Este año se celebra el centenario del nacimiento de Orlando Fals Borda. Al escuchar el debate entre Montealegre y Gaona, pensaba en la urgente necesidad de recuperar su obra, la cual se rebela de manera constructiva contra esa academia que produce élites intelectuales con características muy concretas: son endogámicas; exhiben una vana erudición con fines meramente instrumentales; emplean jergas y conceptos que buscan confundir e impedir que los no expertos ofrezcan sus propios argumentos o perspectivas sobre los temas tratados, incluso cuando estos los afectan directamente; hacen gala de lo que Rivera Cusicanqui llama “bovarismo intelectual”, es decir, usan expresiones en inglés, francés, alemán, etc., y muestran un conocimiento “profundo” de tradiciones de pensamiento euronorteamericanas, extrapoladas mecánicamente a nuestro contexto. Además, dichas élites suelen estar relacionadas (cuando no lo son ellas mismas) con élites políticas, económicas, religiosas, etc.
Los sectores populares, que intuyen o comprenden todos los elementos antes mencionados, a veces terminan volcándose hacia figuras de corte populista que adoptan posturas antiintelectuales, que “hablan como la gente del común” y que aparentan no formar parte de las élites. Figuras que, de hecho, se muestran abiertamente opuestas a las “castas”, “oligarquías”, “los de arriba”, etc. Así, esa forma de populismo —que puede ser tanto de izquierdas como de derechas, en términos ideológicos— constituye la contracara de sociedades anquilosadas, profundamente jerárquicas y desiguales.
La dominación, incluida la que acontece en el terreno epistemológico, en el campo del conocimiento, no se derrota con populismos mesiánicos. No se supera, como quedó demostrado con Rojas Pinilla, mediante nuevos voceros inmediatos del pueblo; profetas de ese particular dios o soberano terrenal que, por lo menos desde Rousseau, es el pueblo. Por el contrario, la dominación se trasciende cualificando y empoderando culturalmente a los sectores populares, poniendo en diálogo sus tipos de racionalidad con aquellas racionalidades que imperan en la academia, construyendo colectivamente el conocimiento y fraguando relaciones que sirvan de fermento para nuevos liderazgos individuales y colectivos, ninguno de ellos mesiánico, siempre orientados a responder a las esperanzas y necesidades de las diversas comunidades y sectores populares.
Esa es la vía falsbordiana que el mundo necesita recuperar si no quiere —como consecuencia del miedo y la incertidumbre— caer en manos de falsos salvadores o, en contraste, reproducir el vetusto orden jerárquico y desigual, entregándose así a la resignación y la impotencia a las que nos condenan las élites, incluyendo las élites intelectuales.
Gaona y Montealegre me hicieron recordar una palabra que hacía mucho no empleaba: rábula, que según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española significa “abogado indocto, charlatán y vocinglero”. Estamos hartos de sociedades de rábulas, pero no escapamos de ellas entregándonos a falsos salvadores o mesías. Solo el pueblo salva al pueblo, pero el pueblo es infinitamente complejo y se expresa en una multiplicidad de voces que, de manera contextualizada, es preciso comprender.
* Doctor en Filosofía, politólogo. Docente de la Universidad Nacional de Colombia.
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