Si “Trabajo Confidencial” (“Inside Job”), el documental del estadounidense Charles Ferguson que se ganó el Oscar en la 83ª edición de los premios de la Academia de Cine de Estados Unidos, fuera una tesis académica o hasta una investigación policíaca, se merecería muchos más elogios de los que viene cosechando desde que su director recibió la estatuilla de las manos de la presentadora Oprah Winfrey, el pasado 27 de febrero.
Dedicada a retratar –y sobre todo a explicar– la crisis financiera del 2008, responsable por el colapso mundial que se inició con la quiebra del banco norteamericano Lehman Brothers, la película ofrece una serie de entrevistas a ejecutivos de Wall Street, banqueros, académicos y miembros del gobierno de los Estados Unidos, además de gráficos e imágenes ilustrativas, hiladas por una narración en off –tarea delegada al actor Matt Damon– que básicamente se encarga del gran objetivo detrás de este trabajo: causar revuelta.
Hay dos resultados que “Trabajo Confidencial” alcanza en su acometido. El primero es positivo y tiene que ver con la intensa investigación que emprende Ferguson, que, vale la pena resaltar, llegó al cine después de obtener un PhD en Ciencias Políticas en el MIT y de una exitosa carrera como empresario de informática, volviéndose millonario al vender su empresa a la Microsoft en 1996. ¿Quiénes son los agentes del sector financiero que están detrás de las decisiones que culminaron en la crisis? ¿Qué políticas del gobierno estadounidense desembocaron en las consecuencias devastadoras de la crisis para la sociedad, como el desempleo y el quiebre de sistema de préstamos? ¿Cuáles son las causas de todo eso? Charles Ferguson y su película, en gran parte, lo contestan. Más que eso, inyectan un estímulo, envolviendo a el espectador en una sensación de revuelta –considerando la palabra en su mejor sentido, el del impulso transformador.
Así llegamos al segundo resultado, mucho menos reluciente que el anterior.
El trabajo de un documentalista no se parece a los de un policía, promotor o juez, como da a entender “Trabajo Confidencial”. Al realizar entrevistas acusatorias con los personajes “malos” y entrevistas esclarecedoras con los “buenos” y al tratar el público de su obra de manera didáctica, el director asume un rol similar al que, en el siglo XIX, Jules Michelet atribuyó al historiador: el de inquisidor de los problemas del mundo.
Son varios los aspectos que revelan detrás de las intenciones del documental una función, como ya se dijo, de generar revuelta –en este caso, la revuelta del espectador al sentirse guiado por un camino forzado, excesivamente parcial. De la banda sonora construida para arrancar emociones a cada rato a la introducción de la película con el ejemplo de Islandia (un pequeño país pacífico y desarrollado que hoy se ve en la “ruina” gracias a la avaricia de grandes corporaciones y de agentes financieros inescrupulosos), pasando por la secuencia de créditos que congela rostros y frases ejemplares de distintos personajes, uno siente que está delante no de un documental, sino de una telenovela basada en hechos reales, y poco verosímil.
Hay un “mundo nuevo” de documentales igualmente pertinentes pero estética y narrativamente superiores a “Trabajo Confidencial” que tanto Charles Ferguson como la Academia parecen desconocer. Un cineasta, naturalmente, tiene la libertad de hacer sus historias de la manera que le parezca más efectiva o conveniente. De eso se trata la libertad artística. Lo incómodo sea, tal vez, que su trabajo resulte premiado por una vitrina del cine de la talla de los Oscar. Para la premiación, un buen documental parece ser una película sentimentaloide, que destaca la situación difícil de unos “pobrecitos”. Imaginémonos lo que pasa cuando los pobrecitos son “ellos”, los gringos.


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