Hemos celebrado el Día Nacional de las Lenguas Nativas con una danza karijona-minika de armonización, de dos días y una noche de duración, en dos universidades, y en una ciudad y un pueblo al mismo tiempo. Tomamos en serio –aunque con escepticismo ante el silencio del Ministerio de Cultura– lo consignado en la Ley 1381 del 25 de enero de 2010. Allí se dice que el 21 de febrero será en adelante el día de las 65 lenguas indígenas, dos afrodescendientes y la lengua gitana. Tal fecha será de reconocimiento a todas las culturas que no piensan ni sienten en español la historia del país. Hecho inusitado. Por fin se reconoce que la Colombia real es una invención excluyente en la que falta espacio para muchas formas de pensar e imaginar el mundo, que no se ajusten al europeísmo del siglo XVIII, en el que seguimos atrapados. Parece que el país toma conciencia –al menos unos grupos sociales– de que vivimos en una república unidimensional e ilegítima, apartada de su diversidad. Leyendo la Ley 1381 se tiene la terrible sensación de ser una nación seudoincluyente que cosecha y promueve el desprecio de otras racionalidades y elogia la identificación servil con el invasor del siglo XVI. Vivimos aún de la visión del vencedor en lo social y lo moral. Se esperaría de un país libre que no hable la lengua de los asesinos de sus antepasados. Es impensable imaginar hoy a un Egipto hablando inglés como lengua oficial, a una Corea hablando japonés, a una Afganistán hablando ruso. Pero en Colombia la lengua del invasor fue respetada y hasta elogiada con demencia.
Luego de la independencia, tal vez por pereza o incapacidad de la élite criolla, el español se impuso como única lengua para toda experiencia vital, con una efectividad tan alta que los etnocidios perpetrados por la joven república en estos 200 años llegan a ser mayores y más sistemáticos que los del conquistador. Los crímenes contra los nativos y los esclavos se justifican por la escritura alfabética y una supuesta superioridad sobre las culturas ágrafas. Pero este modo de explicar la historia se torna por suerte obsoleta e indecente, por no decir fascista. Nadie con un grado de formación en las lenguas y las diferentes plataformas comunicativas se atreviera a decir que hay lenguas superiores, y mucho menos que algunas son más apropiadas para el pensar. Si algo así sucediera, sería la expresión de la arrogancia y la ignorancia supinas, de la barbarie ilustrada del siglo XIX que condujo al mundo a las guerras universales. Cada lengua (y entiéndase por lengua el sistema simbólico verbal que la constituye y aquellas expresiones culturales que la acompañan: música, danza, pintura, rituales, ciencia, comida) se constituye en una forma especial y muy compleja de imaginar mundos posibles, esto es, producir y sistematizar con cierta aplicabilidad conocimientos sobre el mundo.
Que hoy celebremos el derecho de nuestras otras lenguas vivas a seguir siendo habladas, enseñadas, aprendidas, empleadas cotidianamente y en la vida pública, tal como hacemos y queremos seguir haciendo con las lenguas europeas, significa que hoy tratamos de alcanzar una madurez histórica que hasta hoy nos negamos. Somos culpables, por vasallaje a la escritura, de nuestra pobreza mental y social. ¿Cuántos hablamos un idioma indígena, o cantamos un ruaki o danzamos con una coreografía karijona? ¿Acaso leemos las molas, las mochilas, las manillas, la pintura corporal, los petroglifos? ¡Con qué facilidad despreciamos y denigramos el jibie (mambe) y el yera (ámbil), plantas utilizadas siempre! Por eso debemos preparemos para abolir el genocida monolingüismo cultural. Sólo así abriremos un boquete en la olvidadiza conciencia colectiva. Es urgente poner en tela de juicio los clichés y las estigmatizaciones de las culturas no occidentales que habitan aquí y siguen masacradas en nuestros días. A falta de misioneros, que aún los hay; de encomenderos, que aún los hay, a nuestras culturas indígenas les resulta hoy un nuevo conquistador entre guerrillas, paramilitares y narcotráfico, atrapados, al igual que el Estado colombiano, en una misma ideología leucocentrista. Por eso están impedidos para ver opciones ecológicas, políticas, económicas, estéticas, desde el mundo pensado por un mama, un jaibaná, que de hecho logran legitimidad entre pensadores europeos alternativos.
La Ley 1381 es un valioso instrumento que permite devolverles a los pueblos nativos la dignidad cultural que merecen. Es hora de acabar la torpeza de la escuela obsesionada con la tiranía de la alfabetización; de volver la vista a la multiplicidad de formas de conocimiento que aún tenemos y no acogemos en la vida cotidiana y la academia. ¡Qué bueno que nuestros hijos, indígenas o no, afrodescendientes o no, gitanos o no, aprendieran desde temprano una de estas lenguas y de paso a danzar, cantar, contar los relatos ancestrales que no conocimos!
Se inicia un momento de transformación cultural hacia adentro, hacia el interior de nuestro ser y aquellas culturas que hemos borrado más por vergüenza que por inexistencia. Una sociedad europeizada a la fuerza por el discurso de civilización o barbarie no es una digna de sus ancestros asesinados ni de sus herederos asesinos. No podemos estimular más una sociedad que se satisface por partida múltiple con el desprecio de lo premoderno o lo antimoderno, e institucionaliza sus venenos en la guerra. Se requieren naciones interconectadas cuyas diferencias no sean invisibilizadas sino aprendidas. Una sociedad que reconozca sus olvidos voluntarios y los fragüe con el plurilingüismo. No una ley muerta para estigmatizar más a indígenas y afrodescendientes sino un país donde la reglamentación de la ley facilite que sus habitantes hablen varios idiomas y se comuniquen con gusto entre ellos, donde los medios masivos y las instituciones sean promotores de esa riqueza.
Esta nueva nación imaginada fuera camino para sanar heridas, dar fe a la justicia y el respeto aprendidos en la convivencia con tales culturas. Que la historia sea contada en otros idiomas y con diferentes formas narrativas, en especial las que se alejan de la linealidad temporal, nos abriría otras perspectivas para repensar lo que hasta ahora entendemos por vida; que las artes recuperen la estética de tantos rituales y géneros discursivos (el ˆshiga, el jagagi o el rafue), igual de bellos y elaborados como la novela, el ensayo y el código penal, pero que aún nos resultan lejanos aunque a la vuelta de la esquina, en alguna finca cercana a la gran ciudad, se preservan en una danza de armonización o una toma de achiote. Tal vez, sólo tal vez, supiéramos quiénes podemos llegar a ser; o, aunque fuera, recordar, por ejemplo, que en la lengua andoque un muerto no es un muerto sino todos los muertos, pues “un muerto”, en singular, no existe: siempre es pluralidad de seres. Claro, todo si nosotros, sin dejar de ser lo bueno que somos, nos dejamos ser de otro modo forma. Chujuuu!
* Doctor en literaturas latinoamericanas y alemanas de la Universidad de Freiburg, Alemania.


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