradicionalmente lo ha usado para sí misma, dejando por fuera al pueblo, verdadero protagonista, traicionando los objetivos de líderes que, tras su muerte, pasarían a ser convertidos por el relato oficial en verdaderos ídolos, mentados por las menos compatibles y más dispares fuerzas ideológicas, de izquierda a derecha. Hasta Uribe pregona su admiración por Bolívar: “¡Ese gran centauro!” adjetiva y repite, llevándolo a uno al borde de la risa, o la náusea.
Antecedentes
El desarrollo que experimentaban las comunidades originarias en América fue afectado drásticamente por la llegada de los españoles y su modo de percepción occidental del mundo, que ve a la naturaleza como extensa; como elemento por dividir, fragmentar, explotar, al servicio del humano y por fuera de él; en contraposición al indígena americano o africano, que se pensaba como parte de un todo, del que es tan solo eso: una parte constitutiva.
Estas originarias sociedades americanas practicaban la agricultura y el comercio. En ellas, el control ejercido por cada hogar de los medios de producción garantizaba un intercambio sólido y tendiente a la igualdad. Eran sociedades basadas en la reciprocidad y las que la redistribución de los excedentes, elemento importante para la estabilidad de las relaciones, a diferencia del sistema europeo, fundado sobre la promoción de desigualdades sociales como producto de agresivas relaciones de explotación.
Los indios resistieron el embate español mediante la lucha, la fuga o la negación al trabajo, todas acciones valientes que llegaron a significar la muerte para muchísimos indígenas a manos de quienes perseguían vorazmente usúrpales sus territorios, sus recursos, su cultura, su cuerpo, su espíritu y sus vidas.
Los invasores, además de la fiebre por el oro –verdadera enfermedad espiritual–, padecían enfermedades biológicas, antes ajenas a estas tierras y su medio ambiente, causantes ahora de terribles epidemias que se sumarían al panorama, generando una crítica situación demográfica de la población indígena. Luego de 60 años de conquista, quedaba diezmada la población nativa, y una gran cantidad de oro en manos de los europeos, para la satisfacción de su hambre de metal.
Se pretendió resolver el problema de mano de obra –que significó para los españoles el holocausto indígena– con otra trágica catástrofe: el secuestro, la deportación y la esclavización al otro lado del atlántico, de personas de diversas naciones del continente africano (Alkebulan), cuyos distintos tipos físicos se convirtieron en sinónimo de esclavitud. Así, en el período de 1550 a 1650, punto crítico de la catástrofe demográfica, el negro empieza a jugar un papel más que estratégico en la economía colonial, cuya huella perdura hasta el presente.
Antes de la toma de Constantinopla por los turcos en 1453, los esclavos llegaban a Europa principalmente de las regiones del Mar Negro, en especial de los pueblos eslavos –origen semántico del término esclavo. Después, África Occidental se convierte en la principal fuente, donde las guerras intertribales eran el principal mecanismo para producir prisioneros que luego eran vendidos. El éxito radicaba en la rapidez con la que los captores alejaban a los prisioneros de sus sitios de origen, dado que el estar cerca era una posibilidad para ser rescatados por sus grupos étnicos. Pero el invento de la carabela portuguesa, con mayor capacidad para sortear la dirección de los vientos, además de resolver este obstáculo permitió acortar la travesía hacia y desde la costa senegalesa, y superar la limitación climática del transporte de grandes ‘masas’ humanas por el desierto sahariano.
De acuerdo con la comisión científica del programa La Ruta del Esclavo, de la Unesco, 17 millones de mujeres, hombres y niños fueron deportados de sus hogares y vendidos como esclavos en el comercio transatlántico, cifra que excluye a quienes murieron a bordo de las naves, lo mismo que en el curso de guerras e incursiones relacionadas y promovidas con la trata, así como a los muchos que llegarían por contrabandeo, sin registro.
Las factorías o cárceles en las que se concentraba a las personas negras antes de ser sacadas atroz e inhumanamente como cargamento reunía seres humanos que procedían de distintas naciones y sistemas culturales, muchos de los cuales compartían la ausencia de propiedad privada. Como los indígenas colombianos, sus relaciones se basaban en el parentesco.
Los esclavos salían de la costa central o la occidental africana en precarias condiciones de almacenamiento y transporte hacia las Américas, formándose uno de los ángulos del fenómeno que se conoce como comercio triangular transatlántico, determinante en el desarrollo económico diferencial de las tres zonas afectadas (África, América y Europa, Walter Rodney).
Ya en América, los esclavizados fueron sometidos a más vejámenes y crueldades por parte de los nuevos dueños de las personas mercantilizadas bajo la impronta de dos marcas: la calimba para el cuerpo y el bautizo para el alma. Debían trabajar sin descanso, acompañados en ocasiones por el ritmo vertido, al ser batido el cuero de algún tambor, verdadera lengua franca en la forzada babel.
Luchas de los africanos
En un derroche de creatividad y dando muestra de gran destreza, las mujeres tejían con sus cabellos, sobre sus cabezas, verdaderas cartografías en las que registraban el paisaje y rutas de escape, que portaban y exhibían en las haciendas. Las bellas trenzas que hilvanaban al son de cantos o narraciones de los acontecimientos diarios eran brújulas para sus esposos y sus hijos, y para ellas mismas en el momento de aventurarse a la libertad para convertirse en cimarrones. Constituían una forma de resistencia pacífica, como también lo era la disminución del ritmo del trabajo y el daño a los instrumentos para el mismo.
No obstante las medidas civiles, religiosas y militares, los españoles no tuvieron éxito absoluto en la dominación física y psíquica de los esclavizados, de quienes temían su fuga y el ejercicio de tradiciones mágico-rituales (etiquetadas de brujería), supervivencia de sus ancestrales lógicas cósmicas, reelaboradas bajo las condiciones de dominación y contacto interétnico forzado. En efecto, toda una cadena de guerras civiles será testigo del tire y afloje en la lucha por la libertad.
Las sublevaciones, producto del deseo profundo de libertad y resistencia de los esclavizados, estarían presentes desde el principio de la trata y en todos sus eslabones, implicando durante variadas circunstancias la renuncia a la vida indigna para ellos o su descendencia, aunque las rebeliones comienzan en el siglo XVI: huida en cuadrillas seminómadas, organización de guerrillas anticoloniales y establecimiento de las primeras comunidades constituidas por emancipados; primeros asentamientos libres en América, los Palenques, etcétera. Desde entonces hasta la llamada Independencia, no serían pocos los acuerdos de paz negociados con los rebeldes.
En los palenques (crisol de lenguas y culturas reexistiendo), los negros solían vivir en bohíos, practicaban la agricultura, hacían manufacturas que trocaban por sal y armas para la lucha o que contrabandeaban (como tabaco) con los moradores cercanos de villas, estancias u otros palenques. De ellos sobrevive el Palenque de San Basilio, lugar mágico, palpitante, testimonio de los asentamientos humanos de los cimarrones que se apalancaban en los montes “sin dios ni rey”, según descripción en algunos documentos de los archivos coloniales.
Tenemos que en 1527 Cartagena fue invadida por negros rebeldes; que en 1604 hubo otro levantamiento; y que en 1598 se registra en Zaragoza (Antioquia) una rebelión donde cuatro mil esclavos, temidos además por brujería, sitiaron la ciudad y doblegaron a los 300 españoles que la habitaban; también sabemos de la rebelión que ingresa a Cali el 24 de diciembre de 1876. La guerra de los cimarrones se generaliza por toda Colombia hacia finales del siglo XVIII.
Esta fuerza guerrera será fundamental en el desarrollo de las guerras de independencia que se libraron entre 1810 y 1819, en las que los esclavizados serían usados sin una retribución justa en la vida republicana, acorde con su contribución y su sacrificio libertario.
Pero la contribución del negro también sería financiera. No olvidemos que Alexandre Pétion, presidente de Haití, segunda república independiente en América luego de Estados Unidos, hacia 1816, en momentos de gran dificultad, le ofrece a Bolívar ayuda económica, de tropas y en armamento para la causa independentista, y le obsequia la famosa Espada Libertadora de Haití –la misma que había sido entregada a Miranda y éste devuelve después de su derrota en Venezuela–, bajo la promesa incumplida de que, al tener éxito, se aboliría la esclavitud, algo que sólo se hizo cuando dejó de ser un negocio rentable.
República
En la reinversión de la producción capitalista, el Estado colombiano jugó un papel propiciador del peonaje y el jornaleo de negros sin tierras que entraron al servicio de las haciendas. En lugar de reparar y compensar a las víctimas, el establecimiento benefició a los victimarios dueños de minas y latifundios. Se crearon fondos para las ‘indemnizaciones’ con las que se benefició a los grandes esclavistas; con esos dineros se terminó por financiar la compra y la concentración de tierras, el pago al neoesclavo y la adquisición de tecnología requerida en las plantaciones.
A pesar de los estímulos estatales para la explotación de jornaleros sucesores de los esclavos, miembros notables de la clase terrateniente, como los Arboleda en la región del valle del río Cauca (por causa y efecto de la hegemonía del vencedor, hoy más recordados por la sensibilidad empática que se supone de un poeta), se insistirá en mantener el antiguo orden mediante el traslado de esclavos a sitios en los que la esclavitud aún era legal (como Perú), organizarán colonias de libertos a sus servicios, acudirán al terraje, y asimismo a mecanismos legislativos como la Ley de Vagancia o de Alta Policía, por medio de la cual los libres eran reclutados y sometidos nuevamente al trabajo forzado, así como a castigos físicos, forma de subyugación y doblegación del cuerpo y el espíritu.
Tras la abolición de la esclavitud en 1851, muchos negros se reintegraron progresivamente al sistema productivo de mineros y terratenientes, como resultado de la carencia de medios productivos en que los llamados libres quedaban –arrojándose al sometimiento del jornal– pagados por tarea y no por día, a destajo, como hoy por hoy están los corteros de la caña de azúcar. Restrepo Canal cuenta que uno de los proyectos de ley que cursaron para la abolición de la esclavitud preveía este dilema, en el cual quedarían atrapados los africanos esclavizados y sus descendientes, para lo que proponía la concesión de cuatro hectáreas de tierra y ciertas herramientas para los beneficiarios de la ley, lo que indicaría que, aun para la honda penetración mental del injusto sistema esclavista en la cultura, en la época era razonable pensar no sólo en la abolición sino además en la reparación.
Vale decir que este proyecto no fue considerado y que las consecuencias del punto de inicio en el que muchos sectores sociales entran a jugar en la República aún se hacen patentes, pues de la esclavitud del látigo se pasó a la del jornal, a la del salario, en un supuesto juego de libertad de mercado. Supuesto, pues no es real la libertad en una dinámica de competencia donde los actores encarnan hondas desigualdades. En definitiva, en la lucha por la independencia y la libertad no se ha dado la última batalla.

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