De los semáforos al aula rural: mi travesía hacia el magisterio

En el año 2010, mi vida dio un giro inesperado. Venía de una larga travesía universitaria, marcada por las dificultades cotidianas de una estudiante de clase proletaria. No solo era una joven madre, también era una trabajadora incansable: repartía mis días entre las aulas, los semáforos y cualquier trabajo que me permitiera llevar el pan a la mesa para mi hija y para mí. El rebusque era mi rutina, el ingenio mi herramienta diaria.

Fue en ese contexto de lucha cuando una maestra, recién nombrada rectora, me animó a presentarme al concurso docente. “Tienes todo para pasar”, me dijo, y me envió por correo electrónico –que por entonces no era tan común como ahora– unas cartillas liberadas por el Icfes para que pudiera prepararme. Así, entre jornadas de trabajo y estudio, me dediqué a repasar cada página, soñando con la posibilidad de un futuro distinto.

Presenté el concurso y, en 2009, mientras esperaba con ansias mi grado universitario, supe que había pasado el examen. La certeza de un nombramiento próximo me llenó de esperanza. Ser maestra era un sueño que había cultivado desde la adolescencia, junto a mis amigos, especialmente con Camilo (Q.e.p.d.). Fantaseábamos con la idea de enseñar en una escuela rural, de ser parte de esas historias que se tejen lejos de las ciudades.

En diciembre de 2009, decidí dejar mi trabajo en una papelería, que alternaba con el de los semáforos, para esperar el nombramiento. Fueron cuatro meses de incertidumbre, hasta que en mayo de 2010 llegó la noticia tan esperada: era oficialmente maestra de escuela.

Con la lista de plazas en mano, elaboré una lista de posibles destinos. Cuando llegó mi turno –era el puesto 17– elegí, casi por intuición, un lugar del que solo tenía un recuerdo vago: El Tesoro, una institución educativa en el municipio de El Líbano, Tolima. El nombre me evocaba un viejo programa de televisión de mi infancia, “El tesoro del saber”. No conocía el lugar, pero algo en ese nombre me llamó.

Así comenzó mi odisea como maestra rural, mi gran aventura. Llegué a El Tesoro, ubicado a 15 kilómetros de El Líbano, Tolima, sobre la cuenca del río Recio, por una carretera destapada que parecía conducir a otro mundo. Allí, en medio de montañas, cafetales y sueños, empezó mi verdadera formación como educadora. Desde esa trinchera rural, aprendí a enunciarme y a construir, junto a mis estudiantes, un nuevo sentido de la educación y la vida.

Aprender a ser maestra rural: pedagogía, resistencia y memoria

Esta aventura de edificarme como maestra no estuvo exenta de obstáculos legales y académicos. El decreto 1278 exigía que, para continuar en el cargo, debía tener formación en pedagogía. Fue entonces cuando un tío, sacerdote, decidió apoyarme y financió mi especialización en pedagogía en la Universidad de Tolima. Ese fue mi primer acercamiento formal a la pedagogía, y el inicio de mi apuesta por una didáctica coherente y pertinente con las realidades del contexto rural.

La falta de conectividad en la vereda nos obligó a buscar soluciones creativas. Con mis compañeros de estudio, desarrollamos una página en html para trabajar offline y así poder estudiar el universo, conocer sus componentes y acercar a los estudiantes, a través de la tecnología, al conocimiento de las ciencias sociales. Recuerdo con gratitud y alegría el día de mi sustentación: abrí con “Breaking the Wall” de Pink Floyd, moviendo cabeza y cuerpo junto a los presentes, celebrando la posibilidad de romper cadenas y subvertir las prácticas impuestas por el statu quo. Nos inspirábamos en autores del sur global, pensando en cómo apoyar a los campesinos y a las comunidades históricamente excluidas, no desde el currículo impuesto por organismos internacionales, sino desde una educación realmente pertinente y transformadora.

Otra anécdota que marcó mi historia fue mi resistencia a poner notas numéricas. Al llegar, me negaba a reducir el aprendizaje a un número. Recientemente, escuché a Alejandro Álvarez, exrector de la Universidad Pedagógica, contar cómo él y otros colegas fueron expulsados por negarse a poner notas, defendiendo que el aprendizaje es mucho más que una calificación. Yo también fui presionada por compañeros para llenar las planillas con números, pero defendía la evaluación formativa, convencida que el aprendizaje debe servir para la vida, no solo para cumplir con una exigencia burocrática.

En ese proceso de rebeldía ante las prácticas estandarizadas y neoliberales, surgieron nuevas iniciativas. Los niños empezaron a llevar objetos al colegio, a preguntar por su historia, y así creamos el Museo Veredal de Memoria Histórica Tesorista. Aunque hoy el museo no está funcionando, sueño con que algún día los jóvenes formados en este proceso lo reactiven y reconozcan el valor de su territorio: su riqueza arqueológica, el paisaje cultural cafetero y la biodiversidad de la cuenca del río Recio, que nace en el Nevado del Ruiz y guarda historias narradas por escritores como Gonzalo Sánchez en “Bandoleros y gamonales” y otros autores libanenses.

Ser maestra rural ha sido mi mayor acto de resistencia y amor. Desde la escuela, en el corazón del Tolima, sigo apostando por una educación que dignifique, que reconozca la memoria y que siembre esperanza en los territorios históricamente olvidados.

¿Qué es ser maestra rural?

Si me preguntan qué es ser maestra rural, empezaría diciendo que es respirar aire limpio y llenarse los pulmones de esperanza. Es ver la gratitud reflejada en la sonrisa de los niños cuando descubren algo nuevo. Es aprender a manejar una moto, a montar a caballo o en mula, es caminar durante media hora, una hora, dos horas por trochas y caminos de barro para llegar a la escuela y luego regresar a casa. Es encontrar la solidaridad en el campesino que acoge al maestro en su hogar, que le ofrece un lugar donde vivir, con quien compartir y tejer nuevos lazos de familia y comunidad.

Ser maestra rural es caerme y lesionarme los ligamentos de los pies, y volverme a levantar. Es quedarme enterrada en la carretera por el lodo, es cargar el mercado y la comida junto a los campesinos, es subirme colgada en un guás, es viajar en el capacete de un carro, es salir a marchar y exigir los derechos de los campesinos y las campesinas, es defender el territorio frente a los monstruos que llegan a exprimir la riqueza de estos suelos. Es llevar la palabra dignidad en la frente como ejemplo de lucha.

Ser maestra rural es reconfigurar el sentido de ser maestro, aun cuando el Estado, las empresas y el mercado, nos subyugan, y convertirnos en esperanza de transformación, libertad y dignidad para los más olvidados y rezagados de este país. Es resistir y sembrar futuro en medio de la adversidad, convencida de que la verdadera educación se construye desde abajo, desde la raíz y para la vida. 

Nota. Dedico esta historia a todas las maestras y maestros rurales que día a día entregan su corazón y su fuerza en territorios invisibilizados, a las comunidades campesinas que resisten y construyen matria desde sus saberes ancestrales, y a las nuevas generaciones que merecen una educación digna, libre y transformadora.
Que esta crónica sea un llamado a reconocer, valorar y apoyar la educación rural como pilar fundamental para un país más justo, equitativo y humano. Porque solo desde ahí, desde la raíz, podremos sembrar el cambio que soñamos.

Información adicional

Autor/a: Rosa María Inconquistable
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Periódico desdeabajo Nº328, septiembre 19 - octubre 19 de 2025

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