21/Ago/2025. En las últimas semanas, la movilización popular palestina ha cobrado un impulso notable, en particular dentro de los territorios de 1948 y en la Cisjordania ocupada. Esto refleja un esfuerzo cada vez mayor por volver a conectar con una ola de solidaridad mundial que persiste e incluso se ha extendido, a pesar de la fuerte represión de los movimientos propalestinos en EE UU y gran parte de Europa. Todo indica que este impulso seguirá creciendo, convirtiéndose potencialmente en una revuelta popular más amplia, capaz de responder a la brutal política de Israel frente a la población palestina en todo el país.
Las imágenes lacerantes de Gaza ‒niños y niñas demacradas, familias expulsadas por enésima vez de sus casas, personas asesinadas a tiros en la cola para recoger comida‒ impiden a los aliados de Israel hacer la vista gorda o responder con evasivas. Estas imágenes han comenzado a obsesionar a los gobiernos occidentales, cómplices durante mucho tiempo de la campaña genocida israelí, avergonzándoles ante la opinión pública y exhibiendo la quiebra moral de su silencio. Bajo la presión creciente de su propias poblaciones, varios Estados occidentales han criticado con más dureza la conducta de Israel en Gaza: el implacable ritmo de asesinatos, la obstrucción deliberada de la ayuda humanitaria, la aparente ausencia de cualquier plan para poner fin a la guerra.
Quizá las reprimendas más acerbas se han dado en forma de reconocimiento formal (o de amenaza de reconocimiento) del Estado palestino por parte de un puñado de mandatarios occidentales, particularmente del presidente francés, Emmanuel Macron. Sin embargo, esas declaraciones, por muy contundentes que resulten sobre el papel, no dejan de ser en gran medida simbólicas. La solución de dos Estados por la que abogan se considera generalmente ilusoria o insuficiente, al preservar el régimen colonial de la apartheid israelí y denegar a millones de refugiados palestinos el derecho al retorno. No obstante, aunque tales pronunciamientos probablemente no tengan consecuencias prácticas sustanciales, sí constituyen un importante gesto de apoyo y una inyección de moral muy necesaria para el movimiento popular que abre la puerta a una nueva fase de razonamiento y acción.
Un paisaje mutante
La gente palestina que se manifiesta y sus aliados rastrean de cerca los cambios en la relación de fuerzas geopolítica en la región. Con el respaldo impertérrito de Washington, Israel actúa ahora con casi total impunidad en todo el territorio del llamado eje de resistencia encabezado por Irán. Sin embargo, pese a los duros golpes que ha sufrido Irán en su guerra de los doce días con Israel, no está ni mucho menos derrotado. Ambos bandos pugnan con ampliar su rearme militar en preparación de una fase todavía más sangrienta y destructiva del conflicto.
De momento, dado que la relación de fuerzas favorece en gran medida a Israel, muchos y muchas activistas palestinas vuelven la mirada al interior, a la resistencia popular de base, en ausencia de cualquier fuerza militar exterior capaz de poner coto a la agresión israelí. Y hay motivos para pensar que esta estrategia puede funcionar.
A pesar de su superioridad militar, la posición internacional de Israel ‒incluso entre poblaciones judías en todo el mundo‒ es más frágil que nunca. En junio, como presidente de la Campaña por un Único Estado Democrático (One Democratic State Campaign, ODSC), asistí e intervine en un evento extraordinario: la “Primera Conferencia Judía Antisionista”, que tuvo lugar en la ciudad en que nació Theodor Herzl, el padre fundador del movimiento sionista. Los organizadores reunieron a unos 500 intelectuales y activistas judíos de todo el mundo, con ánimo de asociar al número creciente de judíos antisionistas e integrarlos en el movimiento global progresista más amplio contra el régimen genocida de Israel.
Con los horrores que está infligiendo a Gaza y la escalada de la violencia amparada por el Estado en Cisjordania, Israel ya no podrá limpiar su imagen en el extranjero ni su propaganda podrá enmascarar sus crímenes. Hay quienes sostienen que Israel todavía no se ha percatado de la magnitud del daño que está causando a su reputación y su estrategia, un daño que tal vez pronto se vuelva irreversible. En este contexto, una estrategia de resistencia popular sostenida, conectada globalmente, ya no es simplemente viable, sino una necesidad histórica.
En los últimos años hemos visto varios intentos de avanzar por este camino, sobre todo con las series de protestas junto a la frontera de Gaza en 2018-2019, la llamada Gran marcha del retorno. Desde el comienzo mismo, el ejército israelí cargó violentamente contra aquellas marchas con ánimo de acallar su potente resonancia en la opinión pública mundial.
Sin embargo, el ímpetu de aquellas marchas no se propagó nunca a Cisjordania. Esto se debió en parte al frágil clima político que reina allí y a la ausencia de alguna visión coherente para la resistencia popular en el seno de la Autoridad Palestina (AP). Maniatada por su coordinación con Israel en materia de seguridad, la AP ha minado activamente toda movilización independiente en la base, obrando en estrecha cooperación con el colonizador para impedir que arraigue.
En mayo de 2021 se produjo una amplia revuelta popular en toda Palestina, desde el río hasta el mar. En un momento dado, parecía que podía convertirse en una campaña nacional duradera de resistencia civil. Sin embargo, la introducción de una dimensión militar ‒en forma de lanzamiento de misiles de Hamás‒ alteró el empuje y quebró el potencial de esta dinámica encabezada por la sociedad civil. Existió la oportunidad, pese a la represión israelí, pero simplemente no llegó a materializarse.
Esas oportunidades perdidas han reforzado la convicción de mucha gente de que la resistencia desde abajo ‒legal, cultural y artística‒ es uno de los medios más prometedores para desafiar la dominación israelí, tal vez incluso más que la fuerza militar. Hasta los analiostas israelíes reconocen ahora que los hechos del 7 de octubre y la guerra subsiguiente han resquebrajado el prestigio del ejército israelí, un prestigio que, pese a décadas de acción criminal, se había mantenido notablemente intacto.
Mientras, la lucha continúa en el extranjero: en tribunales internacionales, en espacios culturales, en las calles y en los campus universitarios. A medida que resulta cada vez más difícil ocultar los crímenes de Israel, nuevas oleadas de protesta y solidaridad reconfiguran la cobertura mediática y el debate político. Es en estos campos de batalla, en los que las violaciones del derecho internacional se convierten en responsabilidades de sus autores, donde puede empezar a colapsar finalmente el edificio de la apartheid y el genocidio.
Una chispa procedente de Sajnin
Un hecho reciente marca un posible punto de inflexión en la movilización de la ciudadanía palestina de Israel. La ciudad septentrional de Sajnin vio cómo miles de personas se congregaron en una manifestación masiva contra el genocidio en Gaza, mientras que en Jaffa varias figuras destacadas, inclusive diputados palestinos y miembros del Alto Comité de Seguimiento para los Ciudadanos Árabes de Israel emprendieron una huelga de hambre de tres días. Fue especialmente sorprendente que hicieran acto de presencia un número sustancial de judíos israelíes contrarios a la ocupación, una señal prometedora de cara al futuro de una corresistencia genuina.
Desde Sajnin, las protestas se extendieron rápidamente a otras ciudades palestinas dentro de los territorios de 1948: en toda Galilea, el Triángulo, el Naqab y la región costera. Ahora ‒y esto es crucial‒ empiezan a oírse ecos de este movimiento en Cisjordania, por mucho que la población palestina está allí maniatada entre la doble represión de las fuerzas de ocupación israelíes y sus colaboracionistas de la AP.
Inspiradas por la huelga de hambre de líderes palestinos del interior de Israel, activistas y figuras nacionales de Cisjordania comienzan sus propias huelgas, no solo en solidaridad con Gaza, sino también en busca de un nuevo despertar político. Huelguistas de hambre en Ramala, a quienes me uní durante un día, declararon abiertamente que se inspiraban directamente en la movilización de ciudadanos y ciudadanas palestinas de Israel y sus líderes.
¿Estamos viendo los primeros pasos hacia un movimiento popular unificado, capaz de forzar un cambio real? Todavía es demasiado pronto para afirmarlo, pero una cosa está clara: la población palestina ya no soporta la parálisis de la inacción política. Lo que suceda a continuación dependerá de la dinámica interna y de si la dirección del movimiento tiene una visión suficientemente estratégica para construir el motor, la estructura y el marco capaz de llevar adelante esta transformación histórica.
Awad Abdelfattah es el coordinador de One Democratic State Campaign o ODSC (una campaña por un estado democrático) y ex-secretario general del partido Balad.
Traducción: Sergio Pawlowsky para viento sur.



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