“Cuando Luis Tejada llegó a Bogotá en 1921, luego de un viaje a pie desde Armenia, había algo de chaplinesco en su figura que lo llevaba a caminar como un marinero en la tormenta, con un pie en babor y otro en estribor. Pero irradiaba bondad, alegría de vivir y un infantil desparpajo que era mezcla de inteligencia, irreverencia y ausencia absoluta de dogmas y prejuicios”.
“Durante muchos años creí que su andar de galeote era resultado de una larga caminata hasta la capital, en una época en que los caminos eran trampas mortales para el peregrino, aunque él mismo los haya descrito con bondad porque era un muchacho bueno: ‘Esos caminos bermejos, tortuosos y solitarios, que bordean la cordillera o la escalan francamente, que se hunden a ratos entre montes sombríos y a ratos siguen el curso de un río pequeño, que flaquean los páramos ingentes dando vueltas y revueltas’”.
Releyendo sus crónicas, veo con claridad que ese caminar de péndulo era más bien una manifestación psicosomática de su oscilación intelectual entre los dos extremos que dominaron sus ambiciones de cronista: el primero, conquistar “la armonía y sutileza, las dos cualidades tutelares que buscó con ahínco en las cosas”; el segundo, trabajar por “el advenimiento del único reinado humano y justo: el del hombre simple, del buen hombre, del hombre”.



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