Serpiente de fuego:  Entre la Historia y la Conciencia de Gaitán. La visibilización del pensamiento

Serpiente de fuego es la novela que acaba de entregarnos el escritor colombiano Philip Potdevin. Con ésta son nueve las publicadas y hace parte de su acervo literario que empezó a constituirse en 1994, recibiendo ese mismo año el Premio Nacional de Novela de Colcultura, hoy Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, por su primera novela, Metatrón.  En la producción intelectual del autor se evidencia un interés particular por la historia, y en concreto, en profundizar sobre ciertos interrogantes sin resolver por la historiografía colombiana, y a través de la literatura encontrar las respuestas porque considera que: “a veces por la verdad literaria se llega a la a la verdad histórica” por lo tanto, su interés en la historia se acentúa en lo narrativo.

 Inicia pues esta búsqueda, que trenza la ficción con la rigurosidad de la historia con su cuarta novela: En esta borrasca formidable, publicada en el 2014 por Ediciones Desde abajo, que habla de la cortina de humo que se ha tejido en torno al primer magnicidio que se dio en nuestro país en el siglo XX, el del general Rafael Uribe Uribe. La tradición de violencia en Colombia no cesa tanto así que, treinta y cuatro años después ocurre otro magnicidio, el de Jorge Eliecer Gaitán.

Para entender otra dimensión de este mismo fenómeno, Jorge Luis Borges escribe un texto en prosa titulado In memoriam JFK, en el que le rinde homenaje al presidente norteamericano asesinado y hace una interpretación de acontecimientos que repiten un mismo esquema, teniendo en cuenta un hecho idéntico: el asesinato de personajes que tenían una postura revolucionaria frente a la sociedad en que vivían. Borges hace el recorrido mediante el trazo de una línea transversal en la historia que va desde Jesucristo, pasando por Abraham Lincoln hasta llegar al presidente mencionado inicialmente. Aquí se enmarca la historia de Jorge Eliécer Gaitán y Serpiente de fuego   

El libro en comento narra lo que sucedió el 9 de abril de 1948 entre la una y tres minutos de la tarde, cuando Gaitán fue víctima del atentado, y la una y cincuenta y ocho minutos cuando muere.  En esos cincuenta y cinco minutos, mediante un poderoso flujo de conciencia, el Caudillo nos relata, el trascurrir de su vida desde la infancia y cómo se convierte en una inminente amenaza para el fascismo criollo de la época, amenaza que debía ser aniquilada.

Sobre este nefasto acontecimiento nacional, hay bibliotecas enteras de libros, documentales y películas; obras de teatro, crónicas y poesía, pero con la aparición de esta novela tenemos una visión única, el caudillo narrando su propia muerte. El autor, en un ensayo publicado en el Periódico Desde abajo, de abril 24 de 2021, ya había lanzado el desafío de llevar a cabo esta empresa cuando plantea: “Con todo, al parecer, aún falta por explorar una perspectiva, quizás la más seductora de todas: la voz de Gaitán, ficticia por supuesto, en primera persona, para que narre su vida, sus últimos días, sus últimos momentos, su agonía y muerte y, de allí en adelante, su legado”.

 A los tres años, Potdevin acepta su propia invitación y nos entrega una creación literaria fascinante, desarrollada desde la interioridad de la conciencia del personaje, que tiene la corriente continua, la fuerza narrativa, y la contención necesaria para lograrlo. Al mismo tiempo, nos cuenta una historia que no es pasado todavía, es parte de una dimensión del presente: “porque aparecen todavía testimonios inéditos, frescos, como si se evocara algo ocurrido solo ayer”.

En el ensayo, citado anteriormente, el escritor nos relata una emotiva y fluida conversación que tuvo con sus padres en la que le dieron a conocer detalles significativos de aquel día, que no fueron referidos en los medios de comunicación, permitiéndole una visión más verídica sobre los hechos.  Por ejemplo, su madre le narra como para sobrevivir durante los días siguientes, se abastecieron de víveres empacados y enlatados en los Estados Unidos que, sin explicación, empezaron a salir en Bogotá.       

Las investigaciones tanto de fuentes primarias como historiográficas realizadas por el autor, le permitieron abundar en detalles, a través de toda novela, tanto de la vida profesional de Gaitán como de su gestión pública y de su vida familia. En este último ámbito las referencias son incidentales, reveladoras, concretas y cotidianas: como los gestos de cariño con su esposa, los mensajes que ésta le envía pidiéndole que se cuide, la mirada tierna dirigida a su hija, los desayunos en familia y los paseos dominicales.

“nada me lleva más al arrobamiento que los pocos momentos que comparto con ella, hay una foto de familia donde ella tiene cinco meses, estoy sentado, la sostengo en mis brazos y miro embobado sus inmensos ojos abiertos, […] estoy inclinado sobre ella y la contemplo como al ser mas valioso del mundo” (pág. 24)

Su actividad pública estuvo rodeada del afecto de la gente del pueblo que se aproximaba a él, al ídolo, con fervor como hipnotizados por su voz que es el eco de la suya: “la gente sale a recibirme y me lleva a las manifestaciones que organizan de manera apresurada y me pide que dé discursos en las veredas, para ellos es importante escucharme de viva voz” (pág.86). La música, siempre presente en el libro, le evoca al Caudillo emociones tan vivas y recuerdos tan reales que hacen parte de su narrativa personal en los momentos de total desasosiego:

     “en mi aturdimiento me llega de un cafetín cercano, el estribillo pegajoso de una rumbita que dice: hay en la capital una loquita que lleva siempre vestidos rojos, ya bastante arrugadita y tiene chiquitos los ojos, la política es siempre tema que va tratando pues es muy roja; pa’ los godos es una anatema constante y jamás les afloja, que vivan los rojos, dice la loquita, que mueran los godos, grita la loquita” (pág.27-28)    

Para desarrollar la novela desde la conciencia de Gaitán, en un presente continuo, el escritor logró acoplar la fugacidad de los pensamientos con la concreción de la escritura, desplegando una técnica literaria y una dimensión del lenguaje diferente para transmitir, como un raudal, la concepción de la realidad con diferentes niveles de tiempo, espacio y conocimiento:

“Lo veo venir, lo identifico, me identifica, nuestras miradas se congelan bajo el encapotado cielo del medio día que presagia tormenta, en el andén serpentea gente que va y viene, mar espeso y oscuro de hombres presurosos enfundados en traje de calle, los ceños encubiertos bajo sus sombreros, las mujeres, oficinistas o dependientes esconden el rostro para evitar piropos maliciosos, no hay duda de que este desgraciado no viene a insistir en una recomendación, ni siquiera a saludarme, viene, lo sé, a asesinarme, ”(pág. 15)

La novela inicia con esta oración tan potente y sinuosa, que esperábamos que terminara con un punto aparte, pero éste solo llega en la página ciento treinta, en la última. El autor desafía la sintaxis para relatar el estado febril de la conciencia de Gaitán ante la inminencia de su final y el descubrimiento intuitivo de una nueva existencia.

Igualmente, la narración desafía la noción del tiempo cronológico, lineal, para llevar al lector a conocer el tiempo personal y mutante de Gaitán, de acuerdo a su agónica memoria; Es así que podemos distinguir: un presente, un pasado y un tiempo sin tiempo, que se entremezclan. 

El presente narrativo comienza con la intuición que tiene el narrador de lo que va a pasar, cuando tiene en frente al asesino y el entorno en que éste llega hacia él, como lo vimos en la cita anterior. Después lo embarga un sentimiento de desconcierto cuando es alcanzado por los impactos, un dolor intenso en su cuerpo y la certeza de la gravedad del hecho que lo llevará a perder la vida y a desatar el estallido de ira popular más terrible y devastadora que se conozca en la historia de nuestro país.       

“y yo que he comprendido todo, hasta el último detalle, doy media vuelta, intuitivo e instintivo pues alcanzo a vislumbrar la tan temida y esperada arma, es un revolver corto, apunta con pasmosa serenidad, sin pensarlo he girado sobre mis talones […] sin embargo, todo esto ocurre demasiado rápido, la fatalidad llega abruptamente, siento el quemón en la espalda como si me hubieran fustigado el lomo,” (pág. 20-21)

Cuando el líder observa su propia muerte, el tiempo pasado invade sus días como si los estuviera descubriendo por primera vez, recordando desde su niñez, su etapa de estudiante en la escuela y luego sus estudios superiores en Roma donde realiza su especialización de la mano de su maestro Enrico Ferri, el gran criminólogo positivista, hasta llegar a su entorno familiar y a los amores de su vida: su hija y su esposa. Este tiempo retrospectivo también se da cuando el Caudillo es visto por la peligrosa oligarquía colombiana como un agitador político, un formidable orador público, luchador incansable a favor de las clases trabajadoras, un prominente político y próximo presidente de la república en los comicios presidenciales de 1950, llenándola de temor.

“Ellos me han condenado a muerte sin juicio previo, sin dejarme defender de ninguna de sus acusaciones, infamias y calumnias, […] ¿Cuál el juicio, cual la acusación, cual el defensor, cual el jurado aquí? ¿en que momento se arrogaron el derecho de acusar y ser jueces al mismo tiempo? (pág. 50)

Igual tiempo descriptivo, lo encontramos en la mirada del pueblo hacia su Jefe, quien depositó en él la más absoluta confianza y la fe más firme, porque supo interpretar su sentimiento de desamparo y explotación en el que estaba sometido. Esto se tradujo en manifestaciones multitudinarias, convocadas por el Líder, como nunca se habían visto: la marcha de las antorchas y la sobrecogedora marcha del silencio:

“además del pueblo que constituye esa avalancha humana, universo de indefensos que se encarnó en mí, soy él y él soy yo, muchas veces he dicho en la plaza pública, y arreciaron las críticas de mis enemigos, que no soy un hombre, soy un pueblo, soy su voz;” (pág. 43)         

Con estos desplazamientos temporales de presente y pasado que se dan en la novela, se logra expresar la realidad anímica que vive el personaje y quedan atrapados en el tiempo atemporal de la supraconciencia que el Caudillo consigue en su agonía y que sobrepasa la capacidad de conocimientos de éstos. Esta dimensión alcanzada por Gaitán está en total contradicción frente a sus convicciones positivistas, porque reconoce que en lo más profundo de su ser existe otra persona iniciada en la filosofía primera, en los mitos precolombinos de sus antepasados muiscas quienes con su saber y visión cimentaron nuestra cultura primigenia.

“ahora entiendo que los dos pequeños objetos que me entrego mi padre [..] me dan ese poder, más allá de protegerme y cubrirme de los males y amenazas; la transformación en un animal protector es mi salvación y la llave para continuar en mi misión sagrada” (pág.102)

Con este entendimiento metafísico el Líder consigue una apertura a la conciencia humana universal mediante una trascendencia espiritual y serán las claves de su evolución existencial:   

“la conciencia […] la conservo, se mantendrá alerta hasta el ultimo segundo e incluso mas allá de la vida del cuerpo físico, creo que ya nunca me desprenderé de ella […] pues las ideas no mueren cuando se mata a un hombre” (pág. 96)

Philip Potdevin con su novela Serpiente de Fuego, nos lleva a enfrentarnos con lo que creíamos saber de Jorge Eliecer Gaitán, del mito, y lo que podríamos imaginar del ser humano, al meternos en lo más profundo del personaje literario. Porque es el privilegio creativo de la literatura quien crea este inolvidable personaje, que en la medida que transcurre la narración va ascendiendo: “ahora puedo convertirme en cualquier especie a voluntad, mi espíritu muda, mi naturaleza transmuta a su especie, mi astucia humana cede y es copada por la animal” (pág.101) 

 La novela tiene una prosa impecable, pulida, fluida y eficaz, entrelazada con la finesa de la poesía, dejando entrever siempre un claro oscuro, un misterio. El ritmo no decae en ningún momento para sostener esa gran frase larga, el flujo de conciencia del Caudillo ante el desenlace fatal. Darle una estructura de novela y construir la trama a partir de la reminiscencia de la vida del Caudillo, narrada por él mismo, nos corrobora el dominio que tiene el autor de este género literario.

El escritor, con su postura crítica frente a la historia, le dice al lector que hay que permitir que la literatura dialogue, a través del tiempo, con la voz de los muertos para mantener viva la memoria de un dolor y así construir un futuro, teniendo presente el pasado para que no se cometan los mismos errores y evitar que las tragedias se repitan.      

Al adentrarnos en la obra de este autor, nos quedamos deslumbrados por una prosa poética, lirica y emotiva como la de su novela La sembradora de cuerpos, o nos sentimos retados frente una prosa inteligente y culta, en ocasione hermética como la de su novela Metatrón. O reflexionando, a través de la paradoja, sobre el estatus del hombre en el universo, en su novela Mar de la tranquilidad. En definitiva, sobresale su conjunto literario por su valor artístico apreciado y reconocido por sus lectores y por el mundo cultural en general.

Información adicional

Autor/a: Maria del Pilar Arango Viana
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Maria del Pilar Arango Viana

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