El 1 de enero de 1979 amaneció con un sobresalto que marcó el rumbo de la historia colombiana. Apenas clareaba el día cuando la noticia estalló: el Movimiento 19 de Abril —M-19— había asaltado el Cantón Norte de Bogotá y robado más de cinco mil armas del Ejército Nacional. El presidente Julio César Turbay Ayala reaccionó con mano dura: una cacería implacable para recuperar el arsenal, acompañada de persecuciones, detenciones arbitrarias, torturas y violaciones sistemáticas de los derechos humanos.
Bajo la sombra del Estatuto de Seguridad, que otorgaba poderes extraordinarios a las fuerzas militares y policiales, el país se sumergió en un ambiente de miedo. Jóvenes de barrios populares y estudiantes de universidades públicas fueron señalados y perseguidos como sospechosos permanentes. En medio de ese panorama, nació el Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos (CPDH), un espacio civil que intentaba poner un dique a los abusos y abrir una rendija de esperanza.
En ese escenario se forjaron muchas conciencias, entre ellas la de un joven llamado Iván Cepeda Castro, que empezaba a sentir como propias las luchas por la dignidad humana. Muchos de nosotros, golpeados por las desapariciones, las ejecuciones extrajudiciales y el miedo que rondaba los pasillos estudiantiles, nos refugiamos en las actividades del CPDH. Allí conocí a Iván. El destino nos juntó también en la Juventud Comunista (JUCO), radio 4, siguiendo la estructura del Partido Comunista en aquel 1979.
Él estudiaba en el Politec, el colegio privado de la Universidad Incca en Kennedy; yo, en el colegio distrital La Amistad, del mismo barrio. Mi tarea era organizar el movimiento estudiantil en mi colegio, pese a la prohibición expresa. Éramos jóvenes alegres, descamisados, un tanto irresponsables. A mí poco me importaban las notas, y eso desesperaba a Iván, quien, con un aire de hermano mayor —aunque era menor que yo—, terminó asumiendo el papel de acudiente, argumentando que mis padres estaban en Santa Marta.
Lo recuerdo corajudo y resuelto en las marchas: megáfono en mano, deteniendo el tráfico para encender la palabra. Lo fotografiaban para la portada de Voz Proletaria. En su apartamento de Banderas planeábamos actividades y hablábamos de política, mientras él cuidaba con esmero a su hermana menor, María, pidiéndome siempre que no la desamparara en medio de las protestas.

En 1981, tras años de reuniones, lecturas y discusiones interminables sobre el rumbo del país, Iván partió con una beca a la Universidad Kliment Ohridski de Sofía, en Bulgaria, donde se hizo filósofo. Yo seguí otro camino: me licencié en Ciencias Sociales en la Unilibre. Sin embargo, el destino nos cruzó de nuevo en 1989, esta vez como profesores en la Universidad Incca, él en filosofía, yo en estudios globales.
Mucho había cambiado desde aquellos años de militancia. La Glasnost y la Perestroika de Gorbachov nos habían enseñado que el socialismo soviético se resquebrajaba. En 1984, durante una asamblea regional de la JUCO con José Antequera, me atreví a decir que debíamos dejar de mirar a Moscú como faro político, pues ese mundo viejo estaba a punto de derrumbarse. El tiempo, con su testarudez, me dio la razón.
También Iván comenzaba a apartarse de aquella línea ortodoxa. Había dejado atrás las ediciones de la Editorial Progreso para sumergirse en otras voces: Estanislao Zuleta, Octavio Paz, Hannah Arendt, Freud, Negri. Entre cafés amargos y cervezas compartidas, rodeados de filósofos, historiadores y poetas en los cafetines cercanos a la Incca, soñábamos mundos posibles, ya no con consignas, sino con preguntas.
El golpe definitivo en la vida de Iván llegó en 1994, con el asesinato de su padre, Manuel Cepeda Vargas. Ese crimen lo marcó para siempre y definió su destino: el de un luchador incansable por las víctimas, un político con voz propia, una figura que trasciende la historia familiar y se instala en la memoria colectiva.
Yo seguí con mi vida de maestro, gris y silenciosa. Él, en cambio, se convirtió en referente nacional. Hoy los medios lo buscan, los reflectores lo persiguen. Para mí, ya no es el camarada de la JUCO, ni el colega de claustro universitario, ni siquiera aquel acudiente que cuidaba mis pasos atolondrados. Hoy es algo más grande: mi esperanza. Mejor dicho, nuestra esperanza. La de un país que aún sueña con ser distinto.



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